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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

martes, 21 de noviembre de 2017

 Blog de Patricio Pron

"Nosotros caminamos en sueños" / Un fragmento / Cita

Mientras nos acercábamos a las trincheras vimos que durante nuestra ausencia habían instalado unas letrinas contiguas a lo que iba a ser nuestro alojamiento. Whitelocke, que había salido a nuestro encuentro, nos contó que, al estudiar el sitio que le habían asignado, uno de los soldados había dicho a su superior: «Mi cabo, no cabo en la cama». «No sea burro, soldado: se dice "quepo"», le había respondido su superior. «Ah, entonces: mi quepo, no cabo en la cama», había dicho el soldado. «Ay», se quejó Moreira. Whitelocke nos dijo además que durante nuestra ausencia el Capitán Mayor había ordenado realizar una incursión en las líneas enemigas, pero un rato después, y de forma independiente, el antiguo Principal Mayor, que ahora sólo era Sargento Capitán -en su furia, el Capitán Mayor se había saltado los rangos intermedios de Sargento Ayudante y Sargento Primero- había enviado a unos soldados a que colocasen alambre de espino frente a nuestras trincheras; la mayor parte de los involucrados en la incursión habían muerto al regresar y encontrarse con las alambradas: algunos habían intentado cortarlas con las manos, otros habían tratado de superarlas por arriba, algunos simplemente se habían dedicado a correr de un sitio a otro buscando un hueco en ellas, otros habían muerto tratando de excavar un túnel para superarlas por debajo y algunos habían sido rematados por orden del Capitán Mayor porque sus gritos podían alertar al enemigo, que ametrallaba desganadamente a los soldados atrapados en la tierra de nadie pero no se decidía a bombardearnos. «¡Vended cara vuestra derrota!» les había exigido el Capitán desde las trincheras, pero alguien le había respondido: «¿Quién va a comprar una derrota, y además cara?», y luego otro había gritado «¡Deja de robar!» y todos habían muerto. Aún se veían jirones de uniformes entre los alambres y alguien había quedado enganchado entre ellos, de espaldas a los soldados y con el pantalón desgarrado. Algún gracioso le había escrito en las nalgas: «El rostro de la victoria».
 
