Resplandor y vacío

Rafael Argullol: Creo que esta dinámica, este vaivén, mirada doble o tensión entre estas dos miradas es lo que da una gran profundidad y eficacia al cine de Kubrick.Delfín Agudelo: Pienso en el vaivén de El resplandor. Todos tenemos la imagen de Jack Torrance persiguiendo a su hijo por el laberinto con el hacha; pero siempre que veo la película, lo más aterrador es el espacio, es la creación del espacio. La simple idea de un hotel que queda alejado de la civilización durante el invierno, la nieve y la soledad de las habitaciones perfectamente arregladas... hay un vaivén muy bien llevado entre el personaje y el escenario: el hotel es Torrance y Jack es el hotel. Encontramos tanto cierta dignidad de la suntuosidad a la vez que el terror más espeluznante.
R.A.: Creo que esto está hecho con una intencionalidad y meticulosidad exacta como casi todo lo que hay en el cine de Kubrick, donde me atrevería a decir que no hay un solo fotograma de sobra o dejado al azar. Me parece que El resplandor es una muestra privilegiada de esto y sobre todo en una dirección, una dirección que cuando la piensas encuentras que es magistral: hay una especie de sucesión de vacíos. El vacío del hotel que citas, de este gran hotel cerrado, está circundado por otro gran vacío, que es el de las montañas: un vacío sublime de las grandes cordilleras, el cual está a su vez rodeado por otro vacío, que es el cósmico, que Kubrick nos muestra varias veces a través del cielo tanto diurno como nocturno. Pero si el zoom lo miramos en dirección contraria, esos tres vacíos -el cósmico, el de las montañas, el del hotel- tienen su continuación en el gran vacío de la hoja en blanco. La cuestión crucial que aquí se produce es que un escritor se encierra en ese lugar para crear. Y al crear sucumbe al triple vacío que acabo de indicar, pero ese triple vacío se traslada a su propia hoja de papel donde él irá repitiendo de manera obsesiva las mismas frases. Consiste en el famoso tema del vacío de la hoja en blanco, en el vacío del acto anterior a la creación, en ese juego continuo en una dirección y en la otra: el vacío de la hoja, del hotel y de la naturaleza cósmica. Lo cual llega a crear un efecto verdaderamente terrorífico: el auténtico terror de la película, que es un terror metafísico, es el terror del momento anterior a la creación; es el terror de un mundo no articulado, no creado, no habitado en el fondo. Es como una especie de deshabitación del mundo, y eso crea un terror psicológico extraordinario que acaba trasladándose al espectador. Es probable que en el primer plano el miedo y el terror se produzcan a través de las persecuciones que se dan en la película, es un primer nivel. Pero el verdadero terror de la película y su eficacia es el terror metafísico sobre el cual se apoya.
[Publicado el 26/3/2009 a las 09:00]
[Etiquetas: Stanley Kubrick, El resplandor, Jack Torrance]
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El miedo proviene de lo que no se conoce. De aquello que establece las alteridades, y que tiende a la multiplicidad, y en caso extremo a la desagregación y la disolución. El miedo es el otro, por extraño, por desconocido. Dejar de tener miedo es integrar al otro en uno mismo, en definitiva conocerlo, o reconocerse en los otros: paralelo al acto creativo.
El miedo, por tanto, es un sentimiento que siempre está en quien lo padece y no en el otro, al ser signo de su ignorancia y fragmentación, de aislamiento en sentido negativo: de huída del otro; de aborto o impotencia creativa
No considero correcto calificar de metafísico al miedo o al terror, ya que este término hace referencia a un conocimiento unificado más allá de lo formal, de lo múltiple, lo diverso, lo fragmentado, lo sumatorio. La metafísica implica una integración, una globalidad, un salto al límite, la superación de la definición de lo diverso, y por tanto, una barrera a franquear, que para quien no la ha franqueado puede identificarse igualmente con el caos y la desagregación, lo indefinidamente fragmentado y la huída si solución; todo ello entendido equivocadamente como infinito por cuanto que no evoca lo Uno. En efecto, lo metafísico es la referencia a lo Uno, y por ende a lo infinito inexpresado o inexpresable, a la soledad en sentido positivo; y en este caso, el ámbito de lo psíquico, al cual pertenece el miedo y el terror, queda fuera de lugar. El terror es siempre una manifestación psíquica del individuo fragmentado o en huída respecto de otro, pudiendo ser incluso uno mismo; lo metafísico, sin embargo, está más allá de lo individual, de lo fragmentado y múltiple.
Hablar de terror metafísico o angustia metafísica es un contrasentido. No puede haber miedo para quien está instalado en o conoce lo Uno; para quien participa realmente del acto creativo, integrativo, totalizador. ¿De quién, entonces, podría tener miedo?
En el fondo, la asociación de un sentimiento como el miedo o el terror, y su agravación patológica y crónica como la angustia, a la metafísica, es síntoma del carácter radicalmente agnóstico de esta época, para la cual, ningún conocimiento es posible, y por ende, ningún orden, ningún equilibrio y ninguna paz, en el fondo ninguna creación; se enmarca pues, este agnosticismo, en el sino de una búsqueda perpetua, de una inquietud sin fin y que no conduce verdaderamente a nada, porque tampoco se cree nada ya que se salió de la nada. La nada, siendo como se ve lo Uno desde un sujeto fragmentado en la multiplicidad, es en su reflejo subconsciente y terrorífico la mayor ilusión proyectada hacia el otro, que manifiesta el propio estado de fragmentación y en proceso de disolución en que se encuentra el yo del ser humano en este Occidente de hoy: angustia existencial en definitiva; antimetafísica, no metafísica.
