El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

miércoles, 30 de mayo de 2012

 Blog de Víctor Gómez Pin

El mal gratuito infringido a Tony Nicklinson

 Lo que la ley podría hacer por Tony Nicklinson.

Leo en El País del 3o de enero  una  punzante crónica  de Walter Oppenheimer sobre Tony Nicklinson, ciudadano británico que en 2005 sufrió un derrame cerebral que le provocó una parálisis  de cuello abajo. Como el lector adivina, la crónica nos invita una vez más a una reflexión sobre la eutanasia. Pero desde luego no tendría un efecto tan incisivo si Oppenheimer no describiera el asunto con tal honradez  que   el caso de Nicklinson se convierte   en imagen verídica no ya de la tragedia que siempre se cierne sobre la especie humana, sino asimismo-y sobre todo- de los sombríos tintes sobreañadidos por  el cúmulo de simulacros, construcciones edulcorantes de nuestra condición, artificiosas obligaciones "morales",  y desde luego resentimiento e implacable odio contra  quien de signos de resistencia, que convierten a la sociedad en un fétido entramado de mentiras, y eventualmente en un marco de complaciente tolerancia con prácticas rayanas a la tortura.

Lo que acerca el caso de este hombre de admirable lucidez a la situación potencial de cada uno de nosotros son las tremendas declaraciones de su mujer que aquí reproduzco:

"Mucha gente cree que Tony quiere morir mañana, pero no es eso lo que quiere. Sabe que  llegará el momento en que su vida se convierta en algo insoportable y que quiera acabar con eso. Quiere saber que, cuando llegue el momento, será capaz de hacerlo. Porque ahora no puede...[tras un gesto de su marido] quiere saber que en el futuro podrá acabar con su vida".  Obviamente ahora no puede porque depende de otro para sus más elementales necesidades y hasta para decir si quiere o no vivir, y precisamente protesta por esta limitación respecto a lo que considera un derecho esencial.  La sociedad no puede curarle de su enfermedad, pero sí puede  abolir la discriminación  en la que se encuentra  respecto a la posibilidad de acabar o no acabar con su vida. Volveré luego sobre este tema central. Ahora transcribo las palabras del  propio Nicklinson:

 

El plan B) de Tony Nicklinson

"Para mí  los cuidados paliativos no significan nada...Mis opciones son limitadas. Puedo seguir así hasta que  muera (porque el estado me dice que tiene que ser así: plan A). Puedo dejarme morir de hambre [en realidad posiblemente tampoco le dejarían], una forma especialmente horrible de de marcharse y angustiosa para mi familia. Puedo ir a Dignitas  [institución suiza que facilita la muerte...si puedes pagártela], pero no tengo las más de 10000 libras que costaría. 

La gente no se da cuenta de lo que es tener un plan B (la capacidad de decidir dónde, cuándo y cómo morir). Sufro una constante y extrema angustia mental sabiendo que no tengo un plan, una vía de escape realista para el momento en que la vida se me haga insoportable   "

Es simplemente tremendo. Las de por sí duras condiciones de vida de Tony Nicklinson se ven agravadas por la imposibilidad en la que se encuentra de decidir si así la vida vale o no la pena, y actuar en consecuencia. Como él mismo dice  el conocimiento de esta impotencia le produce una permanente desazón, quizás tanta como la que la provocada por  su propio estado físico. Si la ley cambiara, este sufrimiento sobreañadido no se daría. Quien sabe si no es precisamente este suplemento contingente de su mal el que le impide reconciliarse con la vida. Sí, me atrevo a avanzar esta hipótesis, obviamente no científica,  pero desde luego filosófica en el sentido de que su verosimilitud nos concierne a todos: una sociedad que facilitara la muerte en condiciones de  dignidad, facilitaría la reconciliación con la vida y en consecuencia con la sociedad; haría pues menos omnipresente y obsesiva la idea de escapar a la vida.

 

Capataces del infierno

El infierno de Tony Nicklinson reside quizás en la ley que le impide salir del infierno. Los   defensores de la ley quieren que no cese la "extrema angustia mental" de este hombre. Entre tales "hombres de voz dura" no cuentan los miembros de  su familia . Todos están de acuerdo en que Tony comparta con ellos su vida mientras, pese a su estado, le parezca que vivir es bueno.

