El blog literario latinoamericano
Editado por La Oficina del Autor
lunes, 6 de octubre de 2008
El valor de la palabra
El otro día, intercambiando mails por culpa de Falstaff, Juan Gabriel Vásquez me recordó que el personaje de Henry IV había estado inspirado en alguien real, Sir John Oldcastle, famoso por cobarde primero y por mártir después, a causa de su fe protestante. Los parientes de Oldcastle tiraron la bronca y Shakespeare se vio obligado a rebautizar su personaje. Yo recordaba, sí, que en las últimas líneas de la Segunda Parte el relator hace suya la disculpa de Shakespeare: ‘...porque Oldcastle murió martir, y éste (Falstaff) no es el hombre'. Le escribí a Juan Gabriel: ‘Pobre William, que debió lidiar siempre con la censura sobre sus textos para no acabar sin cabeza'. En efecto, Shakespeare vio morir demasiada gente por haber hablado o escrito de más, o por haber elegido el bando inconveniente. El Soneto 66 hace explícito ese peso: ‘...Y el arte con la lengua atada por la autoridad'.
Hace poco leí The Coast of Utopia, la trilogía teatral de Tom Stoppard. En la introducción, Stoppard recuerda un viaje a Praga y dice que le llamó la atención que después de la caida del comunismo escritores y dramaturgos sintiesen nostalgia de aquellos tiempos, en que cada una de sus palabras significaba mucho más de lo que significaba ahora, en la clase de libertad que el mercado nos otorga.
El domingo volví a pensar en esas cuestiones -el arte atado por la autoridad, la depreciación de la palabra en lo que suele llamarse ‘mundo libre'- mientras leía un artículo de Radar, la revista cultural de Página 12. Allí el notable escritor Guillermo Saccomanno habla de Nando Balbo, a quien conoció durante el servicio militar en el sur y creyó, durante muchísimos años, muerto en la dictadura. En un viaje reciente, Saccomanno se enteró de que Balbo había sobrevivido, aunque había sufrido tortura y cárcel. Y que al salir había conocido el exilio y, una vez retornado, se había reintegrado a la docencia y la tarea social; según Saccomanno, Balbo era compañero de militancia de Fuentealba, el maestro neuquino asesinado durante una represión policial. Al intercambiarse mails, Balbo le contó a Saccomanno cómo había aliviado su estancia en prisión. De manera muy sencilla: leyendo.
La cárcel de Rawson tenía biblioteca. Le prestaba a cada prisionero un máximo de tres libros al mes, lo cual no era límite, dado que se intercambiaban los volúmenes y leían a destajo. ‘No tenés una idea de cuántos días de encierro escapábamos mediante la literatura', le escribió Balbo a Saccomanno. Hasta que los cárceleros se dieron cuenta y prohibieron la lectura: ‘Fue una nueva manera de torturarnos'. Pero a la manera de Fahrenheit 451, los prisioneros empezaron a contarse los libros que ya habían leído. Si un mismo título había sido leído por varios, mucho mejor: el relato se hacía más complejo y placentero.
Balbo se las vería más difíciles ahora, dado que quedó sordo a causa de la tortura.
La pregunta que nos desvela hoy a escritores y lectores tiene que ver con lo que llamaba la atención de Tom Stoppard y es, o debería ser, la siguiente: ¿cómo hacer para que la palabra, y por extensión la narrativa escrita, recupere el valor que perdió en el mercado al aceptar ser medida y pagada a tanto la línea, como la más vulgar de las mercancías?
Escucho respuestas, opiniones, propuestas.
[Publicado el 01/7/2008 a las 11:09]
Comentado por: Muchacho Lobo el 08/7/2008 a las 15:48
Comentado por: Serpiente Suya el 02/7/2008 a las 01:07
Pues sí que es casualidad, porque quién me iba a mí a decir esta tarde mientras estaba gustosamente enroscada en una hamaca frente al mar con una suave brisa en la cola que las palabras que leía en ese momento debajo de una palmera del relato “Lugares para esconderse” de, justamente, Juan Gabriel Vásquez, me iban a venir al anillo para decir algo aquí. El narrador dice-refiriéndose a una respuesta que lee en un viejo catálogo dada por Giacometti cuando es preguntado sobre los pies tan grandes de sus figuras- :
“Las palabras me parecieron oportunistas y enfáticas, una pose de artista”
Creo que cuando las palabras, la narración, la información, la idea… está al servicio y “solamente al servicio” del poder o autoridad -por llamarlo de alguna manera- es decir, algo que ahoga completamente la propia intención o necesidad creativa, siempre sucumbe en panfleto. Pierde fuerza. También pierde fuerza la palabra obsesiva, egocéntrica, irreflexiva y reincidente.
