El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

jueves, 18 de marzo de 2010

 Blog de Rafael Argullol

Cuento de navidad para decepcionados

Si alguno de ustedes se encuentra entre los decepcionados por lo sucedido en la Cumbre sobre el Clima de Copenhague, les recomiendo la lectura del relato de Jean Giono El hombre que plantaba árboles, recién traducido entre nosotros. Antes que nada por razones de higiene mental: tras tantos días de palabrería, de demagogia de todos los colores, de promesas altisonantes y discursos huecos, tras tanto ruido propagado a través del mundo por los ensordecedores altavoces de la comunicación se agradece la historia de un hombre que libremente se ha rodeado de tanto silencio que ni siquiera tiene necesidad de hablar. Un antídoto frente al griterío.

Pero, además, Elzéard Bouffier, protagonista de la narración, parece saber más sobre la naturaleza que ninguno de los reunidos en Copenhague. Tiene una familiaridad entrañable con ella, algo que le permite avanzar por el camino justo sin recurrir a declaración pragmática alguna, sin funcionarios o expertos, que es un hombre reacio a las grandes palabras -de hecho es un hombre de muy pocas palabras-; como contrapartida, está poseído de una energía maravillosa en el momento de dedicarse a la pasión de su vida: plantar árboles. En el breve relato, Jean Giono retrata a su personaje a lo largo de 37 años, de 1910 a 1947. En este tiempo Elzéard Bouffier no abandona jamás su reducto de tierra provenzal, junto a los Contrafuertes del Mont Ventoux, una tierra dura y áspera. Bouffier, un pastor solitario que roza la sesentena, planta robles. Entierra centenares de miles de bellotas, seleccionadas una a una, con la esperanza de que crezca un pequeño bosque. Después, en la leve humedad del valle, se atreve con los abedules. Planta árboles sin descanso mientras se abaten sobre Europa dos guerras. La destrucción reina por todos lados, pero el anciano pastor, inmutable, prosigue con su tarea y el pequeño bosque, convertido ya en un bosque grande y generoso, se erige en una invitación a la vida, un regalo a los supervivientes.

Lo dicho: un cuento de Navidad para consolar a los decepcionados.

El País, 02/01/2010 

[Publicado el 04/1/2010 a las 19:23]

[Enlace permanente] [Imprimir] [Enviar a un amigo]

Compartir: añadir a delicious  añadir a digg  añadir a technorati  añadir a yahoo  añadir a meneame 

Comentarios (24)

  • También se puede leer El Árbol, de Slawomir Mroceck

    Comentado por: amalia el 26/1/2010 a las 07:35

  • Yo lo tengo claro, Eva, pero, tal como expones las cosas, dando tantas cosas por sentado.., sólo "comulgarán" contigo los previamente convencidos.
    Un capitalista (es decir alguien que defienda EL SISTEMA ACTUAL, digamos modelo, más flexiblemente) no puede admitir que LA SOLUCIÓN (porque tú sólo mencionas el menor gasto energético) sea un menor consumo.
    También podría cambiar la mentalidad belicista y ahorrarse unos cuantos euros en misiles.
    ¿Y para qué necesitamos tantos móviles, portatiles y televisores de última generación?
    No se trata, Eva, de reivindicar los años sesenta cuya gran mayoría de protagonistas, después de vivir su sueñio juvenil de libertad e independencia, volvieron comodamente al redil.
    Pero si miramos con ojos claros es una lástima que nuestro modelo esté tan podrido.
    Creo que no debemos excluirnos y si hace falta plantar árboles, los plantamos.
    Un saludo.
    ¡Y siempre nos queda la historia para aprender!

    Comentado por: Xavi Alves y algunos afectados más el 08/1/2010 a las 14:55

  • No podemos esperar a salir de la crisis para empezar a consumir menos porque sino se agravará más.
    Nuestra crisis es también una crisis del modelo energético. Un modelo sencillamente insostenible.
    Espero que esto cada vez más personas lo tengan claro, ramon.

    Comentado por: Eva el 08/1/2010 a las 14:20

  • Dos apuntes, el asunto del cambio climatico ya me esperaba que Ch y Usa, lo dejaran en segundo plano, porque hay problemas graves encima de la mesa.
    En todo caso creo que en proximas cumbres, cuando salgamos de la crisis, si se avanzara.
    El otro tema es que hoy he visto su entrevista en c.33, Milenium, siempre es de agradecer sus reflexiones, que nos hacen pensar, desenmascarar las mascaras, la visión filosofica apoyada en los clasicos.

    Comentado por: ramon el 08/1/2010 a las 03:16

  • Hombre, alucino, ¿acaso el rap no es creatividad y fiesta? ¿pero que concepto se tiene de la fiesta?.. ¿ el de la nochevieja en casa de los amiguetes de toda la vida? ¿y de la creatividad? ¿pero acaso se piensa todavía, que el mundo creativo y festivo se agota sólo en este rollote de los blogs solitarios? !!!no me lo puedo creer!!....¿Sabes lo que le contesto caperucita, nuestra querida caperucita,al lobo malo el otro día?... ¿no?.. bueno, solo dire que la cosa ha cambiado un montón y caperucita que creo ha cumplido unos años, ya no va de jueguecitas de pijotas.

