El blog literario latinoamericano
Editado por La Oficina del Autor
sábado, 5 de julio de 2008
¿Qué hay detrás de un libro?
Conocemos las obras terminadas de los escritores, y sus textos nos permiten inferir, o cuanto menos imaginar, la ambición literaria que pusieron en juego durante su escritura. Pero en general no sabemos cuál era la expectativa humana detrás de la publicación de esos libros. ¿Dinero? ¿Fama? ¿Una saludable combinación de ambas? ¿O simplemente un reconocimiento a la batalla presentada?
En febrero de 1836, Charles Dickens comenzó a escribir lo que se convertiría en su primera novela, The Pickwick Papers. En aquel entonces era un periodista cuyas crónicas de costumbres, firmadas con el seudónimo de “Boz”, le habían granjeado una cierta notoriedad. Trabajaba como un perro y ultimaba detalles de su inminente boda con Catherine Hogarth cuando William Hall le propuso que escribiese una ficción serializada. Nadie podía prever que Pickwick se convertiría en el éxito popular que fue. Sin embargo la contemplación del manuscrito original, con su letra firme y decidida y con sus párrafos casi desprovistos de correcciones, nos sugiere que Dickens intuyó que había encontrado, en el trabajo minero de aquella escritura, una veta riquísima que no podía dejar de explorar compulsivamente–cosa que haría hasta el último día de su vida.
Poco después, un Herman Melville que también acababa de casarse acometió la escritura de Moby Dick. Como a Dickens, la vida parecía sonreírle. Sus libros con recuerdos de su vida como marino, Typee y Omoo, habían sido bien recibidos por la crítica y el público. Tan confiado se sentía en su futuro, que en 1850 adquirió una finca en Pittsfield, Massachussetts, a la que bautizó Arrowhead.
Cualquiera que hojee Moby Dick comprenderá la enorme ambición literaria de Melville: se trataba de un salto cualitativo infinito respecto de sus libros anteriores. Pero al ser editada en Gran Bretaña en octubre de 1851, bajo el título de The Whale (La ballena), la novela no vendió ni siquiera trescientos ejemplares en los primeros cuatro meses de venta. Y en los Estados Unidos, su patria, vendió poco más de dos mil ejemplares de una tirada de cinco mil; el único cheque por derechos que cobró no llegaba a los seiscientos dólares. Melville trabajó los últimos años de su vida como inspector de aduanas. A su muerte, los diarios lo recordaron apenas como el autor de Typee. El New York Times tuvo el descaro de dedicarle una necrológica en que no lo llamaba Herman Melville, sino Henry Melville.
A su manera, ambos escritores huían del mismo fantasma: el del fracaso económico, que a su tiempo había acabado con sus padres. La realidad los había convencido de que podrían lograrlo si seguían escribiendo, cosa que habían empezado a hacer suscitando el entusiasmo del público. Y allí sus caminos comenzaron a separarse. Con Pickwick, Dickens descubrió su vocación y las mieles del éxito. Con Moby Dick, Melville halló su voz de profeta –y se condenó a vivir los cuarenta años restantes de su vida en el desierto, donde no halló dinero, ni fama ni reconocimiento alguno.
Uno se contenta diciendo que Moby Dick terminó obteniendo reconocimiento. Pero no puedo dejar de pensar que el pobre Melville merecía algo mejor que la gloria póstuma. Debe haber marchado hacia la muerte sintiendo que el capitán Ahab se le reía en la cara, porque le tocaba compartir el destino aciago que imaginó para él en aquel libro que creyó importante sin que nadie, ¡nunca!, le diese la razón.
[Publicado el 25/5/2006 a las 10:52]
Comentado por: gonzalo el 03/7/2008 a las 19:00
Marcelo:
Sí, la gloria póstuma es una reverenda... vos sabés. Se me viene a la cabeza de manera instantánea el caso de John K. Toole- no sé si por lo extrema de la situación o por una cuestión de devoción literaria, pero supongo que por esto último. De más está aclarar que no intento reducir el suicidio del tipo a la cuestión de negativa editorial- que bien desequilibrado debiese haber estado para llegar a eso. Y sin embargo es inevitable preguntarme qué hubiera pasado de haber conseguido editor y si, quizá, eso le hubiese restado una razón. Es un poco algo que vos decías cuando hablabas de D. Lean, la sensación de cuántas obras más pudiesen haber existido... De por cierto que muy fea, porque nunca me reí tanto, pero tanto, con una novela (Me he reído mucho con ciertas escenas de John Irving, con Dickens, Wilde y algún otro... Pero nunca tanto como con Toole)
Saludos,
Matilde.
