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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

jueves, 13 de agosto de 2020

 Víctor Gómez Pin

El honor de los filósofos

ANDREIA: HIPATIA JUNTO A SÓCRATES

La Federación Internacional de Sociedades Filosóficas (FISP) ha elegido para el Congreso Mundial de Filosofía que tendrá lugar en Pekín en 2018 el título de "Aprendiendo a ser humano" (Learning to be Human). No podía menos que felicitarme por ello dado que desde el inicio de estas reflexiones he presentado al filósofo como emblema del ser humano que asume con radicalidad su condición.
Aristóteles mismo nos indica que la filosofía es consecuencia del asombro que acompaña la mirada del animal humano, cuando actualiza su potencia de ser de lenguaje y de razón, asombro que Aristóteles ilustra con el ejemplo de la admiración que producen los mitos. Tal situación de estupefacción es germen de interrogaciones muy diversas, algunas concernientes a la moralidad y las costumbres, otras (y quizás en primer lugar) lo denominado por los griegos physis, cuestiones vinculadas a los grandes fenómenos, astrales por ejemplo, y la regularidad que presentan, las cuales más tarde pueden vincularse a preguntas relativas a números o entidades abstractas como las figuras geométricas.

El asombro concomitante a la disposición interrogativa conduce a que un sujeto empírico, un animal humano concreto, inscrito en el contexto social marcado por el lenguaje llega a actualizar su humanidad, hasta el punto de que a un momento dado la efectiva práctica del pensar pueda subjetivamente ser vivida como tarea esencial de su vida. En suma, la actitud filosófica sería, junto al arte y la ciencia, una muestra de que el animal potencialmente humano llega a serlo plenamente. De ahí lo pertinente del título del congreso de Pekín.

Vengo aquí mostrando ejemplos concretos de que la actitud filosófica tendría como exigencia el no enmendar ante aquello que radicalmente inquieta. Para designar a la persona que se atreve a mantener la mirada ante lo más temible, y que de tal entereza extrae una suerte de radical exaltación, los pensadores griegos, y muy especialmente Aristóteles, utilizaban un término específico, al que aludía en la columna anterior y del que es conveniente ocuparse con algo más de detalle ahora:

Todos hemos tenido ocasión de reconocer en una persona aquello que en lengua castellana se designa con la expresión hombría de bien, o a veces meramente hombría. Por contraste se reconocen de inmediato aquellas otras personas que carecen de tal atributo. Una cosa, sin embargo, es tener el sentimiento de hallarnos ante un caso de hombría, o su defecto; otra muy diferente es saber en qué consiste tal atributo. Pues bien, Aristóteles se plantea tal interrogante en uno de sus más conocidos libros, la Ética a Nicómaco:

La hombría (andreia o andria en griego) consistiría en la capacidad mantener la entereza ante algo susceptible de provocar miedo (fobos en griego). Supongamos que nos vemos enfrentados a la pobreza, a la enfermedad, a la bajeza de nuestros congéneres e incluso a ciertas pulsiones indeseables provenientes de nosotros mismos. Aquel que, en cualquiera de estas circunstancias, consigue no caer en la angustia paralizante (que, en concordancia con la etimología calificamos de fobia) o en la evitación a cualquier precio, es legítimamente calificado de andreios, poseedor de andreia (virtud ésta traducible por términos como valentía u hombría, de la cual es susceptible asimismo una mujer; de ahí la conveniencia de evitar el término virilidad. Aristóteles precisa, sin embargo, que en los casos señalados se trata de una hombría por semejanza (kath' homoióteta) o derivación (katá metaphorán) y como resultado o corolario de una hombría primordial. "En primer lugar, debería atribuirse la hombría al que no es presa de miedo ante la hipótesis de una muerte noble".
Breve glosa a este texto, tan elemental como profundo (en realidad, profundo precisamente por elemental): hay males que, por muy frecuentes que sean, tienen un carácter contingente. Así, la bajeza de nuestros congéneres es constatable por doquier en las sociedades existentes, pero no puede decirse a priori que sea un ingrediente esencial de toda sociedad humana; no puede decirse, a priori, que no cabe sociedad sin que se dé, por ejemplo, ese aprovechamiento de quien se encuentra en situación de fragilidad, que constituye el rasgo universal de los canallas.

