El hombre de Herto
Imaginemos una pareja de primates, macho y hembra, que se relacionan entre sí mediante un código de señales. El código se utiliza en primer lugar para designar todo aquello que tiene propiedades nutritivas o carácter instrumental. Obviamente, el código es útil para avisar de una amenaza o de su desaparición. Mas el impulso singular por vincularse entre sí a través de signos les conduce a multiplicar de tal manera lo abarcado por el código, que incluyen en él signos para referirse a pluralidad de hierbajos o guijarros carentes de todo interés, mas también para referirse a la luna, las estrellas y hasta constelaciones de las mismas.
Utilizan también signos para expresar el estado anímico del que los enuncia, o del que los percibe, y hasta signos que no remiten ya a objeto alguno, sino que tienen como única función el servir de puente entre los anteriores.
Lo más singular, sin embargo, es que el complejo entramado de éste cúmulo de signos en ocasiones no parece tener más objetivo que... el complejo entramado de este cúmulo de signos. El macho se dirige a la hembra (o viceversa) sin otra razón que la de obtener de ésta una respuesta, respuesta que a su vez tendrá relevo en un nuevo encadenamiento de signos por parte del macho, y así sucesivamente, no hasta el infinito, mas sin que nada parezca fijar un límite finito e infranqueable. Obviamente si el sistema de signos estuviera determinado por meras necesidades, esta ilimitación no podría darse.
Si llamamos habla al acto individual y concreto de poner en práctica el sistema evocado (reservando la palabra lengua para el sistema mismo), entonces los evocados primates constituirían una pareja de vocacionales habladores.
De hecho, hablando pasan gran parte de su tiempo de vigilia, y cuando se hallan en soledad parecen rumiar a solas, como si no pudieran ya prescindir de esto que empezó siendo un instrumento. El soporte de tal habla, la lengua, les acompaña, en efecto, hasta tal extremo que cuando se hallan dedicados a las tareas cotidianas imprescindibles para la subsistencia y para la seguridad en el entorno, cuando se aplican a horadar o a tallar, su percepción de los objetos a modelar y de los pasos que conducen a la persecución del fin parece empapada y perturbada por la lengua, de tal manera que no hay forma de establecer en estos seres la barrera que separa la vida inmediata y la vida empapada por los signos.
Signos del habla a los que acompaña otra serie de signos: funerarios, festivos o lúdicos. La pareja forja herramientas que no tienen función definida, por ejemplo recipientes que -por hallarse horadados- no sirven para almacenar líquidos, o escudos demasiado frágiles para servir de protección. La pareja en cuestión tiene progenitura a la que amamanta, cuida, protege, y sobretodo... inicia en el juego de intercambiar palabras, en el juego de dejarse mecer por ellas, en el juego de tomarlas como meta.
[Publicado el 21/1/2008 a las 15:24]
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Espléndida evocación del lenguaje rudimentario que está a punto de "estallar".
Espléndida e inquietante evocación.
Comentado por: lenz el 21/1/2008 a las 20:25
Yo diría más bien:
"El soporte de tal lengua, el habla..."
La lengua (estructuras, correcciones, gramáticas, diccionarios...) es una elaboración secundaria y simbólica sobre el habla. Sólo puede surgir a partir de una abstracción de la situación concreta de habla. Del mismo modo que lo esencial para la comunicación humana (el símbolo) sólo puede surgir cuando se conceptualiza la significación de esos gritos o gestos que dan lugar al lenguaje, y se es capaz de evocarlos en ausencia de sus referentes: con el signo y el referente presente, tenemos una señal: con el signo (verbal, gestual, etc) y el referente ausente, tenemos un símbolo.
Hace poco leí y escribí algo a este respecto:
http://garciala.blogia.com/2007/122001-la-emergencia-del-simbolo.php
Comentado por: JoseAngel el 21/1/2008 a las 17:02
Victor Gómez Pin estudió Filosofía en la Sorbona dónde obtuvo el grado de Doctor de Estado con una tesis sobre el orden aristotélico. Actualmente es Catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona dónde ha impartido las asignaturas de Teoría del Conocimiento, Introducción al Pensamiento matemático, Ontología y Filosofía de las ciencias Formales. Ha sido profesor en la VIU (Venice International University), de Venecia, en cuya ciudad recibió en 2009 el Premio Internacional del Istituto Veneto di Scienze, Lettere ed Arti.
Su transcurso indisociablemente profesional y social está marcado por su incorporación al proyecto de "Zorroaga", en San Sebastian, iniciado en 1979 por el filósofo Ramón Valls Plana, e inmediatamente asumido por Javier Echeverría. Se aspiraba allí a que la Universidad del Pais Vasco se dotara de una sección de Filosofía que respondiera a la exigencia kantiana de ser "un departamento entre otros y sin embargo toda la universidad". La dificultad y previsible fracaso del empeño no impidió que en su día aceptaran incorporarse al proyecto, o jugaran un importante papel puntual, personas de muy diferentes intereses teóricos (incluidas personalidades ajenas a la filosofía en el sentido estricto, como Eduardo Chillida o el Medalla Fields de Matemáticas René Thom). Grande era también la disparidad en posicionamientos políticos, en un momento en el que el problema vasco era absolutamente candente. Pero se pretendía en aquella facultad de Zorroaga (otra cosa es que se consiguiera) que la diversidad en filiación política nunca primara sobre la exigencia de ser cabalmente humanos, es decir, avanzar siempre con la razón por delante.
Victor Gómez Pin trabaja actualmente en una tentativa de establecer el estado de la cuestión sobre las implicaciones que para el concepto heredado de naturaleza tienen ciertas disciplinas científicas contemporáneas. Pero convencido de que el reconocimiento de la pluralidad de intereses de la razón no implica renunciar a explorar los diferentes ámbitos de la misma, se ha introducido en el universo de Marcel Proust y en la apuesta de este escritor por hacer de la palabra matriz exclusiva de redención.
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