PD: De las muchas biografías de Toole que andan pululando por ahí, ¿hay alguna particularmente recomendable? Me antojé...
Comentado por: Matilde ( de Stendhal) el 26/5/2006 a las 07:16
Simplemente no le entendimos, Ana María, a pesar de su notabilísima capacidad de síntesis (en mi humilde opinión).
Comentado por: Olga Trevijano el 25/5/2006 a las 22:04
Sin darme cuenta pase al tuteo en el último mensaje. No tiene tanta importancia, ¿verdad?
Y no es que se expresara torpemente en su artículo, pero no debe ser fácil expresar de manera tan sintetizada como usted lo hace la propia opinión sobre temas que no son precisamente banales.
¡Hasta otra!
Comentado por: Ana María Berasategui el 25/5/2006 a las 21:50
Comentado por: Ana María Berasategui el 25/5/2006 a las 21:39
Si alguien fue cruel con Melville no fui yo, sino los críticos de su época que no comprendieron que había escrito una obra maestra y en consecuencia no ayudaron a que conectase con el gran público. Por lo demás, yo no podría elegir entre Dickens y Melville ni a punta de pistola, puesto que en algún sentido representan dos aspectos de mi propia naturaleza de los que no podría prescindir ni queriéndolo. Por eso mismo el artículo no pretendía bajo ningún concepto proponer una polémica inútil, sino contemplar la disímil suerte que tocó a dos grandes para graficar los miedos que nos acosan a todos los escritores poco antes de editar un libro del que estamos orgullosos: ¿nos irá bien como a Dickens o nos hundiremos como Melville? (En el terreno de la repercusión pública, que es de lo que hablaba.) ¡Debo haber estado muy torpe ayer, para escribir algo que se presta a tantas confusiones!
Yo no creo que las personas suenen como una única nota musical, creo que todos nosotros, por simples que aparezcamos, somos al menos tan complejos como una melodía. Hay momentos de mi alma en que resueno con el optimismo dickensiano; en otros (los menos, por suerte: por ejemplo ayer) me siento interpelado por el aliento trágico de Melville. Por eso es natural que mi estilo de escritura se modifique de acuerdo a estados de ánimo o convicciones. En algún sentido, mi texto sobre Dickens, Melville y la suerte de los escritores es lo más parecido a un comentario literario convencional que he escrito en algún tiempo. Cuando Intrigado me pregunta si me estoy mimetizando con otro blog (ignoro a cuál se refiere), ¿me estará preguntando si me estoy poniendo más convencional?
Gracias por darme la oportunidad de poner en limpio lo que dije torpemente,
Figueras
Comentado por: figueras el 25/5/2006 a las 20:48
¿Y no habíamos quedado, Marcelo (y esto vale también para Ana María) en que no íbamos seguir jugando a aquel juego consistente en la pregunta esa de saber a quién queremos más: a papá o a mamá?
¿Melville versus Dickens?
Le remito a su post del pasado diez de mayo "Sobre las polémicas inútiles".
Un saludo muy cordial a todos.
Comentado por: Olga Trevijano el 25/5/2006 a las 19:04
¿Por qué este repentino cambio de estilo? Para mejor, por cierto. ¿Con qué escritor, con qué blog se está mimetizando?
Comentado por: intrigado el 25/5/2006 a las 18:58
Estimado Marcelo, ¿no es usted un poco cruel con el pobre Melville?
Reconozco que la fama y el reconocimiento públicos en vida son agradables, pero no lo son todo. Tampoco el dinero lo es todo. ¿Se acuerda de lo que me dijo hace unos días?:
"Puedo prescindir de lo material pero no quiero prescindir de la relación con el otro; los afectos me visten, me dan calor que yo no puedo sino hacer circular".
No me diga que Melville tampoco tenía afectos que le vistiesen...
