El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

miércoles, 30 de mayo de 2012

 Blog de Víctor Gómez Pin

Inteligir los principios

Me refería en una columna anterior a las teorías filosófico-antropológicas que apuntaban a superar la concepción  del sujeto pensante  en términos de conciencia ególatra, enfatizando el aspecto transitivo y relacional: sujeto de un pensamiento que no encuentra satisfacción en lo ya adquirido; pensamiento marcado por exigencia  de nuevas conquistas; pensamiento en permanente confrontación por vencer la dificultad que presenta la forja  de fórmulas o metáforas; pensamiento en suma en el que la condición humana constantemente se actualiza y recrea. Recreación  tanto en lo que nosotros denominamos ciencia como en lo que a veces  se ha denominado arte (en el sentido de Nietzsche, por ejemplo, que entiende por tal una originaria producción que poco tendría que ver con la pasiva obediencia a cánones o ideales de belleza).

¿Sólo una élite responde a esta lucha por la realización en uno mismo de lo que nuestra especie posibilita? Los tiempos parecen dar la razón a esta concepción nihilista del ser humano. Enfatizo lo de "parecen", pues cabe pensar que el asunto se muerde la cola, y que una estructura social embrutecedora es lo que se haya en el origen de la renuncia: anclado 14 horas a la silla de un taxi es difícil efectivamente escuchar a uno que "te viene con filosofadas", pero quizás se trata de luchar por que nadie sea siervo en una silla de un coche, como se era siervo de la gleba.

En todo caso que no vivamos buenos tiempos para el pensamiento no puede ser coartada para dejar de pensar, y desde luego hay envites  teoréticos que resulta fascinante asumir (además de que sea una suerte estar en condiciones de hacerlo)

El mencionado Nietzsche se esforzaba en superar una visión del mundo que  veía caracterizada por el dualismo materia-espíritu, el repudio de lo sensible, la imposición de la moralidad  resentida frente la vivencia trágica...concepción que calificaba de metafísica, y que estaría  determinada por conceptos como substancia, causalidad, unidad... que para el constituían hueras abstracciones ilegítimamente erigidas en principios. Pues bien:

En una perspectiva diferente también nuestra época está poniendo en cuestión la primacía de tales categorías y de unas cuantas más. La disciplina que mayormente está contribuyendo a ello es la Mecánica Cuántica y lo que es más: un aspecto de la Mecánica Cuántica que sin tener repercusión alguna en el orden de los objetivos prácticos constituye sin embargo el envite mayor al que se hayan confrontados los que se dedican a la disciplina. La Mecánica Cuántica se instala así en la intersección entre exigencia científica y exigencia conceptual y por ello la confrontación a la misma constituye un inevitable reto, casi  destinal para los filósofos de nuestro tiempo.

 

Post-scriptum sobre las condiciones sociales: tarde del domingo en Manchester.

Hace unas semanas, en el diario El País, El Roto nos presentaba una sombra de ciudadano en actitud energúmena con la leyenda siguiente (cito de memoria): "Parado número cuatro millones setecientos mil...mostrando su indignación por el comportamiento del árbitro". Los hinchas del Manchester no tienen al parecer razón alguna para achacar al árbitro la derrota de su equipo, ni tampoco en esa ciudad se da la pavorosa proporción de ciudadanos sin empleo (y ya casi sin recursos) que se da en Barcelona. Y sin embargo también allí la genuflexión de los gobiernos (el de Cameron y el del anterior) ante la dialéctica de los mercados azota a los trabajadores, y también allí el disgusto por el resultado adverso es vivido como mutilación profunda. También en Manchester los estados de fútbol se han convertido en espacio de delirio, es decir, de proyección de conflictos a los que uno no se enfrenta. Por mucho que los futbolistas mismos den mayormente prueba de sensatez y de mesura (lógico puesto que son los que tienen que enfrentarse a una dificultad  sirviéndose de una técnica), relativizando la derrota, sus seguidores de la ciudad fabril, estarán sumergidos en un pozo artesiano de desconsuelo incomparable en profundidad a la elevación de los llamados "culés". Pues  si la alegría por el resultado favorable no supera la epidermis, el disgusto por el resultado adverso es mutilación profunda. El poeta francés Jacques Prevert describía la tristeza del trabajador el domingo por la tarde, dada su certeza de que venía ya el lunes, y el martes, y el miércoles, y el jueves y el viernes, y el sábado...y el domingo por la tarde. Tarde doblemente triste este domingo para el trabajador de Manchester, pues no sólo se acerca el lunes, sino que se ha desvanecido el espejismo.