Los capataces del infierno son otros. Lo hacen en nombre de la sociedad (en ella vives  y no tienes derecho a evitarla), del  amor de los suyos, o del amor de Dios, sobre todo quizás del amor de Dios: El Señor otorga ...el Señor retira . Alabado sea el Señor.  Pero se da el caso de que Tony no se siente en deuda con tal Señor,  simplemente porque nunca ha creído en el mismo.  Pero son los que sí creen los que (quizás precisamente en razón de su obediencia)...mandan. Mandan incluso por mediación de aquellos que pretenden no creer, pero que "respetan" los principios sociales de los creyentes, hasta el punto de hacerlos propios e imponerlos a los demás bajo modernos ropajes. Y así las sociedades laicas de Europa siguen tolerando miles de casos como el del lúcido y valiente Tony Nicklinson.    

 Se ha anatematizado mil veces  el régimen de los khemeres rojos (y en general  todas las formas de estalinismo) por el hecho de anteponer un ideario abstracto a los deseos de las personas que deberían encarnarlo. Mas también entre nosotros la ideología del pretendido bien   prima  sobre aquello que, sin ser lesivo para nadie , uno considera un bien propio, o al menos un mal menor. El ideario del carácter sagrado de la vida pesa como una losa sobre lo que de vida humana propiamente dicha le queda a Tony Nicklison, con cuya visión de la sociedad que constriñe su libertad, sólo difiero en un extremo importante:

Nicklison afirma sentirse discriminado en razón de que por su incapacidad física se le impide la libre y consciente elección de dejar la vida. Pues bien, también los que no sufren incapacidad física  están discriminados. Aun obviando los casos de confinación en cárceles, hospitales, manicomios etcétera  (hay centros de detención en el mundo dónde las paredes son acolchadas para que el torturado no pueda destrozarse contra ellas), el potencial suicida no tiene libre acceso a la forma de muerte voluntaria que despierta en menor medida sus fantasmas conscientes o semiconscientes de mutilación.

El ser de palabra imagina su muerte, y esa muerte, que precisamente por ser imaginada nada tiene que ver con lo absoluto de la misma (imaginar la muerte propia equivale a intentar ese imposible que sería ser testigo de la propia ausencia). Mas lo cierto es que este despliegue imaginario serena o suscita fobias,  y ello no siempre  de manera coincidente en los diferentes individuos. Para uno es insoportable la idea de estar esperando a que produzca su efecto la dosis de barbitúricos, mientras que para otro, lo insoportable es la imagen de quiebra del entero cuerpo al arrojarse a un precipicio. No hay quizás buena muerte pero hay muerte menos mala según los casos. El ciudadano deseoso de acabar, al que se le excluye de la medicación sedativa, puede sentir tremenda desazón sabiendo que quizás se vea abocado al primer tóxico a mano, lo que podría denominarse complejo de Madame Bovary.

La sociedad en que proliferan cárceles, manicomios, industrias contaminates y esclavizadoras de sus operarios, trabajo embrutecedor y temor al paro...la sociedad de la nueva y de la vieja miseria considera ilegítimo que alguien pueda con lucidez y hasta serenidad decir que se acabó. Los que, como a tantos otros, niegan a Tony Nicklinson  el principio de elección sobre su propia muerte, están posiblemente cegados por alguna de esas ideologías de la salvación que engrasan este edificio de la infamia y la mentira, son de alguna manera voluntarios capataces de una causa, pero en este caso el capataz carga en exceso la suerte, se gusta en esta su función de capataz del infierno.   

 

Postscriptum

Me había propuesto retomar la reflexión interrumpida hace unas semanas sobre cuestiones vinculadas  a lo que en otro tiempo se llamaba filosofía natural; cuestiones que aquí he reivindicado muchas veces como expresión de  un tipo de interrogación inherente a la condición humana y  que sería parte de la atmósfera espiritual de todo ciudadano, si simplemente las condiciones sociales no lo impidieran.