    Comentado por: Pablo el 07/1/2010 a las 16:07

  • Preferiría olvidar lo de ayer, Manuel.
    Sinceramente.
    Algo me sentó mal
    En fin, estos amigos...
    Prometo más control.
    George!, al loro.
    ¿Tú oiste rap, George?
    No creo que Iván..
    Ep, noi
    ¿Qué le pasa al estilo de la banda, señor Sevilla?
    Tenemos un gran oído, bueno.

    Comentado por: Luchino el 07/1/2010 a las 15:08

  • No ha habido ligues equivocados, si acaso en la imaginación de alguien.
    Sí que se olió a peta en algún momento, quizás.
    ¿Rap? De eso, nada. ¿Liasion peta-rap?
    ¿Dónde vive usted, don Pablo? Es que yo no oí rap.
    Vi creatividad y fiesta.
    Lástima que sean los de siempre, disculpándome de antemano a "los ivanes" e inigualables nicolases.
    Y respecto a Luchino y....
    se me olvidaba decir
    se me olvidaba decir
    que menuda juerguita la de ayer
    y el lobo dijo a las
    ovejitas
    cuidado
    cuidado
    que ya viene
    ya viene la
    JORNADA
    Laboral
    El estilo más bien uniforme
    Hasta otra!

    Manuel (de) Sevilla

    Comentado por: Manuel Sevilla el 07/1/2010 a las 14:43

  • Yo sigo de vacaciones, y parece que todos lo están (Lhasa, mi querida Lhasa, para siempre…..se lleva una parte de mi corazón y de mi tiempo, dejándome otra (una más) pequeña soledad con la que mi vida se va deshaciendo) ¡no había visto por acá tanta actividad ¡… petas, ligues equivocados, intelectuales tacaños, enardecidos atascamientos, creativos ivanes, raperos globeros… y todo eso sucede gracias a un cuento navideño contado por nuestro querido Argullol…!Que fuerza tienen los cuentos! “en el corazón de todo adulto, siempre duerme un niño” dice el proverbio rumano. …Pero yo me he perdido…Hoy piove, piove molto…debe ser eso…. Y tambien, quizá, que mañana empiezo a trabajar.

    Suerte, mucha suerte para este 2010 a todos, a TODOS.
    PABLO

    Comentado por: Pablo el 07/1/2010 a las 10:45

  • Anima ver a personas comprometidas como ustedes, y no sólo me refiero al autor de esta página y su eventual colaborador, Delfín Agudelo (escribo el apellido de memoria y ahora no puedo conprobarlo).
    Es toda una tentción retirarse de este mundo para dedicarse a vivir de verdad creando vida.
    Lo encunentro mucho más admirable que dedicarse a lloriquear como una puta (perdón) Magdalena, que es lo que hacen las S´nchez y compañía.
    Ya me entienden

    Comentado por: Oscar T. (agente 044je.com) el 06/1/2010 a las 23:08

  • Hace cuarenta años hice un largo viaje a pie a través de montañas completamente desconocidas por los turistas, atravesando la antigua región donde los Alpes franceses penetran en la Provenza. Cuando empecé mi viaje por aquel lugar todo era estéril y sin color, y la única cosa que crecía era la planta conocida como lavanda silvestre.

    Al empezar el viaje todo era estéril y sin color, nos cuenta Jean Giono

    Plantar árboles, apostar por la vida
    eso es lo que intuyo que hacen algunos, no muchos,aún pocos.
    Habrá quien se ría de ellos.
    Mas siguen inmutables
    Olvidaron, previamente desoyeron las voces de la tribu.
    No creyeron que necesitaban más que un bosque.
    jean fue testigo
    y todos los que disfrutan con esta historia también
    no se dejen engatusar por los dementes que claman cpontra la vida, que utilizan palabras malsonantes
    no las esperaríamos de ellos
    para volcar todo su desprecio por la inocencia
    de la vida
    Nicolás
    recuerda tu promesa
    aquí
    gaviotas
    olas
    Barcelo....
    n
    ME HA ENCANTADO
    RECUERDA A BARCELO
    N
    E
    ¡Cuánto movimiento hoy!

    Comentado por: Marta Anglí el 06/1/2010 a las 22:50

  • IVÁN
    MUY BIEN
    Feliz 2010
    Admirable noticia, RafAEL
    EMPEZAREMOS EL AÑO MENOS DECEPCIONADOS

    Comentado por: Marta Anglí el 06/1/2010 a las 22:47

  • Yo no me fumo ni un peta ni borracho, Ivan, el de Marta.
    Soy muy deportista
    y no entiendo a los que no enardecen por las grandes damas
    Gracias

    Xavi

    Comentado por: Xavi Alves el 06/1/2010 a las 22:35

  • Eva Anglí dice ¡OHH!
    y desea a Toni
    mucha mmmmmmmmmm
    Mierda,
    claro
    desde el café de siempre aunque quede mal de los surferos
    suerte del cuento de Rafael, porque sino...
    casi me pegfo un tiro
    sobre todo viendo desfallecer a los héroes de la luz
    QUE NO DEL SILENCIO

    Comentado por: Eva Anglí el 06/1/2010 a las 22:31

  • ¿'''Cómo se alborpotaron por tres palabras?
    Tres:
    me
    parece
    caca

    Ya
    les
    tengo
    localizados
    señores
    También estoy "en eso"
    Saludos
    y
    aguanten

