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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

viernes, 5 de junio de 2020

 Víctor Gómez Pin

El honor de los filósofos

Cartesio decapitado.

En 1793  la Francia revolucionaria se propone rehabilitar a Descartes, cuya obra había provocado toda clase de suspicacias y hasta anatemas, tanto en vida del filósofo como después de su muerte. Tras tratarlo de liberador del espíritu humano  la Convención Republicana alude al carácter para él inhospitalario de su propia patria: "Descartes,  el honor de su patria, oprimido por ella se sintió obligado a abandonarla muy pronto y toda su vida fue marcada por la exilio, victima de la persecución de ese mismo fanatismo que había degollado a Ramus y que después en Italia había conducido a Galileo a los calabozos de la Inquisición." El proyecto de rehabilitación nunca se llevó realmente a cabo. Paradójicamente  una nueva censura se alzó contra el filósofo: "¿Llevaremos al Panteón los restos de este visionario que ha retrasado durante tanto tiempo la promulgación de las verdades físicas?" Estas palabras son pronunciadas por  Louis Sébastien Mercier, escritor ilustrado y amigo de Diderot. Ahora es pues en nombre de la ciencia misma que Descartes es objeto de anatema...

"Tan pronto como la edad me permitió escapar a la sujeción de mis preceptores, abandoné completamente los estudios literarios; y me decidí a no buscar otra ciencia que la que podría encontrar en mi mismo o bien en el gran libro del mundo, dedicando el resto de mi juventud a viajar, a ver eventos y ejércitos, a frecuentar personas de diversos caracteres y condiciones", escribe Descartes respecto a la escéptica actitud de  que caracteriza un momento de su vida, doblada sin embargo de una decidida disposición de espíritu.

Tras sus estudios en Poitiers el joven Descartes se había ocupado de equitación  y de esgrima. Nunca fue Descartes un militarista (de hecho llegó a escribir un libreto para un ballet  titulado "el nacimiento de la paz") y en tiempo de conflictos religiosos sentía la falacia de los argumentos que se esgrimían tanto en nombre de la causa protestante como de la católica. Pero esta  lucidez sobre lo que estaba en juego en las guerras que asolaban el continente, se unía  en Descartes a un alto grado de curiosidad y de   entereza,  por lo que  se vio enrolado en uno y otro bando, viviendo situaciones en las que  su conocimiento de esgrima se reveló  muy útil. Así en 1619, volviendo a Francia tras haber formado parte de las tropas católicas de Maximiliano de Baviera,  en una travesía marítima, se defiende  contra los tripulantes que proyectaban robarle y desembarazarse de él. Los atacantes  obviamente no sabían que  Descartes era un virtuoso con la espada, pero ignoraban  también que tenía una gran habilidad para las lenguas,  por lo cual se enteró  de lo que tramaban. 

He mencionado aquí en alguna ocasión que, ante el hecho de que en los siglos que precedieron la revolución científica   las doctrinas religiosas imperantes daban  apoyo a  las arraigadas tesis sobre la centralidad de la Tierra, el  Nobel de Física Max Born se pregunta: ¿qué hizo que las nuevas hipótesis astronómicas fueran pese a todo abriéndose camino? Pues simplemente, responde,  que  lograr  explicar  el entorno terrestre o celeste constituye "el ardiente deseo de toda mente pensante", deseo que no se aminora en absoluto por el hecho de que aquello que se trata de aclarar "sea eventualmente de total irrelevancia para nuestra existencia". Esta reflexión relativa a los Kepler,  Copérnico, Galileo... puede perfectamente aplicarse a Descartes, quien efectivamente muchas veces se ocupó de cosas que efectivamente eran empíricamente irrelevantes pero se antojaban fundamentales  para la dignidad del espíritu humano, y  por las cuales, sin necesidad de  remontarse a Sócrates,  tantos pensadores se han jugado el espíritu y a veces el cuerpo. Y aun sin llegar a ser  objeto de violencia física o prisión, decenas  son los filósofos que han respondido con entereza en circunstancias que hacían difícil mantenerse fieles  la exigencia de verdad:

