El blog literario latinoamericano
Editado por La Oficina del Autor
sábado, 5 de julio de 2008
LA NOVELA IMPOSIBLE
¿Puede todo la novela? Sí, como género literario la novela es insuperable y los ensayos de Milan Kundera lo afirman con talento y una abundancia de ejemplos del siglo XVIII. Pero estamos en el siglo XXI. Es decir, en un mundo mucho más virtual que la realidad descrita por Voltaire o Laurence Sterne. Hoy existe la realidad aplastante de la pantalla electrónica. Gran competencia para la novela.
Así se debe entender una noticia que va y viene entre justicia, libros y dinero: el magnate de los medios Rupert Murdoch cancela para siempre la publicación del libro de O.J. Simpson: If I did it, here's how it happened (Si lo hubiera cometido, así es como sucedió). ¿Cuál es el género de este libro de O.J. Simpson? Es, de manera formal, una novela; es decir, el producto de una imaginación, pero es una novela-fe de error frente a la historia. Simpson, estrella del fútbol americano, consiguió una doble hazaña durante su proceso, hace unos años, en una corte californiana: convencer a todos de que era culpable del asesinato de su esposa y del amigo de ella, y salir ileso del tribunal, al destrozar la acusación del fiscal con los argumentos de sus abogados.
Las imágenes del proceso llenaron por completo los programas de las cadenas de televisión por cable. Simpson negó de manera continua ser el autor de los crímenes y millones de personas escucharon sus declaraciones a lo largo de días y días de transmisión. Ahora pretendía con su libro «imaginar» el doble asesinato que nunca cometió; es decir, contar lo que hizo conjugando verbos en condicional.
La editora del libro, Judith Regan, no tiene duda sobre la naturaleza del texto: es una confesión. Acaba de explicarlo en un largo texto en inglés. Afirma que lo más fácil para confesar lo que una persona no puede o no quiere decir es, para esa persona, hablar de una mera hipótesis. Pero aquí tenemos una diferencia fundamental en la reacción del público: la mentira de Simpson frente a la justicia era algo que se podía entender; pero su franqueza, dentro de una supuesta obra de ficción, es, según todas la reacciones, algo insoportable. Se trata de un acto de mal gusto, han dicho varias personas a la BBC. Y Judith Regan, que tiene una historia de éxitos en la industria de los libros, se equivocó por completo, dice The Guardian.
Más allá de la indignación frente a la manera de pisotear la memoria de las víctimas, se nota una verdad ineludible en el episodio: una novela puede ser una obra inspirada por la realidad, puede utilizar personajes reales y hechos comprobados, puede ser la confesión de la persona más despreciable del mundo (caso de Les bienveillantes, de Jonathan Littell, que arrasa en ventas en Francia con el testimonio de un nazi especializado en eliminaciones masivas de poblaciones), todo es posible, sí, con la novela, pero bajo una condición: debe ser una obra de imaginación. El error de Simpson/Regan no es el mal gusto, es un error de conjugación: la verdad no se dice con el condicional. En los tiempos modernos se cuenta en presente del indicativo.
[Publicado el 22/11/2006 a las 11:53]
Comentado por: chiqui el 26/11/2006 a las 19:30
¿Puede todo la novela? Sí, como género literario la novela es insuperable y los ensayos de Milan Kundera lo afirman con talento y una abundancia de ejemplos del siglo XVIII. Pero estamos en el siglo XXI.
.......
fiel a sí mismo, es usted. eso es grato, muy grato aunque el núcleo esté en el pasado. Presente indicativo...
Eso es ...siglo XXI. No esos libros y los abogados, y... bueno es como, no sé... como decir... si se publica un libro personal o reidiciendo novela, pues es literatura... pues no.. es simplemente un libro, páginas o la becaria de Clipton...
eso me gustó de lo que entendí
Enea
Comentado por: Enea el 23/11/2006 a las 15:48
La novela tiene cuerpo de mujer
(Un largo preámbulo a no sé cuántas cosas)
Dejo caer hondo mis dedos, tocar les digo el fondo hasta se haga silencio en el ombligo. Después, las yemas se deslizan por la cubierta desatando los nudos, empujan la tibieza y el sudor natural, las palabras, el lenguaje mayor que se acerca a la gran boca de la novela. La lengua tiene todas las aspiraciones e inclusive de transformarse en Babel de su exclusiva comunicación y diálogo, el fervoroso monólogo ante la página impresa.