    Comentado por: Toni el 06/1/2010 a las 22:27

  • Iván, que no te enteras.
    Si estoy aquí al lado, justo aquí, en la mesa de enfrente, en el pub de los ingleses.
    O sea que te ligaste a Marta pensando que te ligabas a su hermana?
    O era el reves, angelito?
    Poco a poco vamos desenmascarando máscaras, personas?
    ¿Hoy se le ha ido la olla al gran Luchino?
    Il est fou.
    Fou
    El vint-i-cinc de desembre,
    fum
    fum
    máscaraaa
    Iván, ¿funciona lo del peta?
    Lo recomendarías al gran Felipe?, tú que odias la Marató?
    Salud a tus padres, que aún siguen en la brecha.
    Un blog maravilloso
    (y decente

    Comentado por: XYZ el 06/1/2010 a las 22:17

  • Hace cuarenta años hice un largo viaje a pie a través de montañas completamente desconocidas por los turistas, atravesando la antigua región donde los Alpes franceses penetran en la Provenza. Cuando empecé mi viaje por aquel lugar todo era estéril y sin color, y la única cosa que crecía era la planta conocida como lavanda silvestre.

    Al empezar el viaje todo era estéril y sin color, nos cuenta Jean Giono

    Plantar árboles, apostar por la vida
    eso es lo que intuyo que hacen algunos, no muchos,aún pocos.
    Habrá quien se ría de ellos.
    Mas siguen inmutables
    Olvidaron, previamente desoyeron las voces de la tribu.
    No creyeron que necesitaban más que un bosque.
    jean fue testigo
    y todos los que disfrutan con esta historia también
    no se dejen engatusar por los dementes que claman cpontra la vida, que utilizan palabras malsonantes
    no las esperaríamos de ellos
    para volcar todo su desprecio por la inocencia
    de la vida
    Nicolás
    recuerda tu promesa
    aquí
    gaviotas
    olas
    Barcelo....
    n

    Comentado por: Iván el 06/1/2010 a las 22:05

  • Gracias, Luchino.
    Me has deseado mucha mierda.
    Ese actor de cuyo nombre que no te acuerdas (aaayy) es llamado Eusebio Poncela. El gran Eusebio. Amigo de Molina Foix y del agente 044.
    Luchino, Eusebio.
    Enchanté
    Los intelecuales pierden cada vez más sus formas, no son tafinos -los minimos- como nuestro Rafael, Xavi.
    Sí, Xavi. A ver si respondes al amigo Pablo, que no se enradece, enrarece.
    Adiós, que vaya bien.
    Gracias.
    era un gran tipo.
    Léanse el cuento.
    Stop.
    Fúmate un peta, TÚ,
    love
    no me gusta TV3 ni la belen, sobre todo la sánchez (deduzcan cuál de ellas, hay varias, yo me he tirado a alguna , ¿marta?, o era su hermana a la que me follaba mientras pensaba en la otra?
    Agente
    guapos
    viva Xavi
    ¡Y a ver si empiezan a poner mensajes con cap i peus!
    Auxiiiliiiiiiiii......
    i love

    Comentado por: Ivan el 06/1/2010 a las 21:51

  • En absoluto Xavi me molesta su comentario. De verdad, creáselo, ¿por qué habria de molestarme a mi?....Enardecido? no creo; lo he vuelto a leer, y no encuentro nada de eso. Yo sólo quería referirme a algo más general..la ¿cómo diría? atración que ejercen determinadas biografias, y despues, recordar en este blogs a Camus. Sólo eso.

    Por suerte las palabras no huelen (caca, mierda, etc) aunque algunas tienen cierto tufillo pedantesco y hasta diría que pusilanime.

    Comentado por: Pablo el 06/1/2010 a las 18:59

  • Clara Sánchez tAMBIÉN DICE Y REPITE QUE LA VIDA ES Y CONTINÚA SIENDO UNA MIERDA.
    ¡QUÉ MUJER!, LA SÁNCHEZ
    (TABIÉN SOSTIENE QUE LA bELEN CONTINÚA ENARDECIENDO A LAS MASAS!
    SÍ SEÑOR
    NUESTROS INTELECTUALES (ESPAÑOLES) DEPRO.
    LA CLARA NI SIQUIERA ARGUMENTA
    PIENSA, COMO FRANCISCO (UMBRal) que no es necesario
    no es neceario argumerntar
    su nombre lo dice todo
    ¿uieren que diga que lo dice todo?
    Da a la esteban mucho poder
    ¿quién es esa mujer misteriosa?=
    Sanchez, esteban
    el belen?????
    tv3
    tele 5
    Vicente, mira la tele
    dios los cría
    pero nunca plntan árboles
    ¿qué plantan, George?
    no buenos frutos
    qué plantan????????????????
    Os deseo mucha mierda
    (la vida es, ¡vicente', es, es.....
    lo que tu quieras que sea)
    Ivan, mucha mierda!!!!!!
    tu Luchino
    tuyo
    tuyo
    (esos chic@s intelect.,,, a quién ponen, a mi pedro, perdón, perro no le gusta la vulgaridad de la Clara....
    guau, guau
    Luchino

    Comentado por: Luchino el 06/1/2010 a las 18:30

  • No des importancia, amigo Xavi, a loque Molina Foix considere mal.
    Hizo cosas muy estimables, entre otras una pelicula con Ángela Molina y el otro, no me acuerdo cómo se llama, ¿Victor?, ¿Hector? un actor de Almodovar, da lo mismo, no tiene por qué saberle mal, hizo los "gozos y las sombras", fue gay como Banderas, ese, una pelicula estimable
    sincera
    no creo que pueda perder los papeles, no criticaría el blog de un colega, si acaso algunos comentarios.

    me extraña`pero el gran cabrera infdante dice que M, M, M.....
    mer....?
    la mer
    lamer
    lamer heridas
    de la musique
    paz en la tierra a los hombres que plantan árboles y amistades
    y que con el estiercol hacen no MMMMMMMeee, sino BBBBBBBBBBB
    es un cuento de primera, el de hoy del hombre que se retiró de la mmmeeeeeerr
    ¡¿son felices?