En esa Europa confrontada y radicalizada de Descartes,  Holanda suponía una excepción y en ella encuentra el filósofo un refugio que le permite pensar en libertad y en el que espera transcurra su vida. No fue así: la reina Cristina de Suecia se había interesado por el pensador, al que consideraba susceptible de aclarar multitud de interrogaciones que preocupaban a la soberana. Concretamente según Chanut, embajador de Francia,  se halla interesada en saber "en qué consiste el amor". En 1644, con dieciocho años  entra en relación epistolar con Descartes, quien  en 1645  le envía un borrador de sus Pasiones del Alma. Chanut comunica a Descartes que la dama se halla tan interesada en sus Principios de Filosofía que se acompaña de los mismos incluso en sus largas jornadas de caza, en las que llega a pasar 10 horas en la montura. Todo esto es problemático, pues de hecho la reina parecía mayormente interesada por la literatura y por la música  que por la filosofía (de ella vino a Descartes el encargo del ballet sobre el nacimiento de la paz). En cualquier caso la soberana le invita a trasladarse a Suecia. El pensador es reticente, pero las circunstancias son amenazantes incluso en la pacifica Holanda. Descartes finalmente accede,  animado entre otras cosas por la esperanza de que Cristina contribuya a las negociaciones de paz que conciernen a otra de sus corresponsales epistolares, Isabel de Bohemia.

Se embarca en septiembre de 1649, llegando a Estocolmo el 6 de octubre. Descartes elogia en su correspondencia con Huygens y con Isabel la inteligencia y la libertad de costumbres de la soberana, lo cual no es óbice para que tenga razones para quejarse de sus veleidades caprichosas. Cristina tiene costumbre de levantarse a las  4 de la mañana, por lo que considera que las cinco es una hora excelente para recibir sin ser molestada las lecciones del filósofo. Estas por otro lado no son todo lo provechosas que ambos quisieran, pues entre visitas, festejos y deberes de gobierno la reina carece realmente de tiempo para dedicarse con seriedad al estudio. Descartes hecha de menos la soledad de su retiro holandés, clama su necesidad de "avanzar en la búsqueda de la verdad".

El cruce a las cinco de la mañana de la plaza que separaba la residencia de Descartes de palacio no tuvo para Descartes otra consecuencia que soportar el frío. Los biógrafos nos dicen sin embargo que la soberana le hizo volver por la tarde un gélido día en el arranque de febrero a fin de que redactase ante ella un proyecto para una Academia. Al parecer Descartes enfermó de pulmonía. Recientemente ha surgido la tesis de que en realidad habría muerto envenenado por un sacerdote católico de la embajada, temeroso de que su influencia pudiera perturbar la intención  de la soberana de convertirse al catolicismo (de hecho sí se convirtió). En cualquier caso lo cierto es que Descartes, al parecer rechazando las curas más o menos milagrosas que se le proponen, no mejora y fallece el 11 de febrero de 1650 tras pronunciar la sobria frase: "Il faut partir", ha que irse.

Cristina de Suecia propone que Descartes sea enterrado en un panteón de personajes ilustres, pero curiosamente el embajador Chanut rechaza la propuesta, temeroso sin duda de parecer  condescendiente con un pensador que había sido acusado de ateísmo por la universidad de Utrech. Una tumba provisional es habilitada para Descartes en el cementerio de Malmoe. Doce años más tarde la iglesia pone la obra completa de Descartes en el Indice. En 1667 sus restos retornan a Francia, tras una larga peripecia que dura ocho meses  para ser sepultados en la Abadía de Sainte Geneviève. Científicos y filósofos se disponen a rendirle homenaje, pero la iglesia se opone virulentamente y, presionado por la misma,  Luis XIV acaba por ceder  prohíbiendo todo elogio público.

