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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

sábado, 19 de septiembre de 2020

 Víctor Gómez Pin

El espejismo europeo

Preliminar sobre las condiciones sociales: La respuesta del marrano

Hace unos meses en el diario El País aparecía un artículo de Juan Goytisolo evocando los calificativos con los que Francisco de Quevedo se refería a mujeres, los sodomitas y otros sectores discriminados de la población, entre ellos los conversos.  Preocupado por el origen del término marrano, Quevedo avanza una fantasiosa explicación según la cual cuando el cerdo se queja y gruñe los demás le dan replica, comportándose así de manera análoga a los judíos propicios al victimismo,  al lamento de uno de los cuales acuden de inmediato todos  los demás. 

Los voceros de la justicia que supondría en último extremo el castigo de los mercados a los países de la Europa periférica y, sobre todo, sureña, manifiestan el temor de que si se hacen concesiones a la plañidera y mal pagadora Grecia, los españoles, portugueses, e italianos respondiendo a nuestra condición de pigs nos sumaríamos a esta parasitaria carrera por ordeñar la teta de la Europa trabajadora. Claro es que no parece haber otra salida, ni hoy para los europeos meridionales ni antaño para los judios conversos.  Sin entrar en las diatribas respecto a la etimología, lo seguro es que los marranos fueron forzados a la conversión, lo que no les impidió seguir siendo despreciados, por aquellos mismos que no les daban  elección. Aquellos que en Grecia o Portugal avanzan con mesura razones para salir voluntariamente del euro, sienten que como máximo hay que esperar a que uno le echen "Aquí yace Mosén Diego/ a Santo Antón tan vecino/ que huyendo de su cochino/ vino a parar en el fuego", de la inquisición por supuesto, precisa tras la cita de quevedo Goytisolo.

 Por ello es cuestión de dignidad que se de  una respuesta de estos nuevos  marranos,  pues tan mentira es que no hay  salida fuera de la Europa pasto de los mercaderes, como que no hay salvación fuera de la iglesia.  

 

 

EL ESPEJISMO EUROPEO

Unos años después de nuestra incorporación  a la comunidad europea, en un Buenos Aires sumido entonces en profunda depresión,  un colega argentino me señalaba que, a diferencia de su país,  España se hallaba protegida por la solvencia de sus nuevos partenaires. Eran tiempos en los que centenares de miles de argentinos o uruguayos  aspiraban encontrar un lugar en el selectivo sol de la Europa que  sus padres habían abandonado. Tiempos en los que los brasileños veían en Portugal una posible puerta de entrada. Tiempos  en los que, complacidos en el espejo de una  Europa limpia, ordenada  y laboriosa, pero inseguros de que lo reflejado respondiera a nuestro ser verídico,  los españoles repudiábamos la quebrada imagen de nuestro pasado que representaban los ciudadanos de esos mismos  países que  nos habían acogido en situaciones dramáticas. Tiempos en los que el vocablo "sudaca", confería peyorativa unidad genérica a matices de acento en el seno de una lengua compartida, acentos jerarquicamente polarizados frente a los del Español peninsular.

Sólo unos lustros atrás  los inmigrantes españoles en Suiza, Holanda   Alemania dormían a menudo en barracones  alimentando una nostalgia que, entre otras cosas, les impedía integrarse en el país y aprender la lengua. Hoy los hijos o nietos de aquellos emigrantes están más formados, pero algunos de ellos  se disponen de nuevo a emigrar, sin mucha esperanza de que no hayan resucitado los prejuicios con los que que eran entonces recibidos  sus mayores, si es que algún día fueron realmente enterrados.

 

La canciller Merkel acaba de afirmar que Europa es su pasión. Incide así en las  declaraciones (recogidas hace unas semanas  por Juan Gómez, corresponsal en Berlin de  El País) de su ministro de Exteriores, Guido Westerwelle, para quien  Europa es "no sólo el futuro sino la pasión de Alemania". Westerwelle  reconocía sin embargo  que la exteriorización de tal sentimiento no siempre ha sido la adecuada, y concretamente que  el lenguaje utilizado en Alemania para referirse a los países mayormente afectados por la crisis financiera, además de revelar profunda ignorancia, es insultante para los ciudadanos de los mismos.