    Comentado por: George y Tracy el 06/1/2010 a las 17:57

  • Murió pacificamente, Vicente, Pablo.
    Murio pacificamente.
    ¿Qué le molestó a Pablo de mi comentario?
    ¿Me enardecí?
    ¿No se puede uno estimular con estos blogs? ¿Dicen que son una puta mierda?
    Boooooommmmerrrannnnng
    lo envían y no responde ¿o sÍ?, putas mierdas, no, putas cacas, como (dice) vIcente
    ande yo...caliente
    y disfrute mi gente
    ¡saludos, George, Ivan, escoin, Nico...
    Y RAFAEL RAFAEL
    feliz década, profe

    Comentado por: Xavi en Lampedusa el 06/1/2010 a las 17:32

  • ¿Qué es lo que le parece caca? ¿Vale la pena entrar? El cuento no es caca (nene).
    Aquí lo tienen; es maravilloso, espléndido, espectacular, querido Vicente:



    El hombre que plantaba árboles

    Si uno quiere descubrir cualidades realmente excepcionales en el carácter de un ser humano, debe tener el tiempo o la oportunidad de observar su comportamiento durante varios años. Si este comportamiento no es egoísta, si está presidido por una generosidad sin límites, si es tan obvio que no hay afán de recompensa, y además ha dejado una huella visible en la tierra, entonces no cabe equivocación posible.

    Hace cuarenta años hice un largo viaje a pie a través de montañas completamente desconocidas por los turistas, atravesando la antigua región donde los Alpes franceses penetran en la Provenza. Cuando empecé mi viaje por aquel lugar todo era estéril y sin color, y la única cosa que crecía era la planta conocida como lavanda silvestre.

    Cuando me aproximaba al punto más elevado de mi viaje, y tras caminar durante tres días, me encontré en medio de una desolación absoluta y acampé cerca de los vestigios de un pueblo abandonado. Me había quedado sin agua el día anterior, y por lo tanto necesitaba encontrar algo de ella. Aquel grupo de casas, aunque arruinadas como un viejo nido de avispas, sugerían que una vez hubo allí un pozo o una fuente. La había, desde luego, pero estaba seca. Las cinco o seis casas sin tejados, comidas por el viento y la lluvia, la pequeña capilla con su campanario desmoronándose, estaban allí, aparentemente como en un pueblo con vida, pero ésta había desaparecido.

    Era un día de junio precioso, brillante y soleado, pero sobre aquella tierra desguarnecida el viento soplaba, alto en el cielo, con una ferocidad insoportable. Gruñía sobre los cadáveres de las casas como un león interrumpido en su comida... Tenía que cambiar mi campamento.

    Tras cinco horas de andar, todavía no había hallado agua y no existía señal alguna que me diera esperanzas de encontrarla. En todo el derredor reinaban la misma sequedad, las mismas hierbas toscas. Me pareció vislumbrar en la distancia una pequeña silueta negra vertical, que parecía el tronco de un árbol solitario. De todas formas me dirigí hacia él. Era un pastor. Treinta ovejas estaban sentadas cerca de él sobre la ardiente tierra.

    Me dio un sorbo de su calabaza-cantimplora, y poco después me llevó a su cabaña en un pliegue del llano. Conseguía el agua -agua excelente- de un pozo natural y profundo encima del cual había construido un primitivo torno.

    El hombre hablaba poco, como es costumbre de aquellos que viven solos, pero sentí que estaba seguro de sí mismo, y confiado en su seguridad. Para mí esto era sorprendente en ese país estéril. No vivía en una cabaña, sino en una casita hecha de piedra, evidenciadora del trabajo que él le había dedicado para rehacer la ruina que debió encontrar cuando llegó. El tejado era fuerte y sólido. Y el viento, al soplar sobre él, recordaba el sonido de las olas del mar rompiendo en la playa.

    La casa estaba ordenada, los platos lavados, el suelo barrido, su rifle engrasado, su sopa hirviendo en el fuego. Noté que estaba bien afeitado, que todos sus botones estaban bien cosidos y que su ropa había sido remendada con el meticuloso esmero que oculta los remiendos. Compartimos la sopa, y después, cuando le ofrecí mi petaca de tabaco, me dijo que no fumaba. Su perro, tan silencioso como él, era amigable sin ser servil.

    Desde el principio se daba por supuesto que yo pasaría la noche allí. El pueblo más cercano estaba a un día y medio de distancia. Además, ya conocía perfectamente el tipo de pueblo de aquella región... Había cuatro o cinco más de ellos bien esparcidos por las faldas de las montañas, entre agrupaciones de robles albares, al final de carreteras polvorientas. Estaban habitadas por carboneros, cuya convivencia no era muy buena. Las familias, que vivían juntas y apretujadas en un clima excesivamente severo, tanto en invierno como en verano, no encontraban solución al incesante conflicto de personalidades. La ambición territorial llegaba a unas proporciones desmesuradas, en el deseo continuo de escapar del ambiente. Los hombres vendían sus carretillas de carbón en el pueblo más importante de la zona y regresaban. Las personalidades más recias se limaban entre la rutina cotidiana. Las mujeres, por su parte, alimentaban sus rencores. Existía rivalidad en todo, desde el precio del carbón al banco de la iglesia. Y encima de todo estaba el viento, también incesante, que crispaba los nervios. Había epidemias de suicidio y casos frecuentes de locura, a menudo homicida.

