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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

Editado por La Oficina del Autor

domingo, 6 de julio de 2008

Blog de Marcelo Figueras

Recuerdos de la muerte (III)

Siempre se me hace difícil explicar a mis hijas lo que significó tener catorce, quince, dieciséis años durante la dictadura. Ahora que un par de ellas rondan esa edad, la idea de un país donde los adolescentes se esconden en el interior de sus hogares para no exponerse a los riesgos de la calle les resulta virtualmente inconcebible. Ellas están habituadas a la vida prototípica de los jóvenes: salir hasta cualquier hora, andar por cualquier lugar, vestir de cualquier forma… No temen reír en público ni ponerse en ridículo, expresan su alegría con las ínfulas (¡y con el descaro!) propio de la edad. La Argentina de 1976-1983, en la que me crié mamando a diario la leche del pánico, les resultaría tan ajena como el paisaje marciano.

Yo crecí en el miedo. El terror era mi aire. Mis padres jamás pasaron por el trance de luchar con su hijo adolescente para ponerle límites: yo tenía tanto miedo de andar por las calles, que regresaba por propia voluntad antes de que dieran las diez, ¡incluso los sábados! Me quedaba en casa de mis amigos, o de mi novia, y cuando se hacía la hora de volver cubría las distancias en tiempos que un maratonista envidiaría.

Quizás lo más singular sea la forma de mi miedo. Tal como dije, yo carecía por entonces de formación política, y era de los que escapaba de los diarios y de los noticieros: sabía lo mínimo indispensable, que estábamos bajo un gobierno militar que gustaba de llamarse a sí mismo “Proceso” (los militares nunca han sido muy afectos a la lectura de Kafka, puesto que de serlo habrían elegido otra denominación) y que ese gobierno combatía a los terroristas, que según el discurso oficial eran retoños de Satán sobre la Tierra. Lo singular, digo, es que a pesar de la omnipresencia y de la gravedad de semejante discurso yo jamás tuve miedo de los terroristas, esos muchachos de barba que, según el relato admonitorio, ponían bombas por doquier y te llenaban la cabeza de ideas extrañas. Yo le tenía miedo a otra cosa. Le temía a los uniformes. A todos. A los azules de la Policía, a los verdes del Ejército. Y a las criaturas que los llevaban puestos.

Cada vez que me aproximaba a un policía en la calle, empezaba a transpirar. El padre de uno de mis amigos estaba convencido de que yo sudaba así de manera natural, pero no. Sudaba así tan sólo cuando sentía pánico. Y yo sentía pánico en esas ocasiones porque tenía claro (no sé cómo porque nadie me lo había explicado, no conocía a nadie que afrontase el miedo de decirme la verdad) que si alguien podía hacerme daño, un daño informe e impreciso pero no por ello menos amenazador, ese alguien era cualquier  uniformado.

A veces me digo que mi alma reaccionaba de esa manera porque seguía un razonamiento muy simple: en la Argentina existía un discurso único, yo no creía en ese discurso (mi desconfianza era pura intuición), ergo, yo era un disidente, y en esa Argentina todo disidente era un criminal: me convertí en Josef K. sin saberlo, y por eso vivía con la sensación de haber cometido un crimen sin siquiera entender cuál había sido mi falta. Pero otras veces pienso que este argumento es demasiado cerebral, cuando la cosa era bastante más simple: en Buenos Aires (en la Argentina en general, pero yo vivía entonces en Buenos Aires) el miedo se respiraba, se sentía sobre la piel, se leía en los rostros de los otros, de todos y de cada uno. Yo temía no porque fuese un iluminado, sino por empatía: les temía a aquellos a quienes todos temían, en el más profundo y más degradante de los silencios.

Agradezco al cielo que mis hijas no hayan vivido nada parecido. Y agradezco la indiscutible fortuna con que atravesé ese infierno, aun cuando me quedaron marcas profundísimas porque nadie cruza el infierno sin quemarse. Yo no tuve que lamentar pérdidas personales, no sufrí la desaparición ni el exilio de parientes ni amigos. Lo único que perdí fue la inocencia.

La saqué barata. Cientos de miles de argentinos no pueden decir lo mismo.

(Continuará.)