Dedos ciegos borgianos, espejos rotos de su propias búsquedas, caminos que se bifurcan para volver al principio. La mano enguantada de Kafka, áspera, somnolienta, infantil, titubeante y que se aprisiona al cerrar una puerta y no encuentra la llave oculta bajo el ombligo, donde la bisagra conoce bien su historia.
La palma brillante y los finos, alargados, acuosos dedos de la prosa de Kerouac, entran en la noche de la prosa afiebrada, noctámbula, caprichosa, pero con real exactitud y poesía.
Yo siento el Sur, sin embargo, en la poesía húmeda de Neruda al alba en los muelles magníficos de la adolescencia y de todas las libertades.
La mano manca del clásico de Lepanto, huesuda, fibrosa, árida, castellana y veloz en aspas de abanico, a veces queda, morosa, rastrillo, filosa, ingeniosa como el manchego personaje, que huele a Dulcinea del Toboso, es bueno dejarla operar en el imaginario del relato, aunque sea una convidada de piedra.
Una mano lava a la otra cuando se trata de solidaridad compartida, pero en esta aventura faltan dedos para tocar el piano real de lo que aspiramos y no siempre es. Sí, se puede decir misa, y no estar en el altar. La novela es un camino sinuoso, lleno de curvas, gratamente femenino, de musculatura compacta, frágil, densa, con la vieja imagen del pez que se resbala porque quiere seguir viviendo por medio de su propia respiración.
Hay colinas, pliegues, lechosos ríos, nostálgicos pezones andaluces, de arabescas formas, ensenadas, valles, una amplia carretera puede llevarnos hacia ningún lugar, como indicarnos un punto de partida hacia donde los caminos siempre se bifurcan.
El cuerpo de la novela tiene oxígeno, o debiera contar con un balón que al menos le permitiera respirar en situaciones de emergencia, cuando un lector le exige un poco más al cuerpo del delito. Es con éste que comulgará de inicio a fin, y visitará una y otra vez la escena del crimen de su propia mano, porque las páginas tienen su tipografía, abandonadas a su suerte, y la que le asigna el lector.
En lo personal, la novela tiene mucho de eso, de uno y más de otro, pero es un cajón con bastantes cosas íntimas, calcetines, jabones, teléfonos, notitas que uno hace y va guardando, alguna foto que sacó de un álbum y la dejó ahí con otras cosas de uso diario, o que uno sabe que están ahí como parte del olvido de lo que no se olvida. Sí, la novela tiene de esa cocina íntima, condimentos que van y vienen, son de uso diario es lo que quiero decir, están ahí insoslayables, son.
Uno revisa el texto de la novela diariamente como si fuera una cicatriz, algo permanente y creo que así debe ser. No hay reglas, y menos las tengo yo. (Pero también existen los cuerpos en exilio, torturados, aniquilados, verdaderamente en off, que se van de un aeropuerto a otro, con su L en la mochila).
Una novela debe hablar de cuanta situación se le ocurra al autor, y despojar al lector de todo anticipo verbal, enmudecerlo de vez en cuando con el pequeño horror violeta que tanto nos acostumbran algunos dictadores. Pulso en esta novela desde el bocatto di cardinale, amor del bueno, real, hasta ese estiercolero que un ventilador mantiene en vivo y en directo ante nuestras propias cámaras. Sí, hay paréntesis negros, que mejor no verlos, ocultarlos, olvidarlos.)
Un día le pones las medias, le quitas los pantys, ajustas el brasier con suave intencionalidad de quitárselo, y lanzas el cuerpo del delito a una flamante sábana y comienzas a hurgar entre sus pliegues casi con deformación profesional y ese privilegio del abandono, de la displicencia, es el olvido. Me gusta detenerme en el triángulo de las Bermudas, entrar y salir, y saber que me perderé, inevitablemente, para volver a encontrarme en la palabra.
Me encantan los pezones en una novela, en especial los de ésta que escribo y borro en tu nombre. Se hacen sentir tibios y ligeros al menor roce de la palabra, de algún acento profundo, marcado. Ahí yo cavo mi propio silencio como si fuera una tumba recién nacida.
La novela puede doler como la Kalho y ser gozada al mismo tiempo. Es un doble anclaje. Vamos en el ataúd de cristal y en un eterno paseo donde resuenan las pisadas que no dejan huella. Yo me inclino a veces, por la Babel, y le rindo alguna pleitesía, le pido la escalera, y me conformo con algunas letras del abecedario, que son polvo de sus cristales, abanicos de heces, un poco la sal y la pimienta, el eslogan mal parido, la perfecta etiqueta que todo muerto alcanza en su epitafio.