    Había transcurrido una parte de la velada cuando el pastor fue a buscar un saquito del que vertió una montañita de bellotas sobre la mesa. Empezó a mirarlas una por una, con gran concentración, separando las buenas de las malas. Yo fumaba en mi pipa. Me ofrecí para ayudarle. Pero me dijo que era su trabajo. Y de hecho, viendo el cuidado que le dedicaba, no insistí. Esa fue toda nuestra conversación. Cuando ya hubo separado una cantidad suficiente de bellotas buenas, las separó de diez en diez, mientras iba quitando las más pequeñas o las que tenían grietas, pues ahora las examinaba más detenidamente. Cuando hubo seleccionado cien bellotas perfectas, descansó y se fue a dormir.

    Se sentía una gran paz estando con ese hombre, y al día siguiente le pregunté si podía quedarme allí otro día más. Él lo encontró natural, o para ser más preciso, me dio la impresión de que no había nada que pudiera alterarle. Yo no quería quedarme para descansar, sino porque me interesó ese hombre y quería conocerle mejor. Él abrió el redil y llevó su rebaño a pastar. Antes de partir, sumergió su saco de bellotas en un cubo de agua.

    Me di cuenta de que en lugar de cayado, se llevó una varilla de hierro tan gruesa como mi pulgar y de metro y medio de largo. Andando relajadamente, seguí un camino paralelo al suyo sin que me viera. Su rebaño se quedó en un valle. Él lo dejó a cargo del perro, y vino hacia donde yo me encontraba. Tuve miedo de que me quisiera censurarme por mi indiscreción, pero no se trataba de eso en absoluto: iba en esa dirección y me invitó a ir con él si no tenía nada mejor que hacer. Subimos a la cresta de la montaña, a unos cien metros.

    Allí empezó a clavar su varilla de hierro en la tierra, haciendo un agujero en el que introducía una bellota para cubrir después el agujero. Estaba plantando un roble. Le pregunté si esa tierra le pertenecía, pero me dijo que no. ¿Sabía de quién era?. No tampoco. Suponía que era propiedad de la comunidad, o tal vez pertenecía a gente desconocida. No le importaba en absoluto saber de quién era. Plantó las bellotas con el máximo esmero. Después de la comida del mediodía reemprendió su siembra. Deduzco que fui bastante insistente en mis preguntas, pues accedió a responderme. Había estado plantado cien árboles al día durante tres años en aquel desierto. Había plantado unos cien mil. De aquellos, sólo veinte mil habían brotado. De éstos esperaba perder la mitad por culpa de los roedores o por los designios imprevisibles de la Providencia. Al final quedarían diez mil robles para crecer donde antes no había crecido nada.

    Entonces fue cuando empecé a calcular la edad que podría tener ese hombre. Era evidentemente mayor de cincuenta años. Cincuenta y cinco me dijo. Su nombre era Elzeard Bouffier. Había tenido en otro tiempo una granja en el llano, donde tenía organizada su vida. Perdió su único hijo, y luego a su mujer. Se había retirado en soledad, y su ilusión era vivir tranquilamente con sus ovejas y su perro. Opinaba que la tierra estaba muriendo por falta de árboles. Y añadió que como no tenía ninguna obligación importante, había decidido remediar esta situación.

    Como en esa época, a pesar de mi juventud, yo llevaba una vida solitaria, sabía entender también a los espíritus solitarios. Pero precisamente mi juventud me empujaba a considerar el futuro en relación a mí mismo y a cierta búsqueda de la felicidad. Le dije que en treinta años sus robles serían magníficos. Él me respondió sencillamente que, si Dios le conservaba la vida, en treinta años plantaría tantos más, y que los diez mil de ahora no serían más que una gotita de agua en el mar.

    Además, ahora estaba estudiando la reproducción de las hayas y tenía un semillero con hayucos creciendo cerca de su casita. Las plantitas, que protegía de las ovejas con una valla, eran preciosas. También estaba considerando plantar abedules en los valles donde había algo de humedad cerca de la superficie de la tierra.

    Al día siguiente nos separamos.

    Un año más tarde empezó la Primera Guerra Mundial, en la que yo estuve enrolado durante los siguientes cinco años. Un "soldado de infantería" apenas tenía tiempo de pensar en árboles, y a decir verdad, la cosa en sí hizo poca impresión en mí. La había considerado como una afición, algo parecido a una colección de sellos, y la olvidé.

    Al terminar la guerra sólo tenía dos cosas: una pequeña indemnización por la desmovilización, y un gran deseo de respirar aire freco durante un tiempo. Y me parece que únicamente con este motivo tomé de nuevo la carretera hacia la "tierra estéril".

