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El blog literario latinoamericano

Editado por La Oficina del Autor

domingo, 6 de julio de 2008

Blog de Marcelo Figueras

Un hijo del cine

Ayer por la noche me topé con Dennis Quaid en esos reportajes del Actor’s Studio conducidos por el melifluo James Lipton. El entrevistador le preguntó al protagonista de The Big Easy y The Right Stuff si el cine lo había marcado cuando era pequeño; Quaid respondió que sí, que salía de las salas creyéndose Gary Cooper o John Wayne. La respuesta generó mi empatía (yo salía creyéndome James Bond, o Tarzán, o Django) y me puso a pensar en todas las cosas que el cine me había enseñado. La mayor parte de nosotros obtuvo gran parte de sus ideas del cine, mucho más que de la literatura.

La noción original de lo que entraña la fe la saqué más del cine que de las clases de catequesis: lo aprendí todo con Los diez mandamientos, Rey de reyes y demás exponentes del cine bíblico-evangélico. (La película que más me gustaba era Ben Hur, porque estaba armada sobre un setenta por ciento de aventura –esa carrera de cuadrigas sigue siendo impresionante aún hoy-, un veinticinco por ciento de melodrama familiar –que también me puede- y un módico cinco por ciento de religión: la combinación perfecta.)

También aprendí toneladas de historia. Mis primeras nociones sobre la Edad Media (uno de mis tópicos favoritos), Napoleón, la Guerra Civil Española y por supuesto la Edad Clásica, me las dio el cine. En la escuela primaria me llevaban a ver películas sobre la historia nacional: El Santo de la Espada, Bajo el signo de la patria… El ABC de la mitología también me llegó por esa vía: Hércules, Jasón y el Vellocino de Oro, Teseo y el Minotauro, el argumento de La Ilíada tal como lo traducía una película llamada Helena de Troya (durante una batalla se veía un avión en el cielo) y los pormenores de La Odisea condensados en el Ulises interpretado por Kirk Douglas. (No he vuelto a ver ese filme desde mi infancia; me encantaría encontrármelo otra vez.) Con el tiempo comprendí que muchos de esos relatos perpetuaban visiones sesgadas, como el retrato sobre los indígenas que suelen presentar los westerns. (Aunque algunas de esas películas viejas sugieren interpretaciones interesantes, vistas desde el hoy; más sobre este asunto más adelante.)

¿Y qué decir respecto del amor? La inmensa mayoría de nuestras nociones al respecto derivan de lo que vimos en el cine. Aunque más no sea de manera inconsciente, cuando nos lanzamos a seducir estamos interpretando el modelo cinematográfico que preferimos, o que nos parece más adecuado a la situación: el Bogart de Casablanca, el hombre sensible y atormentado que tan bien le sale a Montgomery Clift en De aquí a la eternidad (Clift era el favorito de mi madre), el macho salvaje que constituía la especialidad de Marlon Brando, el loser con sentido del humor que tanto rédito le dio a Woody Allen y Tom Hanks… El cine definió nuestros objetos del deseo. (Marilyn, la Rita Hayworth de Gilda, Ava Gardner en 55 días en Pekín, Beatrice Dalle en Betty Blue.) El cine nos enseñó cómo se sufre por amor. Y los extremos a que uno llega llevado por la pasión. (Deberíamos, a fuer de ser exhaustivos, incluir además las ventajas educativas del cine porno. Estoy seguro de que le ha enseñado a muchos de qué iba toda esa cuestión tan misteriosa y obsesionante del sexo.)

El cine me enseñó a temer. (Aunque suene raro, mi película de miedo favorita es Marcelino pan y vino; para mí, ese Cristo de madera que pedía agua y que terminaba matando a mi casi homónimo era un monstruo más escalofriante que Frankenstein o Drácula.) El cine me enseñó a sentir. (Recuerdo, por ejemplo, haber llorado desde el Centro hasta Caballito después de haber visto El hombre elefante.) El cine me enseñó a vibrar con la música. (Y a probar suerte con el baile cuando nadie me ve.) Estoy seguro de que le debo buena parte de lo que soy –hasta mi nombre, sin ir más lejos.

Ayer mismo por la tarde me crucé en la TV con The Robe (El manto sagrado, se llamó aquí), aquella vieja película con Richard Burton. Era una de las favoritas de mi madre, lo recuerdo bien; se aseguró de que la viésemos juntos cuando yo era niño. Cuenta la historia de un tribuno romano que, después de colaborar como parte de su deber militar con la crucifixión de Jesús, se convierte a la nueva fe y termina por ello enfrentado al Imperio, representado después de Tiberio por el infame Calígula. (¿Un emperador entre infantil y psicópata, que ordena el exterminio de una minoría que sólo reclama su derecho a existir? Hace ya algún tiempo que no logro ver películas sobre el Imperio Romano que no me hagan pensar en los USA de estos tiempos.) El nombre del tribuno, ese hombre cruel y orgulloso que termina jugándose por la piedad y la igualdad entre los hombres, es Marcelo. A esta altura ignoro si mi madre me lo dijo alguna vez o si tan sólo lo intuyo, pero estoy convencido de que le debo mi nombre. Lo que sí me consta es que mi hermana se llama Flavia por la princesa rubia de El prisionero de Zenda.

Para bien o mal, el cine me hizo lo que soy.

