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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

martes, 21 de noviembre de 2017

 Blog de Patricio Pron

Un diario al margen de la revolución / "La insurrección en Dublín" de James Stephens / Prólogo

Por Matías Battistón *

La escena es famosa y confusa. El historiador irlandés Fearghal McGarry la reconstruye así: al mediodía del 24 de abril de 1916, lunes de pascua, treinta miembros del Ejército Ciudadano Irlandés se dirigen al Castillo de Dublín, el complejo de edificios donde late el centro administrativo y simbólico del gobierno británico. Están pertrechados con revólveres, rifles, escopetas. Alguna que otra pista les indica que la gente en la calle no los termina de tomar en serio. "Tira corchos", les gritan cada tanto.

Cuando llegan a la entrada al castillo, la reacción de James O'Brien, oficial veterano de la fuerza metropolitana de policía, no es muy distinta. Desarmado, solo, impasible, O'Brien extiende el brazo para bloquearles el ingreso. Es ahí cuando Seán Connolly -conocido actor amateur, joven padre de familia, empleado público a la vuelta de la esquina del Castillo, en el City Hall- levanta su rifle y le descerraja un tiro en la cabeza. O'Brien, la primera víctima del levantamiento, sigue de pie por algunos segundos antes de desplomarse al suelo.

Los demás rebeldes, azorados, vacilan y entran corriendo al patio del predio. A los tiros, revientan los vidrios de una sala cercana -donde seis guardias rodeaban tranquilos una cacerola de guiso lento-, arrojan una bomba casera que al final nunca estalla, y no tardan en reducir a los soldados y maniatarlos con sus propias polainas reglamentarias.

A pocos metros de distancia, Ivon Price, jefe de inteligencia del ejército británico, está reunido con el Subsecretario de Irlanda, Sir Matthew Nathan, y el Secretario de la Oficina de Correos, Arthur Norway, para discutir el desarme y la supresión del Ejército Voluntario Irlandés, aparentemente al borde de la sublevación. "¡Ya empezaron!", advierte Price de inmediato al oír los disparos. Sin pensárselo dos veces, saca su revólver y se abalanza al patio central del predio, donde comienza a tirar contra los intrusos. Lo más probable es que Price fuera el único oficial armado de todo el complejo.

Hasta el día de hoy, nadie sabe muy bien cómo es posible que los rebeldes no hayan podido tomar el Castillo. "No podría haberles resultado más fácil", comentaría Price más tarde. El periódico The Irish Times atribuyó el hecho a los reflejos rápidos de uno de los guardias, que habría logrado cerrar el portón justo a tiempo. Un empleado postal Un diario al margen de la revolución que vio lo sucedido afirmó que los rebeldes parecían haberse asustado por un portazo, que confundieron con un disparo. Helena Molony, una de las dos mujeres que participaron del asedio, admitió que muchos de los hombres ni siquiera se decidían a entrar.

Característicamente, estaban más seguros de la importancia de lo que hacían que de lo que estaban haciendo. Podría decirse que, de algún modo, la confusión, la violencia y la falta de previsión de ese primer ataque encapsulan todo el alzamiento. En retrospectiva, la morosidad del gobierno británico para poner fin a las actividades de los Voluntarios Irlandeses parece igual de incomprensible que la vacilación de los Voluntarios en el Castillo. "Que las autoridades permitieran que un grupo de revoltosos sin respeto por la ley fueran entrenados y armados abiertamente, y se equipararan con un arsenal de rifles y explosivos, es una de las cosas más asombrosas -declaró William Martin Murphy ante la Comisión Real, encargada de investigar la revuelta- que podrían suceder en un país civilizado fuera de México".

