El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

miércoles, 30 de mayo de 2012

 Blog de Patricio Pron

Ferdinand Cheval y Franz Gsellmann, los constructores del mundo

Franz Gsellmann brinda con el lector ante su Weltmaschine. Foto: Gery Wolf

Ni Ferdinand Cheval ni Franz Gsellmann viajaron mucho, y ninguno de ellos tenía una educación amplia; naturalmente, su conocimiento de las tradiciones artísticas era escaso o nulo, y sin embargo ambos se propusieron la tarea, absurda por su ambición y complejidad, de crear modelos que representasen la Humanidad y el mundo y de algún modo lo consiguieron. Ambos fueron considerados locos o imbéciles por sus familiares y vecinos, pero en la actualidad se piensa en ellos también como pioneros del Art Brut, es decir, de la producción artística surgida de la intuición y de la necesidad irrefrenable de hacer algo incluso aunque no se sepa cómo hacerlo.
 
01. Ferdinand Cheval fue un simple cartero rural de la pequeña localidad de Hauterives, en el departamento francés del Drôme, que en 1879 comenzó la construcción de un "Palais Idéal" cuya finalidad era promover la concordia entre los pueblos. A manera de manifestación de ese espíritu internacionalista, la edificación debía reunir los elementos más característicos de todas las arquitecturas del mundo. Aunque Cheval jamás había salido del departamento del Drôme y carecía de seguridades económicas que le permitiesen viajar en busca de inspiración, ésta no fue un problema ya que obtuvo toda la información que necesitaba de las postales que repartía en su jornada diaria, una monótona caminata de treinta y dos kilómetros entre Hauterives y Tersanne y de regreso, y de la revista Magasin Pittoresque, que solía hojear regularmente.
 
Cheval construyó en primer término una "gruta de san Amadeus" coronada por dos cascadas; sólo esta parte de la obra le tomó tres años, ya que el cartero trabajaba tras su agotadora jornada laboral y carecía de conocimientos de construcción. A continuación levantó un "templo de la naturaleza" en estilo egipcio (o en lo que creía que era el estilo egipcio), en cuya gruta deseaba ser enterrado "como los faraones de antaño" (aunque el permiso municipal para ello le fue denegado). A estas construcciones le siguieron una "gruta de la Virgen María", un pabellón llamado "los cuatro evangelistas" y un templo en estilo hindú con cuatro columnas de grandes dimensiones que debían representar la unidad de las religiones. En el extremo opuesto de la construcción ubicó tres estatuas de grandes dimensiones de Julio César, Arquímedes y el héroe galo Vercingetórix que modeló con arena y cal él mismo: a los pies de cada una de estas figuras yacían dos momias. A estas estatuas les siguieron más figuras: de Adán y Eva, de la sacerdotisa celta Veleda, de la diosa egipcia Isis y de Sócrates, que Cheval colocó en nichos y galerías del ala este (veintiséis metros de largo) de la construcción. En el ala oeste construyó una mezquita, a la que añadió un castillo medieval, una casa de planta cuadrangular en estilo argelino, un chalet suizo con cuatro abetos de piedra y un pequeño templo hinduista. El resultado era un laberinto incomprensible de torrecillas, escaleras, galerías, terrazas y pedestales adornados con motivos vegetales confeccionados con caracoles, guijarros y conchas de moluscos y figuras antropomorfas y cabezas de elefantes, serpientes, camellos, cocodrilos, cabras, perros de grandes orejas, gansos y águilas y una frase grabada a modo de explicación en una de las paredes: "[aquí] las hadas del Oriente se hermanan con las de Occidente".
 
Cheval fue ridiculizado por sus vecinos, pero no dejó de trabajar hasta cumplir la edad de setenta y seis años, cuando dio su obra por concluida. "Mi cuerpo lo ha resistido todo en nombre de mi idea, el clima, las críticas, los años", afirmó el cartero. Al acabar, grabó la siguiente inscripción en la esquina noreste del edificio: "1879-1912: 10.000 días, 93.000 horas, 33 años de esfuerzo. Quien sea más persistente que yo que se ponga a trabajar".
 