Son sin duda de agradecer las palabras de este responsable. La cuestión si embargo es determinar si, tras casi dos años de iteración de prejuicios y utilización de acrónimos intolerables, habrá manera de suturar la herida, ya sea en la hipótesis optimista de una superación de la crisis.

Espacio mirífico en el que parecía articularse nuestro ser quebrado, Europa  corre el peligro de  convertirse  en un ustorio,  espejo cóncavo  con el que Arquímedes habría logrado abrasar la flota de Marcelo en Siracusa y que hoy  parece  susceptible de fundir todo aquello que en la Europa periférica, moldeada por lenguas, tradiciones culturales o festivas, formas de organización económica y hasta de adecuación al clima, choca con el modelo aséptico de una Europa de hecho inexistente, pero identificado a los países   de la Europa geográficamente nuclear. A la luz de la hermenéutica del movimiento de los mercados, esta visión dual de la pretendida Unión Europea, se generaliza: 

El Presidente Obama, instando a los representantes de los partidos demócrata y republicano a una entente que permita superar el mal diagnóstico de las agencias de valoración respecto a la economía norteamericana, se dirigía al país precisando que Estados Unidos "no es Grecia ni Portugal". Podría haber añadido Irlanda, pero al parecer la inclusión en esta triste lista del hasta hace poco denominado  tigre celta no deber ser politicamente  conveniente en el imaginario americano. Ello no es óbice para que desde el inicio de la crisis a la vez que los polacos (víctimas hace sólo tres años de los prejuicios de quienes en la Irlanda creían  haber superado la condición de europeos marginados) retornan a su país, decenas de miles de irlandeses se disponen a emprender el camino que, en épocas pretéritas, hizo de ellos paradigma del europeo emigrante.

En Irlanda, como en Grecia o Portugal, las reacciones a la situación oscilan entre la exigencia de dignidad, es decir la negativa a ser tratados como europeos de segunda fila (avanzando propuestas alternativas al estado de cosas) y la interiorización humilde y algo genuflexa de la crítica. Actitud ésta que desgraciadamente  se percibe también en nuestro país:

  Hace unos días un comentarista de una radio pública  se refería a lo que  a su juicio sería congénita actitud frívola e irresponsable  de los españoles, señalando que mientras en Alemania se habrían  tomado con disciplina y sobriedad las medidas impuestas por  la unificación,  aquí nos lanzábamos al despilfarro del AVE, obviando el hecho que en la apuesta por este había un pacto de compra de maquinas Siemens... a Alemania, con lo que España contribuiría a financiar esa misma unificación, de hecho tan beneficiosa para lo que se denomina mercado como dolorosa para los trabajadores alemanes.

"Eso no pasa en los países nórdicos", señala como quien  dice una obviedad otro comentarista, que visiblemente ha interiorizado plenamente el cliché según el cual los europeos mediterráneos -en razón entre otras cosas del clima que determinaría caracteres y comportamientos - sólo tendríamos lo que por nuestra triste idiosincrasia merecemos. Y todo aquello que constituía una conquista real  va desmoronándose. Ejemplo inequívoco:

 El 17 del pasado mes  abril el tráfico ferroviario entre Francia e Italia es  bloqueado por decisión de las autoridades francesas que aducen exigencias de orden público. A las protestas de las autoridades italianas esgrimiendo los acuerdos de circulación  de personas conocidos como de Schengen, Francia respondía que los propios acuerdos explicitan la exigencia de pasaporte en regla y la necesidad de justificar la disposición de medios económicos para subsistir en el país de llegada. Unos días después tras una entrevista entre los  dirigentes de Francia e Italia, y eufemística  matización de los principios por la comisión Europea, las medidas presentadas como excepcionales parecen tomar carta de naturaleza, de tal forma que el protocolo de Schengen se suspenderá cuando las circunstancias lo precisen, sin duda en medio de contradicciones: Dinamarca, particularmente reticente al principio de la libre circulación de personas, impone controles en las fronteras con Suiza y Alemania, no tanto pensado en los ciudadanos de estos países como en los extra-comunitarios o comunitarios acuciados por la pobreza.