Cerca de una hora después de ultimar a O'Brien, el mismo Seán Connolly pasó a ser, en un acto de simetría casi burda, la primera víctima rebelde, cuando lo alcanzó un francotirador británico en el techo del City Hall. Para entonces, varios edificios clave de Dublín ya habían sido tomados, y el levantamiento quizá más decisivo de la historia de Irlanda se iba imponiendo, ante un pueblo incrédulo, como una realidad.


II

Si incluso algunos de los líderes del levantamiento, como The O'Rahilly, se enteraron casi sobre la hora de que la rebelión iba a llevarse a cabo, no es del todo extraño que James Stephens, poeta, novelista y empleado público, ni siquiera lo sospechara. En el trayecto entre su casa en Fitzwilliam Place y su oficina en la Galería Nacional de Irlanda, en lo que para él era hasta entonces un día como cualquier otro, Stephens pasa por uno de los focos principales de resistencia rebelde, St. Stephen's Green Park (el "Green"), y descubre, casualmente, que la ciudad se alzó en armas.

Ajeno a las dos coordenadas típicas del relato testimonial (estar en el lugar indicado en el momento justo, estar en el peor momento en el lugar equivocado), La insurrección en Dublín es un diario en primera persona que refleja cómo vivió el Alzamiento de Pascua la mayor parte de los dublineses en el centro de la ciudad: sumidos en un total desconocimiento de lo que realmente sucedía.

Declarado el estado de sitio, sin periódicos, sin medios de comunicación, la gente queda librada a sus propios recursos para conseguir el más mínimo dato que le permita interpretar el caos que la rodea. ("La barbarie es mayormente la ausencia de noticias", observa Stephens al quinto día). La noticia es reemplazada por el rumor. Y el diario documenta, entonces, no lo que pasa, sino lo que se dice que está pasando. Vagos, muchas veces contradictorios, los rumores trazan en este libro una especie de línea paralela a la historia oficial, un compendio de versiones que forman un extraño poliedro de verdades a medias, esperanzas y temores. Es una muestra ejemplar de rumorología. Stephens por momentos genera la impresión de que para ser un cronista brillante solo se necesita no estar bien informado.

Las escenas que describe, a menudo fragmentarias, minúsculas, siempre dejan entrever un drama oculto o una arista cómica inesperada en medio de la balacera. Paula Meehan publicó hace algunos años un poema titulado "Them Ducks Died for Ireland" [Esos patos murieron por Irlanda], en el que, basándose en la documentación oficial del parque, habla de las aves que murieron en St. Stephen's Green por el fuego cruzado durante el levantamiento. Como en el caso de esas anátidas víctimas de la independencia, James Stephens comenta, por ejemplo, la suerte de los caballos del ejército inglés, vapuleados o degollados por los rebeldes, pero acariciados y protegidos con palos y piedras por las vecinas del barrio.

Este tipo de pormenor microhistórico convive con otros de carácter anecdótico o infraordinario, a veces de orden personal. Stephens no se limita a decir que hubo saqueos: precisa que los saqueadores preferían las tiendas de golosinas. No se limita a indicar que el levantamiento lo toma desprevenido: añade que justo entonces estaba pensando en aprender a tocar el dulcémele.

Es difícil pasar por alto su ambivalencia ante la revuelta. Nacionalista militante, Stephens siempre tuvo la mayor de las admiraciones por el coraje militar -de hecho, lo único que impidió que se uniera al ejército en su juventud fue su altura: medía un metro cuarenta y siete descalzo, exactamente lo mismo que la Lolita de Nabokov-, pero la violencia, en la práctica, más allá del gusto por la acidez verbal, no lo atrae. En varias partes del diario nota la fascinante reticencia de la gente en la ciudad a declararse a favor o en contra de los Voluntarios. Durante la semana entera, sin embargo, él se guarda su opinión con idéntico cuidado y de un modo igual de fascinante.