Las palabras y la narración es el vehículo tradicional para transmitirnos los conocimientos, las emociones. Leemos un cuento o una ficción y algo se ordena o desordena en nuestra cabeza, en cierta manera "todos vivimos del cuento"; leemos un tratado, ensayo, artículo y seguro que algún conocimiento nuevo sacaremos, si más no, una reflexión.
También deberían ser las palabras salvadoras, transformadoras o redentoras: Sherezade salva su vida cada noche durante tres años y el misógino sultán aparece transformado al fin de las mil y una noches.
Para existir las palabras no sólo precisan de ese pacto social para que estemos de acuerdo en su sonido y grafía, sino también y sobre todo, necesitan que el autor establezca su pacto con el sentido; son una numeración que combinada correctamente consigue crear en la caja fuerte que hay en nuestra cabeza, imágenes de una complejidad tremenda, el tesoro de una imagen más que tridimensional, una mezcla de escenarios y sensaciones, reales o sugeridos que van más allá de la "simple" realidad. Sólo puede conseguirse con autenticidad. No sirve la impostura. Aquí, en mi bosque, decimos que se coge antes a un mentiroso que a un cojo –no sé cómo sonará este refrán por ahí, donde creo que la afección de coger no es bien bien la que yo quiero usar ahora- pero me sirve para decir que la mentira, la falsedad siempre se nota. El problema no es el precio que les den por las palabras –afortunados los que se ganen la vida con ellas-, a veces, son las palabras las que se venden caras, y nos hacen pagar un precio muy alto al usarlas.
Comentado por: Serpiente Suya el 02/7/2008 a las 01:04
vender, vender, vender..., esta obsesión enfermó nuestro cuerpo social de obesidad mórbida, sólo importa la sobreproducción aunque el excedente tenga que quemarse o abultar tanto los vertederos que corramos el riesgo de que en un "momento hartazgo", se nos desparramen encima. No importa la calidad, sino la apariencia para que atraiga y se desee consumir el producto, así que se abarrotan los estantes con estúpidas guías de autoayuda y bestsellers que ocultan al libro. A
veces pienso si no será todo, fruto de una estrategia para destruir cualquier atisbo de capacidad crítica.
Me gusta el libro "humanizado" porque ha pasado por manos y miradas que ven sus palabras, sus narrativas, algunas con inteligentes jugadas que ponen en jaque mate a la irracionalidad. Hoy he visto una escena que parecía salida de Fahrenheit 451: la policía con una impecable imagen ecuestre, hacía ostentación del poder que le otorgaban el Ayuntamiento y sus caballos, para obligar a retirar el tenderete de unos 30 libros, magnífica selección que obligaba a pararse
a los lectores (reales o potenciales) que por allí pasaban; desde luego parecían peligrosísimos estos señores, con sus pintas de lectores empedernidos. La palabra escrita recuperaría el valor que debe tener si el Estado la protegiese como si fuese una especie en peligro de extinción.La palabra, la narrativa deben seguir dándonos la distinción (cada vez estoy más segura de que lo que nos distingue de otras especies son los basureros), no se le pueden poner puertas, ni prohibiciones, porque producirá el efecto que causa tocar las alas de mariposa,dejan de volar, el libro dejaría de hablar.
Comentado por: Alba el 01/7/2008 a las 23:10
«...medida y pagada a tanto la línea».
Creo que, por lo menos en España, ésta aberración apareció después de que las editoriales famosas empezaran a emplear a todos los MBA (Master of Business Administrattion) que venían graduados de EE.UU., con el bestseller y los libros de autoayuda como instrumento. En cualquier tienda de Barnes & Noble (en EE.UU.) los anaqueles están abarrotados de tonterías publicadas en México y España: desde biografías repletas de autocoba de los presentadores de la espantosa multinacional Univisión (Jorge Ramos, Collins, etc.) hasta un largo etcétera con traducciones espantosas de horrorosos bestsellers americanos. Tristísimo.
Comentado por: Carmen el 01/7/2008 a las 20:02
Quizás revalidando el silencio. Hoy la palabar está desnaturalizada y toso de reduce a decirlas, decirlas, leerlas, decirlas y extinguirlas. Se trata de revalidar eso que le permita tener un valor intrínseco, lo que es... Como el amigo Balbo, con sordera para redescubrir el valor de lo se dice.
Como Pete Tonwshend quedando casi sordo para darse cuenta de lo que es la música. Así funciona mejor.
Me quedo, siempre y para siempre, con esa frase de Martin L. Gore en su canción "Enjoy the silence": "words are very unnecesary/ they can only do harm". Así uno sabe cómo asumir a la palabra.