Estoy convencidísima, por lo demás, de que murió con la convicción de haber escrito una obra maestra.
Y ¿sabe qué? Si, a punta de pistola, me obligaran a elegir entre "Moby Dick" y cualquier obra de Dickens, me quedaría con el primero, sin dudarlo (aunque Dickens también me guste mucho).
Sería interesante, a este respecto, hacer una extensa encuesta. ¿Usted, Marcelo, con quién se iría a la isla desierta: con Melville o con Dickens?
Esté donde éste ahora Herman, puede estar totalmente en paz: consiguió lo que muchos artistas no consiguen jamás: la obra maestra.
Un beso.
Comentado por: Ana María Berasategui el 25/5/2006 a las 18:35
Marcelo Figueras (Buenos Aires, 1962) ha publicado cuatro novelas: La batalla del calentamiento, El muchacho peronista, El espía del tiempo (traducida al francés) y Kamchatka (traducida al ruso, polaco y alemán y en 2006 al francés y al holandés). Algunos de sus relatos fueron publicados en antologías como La selección argentina. Este año ha sido su debut en la narrativa infantil, Gus Weller rompe el molde.
Ha escrito, junto con Marcelo Piñeyro, el guión de Plata quemada, premio Goya a la mejor película de habla hispana y considerada por Los Angeles Times como una de las diez mejores películas de 2000. También escribió el guión de Kamchatka (elegida por Argentina para representarla en el Oscar y una de las favoritas del público durante el Festival de Berlín); de Peligrosa obsesión, una de las más taquilleras de 2004 en Argentina; y de Rosario tijeras, basada en la novela de Jorge Franco (la película colombiana más vista de la historia, candidata al Goya a la mejor película de habla hispana).
Trabajó en el diario Clarín y en revistas como El Periodista y Humor, y el mensuario Caín, del que fue director. También ha escrito para la revista española Planeta Humano y colaborado con el diario El País.
Actualmente prepara su primer filme como director, una historia llamada Superhéroe.
La batalla del calentamiento (2006). Ediciones Alfaguara
Gus Weller rompe el molde (2006). Ediciones Alfaguara Infantil y Juvenil
Kamchatka (2003). Ediciones Alfaguara
El espía del tiempo (2002). Ediciones Alfaguara
Plata quemada. La película (2000). (En colaboración con Marcelo Piñeyro) Grupo Editorial Norma Literatura
El muchacho peronista (1992). Planeta
Filmografía
Rosario Tijeras (2005)
Fecha de Estreno: 26 mayo 2006
Dirección: Emilio Maillé
Guión: Marcelo Figueras; basado en la novela de Jorge Franco Ramos
Peligrosa obsesión (2004)
Fecha de Estreno: 16 de septiembre de 2004
Dirección: Raúl Rodríguez Peila
Guión: Marcelo Figueras sobre una idea de Carlos Luis Mentasti y Daniel Botti
Kamchatka (2002)
Fecha de Estreno: 17 de octubre de 2002
Coproducción con: España
Dirección: Marcelo Piñeyro
Guión: Marcelo Figueras sobre una idea de Marcelo Piñeyro y Marcelo Figueras
Plata quemada (2000)
Fecha de Estreno: 11 de mayo de 2000
Coproducción con: España, Uruguay y Francia
Dirección: Marcelo Piñeyro
Guión: Marcelo Piñeyro y Marcelo Figueras según la novela homónima de Ricardo
05/7/2008 14:17
Dear Lilith, sinceramente no...
Publicado por: figueras
05/7/2008 00:24
Todavia no termino de leer esto...
Publicado por: Lilith
05/7/2008 00:18
Publicado por: martin
04/7/2008 12:27
pusiste a bailar las palabras y...
Publicado por: Alba
04/7/2008 10:37
Publicado por: valeria
03/7/2008 23:55
Marcelo: Ante todo, un saludo...
Publicado por: Daniel
03/7/2008 19:00
Publicado por: gonzalo
03/7/2008 08:42
Publicado por: lolichka
02/7/2008 21:54
Barenboim solidario. Barenboim...
Publicado por: Carmen
02/7/2008 15:58
Y lo hace con la fuerza y el...
Publicado por: Mayté
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