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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

sábado, 21 de septiembre de 2019

 Blog de Rafael Argullol

El acantilado del grito

Cuando, en 1889, Edvard Munch vio cumplido su sueño de residir en Francia, gracias a una beca, se mostró más entusiasmado por las lecciones del casino de Montecarlo que por los impresionistas parisinos. No es que no le interesase Monet, sino que le interesaban aún más los jugadores de la ruleta. Entusiasta de Dostoievski, también Munch consideraba que el casino era "un castillo encantado donde se citan los demonios", afirmación del escritor ruso en El jugador. Con respecto al de Baden-Baden. Al parecer el pintor nórdico se pasaba horas y horas entre las ruletas, pero no jugando -como sí hacía Dostoievski-, sino observando los rostros de los jugadores. Decía que no había mejor modelo para captar las emociones profundas del ser humano pues apenas dejaban traslucir sus sentimientos, pero lo que aflora a la superficie era de una intensidad única: el que perdía debía permanecer casi indiferente y el que ganaba, si quería mantener las formas, también. Las caras se convertían en máscaras ("poner cara de póquer", decimos nosotros) y en esas máscaras habitaba todo el mundo.

 

Quizá fue a través de esa peculiar escuela de Montecarlo como Munch llegó a pintar toda esa serie de personajes enmascarados que conforman lo que llamó El Friso de la Vida, un conjunto de obras realizadas en la última década del siglo XIX, y a las que el artista, en forma de variaciones, retornó el resto de su vida. En ese periodo Munch descubrió que no quería representar a hombres celosos, a mujeres angustiadas o a jóvenes desesperados porque lo que, en realidad, quería era plasmar en el lienzo los celos en sí mismos, la angustia, la desesperación en su pureza. Quería ser un alquimista que capturara la quintaesencia de las emociones. Por eso no es de extrañar que August Strindberg, enInferno, uno de los libros más delirantes, identificó a Munch como un rival que quería arrebatarle los secretos de la piedra filosofal.

En esa década prodigiosa de su pintura, Munch fue de reto en reto hasta llegar al desafío más rotundo: pintar el grito. Quedaba claro para él que, como en las demás cuestiones, no se trataba de pintar la expresión de alguien que gritaba, sino el grito mismo. Curiosamente, al proponerse este objetivo, se colocaba, seguramente sin saberlo, en el otro extremo de lo que había dicho años atrás Schopenhauer. Este había hecho una extravagante apuesta con un amigo según la cual nadie, nunca, sería capaz de pintar el grito.

Y, precisamente en la dirección opuesta, Munch se lanzó a su célebre composición El Grito, de la que, como en el caso de otras obras, hizo diversas variaciones. Antes de llegar a la máscara absoluta que domina esta pintura, Munch había ido depurando su idea de enmascarar las emociones para hacerlas más descarnadas. Las calles se llenan de personajes espectrales, como los que desfilan al atardecer por la avenida de Karl Johan de Oslo, y hombres y mujeres, impulsados por fuerzas incontrolables, se funden desesperadamente en abrazos sin rostro. De esta forma, El Grito va abriéndose paso en la imaginación del artista.

Hasta que llega la fecha en la que Munch cree -muy al estilo de Strindberg- advertir la señal definitiva. De acuerdo con su testimonio era un anochecer en el que se sentía muy cansado, de modo que se creía enfermo. Sin embargo, salió a pasear por un camino de las afueras, desde el que se podía contemplar, a sus pies, la ciudad y el fiordo. Se detuvo para mirar cómo el sol se ponía en el horizonte y las nubes, según su descripción, se teñían de sangre. El fiordo estaba extrañamente iluminado. Munch anotó con relación a su paseo: "Sentí como un grito a través de la naturaleza. Me pareció oír un grito. Pinté este cuadro, pinté las nubes como sangre verdadera. Los colores gritaban".

De creerle, la señal se había producido. No obstante, faltaba lo más importante, aquello que Schopenhauer consideraba imposible: pintar el grito. Para ejecutar ese imposible, Munch construyó un espacio abismal en el que chocaban las líneas ondulantes y las rectas. Por otro lado, el camino de la barandilla -tal vez el mismo por el que estuvo paseando- se introducía diagonalmente en el lienzo hasta constituir una amenaza para la retina del espectador. Por fin, las formas arremolinadas contribuían a crear la sensación de vacío. Y, como es notorio, en un primer plano, presidiendo toda la escena, la gran máscara del grito y la ambigüedad definitiva de la propuesta: ¿es ella la que grita con pavor, o bien es poseída por el sonido terrible de un grito del que trata de defenderse tapándose los oídos? Posiblemente, si Munch ganó la apuesta a Schopenhauer es porque transmitió esa duda, y el espectador oye el grito de la máscara, la cual, a su vez, oye un grito cuya procedencia siempre será un misterio.

No es de extrañar que Edvard Munch, con posterioridad, otorgara tanta importancia a sus horas juveniles ante las ruletas del casino de Montecarlo. Cuando baila la bola en el redondel se produce un silencio peculiar, una sedimentación de los alientos contenidos, tan difícil de pintar como el grito mismo.