Tenía escrito ya incluso el primer texto, pero una bien comprensible reacción a la lectura de la crónica de Oppenheimer me obligó a postergar el asunto, esperando que no sea algo permanentemente diferido. De hecho ya planteaba, sin conciencia de ello, la alternativa cuando, en una de las columnas anteriores, por un lado decía que nadie debería renunciar a su capacidad de reflexión sobre el entorno natural y el propio ser del hombre, y por otro lado me refería a la praxis en contra de la alienación social como primer paso de la actitud filosófica. Efectivamente en misa y repicando, en la exigencia conceptual y la denuncia de la mentira que, fruto posiblemente de la cobardía, da lugar a la parodia de polis, que constituyen nuestras sociedades en las que la actitud filosófica es el enemigo, precisamente porque se mantienen precisamente en base a reprimir en cada uno de nosotros la irrenunciable aspiración a ser lúcidos. Exactamente la situación por la que el restaurado régimen democrático de Atenas era incompatible con Sócrates.

[Publicado el 02/2/2012 a las 11:58]

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Comentarios (3)

  • P, el fragmento de la película que nos pones en el enlace no hace sino abundar en la idea de lo que se dice. Cómo dejamos que nos quiten el valor de la vida por ideologías y sistemas morales que sirven a quienes deciden sobre nuestra vida en función de su particular ideología. Hace falta llegar a una situación límite para que muchos se den cuenta y puedan apreciar el sabor de las cerezas. No nos dejan disfrutar de su sabor, no nos dejan conformarnos con una vida simple y natural, no nos dejan amaneceres ni atardeceres, nos quieren egoístas, codiciosos, atareados, productivos, metidos en un coche, en una fábrica, en una oficina, en un estadio de fútbol, siempre luchando, siempre mirándonos el ombligo, con la cabeza baja, con el pensamiento en facturas, recibos, letras, pagarés a cambio de un coche, de una marca de ropa, de una marca de zapatillas…no nos dejan levantar la vista a las estrellas, preguntarnos por la inmensidad de lo que nos rodea, deleitarnos con su belleza. Le quitan todo valor a eso para ofrecernos la miserable mercancía con la que se enriquecen algunos, o para hablarnos de otra vida, o de un futuro, o de una patria en la que no habrá dolor ni sufrimiento. Nos engañan como a niños para que aceptemos todo el dolor artificial y gratuito al que nos sometemos y si su engaño no da resultado, entonces nos niegan la sal y el pan, pues se han apropiado de la tierra y deciden que hemos de hacer y pensar, cómo debemos vivir y morir, cómo debemos vestir y amar, cómo debemos sentir, si no queremos morir de hambre, si no queremos ser señalados y estigmatizados por los demás, si no queremos ser apartados del amor de nuestros semejantes.
    Quien llega a una situación límite está en disposición de apreciar el sabor de las cerezas y cómo ese sabor es lo único por lo que merece la pena vivir. A esa persona ya no le valen todos los discursos morales, sociales y políticos con los que viven los demás. En esa situación límite su pensamiento, por fín, es libre de toda la estructura ideológica y moral por la que se articula la sociedad. Esa libertad de pensamiento, acaso, fue la que posibilitó a Hawking llegar hasta donde ha llegado. Si no hubiese sido por la situación límite que supuso para él la ELA acaso hubiese sido un físico más.
    Lo triste de Tony Nicklinson es que habiendo llegado a liberarse de toda la basura ideológica por la que la mayoría es manipulada, se ve sin embargo, preso de la impotencia de su propio cuerpo para decidir cuando ya no pueda seguir disfrutando del valor de las cerezas, acabar con un horizonte vital de sufrimiento continuo que no tiene sentido alguno. Lo triste es que habiendo liberado su pensamiento, su cuerpo sigue preso de quienes quitan todo valor a la vida, lo sacrifican para que sirva de ejemplo a quienes deben seguir con el yugo ideológico y moral que se nos ha impuesto.