    El paisaje no había cambiado. Sin embargo, más allá del pueblo abandonado, vislumbré en la distancia un cierto tipo de niebla gris que cubría las cumbres de las montañas como una alfombra. El día anterior había empezado de pronto a recordar al pastor que plantaba árboles. "Diez mil robles -pensaba- ocupan realmente bastante espacio". Como había visto morir a tantos hombres durante aquellos cinco años, no esperaba hallar a Elzeard Bouffier con vida, especialmente porque a los veinte años uno considera a los hombres de más de cincuenta como personas viejas preparándose para morir... Pero no estaba muerto, sino más bien todo lo contrario: se le veía extremadamente ágil y despejado: había cambiado sus ocupaciones y ahora tenía solamente cuatro ovejas, pero en cambio cien colmenas. Se deshizo de las ovejas porque amenazaban los árboles jóvenes. Me dijo -y vi por mí mismo- que la guerra no le había molestado en absoluto. Había continuado plantando árboles imperturbablemente. Los robles de 1.910 tenían entonces diez años y eran más altos que cualquiera de nosotros dos. Ofrecían un espectáculo impresionante. Me quedé con la boca abierta, y como él tampoco hablaba, pasamos el día en entero silencio por su bosque. Las tres secciones medían once kilómetros de largo y tres de ancho. Al recordar que todo esto había brotado de las manos y del alma de un hombre solo, sin recursos técnicos, uno se daba cuenta de que los humanos pueden ser también efectivos en términos opuestos a los de la destrucción...

    Había perseverado en su plan, y hayas más altas que mis hombros, extendidas hasta el límite de la vista, lo confirmaban. me enseñó bellos parajes con abedules sembrados hacía cinco años (es decir, en 1.915), cuando yo estaba luchando en Verdún. Los había plantado en todos los valles en los que había intuido -acertadamente- que existía humedad casi en la superficie de la tierra. Eran delicados como chicas jóvenes, y estaban además muy bien establecidos.

    Parecía también que la naturaleza había efectuado por su cuenta una serie de cambios y reacciones, aunque él no las buscaba, pues tan sólo proseguía con determinación y simplicidad en su trabajo. Cuando volvimos al pueblo, vi agua corriendo en los riachuelos que habían permanecido secos en la memoria de todos los hombres de aquella zona. Este fue el resultado más impresionante de toda la serie de reacciones: los arroyos secos hacía mucho tiempo corrían ahora con un caudal de agua fresca. Algunos de los pueblos lúgubres que menciono anteriormente se edificaron en sitios donde los romanos habían construido sus poblados, cuyos trazos aún permanecían. Y arqueólogos que habían explorado la zona habían encontrado anzuelos donde en el siglo XX se necesitaban cisternas para asegurar un mínimo abastecimiento de agua.

    El viento también ayudó a esparcir semillas. Y al mismo tiempo que apareció el agua, también lo hicieron sauces, juncos, prados, jardines, flores y una cierta razón de existir. Pero la transformación se había desarrollado tan gradualmente que pudo ser asumida sin causar asombro. Cazadores adentrándose en la espesura en busca de liebres o jabalíes, notaron evidentemente el crecimiento repentino de pequeños árboles, pero lo atribuían a un capricho de la naturaleza. Por eso nadie se entrometió con el trabajo de Elzeard Bouffier. Si él hubiera sido detectado, habría tenido oposición. Pero era indetectable. Ningún habitante de los pueblos, ni nadie de la administración de la provincia, habría imaginado una generosidad tan magnífica y perseverante.

    Para tener una idea más precisa de este excepcional carácter no hay que olvidar que Elzeald trabajó en una soledad total, tan total que hacía el final de su vida perdió el hábito de hablar, quizá porque no vio la necesidad de éste.

    En 1.933 recibió la visita de un guardabosques que le notificó una orden prohibiendo encender fuego, por miedo a poner en peligro el crecimiento de este bosque natural. Esta era la primera vez -le dijo el hombre- que había visto crecer un bosque espontáneamente. En ese momento, Bouffier pensaba plantar hayas en un lugar a 12 km. de su casa, y para evitar las ideas y venidas (pues contaba entonces 75 años de edad), planeó construir una cabaña de piedra en la plantación. Y así lo hizo al año siguiente.

    En 1.935 una delegación del gobierno se desplazó para examinar el "bosque natural". La componían un alto cargo del Servicio de Bosques, un diputado y varios técnicos. Se estableció un largo diálogo completamente inútil, decidiéndose finalmente que algo se debía hacer... y afortunadamente no se hizo nada, salvo una única cosa que resultó útil: todo el bosque se puso bajo la protección estatal, y la obtención del carbón a partir de los árboles quedó prohibida. De hecho era imposible no dejarse cautivar por la belleza de aquellos jóvenes árboles llenos de energía, que a buen seguro hechizaron al diputado.

    Un amigo mío se encontraba entre los guardabosques de esa delegación y le expliqué el misterio. Un día de la semana siguiente fuimos a ver a Elzeard Bouffier. Lo encontramos trabajando duro, a unos diez kilómetros de donde había tenido lugar la inspección.

    El guardabosques sabía valorar las cosas, pues sabía cómo mantenerse en silencio. Yo le entregué a Elzeard los huevos que traía de regalo. Compartimos la comida entre los tres y después pasamos varias horas en contemplación silenciosa del paisaje...

    En la misma dirección en la que habíamos venido, las laderas estaban cubiertas de árboles de seis a siete metros de altura. Al verlos recordaba aún el aspecto de la tierra en 1.913, un desierto... y ahora, una labor regular y tranquila, el aire de la montaña fresco y vigoroso, equilibrio y, sobre todo, la serenidad de espíritu, habían otorgado a este hombre anciano una salud maravillosa. Me pregunté cuántas hectáreas más de tierra iba a cubrir con árboles.