La novela derrumba sus horas, se pisa los talones, es señorita hasta cuando no demuestre lo contrario, pero yo la prefiero ligera de todo sueño y ropas, más bien a la sombra de sus propios encantos. La espalda de una novela es lo más sensual quizás de sus páginas. Es allí donde la tipografía se pierde tibia al final de la mano y el tacto real. Cielo, no me toques tan alto.
Déjese llevar por esta calcetinera, colegiala, cuarentona de sus bien jugadas décadas, de esos otoños sin balanza como rodeados de nomeolvides.
La novela puede ser un Diario de Vida en estado de descomposición, siempre un estado de ánimo latente, inocuo, vacío, temerario, retrato de una ficción amparada en la realidad, huésped infinita la palabra de un albergue que sólo exige el turno del paciente que acude a la historia personal por un reflejo condicionado.
Cada novela, me digo, con su librito. Es corriente, río, la palabra, sin principio ni fin. Todos debiéramos escribir nuestra novela. Y antes de partir, archivarla, para que el que venga la continúe a su manera, o escriba la propia, en fin, pero que se novele en la agonía del texto, la felicidad del texto, en la paradoja del texto, como en la vida del texto-autor. Que se escriba con nostalgia, vanidad, realismo, dolor, angustia, sueño, mucha felicidad, olvido al por mayor y memoria restringida, con tensión, datos verdaderos, falsos, que incluya bolitas de alcanfor, diademas, flores plásticas pero recién regadas, una visita a la morgue, a los archivos nacionales, que no olvide que los estadios pueden servir para el ruin deporte de la tortura.
Dejo que el lenguaje se corrompa, desaparezca, siga su ruta vital, desvencijada, que llegue a clamar por su propio silencio. De nada sirve contar si no hay lenguaje, si no se siente espesa la sangre entrando al cuerpo de la noche. Allí clavo mis alfileres en el insomnio. Sufrago mi voto de protesta. Pobre novela si se siente reina en un escaparate. La prefiero como dos firmes piernas a la luz de una vela encendida, con insomnio alquilado en una tienda de fracs pasados de moda, para corregir con ella la vida, enmendarle una o dos planas a lo sumo. Correr juntos esa aventura que alguien corrió antes por nosotros. (La que yo escribo, olvidaba, ya cuenta con 11.273 líneas, y es el más largo preámbulo a no sé cuántas cosas).
Rolando Gabrielli©2006.
Comentado por: rolando gabrielli el 23/11/2006 a las 14:05
A Sangre Fría, entonces?
porque el que respeta no escribe un libro así. No soporté ver las manos con guantes, esa foto no era ética y lo era.
qué difícil es y a veces fácil la justicia
Enea
Comentado por: Enea el 22/11/2006 a las 12:25
Jean-François Fogel es francés y tiene 58 años. Periodista y ensayista, trabajó para la Agencia France-Presse, el diario Libération, el semanal Le Point y el mensual Le Magazine Littéraire. Ha vivido una parte de su vida en España donde empezó una segunda carrera como asesor para empresas de prensa. Fue asesor del director del diario Le Monde, desde 1994 a 2002, y sigue trabajando en la concepción y la remodelación continua del sitio Internet creado por el vespertino. Es maestro de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano donde desempeña una línea pedagógica dedicada a la calidad periodística. Publicó varios libros sobre literatura francesa y sobre América Latina. Su libro más reciente es un ensayo sobre el periodismo digital, Una prensa sin Gutenberg (Punto de Lectura, 2007).
Declaraciones de J.-F. Fogel sobre su libro Prensa sin Gutenberg (Vídeo de Youtube)
Artículo en El Mercurio (Chile) sobre conferencia "El exitoso futuro del libro en formato digital".
05/7/2008 17:49
pero n elimana los determinantes...
Publicado por: Enea
05/7/2008 08:42
Es curioso, el programa elimina...
Publicado por: provoqueen
05/7/2008 05:23
Publicado por: Namor Adenip
04/7/2008 13:55
Publicado por: maite
04/7/2008 13:36
Publicado por: jean-Robert D
04/7/2008 09:25
Publicado por: estrella
03/7/2008 14:04
Publicado por: jean-Robert D
03/7/2008 10:20
Esto es como cuando al hombre...
Publicado por: maite
03/7/2008 02:06
Publicado por: federico
02/7/2008 18:18
Es bien querer defender derechos...
Publicado por: jean-Robert D
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