    Comentado por: Un bárbaro el 05/2/2012 a las 16:46

  • En los pocos países donde la eutanasia es legal se requieren como mínimo dos requisitos para poder aplicarla: ser un enfermo terminal y sufrir físicamente de modo intolerable. El Sr. Nicklinson no reúne ninguno de los dos. Por lo tanto no es eutanasia lo que pide si no que, como el no tiene capacidad para suicidarse, cuando él lo decida que haya alguien que lo mate. Suicidarse no es ilegal, pero matar sí. Si no he entendido mal el único país en el que es legal lo que pide este señor es Suiza. Me parece que si en el resto de países del mundo, con las más variadas tradiciones culturales y religiosas, lo que pide este señor es ilegal debe ser por buenos motivos. Uno de los principales debe ser que si la ley permitiera lo que pide este señor dejaría sin protección a muchísima gente enferma o imposibilitada que podría quedar a merced de personas sin escrúpulos interesada en su muerte por motivos económicos o de otro tipo.

    Dejando de lado consideraciones legales, me parece inmoral que un suicida pretenda implicar a otro en su propia muerte. Me he leído el artículo de W. Oppenheimer y una frase me ha dejado de piedra: "Para Tony, lo ideal sería que yo le diera un sedante que le dejara dormido y que un doctor le inyectara la dosis fatal de manera que yo no tuviera que vivir con el pensamiento de que le he matado", dice la mujer de Nicklinson. ¿Quiere proteger a su mujer de la conciencia de haber matado pero no a otras personas? ¿Por qué? Aparte de los problemas psicológicos que puede provocar el hecho de matar, que este señor sea ateo no nos dice nada sobre la posibilidad de que matar sea pecado y que nuestras acciones puedan ser castigadas en otra vida. Así que no debería implicar a otros.

    Muchos hemos pensado alguna vez en el suicidio pero hemos superado esos malos momentos. Lo que me hace pensar que lo que piense uno en un momento dado no debería servir para tomar una decisión irreversible como quitarse la vida. La misión de la sociedad no debería ser ayudar a morir al suicida, si no a no morir. Quien sabe, a lo mejor Nicklinson conoce a alguien que le cambia la vida, lee un libro que cambia su forma de pensar o descubre que tiene una gran vocación por la física teórica y se convierte en un segundo Stephen Hawking...

    Acabo con un fragmento de una película que creo que debería de ser de visión obligatoria para todo el que piense en el suicidio, El sabor de las cerezas, de Abbas Kiarostami:

    http://www.youtube.com/watch?v=c2QybWhSxwc

    Comentado por: p el 05/2/2012 a las 12:01

  • La absurda irrupción del sufrimiento y el dolor en la vida del hombre nos deja desarmados ante nuestro intento de dar sentido y valor a la existencia, que la quisiéramos acorde a nuestras ideas, a nuestros deseos. Un mundo hecho a imagen y semejanza de nuestra mente. El dolor destruye esa visión del mundo, necesaria para nuestra vida, visión por la que trabajan filosofías y religiones.
    Urge darle también un sentido, una explicación humana, al sufrimiento. Los grandes sistemas de pensamiento religioso han girado, desde el comienzo de la cultura humana, en torno a la explicación y justificación del sufrimiento. Desde los ancestrales ritos de sacrificio humano en culturas precolombinas ante el sufrimiento de épocas de hambruna o ante la devastación sufrida ante otros pueblos vecinos, culturas ancestrales del Pacífico enfrentadas a la devastación de los volcanes, hasta nuestros días, en que el cristianismo intenta dar respuesta y sentido al dolor.
    Si las antiguas religiones daban respuesta humana al sufrimiento producido por fenómenos naturales, intentando dar una explicación humana al ciego poder de devastación que tienen a veces los fenómenos físicos de la Naturaleza, y atribuyéndolos siempre al mal comportamiento humano que habría provocado la ira de los dioses que daban sentido al mundo, en nuestros días, dada una explicación científica (humana) a tales fenómenos, sin embargo persiste una fuente de dolor que escapa a esa explicación científica, pero ante la que no nos resignamos a dejar sin explicación, pues seguimos precisando que el mundo se ajuste a nuestras ideas, deseos y necesidades. Para eso se crearon los dioses.
    La enfermedad, el hambre, la muerte de niños e inocentes, los accidentes, el dolor provocado por los otros….siguen presentes cada día en nuestra vida.
    El Cristianismo es la forma en que la civilización occidental, la nuestra, ha dado respuesta al sufrimiento y al dolor. Una cultura sacrificial en que la recompensa ante el dolor ineludible de esta vida tendrá su recompensa en otra vida tras la muerte. Con ello se ha producido el efecto contrario al que se perseguía, pues intentando hacernos más tolerable la existencia ha acabado por despojar a esta de todo valor positivo, refiriéndola siempre a la creencia en otra vida tras la muerte.
    Esta mentalidad subsiste aún en las más avanzadas y científicas sociedades actuales. Si antes se toleraba el sufrimiento y el sacrificio por la esperanza en otra vida tras la muerte, ahora el dolor y el sufrimiento se justifica por El Progreso, El Estado, La Patria…nuevos dioses que exigen el sacrificio humano en la esperanza de que El Futuro, nuevo rey de dioses, flamante Júpiter de nuestro particular Olimpo, recompensará todo el dolor y sufrimiento de los hombres.
    Con ello estamos de nuevo quitando todo valor positivo a la vida, al presente, infringiendo sufrimiento añadido con la esperanza de que el futuro nos resarcirá de todo el dolor de nuestros sacrificios actuales. Los sacerdotes del Futuro son los políticos que nos piden que nos arrodillemos y ofrendemos nuestras privaciones y sufrimientos en el Templo del Poder ante las nuevas generaciones que vendrán.
    Sólo Nietzsche tuvo la valentía de enfrentarse sin tapujos ante los nuevos dioses levantados por la debilidad humana para enfrentarse como hombres –superhombres- al dolor de la existencia. Pues sólo así la vida tendrá un valor positivo. Esta asunción del valor positivo de la vida es la que daría todo el derecho y la razón para que un hombre íntegro y libre decidiera sobre su propia vida y su muerte.

    Comentado por: Un bárbaro el 03/2/2012 a las 13:52

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Biografía

Victor Gómez Pin estudió Filosofía en la Sorbona dónde obtuvo el grado de  Doctor de Estado con una tesis sobre el orden aristotélico. Actualmente es Catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona dónde ha impartido  las asignaturas de Teoría del Conocimiento, Introducción al Pensamiento matemático, Ontología y Filosofía de las ciencias Formales. Ha sido profesor en  la VIU (Venice International University), de Venecia, en cuya ciudad recibió en 2009 el Premio Internacional del Istituto Veneto di Scienze, Lettere ed Arti.

Su transcurso indisociablemente profesional y social está marcado por su incorporación al proyecto de "Zorroaga", en San Sebastian,  iniciado en 1979 por el  filósofo Ramón Valls Plana,   e inmediatamente asumido por Javier Echeverría.  Se aspiraba allí a que la Universidad del Pais Vasco se dotara de una  sección de Filosofía que respondiera a la exigencia kantiana de ser "un departamento entre otros y sin embargo toda la universidad".  La dificultad y previsible fracaso del empeño no impidió que  en su día  aceptaran incorporarse al proyecto, o jugaran un importante papel puntual,   personas de  muy  diferentes intereses teóricos (incluidas personalidades ajenas a la filosofía en el sentido estricto, como  Eduardo Chillida o el Medalla Fields de Matemáticas  René Thom). Grande era también la disparidad en  posicionamientos políticos, en un momento en el que el problema vasco era absolutamente candente.  Pero  se  pretendía en aquella facultad de Zorroaga  (otra cosa es que se consiguiera) que la diversidad en filiación política nunca primara sobre la exigencia de ser cabalmente humanos, es decir, avanzar siempre con la razón por delante.

Victor Gómez Pin trabaja actualmente en una tentativa de establecer el estado de la cuestión sobre las implicaciones que para el concepto heredado de naturaleza tienen ciertas disciplinas científicas contemporáneas. Pero convencido de que el reconocimiento de la pluralidad de intereses de la razón no implica renunciar a explorar los diferentes ámbitos de la misma, se ha introducido en  el universo de Marcel Proust  y en la apuesta de este escritor por hacer de la palabra matriz exclusiva de redención.      

Bibliografía


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