La técnica y el ser del hombre: del control del fuego a la medida cuántica XIV
Nadie puede hoy negar con un mínimo de apoyo racional ( los teócratas del llamado Tea Party han renunciado totalmente al mismo) que el hombre es un resultado de una compleja historia evolutiva que arranca con la aparición de materia y an-timateria (quarks y anti-quarks, millonésimas de segundo después del big-bang y a temperaturas de diez elevado dieciseis grados Kelvin), pasa por la aparición de la vida, y se concretiza como emergencia de ese singularísimo código de señales que es el lenguaje humano (singularísimo en razón de que en ocasiones trasciende la función misma de los códigos de señales animales).
¿Quiere ello decir que el hombre es un ser natural como los demás, susceptible en principio como todos los seres naturales de ser explicado por el conocimiento científico e incluso reducido por el mismo? Ello sólo puede ser sostenido negándose a efectuar una distinción esencial por cuya aceptación cabría caracterizar la disposición filosófica, a saber la distinción misma entre el fenómeno natural del que cabe dar cuenta, y la razón misma que da cuenta.
Podemos explicar el comportamiento de las partículas remontándonos casi a los orígenes, a la dialéctica entre las formas primitivas de materia y anti materia; podemos, en el otro extremo del devenir del universo, dar cuenta del funcionamiento de las neuronas, incluído el funcionamiento del cerebro humano...pero no podemos dar cuenta de lo que significa dar cuenta; no podemos dar origen a la razón, porque el origen como el devenir y el reducir son producto de la razón misma.
Y nosotros (en el sentido que el llorado filósofo catalán Ramón Valls utilizaba en su libro Del yo al nosotros) somos ese dar cuenta por esencia irreductible. Este sentimiento de veracidad opuesto a toda creencia, esta seguridad de que la razón y con ella la humanidad va por delante, es lo que distingue la actitud filosófica de la que no lo es, y por eso los filósofos (tan a menudo indiferentes al contenido concreto del discurso de sus colegas) se reconocen entre sí, se reconocen en su singularidad.
Me atrevo a escribir que entre el filósofo y el que no lo es la diferencia no reside en el conocimiento o en la información (ya sea relativa a la historia misma de la filosofía), sino en esta apertura a la propia humanidad. Ante quien no la muestra, cualquiera que sea su grado de sofisticación en el terreno de la ciencia y aun del arte, el filósofo se encuentra esencialmente perdido. Las diferencias respecto a cualquier asunto concreto (que podrían eventualmente ser objeto de racional acuerdo) vienen perturbadas por esa diferencia de actitud y el filósofo experimenta un sentimiento de profundo desarraigo.
[Publicado el 17/11/2011 a las 09:00]
"La filosofía no es ninguna iglesia ni ninguna religión. Es el pequeño lugarcito en el mundo, accesible a poquísimos, donde la siempre y en todas partes odiada y perseguida verdad debe estar por una vez libre de toda presión y coacción, celebrar por así decir sus Saturnales, que conceden libertad de expresión aun al esclavo, y donde ella debe tener incluso la prerrogativa y la última palabra, dominando ella sola absolutamente, sin admitir nada más a su lado. En efecto, el mundo entero y todo lo que hay en él está repleto de intención (Absicht), mayormente intención baja, vulgar y mala: sólo un pequeño lugar debe reconocidamente estar libre de aquélla y abrirse exclusivamente a la comprensión (Einsicht), y, por cierto, a la comprensión de las más importantes y decisivas relaciones de todas: y ese lugar es la filosofía."
Schopenhauer, Parerga y paralipómena
Comentado por: p el 18/11/2011 a las 22:54
He aquí un mimo compuesto incabado en mi juventud, cuando leía a Sofrón:
HELENA: Oye, Menea, ¿no es verdad que en esta apartada orilla el sol brilla con benigno resplandor?
MENEAO DE LAO: Y que lo digas, querida Helena, y que lo digas.
HELENA: Jaaaaajajajá. ¿No te parece, Meneao?
MENEAO DE LAO: Así es, querida Helena. Jijí jajá jojó jujú jejé.
HELENA: ¿Ya estás otra vez con la higa?
MENEAO DE LAO: ¡Qué quieres que le haga, mi churri! Me sale sola, y sin manos. Jéjejeje.
HELENA: ¡No me llames churri, Meneao! Que te suelto un guantazo en la higa. Jájaja.
MENEAO DE LAO: ¡Uy! Perdona, Helena querida, por los manes de Agusstina.
Comentado por: Platón el 17/11/2011 a las 17:39
Victor Gómez Pin estudió Filosofía en la Sorbona dónde obtuvo el grado de Doctor de Estado con una tesis sobre el orden aristotélico. Actualmente es Catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona dónde ha impartido las asignaturas de Teoría del Conocimiento, Introducción al Pensamiento matemático, Ontología y Filosofía de las ciencias Formales. Ha sido profesor en la VIU (Venice International University), de Venecia, en cuya ciudad recibió en 2009 el Premio Internacional del Istituto Veneto di Scienze, Lettere ed Arti.
Su transcurso indisociablemente profesional y social está marcado por su incorporación al proyecto de "Zorroaga", en San Sebastian, iniciado en 1979 por el filósofo Ramón Valls Plana, e inmediatamente asumido por Javier Echeverría. Se aspiraba allí a que la Universidad del Pais Vasco se dotara de una sección de Filosofía que respondiera a la exigencia kantiana de ser "un departamento entre otros y sin embargo toda la universidad". La dificultad y previsible fracaso del empeño no impidió que en su día aceptaran incorporarse al proyecto, o jugaran un importante papel puntual, personas de muy diferentes intereses teóricos (incluidas personalidades ajenas a la filosofía en el sentido estricto, como Eduardo Chillida o el Medalla Fields de Matemáticas René Thom). Grande era también la disparidad en posicionamientos políticos, en un momento en el que el problema vasco era absolutamente candente. Pero se pretendía en aquella facultad de Zorroaga (otra cosa es que se consiguiera) que la diversidad en filiación política nunca primara sobre la exigencia de ser cabalmente humanos, es decir, avanzar siempre con la razón por delante.
Victor Gómez Pin trabaja actualmente en una tentativa de establecer el estado de la cuestión sobre las implicaciones que para el concepto heredado de naturaleza tienen ciertas disciplinas científicas contemporáneas. Pero convencido de que el reconocimiento de la pluralidad de intereses de la razón no implica renunciar a explorar los diferentes ámbitos de la misma, se ha introducido en el universo de Marcel Proust y en la apuesta de este escritor por hacer de la palabra matriz exclusiva de redención.
30/5/2012 05:29
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