 
Nunca supe quién era aquel soldado, pero conseguí quitarle las botas y me las puse. No fue fácil porque él tenía los pies hinchados y yo los tenía rígidos y helados y porque el contacto con su piel fría me llenaba de asco. Cuando conseguí regresar a nuestra posición descubrí que por fin tenía los pies medianamente calientes pero que estaba empapado y aterido por haber tenido que arrastrarme hasta la alambrada para obtener las botas, y vi al Sargento Clemente S rodeado por los soldados de mi compañía y revolviéndose y dando gritos a uno y otro. Me incorporé al grupo que conformaban junto a la trinchera y El Nuevo Periodista me susurró que la discusión se había desatado cuando el Sargento Clemente S había admitido que no teníamos tanques. «Sin tanques no podemos ganar la guerra», sacudía la cabeza O'Brien ante la mirada incrédula de nuestro superior. «¿Es que no lo sabe, soldado? Napoleón Bonaparte no necesitó tanques para rendir Europa a sus pies», argumentó el Sargento Clemente S mientras se golpeaba nerviosamente la pantorrilla de la pierna derecha con su fusta. «En Waterloo seguramente le hicieron falta», respondió O'Brien. «Quizá debiéramos rendirnos hasta que nos los entreguen», sugirió Mirabeaux para desesperación del Sargento Clemente S, que le gritó: «¡No podemos rendirnos sólo por no tener tanques! Napoleón no tenía tanques en Austerlitz». «Los austríacos tampoco», le recordó El Nuevo Periodista sin dejar de tomar notas. «¿Dónde pensabais vosotros que íbamos a poner todos esos tanques? Esto es una isla, ¿sabéis? No hay sitio suficiente para todo eso», balbuceó el Sargento. «Estoy seguro de que el Alto Mando ya ha pensado en ello y sabe qué haremos cuando el enemigo venga con sus tanques», afirmó El Nuevo Periodista procurando congraciarse con el Sargento. «No sabemos si el enemigo tiene tanques», respondió nerviosamente el Sargento Clemente S, y Sorgenfrei propuso a continuación que podíamos destruir sus tanques con nuestros aviones. A todos nos pareció una idea muy buena y asentimos a la espera de que el Sargento también lo hiciera, pero el Sargento Clemente S estaba tan nervioso que quiso acomodarse el casco con la fusta como seguramente había visto hacer a algún actor en alguna película y sólo consiguió hacerse un corte sobre la ceja derecha, que empezó a sangrar de inmediato. «Verán, el hecho es que tampoco tenemos aviones», balbuceó mientras se quitaba la sangre que le caía sobre un ojo. O'Brien se lanzó sobre él y ambos rodaron por el piso; como O'Brien era más fuerte y se encontraba en mejor forma, y además no era el tipo que nos había metido en todo eso, le dejamos golpear al Sargento Clemente S un buen rato antes de separarlos. A continuación el Sargento se puso de pie con dificultad y Sorgenfrei se apresuró a quitarle los restos de barro y nieve que tenía en el cabello. «Esto te costará la degradación», amenazó a O'Brien. «No podéis degradarme; estoy en el último sitio del escalafón.» «Entonces te expulsaremos del ejército y tendrás que volver a tu casa» respondió el Sargento, pero, al ver que todos nos abalanzábamos sobre él para ser expulsados también, pareció tener una mejor idea: «No, ya lo tengo: te fusilaremos», sonrió. El capellán militar perdió el conocimiento al escuchar esto y cayó a los pies de El Nuevo Periodista. «No podemos ganar la guerra sin aviones», terció Mirabeaux. «¡Sóis unos cobardes!», estalló el Sargento Clemente S. «Sois indignos sucesores de aquel ejército que alguna vez cruzó los Andes en penosa marcha.» «Hubiera sido menos penosa si hubieran tenido aviones», replicó Moreira tirando de sentido común. «Mi sargento, tiene que entender que no vamos a volver a pelear hasta que nos traigan unos cuantos aviones. No sería razonable», dijo Mirabeaux, quien al parecer había asumido la defensa de los que parecían ser nuestros derechos como soldados. «Y no queremos un avión ni dos, sino tantos como tenga el enemigo», agregó. «Sin embargo», balbuceó el Sargento Clemente S, «tampoco estamos seguros de que el enemigo tenga aviones». «Entonces no vamos a volver a pelear hasta que nos digan qué cosas tiene el enemigo y qué no», replicó Mirabeaux; volviéndose al capellán, que había recuperado el conocimiento, le dijo: «No se lo tome a la tremenda, padre: el Sargento sólo ha dicho que fusilará a O'Brien», pero, al escucharlo, el capellán volvió a desmayarse. El Sargento Clemente S estaba fuera de sí. «¿Y cómo pretende que averigüe cuáles son los recursos del enemigo, soldado?», gritó a Mirabeaux. «¿Quiere que atraviese ese maldito campo minado y se lo pregunte a alguien?», dijo señalando más allá de las alambradas y todos asentimos, calculando mentalmente las escasas posibilidades que tenía de regresar sano y salvo, pero el Sargento no se movió. A cambio escuchamos un silbido y todos miramos hacia arriba pensando que era la bomba que pendía sobre nuestras cabezas la que finalmente caía sobre nosotros, pero esta no parecía haberse movido de su sitio. Algunos metros a nuestra derecha una explosión sacudió un puesto de observación y, como si aquella hubiera sido la señal que da la abeja reina para que un enjambre de obreras baje a tierra a realizar su labor, a aquella explosión la siguieron otras y una andanada de ráfagas de ametralladoras que barrían todo a su paso y disparos de morteros y de obuses y todo lo otro que había comenzado a ser tan usual en esa guerra. El Sargento Clemente S recuperó la compostura y nos ordenó que ocupáramos nuestras posiciones y abriéramos fuego, pero, como no veíamos a nadie delante de nosotros, como era absolutamente imposible ver algo más allá de nosotros debido a la niebla que había descendido sobre nuestras posiciones, comenzamos a disparar en todas direcciones con la remota esperanza de que nuestras balas se toparan con la cabeza de alguien y que ese alguien no fuera uno de los nuestros. La trinchera había sido excavada sobre la turba y esta se había humedecido con la nieve así que a menudo las paredes se desmoronaban cuando nos encontrábamos parapetados en ella y nosotros resbalábamos y las ráfagas de nuestros fusiles describían extrañas curvas en el aire por encima de nuestras cabezas. El casco caía sobre mis ojos y no me permitía ver nada, pero el riesgo de sacármelo era demasiado alto como para hacerlo; de hecho, varios se lo habían quitado y ahora yacían muertos a mi alrededor: sus rostros se habían descompuesto en un último gesto dirigido a nadie. El Nuevo Periodista era el único que no disparaba; tomaba notas sin mirar su cuaderno y yo tenía la impresión de que estaba afectado, aunque la mayor parte del tiempo el casco me impedía ver algo. «¡Proteged el soterraño!», nos gritó el Sargento Clemente S, pero, como nosotros no sabíamos qué cosa era un soterraño y a duras penas podíamos protegernos a nosotros mismos, no le obedecimos. «No se ven por ninguna parte», nos gritó Sorgenfrei después de saltar fuera de la trinchera. «¡No haces más que traernos problemas! ¡Vuelve aquí!», le gritó Moreira tratando de arrastrarlo a su lado. El Sargento Capitán pasó a nuestras espaldas gritando: «Deténganlos de cualquier mono». A mi lado, O'Brien lloraba intentando ponerse de pie: Morin lo ayudó a hacerlo, pero, cuando lo consiguió, O'Brien se abalanzó sobre él y comenzó a golpearlo en el pecho y en los hombros, llorando. «¡Aaaahhhh!» se escuchó a mi derecha. A mi izquierda, otro soldado gritó: «¡Ésa era mi línea!», y cayó muerto.
 