[Publicado el 30/5/2011 a las 10:08]

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Comentarios (2)

  • Hay que renunciar a eso de que seamos mayoría o minoría, a creernos que nosotros podamos formar mayorías o minorías, dirigentes o no, como pasa a cada paso; y confiar en que haya algunos, quizás muchos, más incluso de lo que nunca lleguemos a saber, aunque no lo parezca, aunque no sea esta la realidad dominante, la que se nos vende, la que padecemos.

    Comentado por: v el 31/5/2011 a las 00:13

  • I
    "Cada mañana, entre el humo y el olor a aceite del barrio obrero, la sirena de la fábrica mugía y temblaba. Y de las casuchas grises salían apresuradamente, como cucarachas asustadas, gentes hoscas, con el cansancio todavía en los músculos. En el aire frío del amanecer, iban por las callejuelas sin pavimentar hacia la alta jaula de piedra que, serena e indiferente, los esperaba con sus innumerables ojos, cuadrados y viscosos. Se oía el chapoteo de los pasos en el fango. Las exclamaciones roncas de las voces dormidas se encontraban unas con otras: injurias soeces desgarraban el aire. Había también otros sonidos: el ruido sordo de las máquinas, el silbido del vapor. Sombrías y adustas, las altas chimeneas negras se perfilaban, dominando el barrio como gruesas columnas.
    Por la tarde, cuando el sol se ponía y sus rayos rojos brillaban en los cristales de las casas, la fábrica vomitaba de sus entrañas de piedra la escoria humana, y los obreros, los rostros negros de humo, brillantes sus dientes de hambrientos, se esparcían nuevamente por las calles, dejando en el aire exhalaciones húmedas de la grasa de las máquinas. Ahora, las voces eran animadas e incluso alegres: su trabajo de forzados había concluido por aquel día, la cena y el reposo los esperaban en casa.
    La fábrica había devorado su jornada: las máquinas habían succionado en los músculos de los hombres toda la fuerza que necesitaban. El día había pasado sin dejar huella: cada hombre había dado un paso más hacia su tumba, pero la dulzura del reposo se aproximaba, con el placer de la taberna llena de humo, y cada hombre estaba contento.
    Los días de fiesta se dormía hasta las diez. Después, las gentes serias y casadas, se ponían su mejor ropa e iban a misa, reprochando a los jóvenes su indiferencia en materia religiosa. Al volver de la iglesia, comían y se acostaban de nuevo, hasta el anochecer.
    La fatiga, amasada durante años, quita el apetito, y, para comer, bebían, excitando su estómago con la aguda quemadura del alcohol.
    Por la tarde, paseaban perezosamente por las calles: los que tenían botas de goma, se las ponían aunque no lloviera, y los que poseían un paraguas, lo sacaban aunque hiciera sol.
    Al encontrarse, se hablaba de la fábrica, de las máquinas, o se deshacían en invectivas contra los capataces. Las palabras y los pensamientos no se referían más que a cosas concernientes al trabajo. Apenas si alguna idea, pobre y mal expresada, arrojaba una solitaria chispa en la monotonía gris de los días. Al volver a casa, los hombres reñían con sus mujeres y con frecuencia les pegaban, sin ahorrar los golpes. Los jóvenes permanecían en el café u organizaban pequeñas reuniones en casa de alguno, tocaban el acordeón, cantaban canciones innobles, bailaban, contaban obscenidades y bebían. Extenuados por el trabajo, los hombres se embriagaban fácilmente: la bebida provocaba una irritación sin fundamento, mórbida, que buscaba una salida. Entonces, para liberarse, bajo un pretexto fútil, se lanzaban uno contra otro con furor bestial. Se producían riñas sangrientas, de las que algunos salían heridos; algunas veces había muertos...
    En sus relaciones, predominaba un sentimiento de animosidad al acecho, que dominaba a todos y parecía tan normal como la fatiga de los músculos. Habían nacido con esta enfermedad del alma que heredaban de sus padres, los acompañaba como una sombra negra hasta la tumba, y les hacía cometer actos odiosos, de inútil crueldad."...

