
«Esto son tres carabinieri que se toman unas vacaciones y se van de caza. El primero dispara y, cuando vuelve con la presa, dice: "A juzgar por el pelaje, diría que es una liebre". El segundo dispara, y cuando vuelve con la presa, dice: "A juzgar por el plumaje, diría que es un faisán". Luego le toca al mariscal, que dispara, también él da en el blanco, y cuando vuelve, dice: "A juzgar por la documentación, diría que es un comunista"».
No fue precisamente un político de escasa categoría quien contó este chiste (en una celebración de la sección juvenil de un partido de derechas en torno a 2009), sino el antiguo primer ministro italiano Silvio Berlusconi, principal autoridad de un país en el que la persecución y el asesinato político aún están próximos en el tiempo. Al escucharlo (o leerlo), uno tiende a poner en entredicho el buen gusto de su narrador y a encogerse de hombros; sin embargo, parece más interesante y productivo el preguntarse por las razones de que esta y otras humoradas de dudoso gusto hayan sido realizadas por el político más importante de la historia italiana reciente.
De hecho, Silvio Berlusconi ha estado contando chistes desde los comienzos de su actividad profesional y siempre se ha jactado de tener un repertorio extenso y en continua actualización; su obsesión por ellos no es una nota al pie de la biografía política del antiguo primer ministro italiano, como señala el crítico literario y traductor Simone Barillari: para el autor, «sus chistes son su instrumento personal para estar siempre en contacto con esa barriga de los italianos a la que Berlusconi sabe hacer cosquillas como nadie». No importa que esos chistes (quizás fuese más adecuado llamarlos «parábolas») reúnan la mayoría de los males contemporáneos (misoginia, racismo, desprecio por los diferentes y por los más desfavorecidos, etcétera); tampoco, que aludan de forma ofensiva a sus interlocutores: Berlusconi ha contado estos chistes a lo largo de sus casi dieciocho años de gobierno con una sonrisa inocente pero con muy poco de inocencia, ya que estos le han permitido establecer alianzas, salir airoso de situaciones comprometidas y, particularmente, seducir a audiencias educadas por la televisión berlusconiana y su particular humorismo.
En ese sentido, la reunión de sus chistes puede ser leída (y esta es la apuesta de Barillari) como «la crónica más viva y fidedigna de los veinte años de berlusconismo: no sólo porque prácticamente todos los acontecimientos italianos, y muchos de los sucesos internacionales, de ese período aparecen transfigurados en las reveladoras alusiones de Berlusconi y en los dobles sentidos que delatan a su subconsciente; no sólo porque los principales protagonistas del panorama italiano e internacional aparecen como personajes caricaturescos y a la vez son perversamente reales, sino porque es como si esos veinte años de la historia de Italia no hubieran sido más que el exclusivo e ininterrumpido recital de un viejo y experto comediante».
El show de Berlusconi reúne y glosa una buena cantidad de los chistes del antiguo primer ministro italiano y funciona, efectivamente, como una crónica de su paso por el poder, pero no es su único mérito, ya que el libro contagia en el lector la fascinación incómoda de buena parte de la ciudadanía de ese país ante la sorprendente desfachatez y falta de vergüenza de su narrador: Berlusconi atribuyéndose la facultad de caminar sobre las aguas, afirmando que sus oponentes son descerebrados y carecen de vigor sexual, ratificando la opinión extendida de que los genoveses son tacaños, calificando a Romano Prodi de «culo con gafas», burlándose de negros, desempleados y enfermos de sida, contándole un chiste a Bill Clinton sobre penes, fabulando bromas macabras que transcurren en campos de concentración alemanes, destrozando a la prensa independiente, burlándose de sus propias promesas electorales, atribuyéndole flatulencias a la reina de Inglaterra, jactándose de su impunidad y de sus aventuras amorosas, afirmando que todas las mujeres son potenciales prostitutas, etcétera.
Una mención aparte merecen los chistes «contra» Berlusconi contados por su protagonista, cuya finalidad (acierta el autor) es «desactivarlos» políticamente revistiéndolos de la autoridad que vendrían a poner en entredicho. Aunque Barillari lo llama «un hombre ridículo, que ridículamente ignora serlo», lo cierto es que es precisamente en el giro barroco que imprime a su discurso al apropiarse incluso del humorismo hecho a su costa que Berlusconi demuestra su inteligencia política, puesto que sus chistes (vehículo de buena parte de sus ideas políticas) participan de la discusión política sin ser discurso político tradicional, lo que los vuelve irrefutables en ese contexto. Como afirma Barillari, «es inútil rebatirlos con seriedad: son chistes; pero también es imprudente tomárselos a broma: son mensajes políticos». Ese doblez es el responsable de su eficacia política.
«Fue con Berlusconi con quien por primera vez el humor -que siempre ha sido el arma más antigua y contundente contra el poder- fue empuñado por el propio poder. Fue con Berlusconi con quien este instrumento de subversión se convirtió en pilar del sistema de la restauración, como si [...] el bufón se hubiese convertido en rey y sus ocurrencias en edictos», afirma Simone Barillari (10). No es realmente cierto. En su clase del 8 de enero de 1975 publicada en Los anormales (2001), el filósofo francés Michel Foucault utilizó el término «ubuesco» para designar «la maximización de los efectos de poder a partir de la máxima descalificación de quien los produce. [...] Al mostrar explícitamente el poder como abyecto, infame, ubuesco o simplemente ridículo, no se trata, creo, de limitar sus efectos y descoronar mágicamente a quien recibe la corona. Me parece que, al contrario, se trata de manifestar de manera patente la inevitabilidad del poder, que puede funcionar precisamente en todo su rigor y en el límite extremo de su racionalidad violenta, aun cuando esté en manos de alguien que resulta efectivamente descalificado».
El show de Berlusconi viene a mostrar precisamente la peligrosidad de quien accede a la escena política haciendo alarde de bonhomía y es una lectura placentera al tiempo que descorazonadora: placentera porque muchos de los chistes reunidos aquí («El perro del Milán», «El prisionero», «Un sepulcro digno», «El amante en el armario») son simplemente hilarantes; descorazonadora porque «esa ridícula comedia que ha sido la reciente historia de Italia» bajo el mandato de Silvio Berlusconi es uno de los rostros de la tragedia de la democracia europea.
Simone Barillari
Con la colaboración de Nicola Baldoni y Emmanuela Nese
El show de Berlusconi. Una historia crítica de la quiebra política, económica y moral de Italia a través de los chistes del Cavaliere
Trad. Miguel Ros González
Madrid: Errata Naturae, 2012
[Publicado originalmente en ABC Cultural, 19 de mayo de 2012]
[Publicado el 22/6/2012 a las 09:15]
[Etiquetas: Simone Barillari, Silvio Berlusconi, Miscelánea, Errata Naturae]