El País, 10/10/2010 


 

[Publicado el 15/10/2010 a las 10:25]

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Comentarios (5)

  • En el padrino III el grito no sale es impresionante la escena de la escalera.

    Comentado por: Aurelio el 16/10/2010 a las 01:18

  • Yo creo que el mejor aliado de una artista es la sinestesia. Munch y todos los expresionistas en general supieron buscar en lo más recóndito de cada sentido para dar forma a lo que no tiene forma, para esculpir el vacío o dar ritmo al silencio. Munch vio sangre porque realmente había sangre. La diferencia entre el sentimiento que produce sentir dolor (y gritar) porque el cielo se desangra y la visión y el color de algo (la sangre) que produce el dolor, no puede ser muy diferente. Podemos llegar a uno por medio del otro y nos lo demostró el genial pintor.

    El camino hacia el abismo es negro y, sin embargo, en la profundidad de ese túnel se vislumbra una marina, aunque aciaga por los colores; el pasadizo ocre, limitando dos realidades y en el que se distinguen dos figuras ajenas al horror vivido por el “protagonista” en primer plano. Y la figura de éste deformada por el terror y la expresión de una visión espeluznante que le hace gritar.

    Pero Munch fue un genio y él sabía que nada de eso, ni de cualquier cosa que pintara, podría reproducir un grito en sí mismo. Por eso, los paseantes están de espaldas, ajenos a la escena, en su mundo de la calma (junto a la marina en la profundidad), lo mismo que estamos quienes, desde afuera, presenciamos la escena en su conjunto. Entre ellos y nosotros, está representado el horror informe en el límite de la nada (que no puede gritar) y del todo (nosotros que sí gritamos). Son tres dimensiones muy bien definidas y cada una cumple con su papel escénico. El grito es interior, igual de real que la sangre que no es sangre, porque no hay diferencia entre el estímulo real y el subjetivo. O llegamos a éste con aquél. Vamos, eso me parece a mí.

    Espero no haber dicho muchas tonterías, pero así lo veo yo. La pregunta del millón sería ¿qué estímulo nos habría producido el cuadro de no saber con antelación cuál era el propósito del artista? En eso Schopenhauer puede que hubiera ganado la apuesta, porque la sinestesia tiene dos dimensiones y no tres, y es que el truco está en la adición de un tercer elemento, en primera persona, que no puede estar pintado (pero sí representado y por eso, creo, no me contradigo). Estén donde estén ambos, habrán firmado tablas…

    Por otro lado, he de decir que es un verdadero placer leerle a usted. Hay muchos casinos donde aprender y muchas máscaras para observar, pero no todos podemos alcanzar el mismo nivel, ni parecido.

    Lo dicho: un placer. Y muchas gracias.

    Comentado por: Carmelo Basabe el 16/10/2010 a las 00:35

  • Hay mucha gente incapaz de gritar. No les sale el grito. Se les ahoga dentro. Yo lo he intentado. Sería quizás liberador. Pero creo que predomina el silencio (el grito callado).

    Comentado por: francisco el 15/10/2010 a las 18:45

  • Escriba sentado, magnífico comentario.

    Comentado por: escoin el 15/10/2010 a las 17:17

  • Las palabras de Munch me han traido a la memoria las palabras de Baroja en "La busca". También el crepúsculo madrileño estaba "inyectado de sangre, como la pupila de un monstruo". La fuerza de la voluntad precisamente (Schopenhauer)tendrá una importancia fundamental en la trilogía de Baroja. ¿Es casualidad que Argullol nos hable de la pintura de Munch y de Scopenhauer justamente después de haber escrito sobre la furia? Creo que no, aunque únicamente él nos podría sacar de dudas. La pintura de Munch siempre la he visto como símbolo de un descontento (o angustia) vital, de una desintegración de la individualidad que necesita, eso sí, algo más que voluntad para poder seguir adelante.
    Pero bien podría tratarse de ambas cosas: alguien que grita y, a la vez, se tapa los oídos; alguien que está sufriendo, que le parece insoportable todo y está mostrando su descontento gritando. Puede ser que la ambigüedad no sea tal y que se trate de gritos superpuestos, aunque es bien diferente el grito de queja que el vociferío cacofónico.
    ¿Se acuerdan ustedes de aquella famosa fotografía de unos niños vietnamitas huyendo, al lado de unos soldados norteamericanos, de un lugar arrasado por las bombas? ¿No ven cierta similitud en los semblantes? El llanto, la queja amarga ante el desastre más absoluto.

