El ser del hombre y la inclinación a la rapiña
En una columna en la que se refiere a un texto anterior mío titulado "La ley en el origen" Basilio Baltasar hace diversas consideraciones de tipo ético y antropológico, preguntándose en primer lugar si la inteligencia del hombre es el resultado de su posición jerárquica o más bien habría que considerar la inversa. Esbozaré una respuesta en una columna posterior para centrarme hoy n otro extremo:
Basilio Baltasar evoca la posición teórica más o menos convencional que cabría calificar de "humanística" y que enfatiza la ruptura de continuidad que supondría en la historia evolutiva la aparición de las capacidades de simbolizar y de conceptualizar, vinculadas al lenguaje y a su singularidad entre los códigos de señales animales. Y frente a los que de lo anterior extraen como corolario una caracterización jerárquicamente positiva de nuestra especie, Basilio recuerda el hecho de que "el hombre es el único animal que organiza matanzas colectivas de seres de su misma especie" y se pregunta porque este hecho perturbador es relativizado cuando no omitido: "Investigar la función del hombre sin ponderar el significado de su patología como animal caníbal supone excluir el más incómodo de los interrogantes y quizá la que podría llegar a ser la más reveladora de las respuestas".
Creo sinceramente que Basilio Baltasar es parcial en este reproche. Muchos son los pensadores que como Hobbes o Freud han hurgado en los aspectos más o menos oscuros de la condición humana, que dejan poca esperanza para la erradicación de la violencia y el abuso. Posicionándome en este sentido he afirmado en esta y otras tribunas que los casos extremos de instrumentalización de las personas son una prueba de la radical humanidad del agresor. Humanidad todo lo perturbada que se quiera, pero desde luego humanidad. Cabe sospechar que una intrínseca polaridad diferencia el alma de los humanos de la de los demás seres animados, por la cual es precisamente susceptible no sólo de reconocer el bien y el mal sino de ser artífice del mismo.
Ni siquiera es necesario referirse, como Basilio hace, a los casos del Goulag, el Holocausto e Hiroshima (por otra parte en absoluto homologables entre sí en el registro de la intencionalidad, aun en el caso de que lo hubieran sido en las consecuencias- supongo que en el Presidente de los Estados Unidos la variable fundamental que le movía no era el odio o el desprecio de los japoneses, sentimientos no ausentes en el trato dado por Hitler a los judíos y por Stalin a sus disidentes). La complacencia con la que a veces patronos, cónyugues, superiores jerárquicos, etcétera instrumentalizan a las personas más indefensas de su entorno es una muestra cotidiana de una suerte de innata inclinación al mal.
Es más, en ocasiones la inteligencia humana parece reducirse a capacidad para hurdir rapiñas y descubrir la debilidad que permite hincar el diente. En situaciones caóticas, esas miradas expresión a la vez de miedo a la violencia sufrida y pulsión irrefrenable a practicarla, que pueden verse en las imágenes de saqueo. Y en ocasiones de orden consolidado, simplemente la gélida disposición de espíritu con la que un gestor trama la manera de que los intereses de los accionistas prevalezcan, ante la resistencia de un colectivo de trabajadores amenazado.
Pero esto no excluye la otra vertiente, esa potencialidad de conocimiento, fraternidad, convivencia lúdica que -en las antípodas de la actitud meramente compasiva- intentó ser fertilizada por los grandes movimientos humanistas. Y quiero enfatizar la oposición entre la fraternidad las prácticas compasivas: una militante comunista francesa, hija de obreros que formaron parte de la resistencia, declaraba hace poco que del fracaso del proyecto que encarnó la Revolución de Octubre, lo más insoportable era para ella el constatar que el sentimiento de solidaridad ante quien exigía con dignidad derechos, se sustituye por el sentimiento de compasión ante quien, genuflexo, implora misericordia. En cualquier caso la tesis probablemente lúcida de Basilio Baltasar "así como el gibón no puede dejar de ser monógamo, el hombre no puede dejar de ser criminal", es abstracta si no se la completa con la afirmación de que en circunstancia alguna puede el hombre dejar de sentir que la instrumentalización del débil degrada a quien la practica. O en otros términos: el imperativo categórico kantiano, pilar último de toda práctica ética, es efectivamente un universal antropológico. En la radical polaridad de ambas disposiciones reside lo intrínsecamente dialéctico de nuestra condición.