Con matices, ciertamente, cabría decir algo análogo del deterioro que designamos con el término enfermedad. Es muy probable que nuestra vida se prolongue en una situación de progresiva decadencia biológica, pero tal cosa no es absolutamente segura. Cabe, por ejemplo, morir de accidente puntual, en plena posesión de las facultades físicas e intelectuales. En fin, por generalizada que sea hoy en día la convicción de que es inevitable la jerarquización de los humanos entre los poseedores de bienes materiales y los condenados a una vida de indigencia, tal convicción no deja de ser un prejuicio, es decir, algo no sometido a cabal crítica. Y hasta cabe aventurar que se trata de un prejuicio derivado de una suerte de melancólico pesimismo respecto de la condición humana.

En suma, cabe al menos aventurar la hipótesis de que (en una sociedad ciertamente ordenada por criterios antitéticos de los que hoy rigen) un ser humano pudiera no verse confrontado a la ruindad moral ajena, a la pobreza, o a la perseverancia en la enfermedad, con lo cual el problema de mantener la entereza ante la inminencia de esos males no se presentaría siquiera.

Indiscutiblemente, muy diferente es el caso de la muerte. Esta aparece como algo correlativo de la vida misma, de tal manera que hablar de una vida sin muerte (o viceversa) tiene tan poco sentido como hablar del polo positivo del imán en ausencia del polo negativo; o hablar de un lenguaje humano que no estuviera materializado, que no tuviera como soporte y origen el registro genético, un lenguaje angélico, un verbo sin carne. Los que no se aferran a tan fantasiosa perspectiva, los que no se distraen de la verdad, los que asumen las consecuencias de que la existencia biológica se halla afectada por la finitud, responden con entereza (andreia) ante la inevitable confrontación. La entereza ante la muerte sería así el indicio mayor de la capacidad de un sujeto para adecuar su comportamiento a lo que exige la realización cabal de la condición humana.
Una vez más es al respecto emblemática la figura de Sócrates, puesto que en él la serenidad ante la muerte se halla asociada a la fidelidad ante la exigencia filosófica. Sócrates podía fácilmente ser salvado. Para conmutar su pena, al restaurado régimen democrático de Atenas le bastaría quizás una sola palabra, repudiando la práctica interrogativa que desviaba a los jóvenes de los prejuicios en los que el orden social se sustentaba. Pero tal enmienda supondría abdicar de lo que la razón hace evidente y por ello nunca se produjo.

Sócrates no muere en defensa de opinión alguna, ni de causa concreta. Muere de hecho como consecuencia de haberse propuesto desmantelar causas erigidas en opiniones que constituían una violación de las exigencias del ser de razón, y hay en su operación de desmantelamiento algo análogo al cartesiano propósito de rechazar todo aquello que careciera de certeza apodíctica. Sócrates muere en definitiva por llevar la razón por delante y obviamente la actitud de Sócrates no hubiera sido posible de hallarse "preso de miedo ante la hipótesis de una muerte noble".

Esta vinculación de la disposición filosófica a la andreia de los griegos, entendida como entereza ante lo más temible, presenta un problema hoy delicadísimo: ¿qué pasa pues con las mujeres? Ya he aludido al hecho de que la andreia afecta tanto a hombres como a mujeres. Ampliaré el texto, citado en la columna anterior de la Política de Aristóteles:

Distintas son la templanza (sofrosune) y la hombría (andria) en el caso del hombre (andros) y de la mujer (gynaikos). Pusilánime (deilos) parecería, en efecto, el varón (aner) si mostrará su hombría en la forma que la mujer muestra la suya (hosper gyne andreia); y la mujer parecería verbalmente incontinente (lalos) si mostrara el tipo de actitud que es pertinente en el varón cabal (ho aener ho agathos).
Estas puntualizaciones sobre la homologación entre el hombre y la mujer respecto a una virtud fundamental no son ociosas momento en el que los discursos sobre la equiparación olvidan lo que constituye el argumento fundamental, a saber: que la polaridad entre hombre y mujer en el seno de la humanidad no es suficiente para diferenciarnos en el seno del lenguaje: la polaridad que distingue hombre y mujer no hace especie.
Es quizás marca, rasgo constitutivo de lo humano, el que a la vez seamos dos subclases y que una de ellas sea designativa de la clase en general. Seguro que esta equivocidad intrínseca se ha contaminado con otras perfectamente contingentes y que reflejan una subordinación social. Pero conviene hacer la criba. Y precisamente por hacerla no hemos de renunciar al uso de la expresión hombre para designar el género humano, todo el género humano, por oposición a las otras especies animales. El hombre... cuya andreia adopta en el caso del varón una modalidad y en el caso de la mujer otra modalidad. Por supuesto, ambas modalidades suponen lo esencial, entre otras cosas una disposición física, una utilización del cuerpo, animada por el juicio. "Y Sócrates respondió: Señores, en muchas otras ocasiones también se hace evidente...que la naturaleza femenina no es inferior a la de un varón, sin embargo, necesita de juicio (gnomes) y de vigor (ischuos, Jenófanes, Banquete, II, 9) Sócrates hace esta afirmación tras contemplar una audaz muchacha que toca la flauta y baila a la vez, haciendo peligrosos equilibrios entre cuchillos. La precisión "sin embargo, necesita de juicio" alude a algo obvio, a saber: que dado el estatuto de la mujer en la sociedad griega, muy poco se contaba de hecho con su parecer. De ahí la necesidad de un entrenamiento, tanto en la dimensión física como en la judicativa, lo cual explicita Sócrates en la continuación del texto: "Así que si algunos de vosotros tiene mujer, que se anime a enseñarle lo que quisiera que ella sepa utilizar". Mi amigo, el tan prematuramente desaparecido filólogo y filósofo asturiano Santiago Escuredo, quien me puso en la pista de estos textos, glosa de esta manera el de Jenófanes:

"La capacidad de la mujer se muestra, según esta obra, porque ha llegado a tal grado de autocontrol que coordina rítmicamente todos sus movimientos. Y eso lo ha conseguido con el baile, que es mejor entrenamiento que la gimnasia, porque ‘en la danza ninguna parte del cuerpo se mantiene inactiva sino que cuello, piernas y manos se están ejercitando al mismo tiempo' (Jenófanes II, 15). Eso lo demuestra el propio Sócrates que se pone él mismo a bailar al ritmo de la música".

[Publicado el 27/10/2015 a las 08:00]

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Comentarios (1)

  • En apreciación de lo que ha escrito, muy acertado y atinado se me ha hecho esta publicación, la idea del Congreso Mundial de Filosofía, no solo reivindica y sino que sobre la asignatura a una cotidianidad de la ciencia, donde la actualidad esta empernada de tecnologías, economía y temas de seguridad.
    La idea Aristotélica de la formación del hombre por el propio hombre, no es más prudente en los tiempos actuales que su extensión y vigencia, por lo tanto se encuentran en un mejor momento, desde la valoración del cambio climático, hasta la ausencia de valores, (para otros autores como Savater cambio de ellos,), la formación de la humanidad no se dará de una modo natural o espontanea, más bien tiene que ser una pensamiento profundo sobre las conductas (éticas, correctas y morales) del hombre mismo.
    Enhorabuena y muchos congresos como esos y personas como usted para comentarlos y difundirlos. Gracias.

    Comentado por: Alan Eliseo Salmerón Nieves el 07/12/2015 a las 17:04

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Biografía

Victor Gómez Pin se trasladó muy joven a París, iniciando en la Sorbona  estudios de Filosofía hasta el grado de  Doctor de Estado, con una tesis sobre el orden aristotélico.  Tras años de docencia en la universidad  de Dijon,  la Universidad del País Vasco (UPV- EHU) le  confió la cátedra de Filosofía.  Desde 1993 es Catedrático de la Universitat Autònoma de Barcelona ( UAB), actualmente con estatuto de Emérito. Autor de más de treinta  libros y multiplicidad de artículos, intenta desde hace largos años replantear los viejos problemas ontológicos de los pensadores griegos a la luz del pensamiento actual, interrogándose en concreto  sobre las implicaciones que para el concepto heredado de naturaleza tienen ciertas disciplinas científicas contemporáneas. Esta preocupación le llevó a promover la creación del International Ontology Congress, en cuyo comité científico figuran, junto a filósofos, eminentes científicos y cuyas ediciones bienales han venido realizándose, desde hace un cuarto de siglo, bajo el Patrocinio de la UNESCO.

Ha sido Visiting Professor, investigador  y conferenciante en diferentes universidades, entre otras la Venice International University, la Universidad Federal de Rio de Janeiro, la ENS de París, la Université Paris-Diderot, el Queen's College de la CUNY o la Universidad de Santiago. Ha recibido los premios Anagrama y Espasa de Ensayo  y  en 2009 el "Premio Internazionale Per Venezia" del Istituto Veneto di Scienze, Lettere ed Arti. Es miembro numerario de Jakiunde (Academia  de  las Ciencias, de las Artes y de las Letras). En junio de 2015 fue investido Doctor Honoris Causa por la Universidad del País Vasco.

Bibliografía

  
 
 
 
 
 

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