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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

viernes, 28 de febrero de 2020

 Blog de Francisco Ferrer Lerín

Necrologías 6

 

Siempre es bueno disponer de una red de confidentes perfectamente tejida en nosocomios y camposantos aunque pocas veces se obtengan grandes beneficios. Sin embargo, este pasado octubre, ocurrió algo especial, podría decirse que extraordinario. Llamó Ataúlfo, mi hombre en el Hospital XXX que, bajo el disfraz de celador y el alias de Juan Gómez Gallego, venía colaborando con discreción desde tiempos inmemoriales. Tenía material. De primera. Que me pasara a la tarde por la cafetería que me iba a enseñar una cosa muy interesante. Y así fue. La última epidemia había sido especialmente pródiga. Sobre la mesa de plástico, flanqueando el Cacaolat caliente y el cruasán súper grasiento, se encontraba una caja de cartón cuadrada que debió de contener, allá cuando Carracuca, un surtido Nebi o quizá dos o tres paquetes de marías Fontaneda. Él estaba excitado. Con la boca llena, clavándome los ojos saltones y moviendo la cabeza arriba y abajo me daba a entender, de modo simultáneo, que me sentara a su lado, que observara con atención el sucio recipiente y que imaginara lo muy valioso que era lo que ahora encerraba.

Brando fue emisor de gritos. Empezó como aullador en la azotea de la casa familiar del barrio de Sans y acabó dominando con sabiduría todos los resortes de la profesión. Nacido en 1930, tuvo la suerte de conocer durante la infancia a lo más florido del elenco zarzuelero que por aquellos años proliferaba en fiestas populares y saraos diversos. De voz potente, se hizo famoso por cantar las horas desde un rincón del bar La Pansa y, al llegar la televisión, por aparecer en un concurso de hombres orquesta. El Microcassete-Corder de la marca Sony que compré por cuarenta euros al corrupto funcionario recogía una muestra de su repertorio y, al final, un breve apunte biográfico. A la manera de Cela en las Series –Coleo, Orquis, Testis, Pis, Carajo- de su famoso Diccionario Secreto, Brando encasillaba sus gritos en familias sintagmáticas, casi léxicas: serie Caaabri, serie Tuliii, serie Papariiina, serie Jooog, y así una larga lista de capítulos musicales. Fallecido en la madrugada del veinte de octubre pasado, víctima de la influenza, dejó en el frío y húmedo aire de la ciudad de Barcelona un último y quebrado aullido –de la serie Orriii- emitido, en pijama y bata, dos horas antes de enmudecer para siempre, desde la terraza de la quinta planta del centro hospitalario.

De la oferta sólo me quedé con dos grabadoras. La Corder de Brando y una estilográfica registradora de voz, de factura más moderna. Otros cuarenta euros y Ataúlfo se evaporó más contento que Chupilla. ¿Qué había en ese artilugio sonoescribidor que mereciera tal dispendio? Sexo y poesía. La reina de la rapsodia, la poetisa excelsa, esa voz irresistible, aterciopelada, que cautivaba a todos los públicos con las interpretaciones cadenciosas de sus propios poemas, había dejado en ese tubo, para la historia de la literatura, un compendio de sus mejores versos en versión original, recitados con esa embriagadora fonética insular en la que no era difícil reconocer el repiqueteo del calafate, el rumor del arado entre algarrobos y el susurro del amasamiento de la harina. Fue en casa, cómodamente instalado en mi sillón favorito, cuando descubrí que había algo más. Como en las películas de espías rebobiné varias veces para lograr identificar unos ruidos complementarios que no podían ser azarosos. Pero no era el viento soplando en la arboleda, ni el tren alejándose entre la niebla intercalados entre poema y poema para mejorar si cabe la magia extrema de la palabra poética. Se trataba de vagidos, gemidos de naturaleza humana que sólo podían ser fruto de la práctica amorosa. Clara Isabel de Mantua grababa la emisión vocal de sus lances onanistas. Se ignora si fueron puestos ahí para complementar las fases de lectura o precisamente en esos espacios silenciosos resurgían de un fondo primitivo. También la gripe acabó con Clara. Con cincuenta y pocos años. Dos días después que Brando. De hecho, en la parte final del registro, mezclado a una barahúnda de sofocaciones, es posible distinguir un alarido, la aleya de serie Orriii que el aullador regalara.

 

[Publicado el 11/2/2017 a las 18:40]

[Etiquetas: Esquelas, formas artísticas, poesía, música, sexo.]

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Comentarios (2)

  • zona

    Comentado por: Así es, Vicente; no sé si alguien recordará aún a la rapsoda. el 12/2/2017 a las 13:27

  • ¡"la emisión vocal de sus lances onanistas"!

    Comentado por: Vicente el 12/2/2017 a las 10:50

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Biografía

Francisco Ferrer Lerín (Barcelona, 1942) es poeta, narrador, filólogo y ornitólogo. Traductor, al español, de Flaubert (Trois contes), Claudel (L'Annonce faite à Marie), Tzara (L´Homme approximatif), Monod (Le Hasard et la Nécessité), Montale (Ossi di sepia). 

 

Bibliografía

Obra literaria:

 

De las condiciones humanas, Trimer, 1964
La hora oval, Ocnos, 1971
Cónsul, Península, 1987
Níquel, Mira, 2005
Ciudad propia. Poesía autorizada, Artemisa, 2006
El bestiario de Ferrer Lerín, Galaxia, 2007
Papur, Eclipsados, 2008
Fámulo, Tusquets, 2009
Familias como la mía, Tusquets, 2011
Gingival, Menoscuarto, 2012
Hiela sangre, Tusquets, 2013
Mansa chatarra, Jekyll & Jill, 2014
30 niñas, Leteradura, 2014
Chance Encounters and Waking Dreams, Michel Eyquem, 2016
Edad del insecto, S.D. Edicions, 2016
El primer búfalo, En picado, 2016
Ciudad Corvina, 21veintiúnversos, 2018
Besos humanos, Anagrama, 2018
Razón y combate, Ediciones imperdonables, 2018
Ferrer Lerín. Un experimento, Universidad de Málaga, 2018
Libro de la confusión, Tusquets, 2019
Arte Casual, Athenaica, 2019

 

Arte Casual (2019)

 

 

Libro de la confusión (2019)

  

 

Besos Humanos (2018)

 

 

Ciudad Corvina (2018)
Cuadernos 21V

 

 

 

Edad del insecto (2016)

 

Chance Encounters and Waking Dreams (2016)

 

El primer búfalo. Una antología alfabética (2016)

 

30 niñas (2014)

 

Mansa chatarra (2014)

 

Hiela sangre (2013)

 

Gingival (2012)  

 

 

Familias como la mía (2011)

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