[Publicado el 03/8/2006 a las 09:29]

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Comentarios (4)

  • Un comentario tecnico, muy fuera de contexto. Pide a los dueños de la pagina que arreglen el link a tu blog que sale en la columna derecha cuando se esta en las paginas de otros escritores, porque aun apunta a la direccion antigua.

    Comentado por: Mayté el 04/8/2006 a las 23:39

  • Para bien, Marcelo, para bien.

    Comentado por: Mayté el 04/8/2006 a las 23:27

  • Luego de ver una película que les gusta, mis hijos juegan "a que nosotros somos". O sea, no utilizan muñecos que representan a los personajes de la película, sino que ellos son los personajes. Yo nunca le había prestado mucha atención a ese asunto, hasta ahora que leo este post ...




    Comentado por: Fátima el 03/8/2006 a las 17:15

  • Cuando yo era pequeña culebra “echaban” por la tele, a la hora de la digestión, “Sesión de Tarde”. Creo que fue entonces cuando ví todas las películas de Tarzán, todas las de piratas, todas las de espadachines, y todos los westerns de mundo conocido en ese momento. (Las de romanos y de religión, aquí las “echaban” para Semana Santa y Navidad). Era una especie de placer primitivo, porque ahora al recordarlo, creo tener la sensación física de haber estado dentro de esas películas mientras el espadachín, literalmente, atravesaba de punta a punta la suntuosa sala del banquete real, cogido de la gruesa cuerda que sujetaba la enorme lámpara, y continuaba luchando en la otra punta de la escalera; o bien, en la casa de Tarzán y Jane mirando embelesada los inventos ingeniosos: el ventilador, esas lianas mágicas, las cestas de frutas… o esas montañas impenetrables donde los hombres occidentales eran tan pequeños y ridículos. Pero quizás el recuerdo más vivo de aquellas películas es el del momento en que las caravanas de los pioneros creaban el círculo defensivo con sus carromatos, y siempre esa escena en que a alguien le llegaba una flecha mortal en la espalda o en el pecho. A veces era al principio de la película, y por supuesto nunca era el o la protagonista quien moría, pero a mi me daba lo mismo, porque yo siempre creía que si yo estuviera allí, esa flecha hubiera sido para mí. A veces incluso sentía un picor en la espalda. Desde culebrilla he creído que sería incapaz de sobrevivir a un momento de revuelta, que sería de las primeras en caer, en una lucha por comida, o en una explosión en un mercado, o en un bombardeo en la calle…, por eso esta tarde vuelvo a la Plaza Sant Jaume en Barcelona, a las 20:00h, tengo una cita de población civil, que se para y aporrea cacerolas por otra población civil.


    Comentado por: serpiente suya el 03/8/2006 a las 16:35

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Biografía

Marcelo Figueras (Buenos Aires, 1962) ha publicado cuatro novelas: La batalla del calentamiento, El muchacho peronista, El espía del tiempo (traducida al francés) y Kamchatka (traducida al ruso, polaco y alemán y en 2006 al francés y al holandés). Algunos de sus relatos fueron publicados en antologías como La selección argentina. Este año ha sido su debut en la narrativa infantil, Gus Weller rompe el molde.

 

Ha escrito, junto con Marcelo Piñeyro, el guión de Plata quemada, premio Goya a la mejor película de habla hispana y considerada por Los Angeles Times como una de las diez mejores películas de 2000. También escribió el guión de Kamchatka (elegida por Argentina para representarla en el Oscar y una de las favoritas del público durante el Festival de Berlín); de Peligrosa obsesión, una de las más taquilleras de 2004 en Argentina; y de Rosario tijeras, basada en la novela de Jorge Franco (la película colombiana más vista de la historia, candidata al Goya a la mejor película de habla hispana).

 

Trabajó en el diario Clarín y en revistas como El Periodista y Humor, y el mensuario Caín, del que fue director. También ha escrito para la revista española Planeta Humano y colaborado con el diario El País.

 

Actualmente prepara su primer filme como director, una historia llamada Superhéroe.

Bibliografía

La batalla del calentamiento (2006). Ediciones Alfaguara

Gus Weller rompe el molde (2006). Ediciones Alfaguara Infantil y Juvenil

Kamchatka (2003). Ediciones Alfaguara

El espía del tiempo (2002). Ediciones Alfaguara

Plata quemada. La película (2000). (En colaboración con Marcelo Piñeyro) Grupo Editorial Norma Literatura

El muchacho peronista (1992). Planeta

 

Filmografía

Rosario Tijeras (2005)
Fecha de Estreno: 26 mayo 2006
Dirección: Emilio Maillé
Guión: Marcelo Figueras; basado en la novela de Jorge Franco Ramos

Peligrosa obsesión (2004)
Fecha de Estreno: 16 de septiembre de 2004
Dirección: Raúl Rodríguez Peila
Guión: Marcelo Figueras sobre una idea de Carlos Luis Mentasti y Daniel Botti

Kamchatka (2002)
Fecha de Estreno: 17 de octubre de 2002
Coproducción con: España
Dirección: Marcelo Piñeyro
Guión: Marcelo Figueras sobre una idea de Marcelo Piñeyro y Marcelo Figueras

Plata quemada (2000)
Fecha de Estreno: 11 de mayo de 2000
Coproducción con: España, Uruguay y Francia
Dirección: Marcelo Piñeyro
Guión: Marcelo Piñeyro y Marcelo Figueras según la novela homónima de Ricardo

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