Cheval murió el 19 de agosto de 1924 a la edad de ochenta y ocho años. Una interpretación psicologista para su obra podría apelar a las sucesivas desgracias que le acaecieron: sus padres murieron antes de que él cumpliera los veinte años de edad, su primera mujer falleció siendo todavía joven, su primogénito apenas vivió un año y una hija de su segundo matrimonio enfermó de meningitis a la edad de quince años y murió. Quizás estos infortunios expliquen algo pero no lo explican todo: hay un aspecto incomprensible en la ciega determinación de Cheval de "despertar a la reina del mundo de su sueño" (como afirmó) y ese algo es lo que atrajo a André Breton, que consideró al cartero un pionero del surrealismo, a Pablo Picasso, Jean Tinguely y Max Ernst, que peregrinaron a Hauterives, y a Peter Weiss, que escribió un ensayo sobre Cheval y su obra; siendo ministro de cultura, André Malraux consiguió finalmente que el Palais Idéal fuera colocado bajo protección oficial por tratarse del "único ejemplo de arquitectura ingenua del mundo entero".
 
02. El cartero francés Cheval tiene un homólogo en el campesino austríaco Franz Gsellmann, quien entre 1958 y 1981 construyó en el patio de su propiedad, en las afueras del pueblo de Edelsbach bei Feldbach, una "Weltmaschine" o "Máquina del Mundo". Su nombre le fue dado al aparato posteriormente, ya que se desconoce para qué sirve y el propio Gsellmann dio respuestas esquivas cuando fue interrogado al respecto.
 
A modo de explicación, Gsellmann comentó alguna vez que una noche de 1957 había soñado con la máquina, completa y en funcionamiento; un año después, una fotografía en un periódico local del Atomium, una gigantesca estructura de plástico y metal que constituía el símbolo de la exposición mundial de Bruselas, fue el disparador de su construcción. Gsellmann viajó a Bruselas, tomó apuntes sobre el Atomium y, al regresar a su propiedad rural, comenzó a encerrarse en una habitación todas las tardes; ocho años después mostró la primera versión de la máquina a sus familiares, que no conocían el proyecto. Excepto por aquel viaje decisivo a Bruselas, Gsellmann nunca abandonó su pueblo.
 
La Máquina del Mundo está construida principalmente con chatarra y mide cuatro metros de largo, cuatro de alto y dos de ancho; se compone de aproximadamente dos mil piezas alimentadas por veinticinco motores eléctricos, entre las que se cuentan un águila de porcelana, una lámpara infrarroja, partes de un órgano, tres luces azules, sesenta y cuatro silbatos, un secador de cabello, doscientas bombillas, catorce campanas, un tubo de oxígeno y un cohete de juguete. La máquina zumba, se sacude, se ilumina intermitentemente y ruge, pero su función es desconocida. No se sabe si su inventor le había previsto una (que no llegó a formular antes de su muerte) o si la máquina nunca la tuvo realmente; en este último caso, tendría el mejor nombre posible, ya que el mundo del que es representación también parece carecer de sentido.
 

 
Gsellmann trabajó en la "Weltmaschine" hasta poco antes de su muerte; sus vecinos le recuerdan como un hombre pequeño que pesaba unos cuarenta kilos, fumaba mucho, bebía mosto y solía tener siempre frío: en verano llevaba dos chaquetas, una encima de la otra, y en invierno tres. Sólo dio dos entrevistas en su vida, a la televisión nacional de Austria. En ellas sostuvo: "La construcción de máquinas es un talento que tengo. Dios me dio ese don: si un hombre tiene un don, éste lo impulsa. Es como cuando a comienzos de año el rosal produce pequeños pimpollos y en mayo o junio están allí las flores, así es como yo continúo año tras año". Trabajó veintitrés en su máquina.
 