[Publicado el 13/4/2011 a las 09:00]
Comentado por: Maleas el 15/4/2011 a las 03:17
La cuestión sería saber en qué medida nos es posible pensar adonde nos lleva esa polar dialectica, pues mirando los derroteros que anda tomando el mundo no parece muy claro que los principios de razón y humanidad vayan a ser los que prevalezcan frente a las pulsiones de animalidad, nihilismo, autodestrucción..
Las prácticas de masas en los paises occidentales no son como para hacerse muchas ilusiones y cobijar esperanzas, sino más bien todo lo contrario; la indiferencia general ante el caos y la sinrazón general no debería augurar nada bueno.Lo que ello demuestra o refleja, es las profundas afinidades entre dominantes y dominados, entre capital y productores (o ciudadanos), o políticos corruptos y electores ( ver el caso Camps, donde mientras más ostentible es su implicación en la trama, más le votan los electores: ¿?) Esa dialectica de sinrazón/razón existe, está ahí, continuamente, en cada uno de nosotros; la cosa estaría en saber si el hombre podrá seguir existiendo, podrá sobrevivir, en tal superdestructiva polaridad, ¿o se hará vitalmente necesario para su supervivencia la creación, la transformación de esa forma por otra que haga posible salir del circulo cerrado de la autodestrucción?
Parece que cada día se va haciendo más urgente el refleccionar y replantearse esas bases de lo que somos y que parece que no podría seguir siendo así por mucho tiempo.
Comentado por: pe. el 14/4/2011 a las 10:07
Sabemos por la prensa que recientemente se ha reavivado de cara a la opinión pública aquel oscuro episodio cuyas sombras vuelven a proyectarse en toda su opacidad al sólo conjuro de unas siglas siniestras, el GAL. El señor Amedo arremete de nuevo contra el entonces presidente del Gobierno español Felipe Gonzalez.
Con el objeto de establecer una diferencia conceptualmente precisa del problema, se pueden convenir dos formas de la responsabilidad, una personal y otra impersonal. En su momento fue también doble su faz: había una responsabilidad en relación a los delitos concretos, y había una responsabilidad en relación a la cobertura parapolicial que aquellos tuvieron. La forma de la repsonsabilidad a la que Amedo apela afecta directamente, no ya a aquellos implicados en las acciones delictivas concretas, que tuvieron un carácter marcadamente mercenario, sino a las responsabilidades que pudiesen corresponder a quienes las promovieron, afecando más en este caso a los gobernantes bajo cuyo mandato se cometieron.
A fin de determinar estas últimas, la exigencia está en que se diriman responsabilidades personales, aquellas que derivasen de una participación directa en las decisiones. Frente a esa modalidad de la responsabilidad tendríamos su complementaria, definida por contraste con la misma, a la que convengo en llamar impersonal, parafraseando a alguien de cuyo nombre no puedo acordarme. Aquél lamentaba que los terroristas no tuvesen nada impersonal a favor de los víctimas; desde aquí lamentamos que nada impersonal tuviesen algunos en contra de las actividades mercenarias. Hay, pues, una responsabilidad impersonal en aquellos hechos, además de la personal que el mercenario acusa en su mando, implicando directametne al señor Gonzalez. Líbreme el cielo de apoyar en nada la palabra de alguien que está sellada desde el principio por la mentira y la falsedad, pero con la misma fuerza echo a faltar en el expresidente del Gobierno todo asomo de responsabilidad impersonal.
Mi propósito no es inmiscuirme en esa polémica periodística, para-judicial por definición (por definición de "prensa"), sino en deslindar esas dos modalidades de la responsabilidad, bajo cuyo supuesto quisiera denunciar algunas inconsistencias en su discurso, señor Victor Gómes Pin.