 
Patricio Pron
Nosotros caminamos en sueños
Barcelona: Literatura Random House, 2014
 
 
[El próximo jueves: Graciela Speranza escribe acerca de "Nosotros caminamos en sueños"] 

[Publicado el 12/5/2014 a las 06:15]

[Etiquetas: Novela, Cita]

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Comentarios (4)

  • "Nosotros caminamos en sueños", titulo que desde un´principio me llamo la atencion, en donde yo me esperaba un comentario sobre esa idea: "los sueños vagos de una persona", pero creo que me a fascinado el simple hecho de lo que no me esperaba, esta narrativa es muy interasante ya que te hace entrar a la propia historia, como si el periodista que se encuentra en esa guerra fuera uno mismo, tiene una gran tematica y te hace seguir con la lectura, te adentra en lo profundo de esta historia.
    Felicidades por tu obra.
    Me encantaria seguir leyendo este obra y espero conseguirla pronto.

    Comentado por: Cesar Leonardo Ballado Hernandez el 13/5/2014 a las 21:05

  • Sin duda alguna un texto que me ha llevado a imaginar a cada uno de lo personajes, vivir las emociones como si se tratara de mi, como si fuera yo quien está narrando la historia, por momentos venía a mi mente algún flashback con imágenes de alguna película que se volvían mi referente de una situación como esta, sin duda lo he disfrutado, y pensar que llegué aquí haciendo una tarea...

    Comentado por: Eduardo Ruiz Díaz el 13/5/2014 a las 05:59

  • Lumpenstein (!)

    Lo he leído mientras asistía a un concierto de un cuarteto de cuerda con mi madre. Ha sido genial porque los personajes se tenían que desgañitar intentando agujerear la neblina...
    (verídico)

    :)

    Comentado por: acrobático adobe el 12/5/2014 a las 22:00

  • no he leído ni 20 páginas, pero ya estoy enganchada al triángulo equilátero: Sorgenfrei-Narrador-O'Brien
    y me encanta la idea de la cita-testimonio para dar efecto de verosimilitud al relato sospechoso de ficción...

    saludos
    :)

    Comentado por: acrobático adobe el 12/5/2014 a las 16:10

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Foto autor

Biografía

Patricio Pron (1975) es doctor en filología románica por la Universidad Georg-August de Göttingen, Alemania. Su trabajo ha sido premiado en numerosas ocasiones, entre otros con el Premio Juan Rulfo de Relato, y traducido a diez idiomas. Entre sus obras más recientes se encuentran el libros de relatos La vida interior de las plantas de interior (2013), así como el ensayo El libro tachado: Prácticas de la negación y el silencio en la crisis de la literatura (2014) y las novelas El comienzo de la primavera (2008), El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (2011), Nosotros caminamos en sueños (2014) y No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles (2016). En 2010 la revista inglesa Granta lo escogió como uno de los veintidós mejores escritores jóvenes en español. 

 

Fotografía: Javier de Agustín

Bibliografía

 
 
 
 

 
 

 

Ficción

No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles. Barcelona: Literatura Random House, 2016. 

Nosotros caminamos en sueños. Barcelona: Literatura Random House, 2014. 

La vida interior de las plantas de interior. Barcelona: Mondadori, 2013.

Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990-2010. La Paz (Bolivia): El Cuervo, 2011.

El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia. Barcelona: Mondadori, 2011.

El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan. Barcelona: Mondadori, 2010.

El comienzo de la primavera. Barcelona: Mondadori, 2008.

Una puta mierda. Buenos Aires: El cuenco de Plata, 2007.

El vuelo magnífico de la noche. Buenos Aires: Colihue, 2001.

Nadadores muertos. Rosario: Editorial Municipal de Rosario, 2001.

Hombres infames. Rosario: Bajo la luna nueva, 1999.

Formas de morir. Rosario: Universidad Nacional de Rosario Editora, 1998.

 

No ficción:

El libro tachado. Madrid: Turner. 2014. 

 

Edición

Zerfurchtes Land. Neue Erzählungen aus Argentinien [Tierra devastada: Nuevos relatos de Argentina]. Coed. con Burkhard Pohl. Göttingen: Hainholz Verlag, 2002.

Crítica

"Aquí me río de las modas": Procedimientos transgresivos en la narrativa de Copi y su importancia para la constitución de una nueva poética en la literatura argentina. Göttingen: Niedersächsische Staats- und Universitätsbibliothek Göttingen, 2007.

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