Una de las ventajas que los españoles veíamos al proyecto europeo es que podría amortiguar el peso de diferendos (desde conflictos lingüísticos a discrepancias fiscales) y prejuicios que  han contribuido y siguen contribuyendo a alimentar la tensión entre comunidades. Pues bien, el resultado ha sido parco. La animadversión  se dispara a la menor oportunidad, sea para unos la adjudicación a San Sebastian de la Capital Cultural Europea, sea para otros la  cifra de beneficiarios de programas sociales en Andalucía. Los clichés se iteran de la manera más impúdica,  y a la par que un alto responsable del gobierno catalán declara que Cataluña es la Alemania de Europa (se sobreentiende que harta de pagar, los festejos de los meridionales), tertulianos de lo más variopinto declaran que los votantes de Bildu (es decir una fracción muy importante de la población vasca) son potenciales terroristas. Mientras tanto en la prensa británica, alemana, francesa en ocasiones u holandesa, los habitantes de la península ibérica seguimos compartiendo junto a griegos, a veces irlandeses y ahora italianos la categoría de PIGS  y no hacen labor de encaje para distinguir al meridional que a sus propios ojos no lo es tanto, distinguir por ejemplo al que, repudiando su pertenencia a Italia se reivindica miembro de la funambulesca Padania.

Reaccionar al estado de cosas supone, en el registro individual, asumir la propia situación social y el propio problema y, en el registro colectivo   apuntar a una fraternidad de los pueblos en general y de los europeos en particular cimentada en algo más que en el espejismo de pertenencia a una filiación prestigiosa. Denunciar como insoportable las frases hirientes para comunidades enteras que hoy se oyen casi como cosa trivial. Desmontar los clichés categorizadores de unos y otros  y sobre todo desterrarlos en uno mismo.

 

[Publicado el 25/7/2011 a las 08:49]

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Foto autor

Biografía

Victor Gómez Pin se trasladó muy joven a París, iniciando en la Sorbona  estudios de Filosofía hasta el grado de  Doctor de Estado, con una tesis sobre el orden aristotélico.  Tras años de docencia en la universidad  de Dijon,  la Universidad del País Vasco (UPV- EHU) le  confió la cátedra de Filosofía.  Desde 1993 es Catedrático de la Universitat Autònoma de Barcelona ( UAB), actualmente con estatuto de Emérito. Autor de más de treinta  libros y multiplicidad de artículos, intenta desde hace largos años replantear los viejos problemas ontológicos de los pensadores griegos a la luz del pensamiento actual, interrogándose en concreto  sobre las implicaciones que para el concepto heredado de naturaleza tienen ciertas disciplinas científicas contemporáneas. Esta preocupación le llevó a promover la creación del International Ontology Congress, en cuyo comité científico figuran, junto a filósofos, eminentes científicos y cuyas ediciones bienales han venido realizándose, desde hace un cuarto de siglo, bajo el Patrocinio de la UNESCO.

Ha sido Visiting Professor, investigador  y conferenciante en diferentes universidades, entre otras la Venice International University, la Universidad Federal de Rio de Janeiro, la ENS de París, la Université Paris-Diderot, el Queen's College de la CUNY o la Universidad de Santiago. Ha recibido los premios Anagrama y Espasa de Ensayo  y  en 2009 el "Premio Internazionale Per Venezia" del Istituto Veneto di Scienze, Lettere ed Arti. Es miembro numerario de Jakiunde (Academia  de  las Ciencias, de las Artes y de las Letras). En junio de 2015 fue investido Doctor Honoris Causa por la Universidad del País Vasco.

Bibliografía

  
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Enlaces

Información sobre el Congreso Internacional de Ontología.

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