Escribía usted aquí mismo una nota dedicada al escritor Celine, objetándole su irresponsabilidad al no denunciar las rapiñas a la que se dió el gobierno pro-nazi francés. Nada objeta en principio a las tendencias políticas del escritor (concedámoslo --sugiere-- como concedemos el hecho de qu pudiera tener alguna remota justificación dialéctica), pero he aquí un hecho que por anticipado repele a la conciencia moral investidad de responsabilida política; ergo, cualquier posible concesión dialéctica queda descartada. Recae sobre el escritor el cargo de responsabilidad personal. Pero, dígame usted, ¿puede usted presentar pruebas de que Celine tenía conocimiento de esos hechos, o de tomar parte en ellos? Si usted no los tiene, usted está de hecho cualifiando negativamente lo que en apariencia ha concedido, por tolerancia dialéctica aparentemente, cuando en realidad le está aplicando una condena sumarísima. Es evidente que su interés está en abjurar de toda ideología por-nazi con el obejeto de justificar, con igual grado de abstracción y generalidad, toda ideología digamos por-comunista. Pero la manera como lo hace es sofística.
En todo caso, toca decidir si en el caso de Celine hubo o no, en su defecto, alguna responsabilidad impersonal. De nuevo le dirijo a usted una pregunta, puesto que carezco de datos acerca de la vida y hechos de ese hombre (tampoco es mi propósito defender su persona, como espero que usted entienda): ¿tuvo alguna vez voz o, mejor dicho, mando en los cuadros fascistas franceses? Si es que lo tuvo, ¿llegó a poseer un poder de decisión tal que nada puediera eximirle de su implicación? En principio yo supongo que no, que ni militó en las fuerzas fascistas ni se comprometió en actividades facciosas, solamente por conveniencia dealéctica, para que esta disquisición pueda seguir adelante y llegar al fin que, repito, propiamente se le destina.
Comparando el caso de Celine con el del GAL que he tomado como punto de partida, su responsabilidad en la rapiña que usted le afea, no se asemeja ni a la del señor Amedo ni a la del señor González; puestos a buscar, cabría achacarle alguna responsabilidad como cabría achacársela al señor Félix de Azuá, que en la época se entrevistaba con el presidente del Gobierno. Y hete aquí la piedra de escándalo: un latido desacompasado nos ha dolido para adentro. ¿Por qué? Véase la analogía en su justo límite: ambos son escritores que en algún momento han optado por vincularse, sin contar con que ese vínculo pdiera traicionarlos, a riesgo de hacerse reos de tales o cuales consecuencicas impersonales. ¿Qué es lo que vuelve injustificable un caso y excusable el otro, sino una nueva generalidad abstracta, que se traduce ahora en que frente al maldito pro-nazi se nos agravia al digamos bendito pro-pueblo?
Aquí y ahora llego al punto que me interesa. Y es que hay cosas que por su extremada labilidad no se dejan ver sino transversalemnte. Así lo manifiesta usted mismo en otro de sus artículos, cuando reconoce que se puede llamar a alguien piojoso sin cecesidad de pronunciar el insulto. Creo que homologaba así usted la afrenta que alguien puede sentir al ser insultado de esa manera con cierto tipo de opinión. Bien está: entre la afrenta sin el insulto y el insulto puro y duro el equilibrio absoluto iguala retóriamente ambas sentimientos. Ahora bien, hay un desequilibrio casuísticamente; es el insulto el que otorga sentido a la figura y, por ello, se infiere que quien insulta directamente mancilla con mayor gravosidad qu quien sin usar tales palabras admite personal o impersonalmente unos hechos u opiniones mancillantes. Cuando la obscenidad se juzga probatoria de hecho, el insulto queda definido en su desafuero, y se llama blasfemia: una entidad queda sojuzgada maniqueamente, y la retórica del persón vuelve reconocible quién deba quedar moralmente indemne.