Se consume así el destino de un hombre  para quien la dignidad de la filosofía  pasaba por una ascética renuncia a toda tesis que no hubiera pasado la prueba de la duda sistemática, fuera cual fuera su grado de aparente evidencia y  el peso de la persona o autoridad que  la sostuviera. La fidelidad a esta exigencia marcó su vida, cabe decir el exilio por toda Europa que constituyó su vida...y se prolongó tras  su muerte. En 1802 se destruye la abadía Sainte Geneviève y los restos de Descartes son depositados en un  museo, hasta que en 1819 son trasladados  a la iglesia de Saint Germain-des-près, dónde reposan en una tumba contigua a las de dos monjes eruditos, Jean Mabillon y Bernard de Montfaucon. Una placa resume las peripecias que condujeron a esta ubicación. Entre los restos del pensador no figura la cabeza, que habría sido exhumada de su sepultura sueca en 1666 y que, convertida en objeto fetiche, habría pasado por la mano de varios traficantes hasta recaer en manos del naturalista Georges Cuvier que la donó al museo que lleva su nombre. 

Decía arriba que ante el proyecto de rehabilitación de la Convención Republicana Louis Sébastien Mercier mostraba su indignación en nombre de la ciencia con estas palabras: "¿Llevaremos al Panteón los restos de este visionario que ha retrasado durante tanto tiempo la promulgación de las verdades físicas?"

Curiosamente mucho más comprensivo sobre Descartes se mostraría más tarde  Einstein, quien supo entender las razones por las cuales el gran pensador en matemáticas y en filosofía defendía opiniones tan singulares en física, entre otras por el imperativo de no aceptar la hipótesis del vacío. En cualquier caso, si Descartes acaba siendo trasladado al Panthéon des Hommes Ilustres, no se habrá hecho otra cosa que añadir un eslabón en el destino errante que fue el suyo aun después de la  muerte.

[Publicado el 15/9/2015 a las 07:00]

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Comentarios (1)

  • Excelente artículo sobre Descartes. Muchas gracias.

    Comentado por: P el 17/9/2015 a las 05:48

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Biografía

Victor Gómez Pin se trasladó muy joven a París, iniciando en la Sorbona  estudios de Filosofía hasta el grado de  Doctor de Estado, con una tesis sobre el orden aristotélico.  Tras años de docencia en la universidad  de Dijon,  la Universidad del País Vasco (UPV- EHU) le  confió la cátedra de Filosofía.  Desde 1993 es Catedrático de la Universitat Autònoma de Barcelona ( UAB), actualmente con estatuto de Emérito. Autor de más de treinta  libros y multiplicidad de artículos, intenta desde hace largos años replantear los viejos problemas ontológicos de los pensadores griegos a la luz del pensamiento actual, interrogándose en concreto  sobre las implicaciones que para el concepto heredado de naturaleza tienen ciertas disciplinas científicas contemporáneas. Esta preocupación le llevó a promover la creación del International Ontology Congress, en cuyo comité científico figuran, junto a filósofos, eminentes científicos y cuyas ediciones bienales han venido realizándose, desde hace un cuarto de siglo, bajo el Patrocinio de la UNESCO.

Ha sido Visiting Professor, investigador  y conferenciante en diferentes universidades, entre otras la Venice International University, la Universidad Federal de Rio de Janeiro, la ENS de París, la Université Paris-Diderot, el Queen's College de la CUNY o la Universidad de Santiago. Ha recibido los premios Anagrama y Espasa de Ensayo  y  en 2009 el "Premio Internazionale Per Venezia" del Istituto Veneto di Scienze, Lettere ed Arti. Es miembro numerario de Jakiunde (Academia  de  las Ciencias, de las Artes y de las Letras). En junio de 2015 fue investido Doctor Honoris Causa por la Universidad del País Vasco.

Bibliografía

  
 
 
 
 
 

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