Saludos
Comentado por: Eduardo Varas el 01/7/2008 a las 19:05
Querido Marcelo
Acá te escribe Simón, tu aigo de San Juan. Como siempre las notas impecables y te aviso cuando salga el reportaje que te hice en la revista RUMBOS.
Saludos a todos los lectores que siempre dejan sus mensajes ene ste blog.
Simón.
Comentado por: Simón el 01/7/2008 a las 17:43
Sobre el artículo de Saccomano, sólo se me ocurre agregar como dato que puede ser útilo o ilustrativo: dos personas sobrevivientes, en el exilio, mantienen un diálogo, creo, donde recomponen el borrador de "Juan se iba por el río", el cuento de Walsh tan desaparecido como él, al que ambos habían tenido acceso, y lo redescubren así, casi como una invocación de la ausencia que toma cuerpo en la lengua de ellos, que recomponen esa pérdida y rescatan al
Rodolfo compañero, amigo, pareja, periodista, escritor, militante, combatiente... Resurge el cuerpo del que partió desde la materialidad de la palabra, desde un nuevo cuerpo que emerge desde las cavidades de esas gargantas que diseñan lo añorado, lo traen con una forma nueva, distinta, donde el tamiz de la subjetividad se cuela por esa narración imagino esforzada, empeñosa y tierna. Y eso s resistir.
Digo, nomás...
Comentado por: Daniel el 01/7/2008 a las 16:37
¿será que la palabra, dicha o escrita, es más valiosa cuanto más riesgo toma el que la dice o escribe? Un viejo dicho criollo: lo que se dice con el pico se sostiene con el cuero.
Comentado por: morajú el 01/7/2008 a las 16:11
Marcelo Figueras (Buenos Aires, 1962) ha publicado cuatro novelas: La batalla del calentamiento, El muchacho peronista, El espía del tiempo (traducida al francés) y Kamchatka (traducida al ruso, polaco y alemán y en 2006 al francés y al holandés). Algunos de sus relatos fueron publicados en antologías como La selección argentina. Este año ha sido su debut en la narrativa infantil, Gus Weller rompe el molde.
Ha escrito, junto con Marcelo Piñeyro, el guión de Plata quemada, premio Goya a la mejor película de habla hispana y considerada por Los Angeles Times como una de las diez mejores películas de 2000. También escribió el guión de Kamchatka (elegida por Argentina para representarla en el Oscar y una de las favoritas del público durante el Festival de Berlín); de Peligrosa obsesión, una de las más taquilleras de 2004 en Argentina; y de Rosario tijeras, basada en la novela de Jorge Franco (la película colombiana más vista de la historia, candidata al Goya a la mejor película de habla hispana).
Trabajó en el diario Clarín y en revistas como El Periodista y Humor, y el mensuario Caín, del que fue director. También ha escrito para la revista española Planeta Humano y colaborado con el diario El País.
Actualmente prepara su primer filme como director, una historia llamada Superhéroe.
La batalla del calentamiento (2006). Ediciones Alfaguara
Gus Weller rompe el molde (2006). Ediciones Alfaguara Infantil y Juvenil
Kamchatka (2003). Ediciones Alfaguara
El espía del tiempo (2002). Ediciones Alfaguara
Plata quemada. La película (2000). (En colaboración con Marcelo Piñeyro) Grupo Editorial Norma Literatura
El muchacho peronista (1992). Planeta
Filmografía
Rosario Tijeras (2005)
Fecha de Estreno: 26 mayo 2006
Dirección: Emilio Maillé
Guión: Marcelo Figueras; basado en la novela de Jorge Franco Ramos
Peligrosa obsesión (2004)
Fecha de Estreno: 16 de septiembre de 2004
Dirección: Raúl Rodríguez Peila
Guión: Marcelo Figueras sobre una idea de Carlos Luis Mentasti y Daniel Botti
Kamchatka (2002)
Fecha de Estreno: 17 de octubre de 2002
Coproducción con: España
Dirección: Marcelo Piñeyro
Guión: Marcelo Figueras sobre una idea de Marcelo Piñeyro y Marcelo Figueras
Plata quemada (2000)
Fecha de Estreno: 11 de mayo de 2000
Coproducción con: España, Uruguay y Francia
Dirección: Marcelo Piñeyro
Guión: Marcelo Piñeyro y Marcelo Figueras según la novela homónima de Ricardo
04/10/2008 12:15
Publicado por: arati
03/10/2008 20:39
Publicado por: Maite
03/10/2008 18:39
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03/10/2008 16:24
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Gracias por su post de hoy. Muy...
Publicado por: armstrongfl
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