    Antes de marcharse, mi amigo hizo una sugerencia breve sobre ciertas especies de árboles para los que el suelo de la zona estaba especialmente preparado. No fue muy insistente; "por la buena razón -me dijo más tarde- de que Bouffier sabe de ello más que yo". Pero, tras andar un rato y darle vueltas en su mente, añadió: "¡y sabe mucho más que cualquier persona, pues ha descubierto una forma maravillosa de ser feliz!".

    Fue gracias a ese hombre que no sólo la zona, sino también la felicidad de Bouffier fue protegida. Delegó tres guardabosques para el trabajo de proteger la foresta, y les conminó a resistir y rehusar las botellas de vino, el soborno de los carboneros.

    El único peligro serio ocurrió durante la Segunda Guerra Mundial. Como los coches funcionaban con gasógeno, mediante generadores que quemaban madera, nunca había leña suficiente. La tala de robles empezó en 1.940, pero la zona estaba tan lejos de cualquier estación de tren que no hubo peligro. El pastor no se enteraba de nada. Estaba a treinta kilómetros, plantando tranquilamente, ajeno a la guerra de 1.939 como había ignorado la de 1.914.

    Vi a Elzeard Bouffier por última vez en junio de 1.945. Tenía entonces ochenta y siete años. Volví a recorrer el camino de la "tierra estéril"; pero ahora en lugar del desorden que la guerra había causado en el país, un autobús regular unía el valle del Durance y la montaña. No reconocí la zona, y lo atribuí a la relativa rapidez del autobús... Hasta que vi el nombre del pueblo no me convencí de que me hallaba realmente en aquella región, donde antes sólo había ruinas y soledad.

    El autobús me dejó en Vergons. En 1.913 este pueblecito de diez o doce casas tenía tres habitantes, criaturas algo atrasadas que casi se odiaban una a otra, subsistiendo de atrapar animales con trampas, próximas a las condiciones del hombre primitivo. Todos los alrededores estaban llenos de ortigas que serpenteaban por los restos de las casas abandonadas. Su condición era desesperanzadora, y una situación así raramente predispone a la virtud.

    Todo había cambiado, incluso el aire. En vez de los vientos secos y ásperos que solían soplar, ahora corría una brisa suave y perfumada. Un sonido como de agua venía de la montaña. Era el viento en el bosque; pero más asombro era escuchar el auténtico sonido del agua moviéndose en los arroyos y remansos. Vi que se había construido una fuente que manaba con alegre murmullo, y lo que me sorprendió más fue que alguien había plantado un tilo a su lado, un tilo que debería tener cuatro años, ya en plena floración, como símbolo irrebatible de renacimiento.

    Además, Vergons era el resultado de ese tipo de trabajo que necesita esperanza, la esperanza que había vuelto. Las ruinas y las murallas ya no estaban, y cinco casas habían sido restauradas. Ahora había veinticinco habitantes. Cuatro de ellos eran jóvenes parejas. Las nuevas casas, recién encaladas, estaban rodeadas por jardines donde crecían vegetales y flores en una ordenada confusión. Repollos y rosas, puerros y margaritas, apios y anémonas hacían al pueblo ideal para vivir.

    Desde ese sitio seguí a pie. La guerra, al terminar, no había permitido el florecimiento completo de la vida, pero el espíritu de Elzeard permanecía allí. En las laderas bajas vi pequeños campos de cebada y de arroz; y en el fondo del valle verdeaban los prados.

    Sólo fueron necesarios ocho años desde entonces para que todo el paisaje brillara con salud y prosperidad. Donde antes había ruinas, ahora se encontraban granjas; los viejos riachuelos, alimentados por las lluvias y las nieves que el bosque atrae, fluían de nuevo. Sus aguas alimentaban fuentes y desembocan sobre alfombras de menta fresca. Poco a poco, los pueblecitos se habían revitalizado. Gentes de otros lugares donde la tierra era más cara se habían instalado allí, aportando su juventud y su movilidad. Por las calles uno se topaba con hombres y mujeres vivos, chicos y chicas que empezaban a reír y que habían recuperado el gusto por las excursiones. Si contábamos la población anterior, irreconocible ahora que gozaba de cierta comodidad, más de diez mil personas debían en parte su felicidad a Elzeard Bouffier.

    Por eso, cuando reflexiono en aquel hombre armado únicamente por sus fuerzas físicas y morales, capaz de hacer surgir del desierto esa tierra de Canaan, me convenzo de que a pesar de todo la humanidad es admirable. Cuando reconstruyo la arrebatadora grandeza de espíritu y la tenacidad y benevolencia necesaria para dar lugar a aquel fruto, me invade un respeto sin límites por aquel hombre anciano y supuestamente analfabeto, un ser que completó una tarea digna de Dios.

    (Elzeard Bouffier murió pacíficamente en 1.947 en el hospicio de Banon).

    Jean Giono.

    Comentado por: Xavi Alves el 06/1/2010 a las 17:23

  • Me parece caca.

    Comentado por: Vicente Molina Foix el 06/1/2010 a las 06:56

  • Es curioso obervar, lo digo por lo de Lina, como nos enardecemos con las historias de la bellas damas, especialmente sin se han creado como simbolos de algo que detestamos.Curioso.

    Albert Camus plantó otra clase de arboles que aun sigue creciendo, como los de Giono, el admirador de Virgilio y "cantor" de de esas historicas y bellas tierras que se denomina la Provenza,y que junto con las de las Toscana italiana y el Ampurdan catalan, son lo más hermoso que existe en Europa.