    Comentado por: escoin el 15/10/2010 a las 17:11

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Biografía

Rafael Argullol Murgadas (Barcelona, 1949), narrador, poeta y ensayista, es catedrático de Estética y Teoría de las Artes en la Facultad de Humanidades de la Universidad Pompeu Fabra. Es autor de treinta libros en distintos ámbitos literarios. Entre ellos: poesía (Disturbios del conocimiento, Duelo en el Valle de la Muerte, El afilador de cuchillos), novela (Lampedusa, El asalto del cielo, Desciende, río invisible, La razón del mal, Transeuropa, Davalú o el dolor) y ensayo (La atracción del abismo, El Héroe y el Único, El fin del mundo como obra de arte, Aventura: Una filosofía nómada, Manifiesto contra la servidumbre). Como escritura transversal más allá de los géneros literarios ha publicado: Cazador de instantes, El puente del fuego, Enciclopedia del crepúsculo, Breviario de la aurora, Visión desde el fondo del mar. Recientemente, ha publicado Moisès Broggi, cirurgià, l'any 104 de la seva vida (2013) y Maldita perfección. Escritos sobre el sacrificio y la celebración de la belleza (2013).

Ha estudiado Filosofía, Economía y Ciencias de la Información en la Universidad de Barcelona. Estudió también en la Universidad de Roma, en el Warburg Institute de Londres y en la Universidad Libre de Berlín, doctorándose en Filosofía (1979) en su ciudad natal. Fue profesor visitante en la Universidad de Berkeley. Ha impartido docencia en universidades europeas y americanas y ha dado conferencias en ciudades de Europa, América y Asia. Colaborador habitual de diarios y revistas, ha vinculado con frecuencia su faceta de viajero y su estética literaria. Ha intervenido en diversos proyectos teatrales y cinematográficos. Ha ganado el Premio Nadal con su novela La razón del mal (1993), el Premio Ensayo de Fondo de Cultura Económica con Una educación sensorial (2002), y los premios Cálamo (2010) y Ciudad de Barcelona (2010) con Visión desde el fondo del mar. 

Bibliografía

Maldita perfección. Escritos sobre el sacrificio
y la celebración de la belleza
(Acantilado, 2013)

 
Una educación sensorial. Historia personal del desnudo
femenino en la pintura
(Acantilado 2012)
Visiones desde el fonde del mar (Acantilado, 2010).
MICROSITE DEL LIBRO

 

Publicaciones principales

POESÍA
- Disturbios del conocimiento. Barcelona: Icaria Editorial, 1980.
- Duelo en el Valle de la Muerte. Madrid: Editorial Ayuso, 1986.
- El afilador de cuchillos. Barcelona: El Acantilado. Quaderns Crema, 1999.
- El poema de la serpiente. Badajoz: Asociación Cultural Littera Villanueva, 2010.
- Cantos del Naumon. Libros del Aire. Colección Jardín Cerrado, núm. 5, 2010.

NARRATIVA
- Lampedusa. Barcelona: Editorial Montesinos, 1981.
- El asalto del cielo. Barcelona: Editorial Plaza & Janés, 1986.
- Desciende, río invisible. Barcelona: Editorial Destino, 1989.
- La razón del mal. Premio Nadal 1993. Barcelona: Editorial Destino, 1994.
- Transeuropa. Madrid: Alfaguara Ediciones, 1998.
- Davalú o el dolor. Madrid: RBA, 2001.
- Moisès Broggi, cirurgià, l'any 104 de la seva vida. Barcelona: Quaderns Crema, 2013.

ENSAYO
- El Quattrocento. Barcelona: Editorial Montesinos, 1982.
- La atracción del abismo. Barcelona: Editorial Bruguera, 1983. Reeditado 2006.
- El Héroe y el Único. Madrid: Taurus Editorial, 1984.
- Tres miradas sobre el arte. Barcelona: Icaria Editorial, 1985.
- Leopardi. Infelicidad y titanismo. Barcelona, 1986
- Territorio del nómada. Barcelona: Ediciones Destino, 1986.
- El fin del mundo como obra de arte. Barcelona: Ediciones Destino, 1990. Reeditado 2007.
- El cansancio de Occidente (en colaboración con Eugenio Trías). Barcelona: Ediciones Destino, 1994.
- Sabiduría de la ilusión. Madrid: Taurus Editorial, 1994.
- Aventura. Una filosofía nómada. Barcelona: Nuevas Ediciones Debolsillo, 2000.
- Una educación sensorial. Historia personal del desnudo femenino en la pintura. Madrid-México: Fondo de Cultura Económica, 2002. Barcelona: Editorial Acantilado, 2012.
- Manifiesto contra la servidumbre. Escritos frente a la guerra. Barcelona: Ediciones Destino, 2003.
- Del Ganges al Mediterráneo: un diálogo entre las culturas de India y Europa (en colaboración con Vidya Nivas Mishra). Madrid: Siruela, 2004.
- Maldita perfección. Escritos sobre el sacrificio y la celebración de la belleza. Barcelona: Editorial Acantilado 2013.

ESCRITURA TRANSVERSAL
- El cazador de instantes. Barcelona: Ediciones Destino, 1996. Reeditado 2007.
- El Puente de Fuego. Cuaderno de Travesía, 1996-2002. Barcelona: Ediciones Destino, 2004.
- Enciclopedia del crepúsculo. Madrid: El Acantilado, 2006.
- Breviario de la aurora. Barcelona: El Acantilado, 2006.
- Visión desde el fondo del Mar. Barcelona: Editorial Acantilado, 2010. Premio Cálamo 2010. Premio Ciudad de Barcelona 2010.

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