[Publicado el 23/3/2006 a las 12:22]

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Comentarios (6)

  • Gracias!

    Comentado por: Matias el 13/2/2008 a las 16:36

  • Gracias por este relato!!!

    Comentado por: Matias el 13/2/2008 a las 16:36

  • Gracias Marcelo por compartirnos tus impresiones de aquella época. Para los que no estuvimos en Argentina en aquel tiempo, siempre es valioso que alguien que sí estuvo nos cuente cómo fue la cosa. Como bien decís, nunca será suficiente escribir sobre ello, contarlo, porque esa misma historia tiene mil aristas diferentes, es un caleidoscopio que refleja horror, terror, espanto, dolor, tristeza.
    Yo soy salvadoreña y tengo ese ejercicio pendiente, el de amarrar mis recuerdos de la guerra, escribirlos y compartirlos. Pero no es tan sencillo. Quizás, mientras más pase el tiempo, tendré mejor digerido lo ocurrido, lo sentido, lo vivido.
    Abrazos.

    Comentado por: Jacinta el 24/3/2006 a las 04:20

  • Es dificil para mi recordar, sin que la emoción me juegue una mala pasada desbordando mis ojos de lagrimas. Por más que las enjugue vuelven a salir una y otra vez.

    Hace treinta años tenía casi siete. Había empezado el primer grado del colegio primario. Colegio católico. Solo varones. Hasta hoy en día me causa gracia ver las fotos de mi curso de aquella época: casi cincuenta nenes perfectamente formados para la foto, con guardapolvos de color gris. Parecía una escuela de porteros !!

    Los domingos por la noche mi mamá se ponía a planchar camisas y guardapolvos del colegio, rato antes de la cena.
    Pero ese Domingo hace treinta años me llevé el susto más grande de mi vida: Mamá planchaba y puteaba al mismo tiempo por tener que hacerlo. Papá estaba tirado en la cama leyendo algo y de mis hermanos no tengo recuerdo de lo que estaban haciendo en ese momento, cuando la casa empezó a temblar. Corrimos todos a la puerta de calle para ver que pasaba y al correr la cortina de la puerta, vimos una treintena de tanques de guerra que pasaba por la puerta de mi casa haciendonos temblar y ensordeciendo hasta la más ruidosa idea de mi cabeza. Solo se escuchaba el ensordecedor ruido de los motores.
    Yo no podía dejar de mirar a esas orugas que pisaban fuerte el empedrado y todo la hacían temblar.
    Desde aquella noche y a pesar de mis cortísimos casi siete años, mi mundo se encerró en un colegio de pequeños porteros de guardapolvo gris.
    Desde aquella noche supe que iba a ser difícil dejar de temblar, mientras hubiera un tanque cerca.

    Nunca más volveré a temblar.
    Nunca más.

    Comentado por: Bruce el 23/3/2006 a las 20:25

  • "yo jamás tuve miedo de los terroristas, esos muchachos de barba que, según el relato admonitorio, ponían bombas por doquier y te llenaban la cabeza de ideas extrañas. Yo le tenía miedo a otra cosa. Le temía a los uniformes. A todos. A los azules de la Policía, a los verdes del Ejército. Y a las criaturas que los llevaban puestos".

    De piel de gallina, hermosísimo. REcuerdo que hace poco apresaron a un zapatero que cosía zapatos en Franciso Silvela, en Madrid, un toruturador, duro, de los ruos como las suelas de los zapatos que no se desgastan jamás aunque se disfracen de buenos zapteros y los clientes les quiera ( los vecinos, clientes habituales se quedaron a sombrados de que un hombre tan bueno fuese el cruel destripador de humanos), es Argentino.... Recuerdo toda la entrevista pero se me quedaron unas palabras eso demuestra lo que es ese hombre engendro: " Es que ahora los barbudos que corrían por las calles mandan" ahí está el torturador, eso no hay que olvidarlo para que las nuevas generaciones cuando escuchen palabras de estas características recuerden que la historia en tiempos de paz es lo que deseamos pero es necesario estar atentos, muy atentos, no inquietos.
    ( pregutné lo de los niños y el corazón, a un compañero médico, no no mueren por eso, que hermoso lo dijo)

    "Yo temía no porque fuese un iluminado, sino por empatía: les temía a aquellos a quienes todos temían, en el más profundo y más degradante de los silencios."