    Per eso creo que hoy merece la pena recordar, que Albert Camus, del que hoy se cumplen 50 años de su tragica muerte, con motivo de la admisión de la España franquista en la U.N.E.S.C.O. y la consiguiente legitimacion de del golpe militar contra la democracia, de la dictadura facista y de la represión sangrienta y cruel que en ese momento se estaba llevando a cabo, dejo escritas hermosas palabras por la Republica y por los que la defendieron, y su condena explicita por ese reonocimiento oficial con el que dio comienzo un olvido todavia hoy no redimido.

    Comentado por: Pablo el 04/1/2010 a las 20:37

Deja un comentario




Tu correo electrónico:


Escribe los caracteres de la imagen (para evitar SPAM):
captcha


Comentario:


Foto autor

Biografía

Rafael Argullol Murgadas (Barcelona, 1949), narrador, poeta y ensayista, es catedrático de Estética y Teoría de las Artes en la Facultad de Humanidades de la Universidad Pompeu Fabra. Es autor de 25 libros en distintos ámbitos literarios: poesía (Disturbios del conocimiento, Duelo en el Valle de la Muerte, El afilador de cuchillos), novela (Lampedusa, El asalto del cielo, Desciende, río invisible, La razón del mal, Transeuropa, Davalú o el dolor) y ensayo (La atracción del abismo, El Héroe y el Único, El fin del mundo como obra de arte, Aventura. Una filosofía nómada, Manifiesto contra la servidumbre. Escritos frente a la guerra, entre otros) dirigiéndose cada vez más hacia una escritura transversal que rompe los géneros literarios (Cazador de instantes, El puente del fuego, Enciclopedia del crepúsculo, Breviario de la aurora, etc.).

 

Ha estudiado Filosofía, Medicina, Economía y Ciencias de la Información en la Universidad de Barcelona y ha asistido a cursos en la Universidad de Roma, en el Warburg Institute de Londres y en la Universidad Libre de Berlín, doctorándose en Filosofía (1979) en su ciudad natal. Como profesor ha enseñado en universidades europeas y americanas y ha dado conferencias en ciudades de Europa, América y Asia. Colaborador habitual de diarios y revistas, ha vinculado con frecuencia su faceta de viajero y su estética literaria. Ha intervenido en diversos proyectos teatrales y cinematográficos. Ha ganado el Premio Nadal con su novela La razón del mal (1993), y el Premio Ensayo de Fondo de Cultura Económica con Una educación sensorial (2002).

Bibliografía

/upload/fotos/obras/lampedusa_1_med.jpg
 

Lampedusa (2008). El Acantilado, España

El Héroe y el Único (2008). El Acantilado, España 

Breviario de la aurora (2006). El Acantilado, España.

Del Ganges al Mediterránea: un diálogo entre las culturas de India y Europa (2004). Argullol, Rafael y Mishra, Vidya Nivas. Ediciones Siruela, España.

El puente de fuego (2004). Ediciones Destino, España.

El pont de foc (2004). Ediciones Destino, España.

Wolfgang Amadeus Mozart. Las últimas sinfonías (2004). Argullol, Rafael y Reverter, Arturo. Diario El País, S.A., España.

Manifiesto contra la servidumbre: escritos frente a la guerra (1990-2003) (2003). Ediciones Destino, España.

Una educación sensorial: historia personal del desnudo femenino en la pintura (2002). Fondo de Cultura Económica, España.

Tres miradas sobre el arte (2002). Ediciones Destino, España.

El cazador de instantes: cuaderno de travesía 1990-1995 (2002). Ediciones Destino, España.

Davalú o el dolor: crònica d'un duel (2001). Edicions dels Quaderns Crema, España.

Aventura, una filosofía nómada (2000). Plaza & Janés Editores, S.A., España.

El afilador de cuchillos: un poema (1999). El Acantilado, España.

L'esmolador de ganivets: (un poema) (1998). Edicions dels Quaderns Crema, España.

Transeuropa (1998). Ediciones Alfaguara, España.

Naturaleza: la conquista de la soledad (1995). Fundación César Manrique, España.

Sabiduría de la ilusión: quince escenarios (1994). Taurus Ediciones, España.

La razón del mal (1993). Ediciones Destino, España.

Territorio del nómada (1993). Ediciones Destino, España.

El cansancio de Occidente: una conversación (1993). Argullol, Rafael y Trías, Eugenio. Ediciones Destino, España.

El fin del mundo como obra de arte: un relato occidental (1991). Ediciones Destino, España.

Desciende, río invisible (1990). Ediciones Destino, España.

El Quattrocento: arte y cultura en el renacimiento italiano (1988). Montesinos Editor, S.A., España.

Lampedusa: una historia mediterránea (1987). Montesinos Editor, S.A., España.

Territorio del nómada (1987). Fondo de Cultura Económica, S.L., España.

Duelo en el valle de la muerte (1986). Ayuso, España.

Leopardi: infelicidad y titanismo (1985). Montesinos Editor, S.A., España.

Tres miradas sobre el arte (1985). Icaria, España.

El héroe y el único: el espíritu trágico del Romanticismo (1984). Taurus Ediciones, España.

La atracción del abismo: un itinerario por el paisaje romántico (1983). Bruguera, S.A., España.

Disturbios del conocimiento (1980). Icaria, España.

© 2005 | Gran Vía, 32 6ª planta - 28013 Madrid | | Aviso Legal | RSS

Página desarrollada por Tres Tristes Tigres