En el epílogo al diario, escrito poco después del Alzamiento, Stephens intenta explicar sus causas y posibles consecuencias, separando con admirable lucidez las hipótesis simples, lógicas y convincentes de las que son, por el contrario, sencillamente ciertas. Es un momento bisagra, tenso, en el que la opinión pública está a punto de dar un vuelco decisivo. La ejecución de los líderes rebeldes por parte de Gran Bretaña, unida a su burda seguidilla de arrestos masivos y condenas en teoría ejemplares, terminará ganándose la indignación de Irlanda y transformando a los líderes en mártires.

Ya Patrick Pearse (quien posiblemente no haya disparado un solo tiro en todo el levantamiento) había escrito en "La revolución que se avecina", un artículo publicado en 1913, que "el derramamiento de sangre es algo que purifica y sacraliza". El lector atento notará que en ningún lugar dice que esa sangre necesariamente sea la ajena.


* Matías Battistón ha traducido más de treinta títulos de literatura de habla inglesa y francesa desde 2013 para diversas editoriales independientes en Argentina. En 2016 fue becado por el Trinity Centre for Literary Translation en Dublín, donde impartió seminarios para la Maestría en Traducción Literaria de Trinity College, y en 2017 fue elegido para participar en el Programa Looren Latinoamérica, en Zúrich. Entre otros, ha traducido a Samuel Beckett, Gustave Flaubert, James Joyce, Roland Barthes, John Cage y Édouard Levé. Este prólogo forma parte de La insurrección en Dublín de James Stephens (Trad. y Pról. Matías Battistón. Buenos Aires: Godot, 2017).

[Publicado el 07/11/2017 a las 10:30]

[Etiquetas: James Stephens, Matías Battistón, Ediciones Godot, Testimonio, Prólogo]

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Foto autor

Biografía

Patricio Pron (1975) es doctor en filología románica por la Universidad Georg-August de Göttingen, Alemania. Su trabajo ha sido premiado en numerosas ocasiones, entre otros con el Premio Juan Rulfo de Relato, y traducido a diez idiomas. Entre sus obras más recientes se encuentran el libros de relatos La vida interior de las plantas de interior (2013), así como el ensayo El libro tachado: Prácticas de la negación y el silencio en la crisis de la literatura (2014) y las novelas El comienzo de la primavera (2008), El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (2011), Nosotros caminamos en sueños (2014) y No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles (2016). En 2010 la revista inglesa Granta lo escogió como uno de los veintidós mejores escritores jóvenes en español. 

 

Fotografía: Javier de Agustín

Bibliografía

 
 
 
 

 
 

 

Ficción

No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles. Barcelona: Literatura Random House, 2016. 

Nosotros caminamos en sueños. Barcelona: Literatura Random House, 2014. 

La vida interior de las plantas de interior. Barcelona: Mondadori, 2013.

Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990-2010. La Paz (Bolivia): El Cuervo, 2011.

El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia. Barcelona: Mondadori, 2011.

El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan. Barcelona: Mondadori, 2010.

El comienzo de la primavera. Barcelona: Mondadori, 2008.

Una puta mierda. Buenos Aires: El cuenco de Plata, 2007.

El vuelo magnífico de la noche. Buenos Aires: Colihue, 2001.

Nadadores muertos. Rosario: Editorial Municipal de Rosario, 2001.

Hombres infames. Rosario: Bajo la luna nueva, 1999.

Formas de morir. Rosario: Universidad Nacional de Rosario Editora, 1998.

 

No ficción:

El libro tachado. Madrid: Turner. 2014. 

 

Edición

Zerfurchtes Land. Neue Erzählungen aus Argentinien [Tierra devastada: Nuevos relatos de Argentina]. Coed. con Burkhard Pohl. Göttingen: Hainholz Verlag, 2002.

Crítica

"Aquí me río de las modas": Procedimientos transgresivos en la narrativa de Copi y su importancia para la constitución de una nueva poética en la literatura argentina. Göttingen: Niedersächsische Staats- und Universitätsbibliothek Göttingen, 2007.

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