El blog literario latinoamericano
Editado por La Oficina del Autor
sábado, 19 de julio de 2008
En el nombre del padre
¿Somos en alguna medida hijos de los artistas que admiramos? Siempre creí que sí, en la medida en que nuestro espíritu se templa en el calor que prodigan, y también dado que asumo que la paternidad es algo mucho más complejo –y por ende ambicioso- que la simple capacidad de concebir en la carne. Tenemos muchos padres a quienes les debemos distintas cosas, todas ellas imprescindibles para definirnos como lo que hoy somos. Además de hijos de nuestros padres carnales, somos hijos de nuestros maestros, de nuestros verdugos y de los artistas que concibieron el paisaje que habita nuestro espíritu.
Pensé en esto por culpa de una revista para la que escribo ocasionalmente en Buenos Aires, y que me obligó a ver la nueva película de Wim Wenders, Don’t Come Knocking. Me resistí a hacerlo pero me acorralaron. Yo no había visto ninguna película de Wenders desde Las alas del deseo, como la llamaron en la Argentina traduciendo la versión en inglés, o El cielo sobre Berlín, como se llamó originalmente. Imagino que no había vuelto a frecuentar su cine en parte porque me había saturado (yo era wenderófilo desde la primera hora, ¡estudié alemán durante cinco años por su culpa!), y en parte porque intuí que después de esa película le iba a resultar difícil encontrar una historia tan conmovedora. El cielo sobre Berlín se consagró como una summa de sus obsesiones, y el tiempo la convirtió en una suerte de non plus ultra: nunca más pudo aproximarse a los niveles de excelencia de entonces.
Don’t Come Knocking es más que mala: el adjetivo más preciso sería abisal. Los puntos en común con París, Texas (las características de la historia, el guión de Sam Shepard, la música de T-Bone Burnett emulando a Ry Cooder) no hacen más que traer a la mente aquella frase según la cual lo que se vive primero como tragedia retorna como farsa. El mismo Wenders trató de atajarse, diciendo que además de ser una historia familiar y una road movie (dos constantes de su cine, advertirán), Don’t Come Knocking era una farsa. Lo triste es que Wenders hablaba de un género, y que su definición terminó pendiendo sobre el resultado como una profecía autocumplida. (Dicho sea de paso, ¿no les parece, como a mí, que Sam Shepard es el peor actor del mundo?)
Más allá de la película, lo que me intrigó fue mi respuesta emocional. No se trataba de la simple frustración que se sufre ante un film olvidable, sino de algo más profundo: la decepción que experimentamos al comprender que nuestro padre no era el ser invulnerable y glorioso a quien idolatrábamos. Aquellos que son adultos conocen bien el proceso. El ídolo se desmorona, uno pone distancia y con el tiempo reevalúa su experiencia, sopesándolo todo. No puedo decir que Wenders me haya engañado, en tanto los padres de su ficción siempre fueron un fracaso. El Travis de París, Texas regresa de su exilio autoimpuesto tan sólo para rehacer el vínculo entre su pequeño hijo y su ex mujer, y al fin vuelve a irse. El Howard Spence de Don’t Come Knocking descubre que tiene dos hijos de madres distintas que ni siquiera se conocen entre sí, irrumpe en sus vidas y vuelve a desaparecer, dejándolos en su mutua compañía. Son seres patéticos y egoístas hasta la exasperación, y conscientes de ello concluyen que el mejor bien que pueden hacer es desaparecer: regresan a su existencia solipsista.
Entonces volví a ver El cielo sobre Berlín y recordé que nunca es justo juzgar a un padre por lo que hace o deja de hacer en su ocaso, o por el momento más bajo de sus vidas. (La crítica que Michiko Kakutani publicó ayer destrozando Everyman, la nueva novela de Philip Roth, pecó de esta crueldad innecesaria.) Cuando existió amor, y cuando un padre dejó una marca positiva en nuestra existencia, uno debe juzgarlo de acuerdo a las alturas que alcanzó aunque más no fuese ocasionalmente; y modelarse de acuerdo a esa imagen sin dejar de estarle agradecido. Porque la rueda gira y con el tiempo nosotros mismos nos convertimos en padres: carnales, artísticos, espirituales, y desde entonces no nos asiste otra esperanza que la de obtener la benevolencia de los que nos sucederán.