Acaso alguna vez le han insultado a usted llamádole piojoso (es lo que da a entender su escrito). Si es que le ha ocurrido, le dolor que haya sentido quizás pueda ayudarle a entender el dolor de quien es tratado como si fuese un piojoso. Creo que es usted lo suficientemente perspicaz como para entender la diferencia, aunque nunca llegue usted a comprenderla del todo, porque para ello habría usted de sentir ese trato igual que ha sentido el insulto. Ni usted ni Félix de Azúa ni demás han sido tratados jamás como si fuesen unos piojoso. Quedaría por ver si a algunos de ustedes les corresponde alguna responsabilidad impersonal en relación a alguna presona que haya sido y siga siendo objeto de ese trato... hasta la rapiña y la ignominia. El ladrón no llama rapiña a lo que hace con sus propias manos; la llama justicia.
Para que ustedes lo comprendan mejor, baste con aducir de nuevo el caso inicial. No cabe ninguna duda de que el ciudadano francés Segundo Marey, víctima del GAL que falleció a consecuencia de una enfermedad incubada como consecuencia de su secuestro; esa víctima, digo, fue tratada como si fuese un piojoso; y creo que la prensa sigue tratándolo como tal cuando no deja de hacer de su memoria motivo de polémica y noticiario diario. En verdad, para la prensa todos somos potencialmente unos piojosos, y donde digo prensa digo igualmente comidilla en lengua MU. Son el haz y el envés de la misma moneda: el periodista cachifollador y el lector cachipolla (lea el lector las últimas palabras también en género femenino, o marcado, como corresponde a la puebla).
Eso es ser tratado como un piojoso. Me concederán ustedes que, casuísticamente, ser oobjeto de ese trato es bastante más vejatorio que ser objeto del insulto. Puestos en parangón, hasta pudiera uno pensar que siendo quien es tratado como un piojoso quien grita "¡sois unos piojosos!", el insulto resulta realmente digno y edificante. Ruego no faltar a la memoria del difunto pensando que bien pudo ser su caso llegando a cierto extremo, y pronunció en su fuero interno un solemne ¡PIOJOSOS! ¡GRANDÍSIMOS PIOJOSOS!
Firma el piojo de Zorroaga.
Comentado por: Celine y Azua el 13/4/2011 a las 17:28
Victor Gómez Pin estudió Filosofía en la Sorbona dónde obtuvo el grado de Doctor de Estado con una tesis sobre el orden aristotélico. Actualmente es Catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona dónde ha impartido las asignaturas de Teoría del Conocimiento, Introducción al Pensamiento matemático, Ontología y Filosofía de las ciencias Formales. Ha sido profesor en la VIU (Venice International University), de Venecia, en cuya ciudad recibió en 2009 el Premio Internacional del Istituto Veneto di Scienze, Lettere ed Arti.
Su transcurso indisociablemente profesional y social está marcado por su incorporación al proyecto de "Zorroaga", en San Sebastian, iniciado en 1979 por el filósofo Ramón Valls Plana, e inmediatamente asumido por Javier Echeverría. Se aspiraba allí a que la Universidad del Pais Vasco se dotara de una sección de Filosofía que respondiera a la exigencia kantiana de ser "un departamento entre otros y sin embargo toda la universidad". La dificultad y previsible fracaso del empeño no impidió que en su día aceptaran incorporarse al proyecto, o jugaran un importante papel puntual, personas de muy diferentes intereses teóricos (incluidas personalidades ajenas a la filosofía en el sentido estricto, como Eduardo Chillida o el Medalla Fields de Matemáticas René Thom). Grande era también la disparidad en posicionamientos políticos, en un momento en el que el problema vasco era absolutamente candente. Pero se pretendía en aquella facultad de Zorroaga (otra cosa es que se consiguiera) que la diversidad en filiación política nunca primara sobre la exigencia de ser cabalmente humanos, es decir, avanzar siempre con la razón por delante.
Victor Gómez Pin trabaja actualmente en una tentativa de establecer el estado de la cuestión sobre las implicaciones que para el concepto heredado de naturaleza tienen ciertas disciplinas científicas contemporáneas. Pero convencido de que el reconocimiento de la pluralidad de intereses de la razón no implica renunciar a explorar los diferentes ámbitos de la misma, se ha introducido en el universo de Marcel Proust y en la apuesta de este escritor por hacer de la palabra matriz exclusiva de redención.
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