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El blog literario latinoamericano

Editado por La Oficina del Autor

domingo, 20 de julio de 2008

Blog de Marcelo Figueras

El llamado de la selva

Pocos días atrás recuperé un trozo de mi historia. Yo sé que los viajes en el tiempo son infrecuentes, y que en la ausencia de máquinas como la de H. G. Wells no hay más trampolín hacia el ayer que la fugaz sensación de un perfume amado o la sonoridad de una canción, pero esta vez lo conseguí gracias a un libro. El diario Clarín está editando compilaciones de clásicos de la historieta, y esta semana fue el turno de Tarzán.

Las historietas de Tarzán figuraron siempre entre mis favoritas. Yo había leído la totalidad de los libros originales de Edgar Rice Burroughs, que todavía conservo, y también veía cuanta película de Tarzán se pasaba por TV (en aquel momento eran muchas, se los puedo jurar), aun cuando ninguno de los Tarzanes cinematográficos me convencía del todo. Siempre detesté a Johnny Weismuller, por ejemplo. En las películas más viejas resulta apenas tolerable, pero en la mayor parte parece una señora gorda a la que un soutien no le vendría nada mal. Y esas selvas de cartón piedra y helechos de plástico nunca me parecieron más frondosas, ni más peligrosas, que el jardín de la casa de mi abuela.

Habiendo digerido ya el Tarzán literario, sólo contaba con las historietas para mantener encendida la flama. Sé que en algún momento leí las viejas planchas dibujadas por Harold Foster, que después dibujó y escribió otra de mis sagas favoritas, la del Príncipe Valiente. Pero mis favoritos eran Burne Hogarth, Russ Manning y Joe Kubert.

Hogarth era un dibujante genial, que cuando se apartó de la tira creó un personaje argentino de breve vida, llamado Drago, que a mí me llenaba de ilusiones: era una mezcla improbable de magnate de las Pampas, atuendo gauchesco incluido, con algo de James Bond. Manning fue el encargado de recrear en paneles la mayor parte de las novelas originales, incluidas aquellas en las que Tarzán encontraba reinos perdidos –y hasta dinosaurios- en el corazón del África. Y Kubert recreó la historia desde los comienzos dándole un feeling más contemporáneo: vibrante, salvaje, cinematográfico.

Tuve todas esas historietas, y a todas conservé con fervor de coleccionista. Hasta que en un momento mi padre sufrió un ataque de limpieza y las tiró todas a la basura sin consultarme. Llevo décadas reprochándoselo; imagino que muchos tendrán cosas más serias que reclamar a sus propios padres, pero yo, que perdí entonces pilas y más pilas de Batman, Superman, Tarzán, D’Artagnan, El Tony, Fantasía, Nippur de Lagash, Tit-Bits y Dennis Martin, conservo vivo ese dolor como si me hubiesen arrancado ambos brazos. Cada vez que logro comprar por segunda vez alguna de esas historias perdidas –hace poco lo hice con Terry y los piratas, como ya les conté-, siento que emparcho agujeros de mi alma.

El librito de Clarín me permitió recuperar parte de esos tesoros. Durante mi lectura rememoré historias que ya había leído una y mil veces sin cansarme, y volví a ser capaz de expresarme en ese idioma presuntamente animal en que Tarzán habla cuando se mueve en la selva, lleno de palabras como tarmangani y expresiones de batalla como kreegah y bundolo. (Admito que en algún lugar me dio un poco de vergüenza, pero en el fondo estaba encantado.) Y muy lejos de hacerme cargo de las acusaciones de imperialismo blanco o falta de realismo, volví a identificarme como millones de chicos lo hicieron en su momento con esta criatura de la que todos se burlaban, en la tribu de grandes monos, por fea, por débil y por inadecuada. En su perpetua inadecuación, en su sensación de no pertenecer del todo ni a un mundo ni a otro, Tarzán es el eterno adolescente. Y como tal me sentí otra vez, una tardecita de Buenos Aires con temperaturas dignas de una selva.

[Publicado el 13/12/2006 a las 10:30]

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Comentarios (2)

  • Uf, uf, uf… ¡por fín! ya llegué. Todo el día para atravesar medio mundo y acudir al “Ahh-ahah-ahah-ahah-ahah-ahhh” de Tarzán. Una ya no está para estos trotes, pero lo llevo en el adn, y cada vez que oigo el grito, ale, para allí que me voy. Es la costumbre. Y cuando al fin llego, no veo a mucho bicho por aquí.
    ¡Anda anímense! No se hagan los ornitorrincos.