[Publicado el 27/4/2006 a las 09:30]
Concuerdo con el último comentario... muchas cosas tienen que ver con la idealización de los "héroes" y ciertamente, me ha sucedido con García Márquez algo muy similar... uno deja de entusiasmarse y piensa que automáticamente todo será tan maravilloso como Cien Años de Soledad...Sin embargo, ¿cómo borrar la lilusión? Los seres humanos somos demasiado ilusorios y aunado a esto, condicionados a querer abrirse y dejarse seducir por las cosas por el nombre, sea en música, en cine, en literatura, en cualquier cosa, incluso con las mismas personas.
Yo me enamoré del Principito la primera vez que lo leí y ahora temo releerlo porque siento que no me devolverá el goce que me produjo la primera vez... por los años, por la experiencia, por la falta de ilusión (o el exceso de ella). Así que lo considero ya un riesgo.
Señor Figueras, tiene usted razón, es necesario conservar lo bueno de las cosas en su momento, aunque resulte dificil...
Saludos!
Comentado por: Adriana Dorantes el 29/4/2006 a las 22:59
Estimado Marcelo:
En relación a los comentarios publicados con respecto de tu artículo quisiera adherirme a tu punto de vista en cuanto a la ciclicidad de la situación paternal, ya que está sociedad poco fomenta la creación comunal, siempre se busca una autoría hacia muchos aspectos que son del orden cotidiano: "pues.. ¿quién lo dijo?, ¿según quién?" parecen trascender más que el contenido de las observaciones o críticas hechas,por ello es un poco aberrante pensar que estamos inmunizados a que se nos haga padres de algo. No escogemos a nuestros hijos ni a nuestros padres, pero aún así estamos forzados a tener por lo menos a los primeros, asimismo nuestro ejemplo, nuestra situación o nuestra circunstancia nos lleva tener hijos por allí aunque no lo sepamos, y ellos se convierten en jueces de nuestro accionar según los estandares que ellos nos fijaron por nuestras acciones previas. Allí es dónde pedimos indulgencia. Hay algunos que aseguran que el mismo Cervantes era un escritor mediocre y que solo el Quijote lo salvo del olvido, entonces ¿qué es lo que hace, al final de cuentas recordar un hombre y su obra? En exigencia tendríamos que decir que eso depende, por ejemplo Ghandi siempre será recordado por su trayectoria y no por una obra en particular. Por ende podemos situar que el error del ser humano en este aspecto es la tendencia a idealizar casi todo. Conozco infinidad de gente que compra discos por artista y no por el contenido de los mismos, y pese a todo jurar que todos sus discos son geniales, así apartamos nuestro lado crítico y nos volvemos parciales hacia nuestros prejuicios.
Un abrazo.
Angel Pastrana
Comentado por: Angel Pastrana el 29/4/2006 a las 21:33
Lieber Marcelo
Du sagst doch, dass du fünf Jahre lang Deutsch studiert hast. Ich hoffe also, dass du diese Zeilen verstehst.
Ich bin ganz deiner Meinung: der erste Wenders hat sehr gute Filme gedreht, aber der letzte... Der letzte ist doch eine dumme Kuh.
Liebe Grüsse aus Berlin.