La "Weltmaschine" puede verse en la antigua residencia de Franz Gsellmann y es el tema del ensayo de Gerhard Roth y Franz Killmeyer Gsellmanns Weltmaschine [La Máquina del Mundo de Gsellmann], de 1996, y de la novela de Klaus Ferentschik Der Weltmaschinenroman [La novela de la Máquina del Mundo], de 2008; con motivo del cincuentenario del inicio de su construcción y del centenario del nacimiento de su creador ese mismo año se estrenaron una composición musical y un ballet basados en la historia de Franz Gsellmann. Según sus herederos, unas quince mil personas visitan la máquina cada año.
 
[Publicado originalmente en El Cultural de El País de Montevideo. Agosto 6 de 2010.]

[Publicado el 16/8/2010 a las 10:00]

[Etiquetas: Ferdinand Cheval, Franz Gsellmann, Art Brut]

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Comentarios (2)

  • Para mí, la catedral de Mejorada es algo más comprensible: intenciones más o menos buenas al servicio de un fin más o menos identificable. Incluso el Palais tiene un particular fin filantrópico que al menos para su creador resultaba verosímil.

    Pero la Weltmaschine está en otra liga, la liga de lo gloriosamente intransitivo. Brindo con Gsellmann, que parece un tío simpático.

    Comentado por: Walcott el 24/8/2010 a las 09:04

  • Grande. Sobre todo lo de ponerse tres chaquetas una encima de otra.
    ¿Has oído hablar de la catedral de Mejorada del Campo?
    (Fascinante también la entrada sobre el memorioso Salomon)

    Comentado por: Álvaro el 16/8/2010 a las 23:22

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Biografía

Patricio Pron (Argentina, 1975) es autor de los volúmenes de relatos Hombres infames (1999), El vuelo magnífico de la noche (2001), El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan (2010) y Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990-2010 (2011) y de las novelas Formas de morir (1998), Nadadores muertos (2001), Una puta mierda (2007), El comienzo de la primavera (2008), ganadora del Premio Jaén de Novela y distinguida por la Fundación José Manuel Lara como una de las cinco mejores obras publicadas en España ese año, y El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (2011), que será traducida al noruego, francés, italiano, inglés, neerlandés y alemán. Su trabajo ha sido premiado en numerosas ocasiones, entre otros con el premio Juan Rulfo de Relato 2004, y antologado en Argentina, España, Alemania, Estados Unidos, Colombia, Perú y Cuba. Sus relatos han aparecido en publicaciones comoThe Paris Review y Zoetrope (Estados Unidos), die horen (Alemania), Etiqueta Negra (Perú), Esquire (México), Il Manifesto (Italia) y Eñe (España). Recientemente la revista inglesa Granta lo ha escogido como uno de los veintidós mejores escritores jóvenes en español del momento. Pron es doctor en filología románica por la Universidad «Georg-August» de Göttingen (Alemania); en la actualidad vive en Madrid.

Bibliografía

 
 
 
 

 

Ficción

 

Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990-2010. La Paz (Bolivia): El Cuervo, 2011.

 

El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia. Barcelona: Mondadori, 2011.

 

El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan. Barcelona: Mondadori, 2010.

 

El comienzo de la primavera. Barcelona: Mondadori, 2008.

 

Una puta mierda. Buenos Aires: El cuenco de Plata, 2007.

 

El vuelo magnífico de la noche. Buenos Aires: Colihue, 2001.

 

Nadadores muertos. Rosario: Editorial Municipal de Rosario, 2001.

 

Hombres infames. Rosario: Bajo la luna nueva, 1999.

 

Formas de morir. Rosario: Universidad Nacional de Rosario Editora, 1998.

 

 

 

Edición

 

Zerfurchtes Land. Neue Erzählungen aus Argentinien [Tierra devastada: Nuevos relatos de Argentina]. Coed. con Burkhard Pohl. Göttingen: Hainholz Verlag, 2002.

 

 

Crítica

 

"Aquí me río de las modas": Procedimientos transgresivos en la narrativa de Copi y su importancia para la constitución de una nueva poética en la literatura argentina. Göttingen: Niedersächsische Staats- und Universitätsbibliothek Göttingen, 2007.

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