    Serpientechita.

    Comentado por: serpiente suya el 13/12/2006 a las 22:41

  • Marcelo: Hoy tu Blog me ha retraido a una cosa que me sucedió en mi infancia .Yo que vivia al lado de una fábrica ceca del barrio de la verneda, un dia ,era sabado y en la fábrica aquella se suponia que no trabajaban
    ,escuche un grito desgarrador como si al guien se hubiera dado un golpe de muerte o algo así. Yo tenia ocho años pero ni corto ni perezoso trepé por la tapia aquella y entré dentro de la nave industrial donde solo habia una luz encendida al fondo entre el enjambre de máquinas y alli en el suelo un hombre se contorsionaba con un cable entre las manos.
    Por mis escasos conocimientos enseguida advertí que se estaba electrocutando así que
    como sabia que la entrada de la corriente deberia estar cerca de la puerta, fui rapidamente ,decubri unas palancas debajo de los contadores y las desconecte todas.
    Salve a aquel señor que resultó ser el empresario y varios dias despues me trajo toda la colección completa de Suchai. Te he comprado toda la colección porque siempre que te veo estas leyendo tebeos de este niño italiano que busca a su padre el capitan Wiker.
    Aquello me hizo muy feliz.

    Comentado por: Antonio Larrosa Diaz el 13/12/2006 a las 11:49

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Biografía

Marcelo Figueras (Buenos Aires, 1962) ha publicado cuatro novelas: La batalla del calentamiento, El muchacho peronista, El espía del tiempo (traducida al francés) y Kamchatka (traducida al ruso, polaco y alemán y en 2006 al francés y al holandés). Algunos de sus relatos fueron publicados en antologías como La selección argentina. Este año ha sido su debut en la narrativa infantil, Gus Weller rompe el molde.

 

Ha escrito, junto con Marcelo Piñeyro, el guión de Plata quemada, premio Goya a la mejor película de habla hispana y considerada por Los Angeles Times como una de las diez mejores películas de 2000. También escribió el guión de Kamchatka (elegida por Argentina para representarla en el Oscar y una de las favoritas del público durante el Festival de Berlín); de Peligrosa obsesión, una de las más taquilleras de 2004 en Argentina; y de Rosario tijeras, basada en la novela de Jorge Franco (la película colombiana más vista de la historia, candidata al Goya a la mejor película de habla hispana).

 

Trabajó en el diario Clarín y en revistas como El Periodista y Humor, y el mensuario Caín, del que fue director. También ha escrito para la revista española Planeta Humano y colaborado con el diario El País.

 

Actualmente prepara su primer filme como director, una historia llamada Superhéroe.

Bibliografía

La batalla del calentamiento (2006). Ediciones Alfaguara

Gus Weller rompe el molde (2006). Ediciones Alfaguara Infantil y Juvenil

Kamchatka (2003). Ediciones Alfaguara

El espía del tiempo (2002). Ediciones Alfaguara

Plata quemada. La película (2000). (En colaboración con Marcelo Piñeyro) Grupo Editorial Norma Literatura

El muchacho peronista (1992). Planeta

 

Filmografía

Rosario Tijeras (2005)
Fecha de Estreno: 26 mayo 2006
Dirección: Emilio Maillé
Guión: Marcelo Figueras; basado en la novela de Jorge Franco Ramos

Peligrosa obsesión (2004)
Fecha de Estreno: 16 de septiembre de 2004
Dirección: Raúl Rodríguez Peila
Guión: Marcelo Figueras sobre una idea de Carlos Luis Mentasti y Daniel Botti

Kamchatka (2002)
Fecha de Estreno: 17 de octubre de 2002
Coproducción con: España
Dirección: Marcelo Piñeyro
Guión: Marcelo Figueras sobre una idea de Marcelo Piñeyro y Marcelo Figueras

Plata quemada (2000)
Fecha de Estreno: 11 de mayo de 2000
Coproducción con: España, Uruguay y Francia
Dirección: Marcelo Piñeyro
Guión: Marcelo Piñeyro y Marcelo Figueras según la novela homónima de Ricardo

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