Comentado por: Marcus Freund el 28/4/2006 a las 10:51
Veo los pros y contras de lo que se ha escrito en estos comentarios, me están haciendo pensar y me inclino más por la réplica de Figueras, no es que la califique de mejor, buena o mala, sino que es con la que me identifico mejor. Me animé a escribir porque me hizo reflexionar acerca de quien fue el autor que fomentó mi ansia por leer: Gabriel García Márquez. Lo descubrí a los 11 años en una clase de Redacción en la secundaria y durante muchos años fue quien más me provocó la necesidad de leer toda su obra. Sin embargo, cayó de su pedestal después de que leí "El olor de la guayaba", esta entrevista en la que sentí que hablaba de sí mismo con vanagloria, soberbia y lejanía. Fue mi primer paso para dejarlo. Luego se hizo tan leído como fenómeno de masas en México que sus éxitos de librería, sus afamados best-sellers ("Memorias de mis putas tristes" y el primer tomo de su autobiografía), me hicieron desconfiar tantísimo de su calidad, casi provocándome repulsión. Hace tiempo que dejé de leerlo, de releerlo; pero esto que ud escribió hoy me han hecho pensar que puedo mirar hacia atrás y revalorar su obra, volver, y verlo con otros ojos. Gracias por la idea!
Comentado por: karina el 28/4/2006 a las 02:31
Sí, me parece que es de adultos valorar a tus padres y sospesar..., no admitir y callar porque sean tus padres ( no diré nombres por no molestar sus emociones... pero dictadores hay muchos en la historia...)
que me intrigó fue mi respuesta emocional. No se trataba de la simple frustración que se sufre ante un film olvidable, sino de algo más profundo: la decepción que experimentamos al comprender que nuestro padre no era el ser invulnerable y glorioso a quien idolatrábamos. Aquellos que son adultos conocen bien el proceso. El ídolo se desmorona, uno pone distancia y con el tiempo reevalúa su experiencia, sopesándolo todo.
Me encantó... esto
Enea
Comentado por: Enea el 28/4/2006 a las 00:10
si alguien da algo que no quieres..., una media luna (un pastel que a mí me encantaba, me fascinaba y era la gran sorpresa de mi madre pero sólo en días contados... cuando ella quería sorprenderme dando lo que me gustaba)
Debe aprender que lo que se da, no tiene porque gustar, y rectificar y no volverlo a ofrecer... el que lo recibe debe ser correcto pero expresar sus sentimientos... sou incapaz ( y me lo enseñaron en cas) de decir que me gusta lo que no me gusta. énseñales lo que no te ugsta y apartate si insisten en que deben satisfacerles porque tienen el poder de dar... por ahí va mi pensamiento... un niño no puede elegir pero debe decir... esto sí esto no.... después de todo una medialuna no es más que un postre... lo demás que se lo enseñen guste o no guste...
Mi opinión... Una Justicia ...dos de una imposible las dos fascismos o justicia
Enea
Comentado por: Enea el 28/4/2006 a las 00:06
Otro beso Figueras, reconozco tus razones, que no son las mías. De todos modos como "elogio al padre" el título de tu artículo supongo tiene la intención de recordar la, para mí grandiosa, “In the name of the father” de Jim Sheridan, en donde lo complicado de las relaciones paterno-filiales se trata de una manera tan genuina que me reconcilia con la figura paterna; fantástico Pete Postlethwaite.
Para el concurso de Adan Balcazar: se me ocurren varios actores estadounidenses, pero de entrada voto por el soso-hierático Denzel Washington.
Comentado por: cat-woman el 27/4/2006 a las 23:42
Dear Cat,
uno de los recuerdos más indelebles que tengo de mi madre tienen que ver con un día en que compró medialunas para merendar. Me las ofreció, las rechacé, me hizo notar que las había comprado para mí y le espeté: "¿Y quién te las pidió?" Mi madre no dijo ni una palabra más. Cerró el pico y siguió adelante con su vida sin hacerme reproches. Con el correr de los minutos empecé a sentirme tan, pero tan mal que la verguenza terminó grabándose a fuego en mi memoria. Entonces aprendí que aquello que es gratuito, esto es que se nos concede aun cuando no lo hayamos pedido, es algo que debo agradecer incluso cuando no lo necesito y por ende prescindo de la dádiva, porque supone en el otro la generosidad del que, como mi madre, no pedirá nada a cambio.