    Nunca en silencio, y menos cuando hay Paz.
    Nunca

    Precioso su texto.
    Enea



    Comentado por: Enea el 23/3/2006 a las 13:26


  • “Proceso” (los militares nunca han sido muy afectos a la lectura de Kafka, puesto que de serlo habrían elegido otra denominación) y que ese gobierno combatía a los terroristas, que según el discurso oficial eran retoños de Satán sobre la Tierra

    qué buena ironía...,

    Lo siguiente me encanta. Eso es"!!

    Ellas están habituadas a la vida prototípica de los jóvenes: salir hasta cualquier hora, andar por cualquier lugar, vestir de cualquier forma… No temen reír en público ni ponerse en ridículo, expresan su alegría con las ínfulas (¡y con el descaro!) propio de la edad. La Argentina de 1976-1983, en la que me crié mamando a diario la leche del pánico, les resultaría tan ajena como el paisaje marciano.

    Sí, es cierto, eso es historia, se puede conseguir en poco tiempo, que las generaciones siguientes piensen y vivan de otra manera, las dos cosas son importantes para evitar que suceda en cualquier lugar de nuevo.
    Me encantó
    Enea

    Comentado por: Enea el 23/3/2006 a las 13:16

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Biografía

Marcelo Figueras (Buenos Aires, 1962) ha publicado cuatro novelas: La batalla del calentamiento, El muchacho peronista, El espía del tiempo (traducida al francés) y Kamchatka (traducida al ruso, polaco y alemán y en 2006 al francés y al holandés). Algunos de sus relatos fueron publicados en antologías como La selección argentina. Este año ha sido su debut en la narrativa infantil, Gus Weller rompe el molde.

 

Ha escrito, junto con Marcelo Piñeyro, el guión de Plata quemada, premio Goya a la mejor película de habla hispana y considerada por Los Angeles Times como una de las diez mejores películas de 2000. También escribió el guión de Kamchatka (elegida por Argentina para representarla en el Oscar y una de las favoritas del público durante el Festival de Berlín); de Peligrosa obsesión, una de las más taquilleras de 2004 en Argentina; y de Rosario tijeras, basada en la novela de Jorge Franco (la película colombiana más vista de la historia, candidata al Goya a la mejor película de habla hispana).

 

Trabajó en el diario Clarín y en revistas como El Periodista y Humor, y el mensuario Caín, del que fue director. También ha escrito para la revista española Planeta Humano y colaborado con el diario El País.

 

Actualmente prepara su primer filme como director, una historia llamada Superhéroe.

Bibliografía

La batalla del calentamiento (2006). Ediciones Alfaguara

Gus Weller rompe el molde (2006). Ediciones Alfaguara Infantil y Juvenil

Kamchatka (2003). Ediciones Alfaguara

El espía del tiempo (2002). Ediciones Alfaguara

Plata quemada. La película (2000). (En colaboración con Marcelo Piñeyro) Grupo Editorial Norma Literatura

El muchacho peronista (1992). Planeta

 

Filmografía

Rosario Tijeras (2005)
Fecha de Estreno: 26 mayo 2006
Dirección: Emilio Maillé
Guión: Marcelo Figueras; basado en la novela de Jorge Franco Ramos

Peligrosa obsesión (2004)
Fecha de Estreno: 16 de septiembre de 2004
Dirección: Raúl Rodríguez Peila
Guión: Marcelo Figueras sobre una idea de Carlos Luis Mentasti y Daniel Botti

Kamchatka (2002)
Fecha de Estreno: 17 de octubre de 2002
Coproducción con: España
Dirección: Marcelo Piñeyro
Guión: Marcelo Figueras sobre una idea de Marcelo Piñeyro y Marcelo Figueras

Plata quemada (2000)
Fecha de Estreno: 11 de mayo de 2000
Coproducción con: España, Uruguay y Francia
Dirección: Marcelo Piñeyro
Guión: Marcelo Piñeyro y Marcelo Figueras según la novela homónima de Ricardo

Obras asociadas

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