    "Algunas veces, aparecían por el barrio extraños, venidos nadie sabía de dónde. Al principio, atraían la atención, simplemente porque eran desconocidos; suscitaban luego un poco de curiosidad, cuando hablaban de los lugares donde habían trabajado; después, la atracción de la novedad se gastaba, se acostumbraba uno a ellos y volvían a pasar desapercibidos. Sus relatos confirmaban una evidencia: la vida del obrero es en todas partes la misma. Así, ¿para qué hablar de ello?
    Pero alguna vez ocurría que decían cosas inéditas para el barrio. No se discutía con ellos, pero escuchaban, sin darles crédito, sus extrañas frases que provocaban en algunos una sorda irritación, inquietud en otros; no faltaban quienes se sentían turbados por una vaga esperanza y bebían todavía más para borrar aquel sentimiento inútil y molesto.
    Si en un extraño observaban algo extraordinario, los habitantes de la barriada no lo miraban bien, y lo trataban con una repulsión instintiva, como si temiesen verlo traer a su existencia algo que podría turbar la regularidad sombría, penosa, pero tranquila. Habituados a ser aplastados por una fuerza constante, no esperaban ninguna mejora, y consideraban cualquier cambio como tendiente tan sólo a hacerles el yugo todavía más pesado.
    Los que hablaban de cosas nuevas, veían a las gentes del barrio huirles en silencio. Entonces desaparecían, volvían al camino, o si se quedaban en la fábrica, vivían al margen, sin lograr fundirse en la masa uniforme de los obreros...
    El hombre vivía así unos cincuenta años; después, moría..."

    M. Gorki. La madre.

    Comentado por: Un bárbaro el 30/5/2011 a las 13:18

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Biografía

Victor Gómez Pin estudió Filosofía en la Sorbona dónde obtuvo el grado de  Doctor de Estado con una tesis sobre el orden aristotélico. Actualmente es Catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona dónde ha impartido  las asignaturas de Teoría del Conocimiento, Introducción al Pensamiento matemático, Ontología y Filosofía de las ciencias Formales. Ha sido profesor en  la VIU (Venice International University), de Venecia, en cuya ciudad recibió en 2009 el Premio Internacional del Istituto Veneto di Scienze, Lettere ed Arti.

Su transcurso indisociablemente profesional y social está marcado por su incorporación al proyecto de "Zorroaga", en San Sebastian,  iniciado en 1979 por el  filósofo Ramón Valls Plana,   e inmediatamente asumido por Javier Echeverría.  Se aspiraba allí a que la Universidad del Pais Vasco se dotara de una  sección de Filosofía que respondiera a la exigencia kantiana de ser "un departamento entre otros y sin embargo toda la universidad".  La dificultad y previsible fracaso del empeño no impidió que  en su día  aceptaran incorporarse al proyecto, o jugaran un importante papel puntual,   personas de  muy  diferentes intereses teóricos (incluidas personalidades ajenas a la filosofía en el sentido estricto, como  Eduardo Chillida o el Medalla Fields de Matemáticas  René Thom). Grande era también la disparidad en  posicionamientos políticos, en un momento en el que el problema vasco era absolutamente candente.  Pero  se  pretendía en aquella facultad de Zorroaga  (otra cosa es que se consiguiera) que la diversidad en filiación política nunca primara sobre la exigencia de ser cabalmente humanos, es decir, avanzar siempre con la razón por delante.

Victor Gómez Pin trabaja actualmente en una tentativa de establecer el estado de la cuestión sobre las implicaciones que para el concepto heredado de naturaleza tienen ciertas disciplinas científicas contemporáneas. Pero convencido de que el reconocimiento de la pluralidad de intereses de la razón no implica renunciar a explorar los diferentes ámbitos de la misma, se ha introducido en  el universo de Marcel Proust  y en la apuesta de este escritor por hacer de la palabra matriz exclusiva de redención.      

Bibliografía


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