Yo tampoco pedí nacer, pero agradezco a diario a mis padres más allá de los motivos que puedan haber tenido para concebirme, porque amo la vida que recibí; amo esta vida más allá de todos los problemas que presenta y de todos los requiebros que me ha deparado y sin duda me deparará. Sin duda esta alegría de vivir y el agradecimiento que en consecuencia no puedo menos que sentir hacia mis padres (¡más allá de todos sus defectos!) me han inspirado la "osadía" de convertirme a mi vez en padre. Se trata de una tarea titánica -que nadie me demandó, por cierto, y mucho menos mis hijas- que ha sido y sigue siendo una de las aventuras más grandes de mi vida. El objetivo único de esta aventura es conseguir que mis hijas sean felices; es verdad que la felicidad puede suponer muchas cosas, pero entre todas ellas hay una que considero imprescindible: creeré que son verdaderamente felices si las veo transmitir, a su manera y en su tiempo, aunque más no sea una parte del amor que recibieron cuando niñas. Nada de lo que hice ni de lo que haré será porque espero benevolencia de su parte. Pero si llegado el momento me juzgan positivamente, aunque más no sea por el amor que les tengo, por mis buenas intenciones y por mis momentos rescatables, no rechazaré su benevolencia aun cuando no la haya pedido porque, como dije, hay pocas cosas más maravillosas que aquellas que se nos ofrecen sin pretender nada a cambio. Que alguien te dé algo que no quieras no implica que debas aceptarlo, dear Cat; pero sería necio de tu parte dejar de agradecerlo, del mismo modo en que se agradece el saludo en la calle o la mano que se nos tiende cuando estamos caídos. En un mundo pródigo en egoísmos, mezquindades y solipsismos, yo no puedo dejar de valorar los signos de generosidad y de desprendimiento, "the kindness of strangers", como diría Tennessee Williams -aunque más no sea porque son excepcionales y, en consecuencia, me hablan de gente excepcional.
Un beso, Figueras
Comentado por: figueras el 27/4/2006 a las 19:35
Comentado por: francesca el 27/4/2006 a las 19:15
Feliz tarde a todos.
Además de wenderiana, tengo la tarde orteguiana... Como diría Enea, de dos uno.
Algún crítico dice que Wenders es irregular y excesivamente pretencioso. Claro, es una interpretación. A mi me complace su visión abstracta, con situaciones fantasiosas que nos recuerdan verdaderas realidades. Y, aún cuando no le entiendo, siempre encuentro algún elemento rescatable, salvable, alejándole de la obra fallida; la banda sonora de Paris-Texas siempre me emociona, por ejemplo.
Empezar renegando de las circunstancias es algo bastante común, comprensible; dado que nacemos en un mundo ya hecho, algunas veces muy a pesar nuestro. Pero es un grave error persistir en esa idea. Siempre habrá algo, en la vida de cada uno, para celebrar y agradecer.
Marcelo y sus circunstancias, cat y sus circunstancias, yo y las mías propias, tú... La propia ambivalencia nos da la posibilidad de juego, de incidir en las dos dimensiones, en la medida y forma que las circunstancias y uno mismo se permita. Lo importante es desearlo.
Saludos afectuosos
Comentado por: francesca el 27/4/2006 a las 19:13
Estoy de acuerdo con cat.
Sam Shepard es quiza, el peor actor pero de Estados Unidos, me guastaria organizar un concurso.
¿quien es su opinion, es el peor actor pricipal del cine norteamericano?.
Comentado por: Adan Balcazar el 27/4/2006 a las 17:58
"Porque la rueda gira y con el tiempo nosotros mismos nos convertimos en padres: carnales, artísticos, espirituales, y desde entonces no nos asiste otra esperanza que la de obtener la benevolencia de los que nos sucederán".
Estimado señor, eso serán algunos, pero muchos otros nos negamos rotundamente a ser padres de nada, no se trata de una ley inexorable. Si hablamos de la creación artística tal vez el artista se sienta “padre” de su obra, yo no soy artista, pero me inclino a pensar que muchos no se concebirán así, su obra podrá resultar una manifestación de sí mismos – como mitificación o como desecho- o simplemente como prolongación de su personalidad, bueno, seguramente ustedes sabrían adjetivar mucho mejor esta cuestión. Pero un hijo no es nada de eso, se trata de un ser independiente que no responde (o no debería responder) a los deseos de permanencia del progenitor, diría que a los deseos en general del progenitor. Considero que si uno busca una crítica final benevolente mejor será no meterse en paternidades-maternidades de ningún tipo, no vengan luego clamando comprensión y asuman la parte de aborrecimiento que les tocará por haber tenido la osadía de erigirse en “creadores” de seres humanos ¿alguien lo había pedido?, si me das algo que no quiero, además ¿debo agradecértelo?.
Comentado por: cat-woman el 27/4/2006 a las 16:15
Marcelo Figueras (Buenos Aires, 1962) ha publicado cuatro novelas: La batalla del calentamiento, El muchacho peronista, El espía del tiempo (traducida al francés) y Kamchatka (traducida al ruso, polaco y alemán y en 2006 al francés y al holandés). Algunos de sus relatos fueron publicados en antologías como La selección argentina. Este año ha sido su debut en la narrativa infantil, Gus Weller rompe el molde.
Ha escrito, junto con Marcelo Piñeyro, el guión de Plata quemada, premio Goya a la mejor película de habla hispana y considerada por Los Angeles Times como una de las diez mejores películas de 2000. También escribió el guión de Kamchatka (elegida por Argentina para representarla en el Oscar y una de las favoritas del público durante el Festival de Berlín); de Peligrosa obsesión, una de las más taquilleras de 2004 en Argentina; y de Rosario tijeras, basada en la novela de Jorge Franco (la película colombiana más vista de la historia, candidata al Goya a la mejor película de habla hispana).
Trabajó en el diario Clarín y en revistas como El Periodista y Humor, y el mensuario Caín, del que fue director. También ha escrito para la revista española Planeta Humano y colaborado con el diario El País.
Actualmente prepara su primer filme como director, una historia llamada Superhéroe.
La batalla del calentamiento (2006). Ediciones Alfaguara
Gus Weller rompe el molde (2006). Ediciones Alfaguara Infantil y Juvenil
Kamchatka (2003). Ediciones Alfaguara
El espía del tiempo (2002). Ediciones Alfaguara
Plata quemada. La película (2000). (En colaboración con Marcelo Piñeyro) Grupo Editorial Norma Literatura
El muchacho peronista (1992). Planeta
Filmografía
Rosario Tijeras (2005)
Fecha de Estreno: 26 mayo 2006
Dirección: Emilio Maillé
Guión: Marcelo Figueras; basado en la novela de Jorge Franco Ramos
Peligrosa obsesión (2004)
Fecha de Estreno: 16 de septiembre de 2004
Dirección: Raúl Rodríguez Peila
Guión: Marcelo Figueras sobre una idea de Carlos Luis Mentasti y Daniel Botti
Kamchatka (2002)
Fecha de Estreno: 17 de octubre de 2002
Coproducción con: España
Dirección: Marcelo Piñeyro
Guión: Marcelo Figueras sobre una idea de Marcelo Piñeyro y Marcelo Figueras
Plata quemada (2000)
Fecha de Estreno: 11 de mayo de 2000
Coproducción con: España, Uruguay y Francia
Dirección: Marcelo Piñeyro
Guión: Marcelo Piñeyro y Marcelo Figueras según la novela homónima de Ricardo
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