(Este comentario sustituye al de abajo, que por culpa de las ventanitas de texto cutres salió hecho un churro)
Comentado por: Javier el 30/3/2009 a las 16:19
El miedo proviene de lo que no se conoce. De aquello que establece las alteridades, y que tiende a la multiplicidad, y en caso extremo, a la desagregación y la disolución. El miedo es el otro, por extraño, por desconocido. Dejar de tener miedo es integrar al otro en uno mismo, en definitiva conocerlo, o reconocerse en los otros: paralelo a un acto creativo.
El miedo por eso es un sentimiento que siempre está en quien lo padece y no en el otro, pues es un signo de su ignorancia y fragmentación, de aislamiento en sentido negativo, de huída del otro: de aborto creativo
Yo no utilizaría el término metafísico para referirlo al terror o al miedo. Pues, precisamente, este término hace referencia a un conocimiento unificado más allá de lo formal. Lo cual implica un salto al límite, y por tanto, una barrera a franquear, que para quien no la ha franqueado lo puede identificar igualmente con el caos y la desagregación, lo fragmentado y la huída. Lo metafísico es la referencia a lo Uno, y por ende a lo infinito inexpresado o inexpresable, a la soledad en sentido positivo, y en este caso el ámbito de lo psíquico, al cual pertence el miedo y el terror, queda fuera de lugar. El terror es siempre una manifestación psíquica del individuo; y lo metafísico está más allá de lo individual, por fragmentado y múltiple.
Hablar de terror metafísico o angustia metafísica es un contrasentido. No puede haber miedo para quien está instalado en o conoce lo Uno. ¿De quién, entonces, podría tener miedo?
En el fondo, la aplicación de un sentimiento como el miedo o su agravación patológica y crónica como el terror o la angustia a la metafísica, es síntoma, en el fondo un rasgo del carácter radicalmente agnóstico de esta época, para la cual, ningún conocimiento es posible, y por ende, ningún orden y ninguna paz, en el fondo ninguna creación; se enmarca, pues, en el sino de una búsqueda perpetua, de una inquietud sin fin y que no conduce verdaderamente a nada, porque tampoco se nada ya que se salió de la nada. La nada, que siedo como se ve lo Uno desde un mundo caído en la multiplicidad, es en su reflejo subconsciente y terrorífico la mayor ilusión proyectada hacia el otro, que refleja el propio estado de nada en que se encuentra el ser humano en este Occidente de hoy: angustia existencial en definitiva; antimetafísica, no metafísica.
Comentado por: Javier el 30/3/2009 a las 15:27
A mí realmente Kubrick me parecía un pedante, excepto en Senderos de Gloria. Pero lo que son las cosas Jack Nicholson sobreactúa y a mí me gusta.
Pero yo venía a hablar de otra cosa, de su artículo de hoy en El País, ese si que es un tema inquietante y de terror. Todavía estoy oyendo a Benet y aquel pobre en televisión española contando...y diciéndo lo estupendo que era tener fotocopiadoras, y los muy progres nos reímos hasta llorar.Llorar.
Hoy en el telediario de las ocho en la RAI he visto como los comunistas italianos celebraban unas banderas con la hoz y el martillo,(todavía se opuede pescar en la RAI en internet) y me he preguntado una vez más , con desesperación, ¿Cómo y por qué nos horrorizamos ante una esvástica y no la llevaríamos nunca en una camiseta y la hoz y el martillo y el Che..?¿es que sus crímenes no eran crímenes?.Si pudiera explicármelo en otro artículo, un afectuoso saludo
Comentado por: la prima de voltaire el 28/3/2009 a las 22:38
Que los humanos tenemos terror, miedo al vacío, es algo evidente. Es por eso que el mundo esta lleno de dioses....y también los bares, o antes las tabernas, atestadas de personas al atardecer. El orden es una necesidad, produce tranquilidad, sosiego. Lo saben muy bien los manipuladores de masas: hechiceros, iglesias, algunos políticos. etc. Incluso se cuenta que en siete días hasta Dios se vio en la necesidad de reducir el caos original a un "orden cósmico". Joseph Haydn en la introducción (Die Vorstellung des Caos) de su oratorio "The Creation" ha creado la representación más hermosa de ese "inicio" en la historia de la música.
La página en blanco, o el lienzo, también pueden suponer para los creadores un reto que les produzca cierto desasosiego. Es un clásico este de la página en blanco, romántico, que carece en la actualidad de vigencia. Hoy se escribe cualquier cosa, novela, ensayo, artículos periodísticos etc, sin que se de, al parecer, ningún desasosiego. Todo vale. Entre otras razones porque no se intenta, no hay "creación", (otro clásico desfasado del romanticismo) sino mera "producción", que es otra cosa.
Todo verdadero creador produce sus obras de una forma orgánica. Como un todo, como una totalidad de sentido. Lo contrario, constituiría un acto, una obra fallida. No creo que Kubrick en la película que se comentaba ayer, ni en la que hoy se comenta, ni en la última que produjo (que es quizá las que más pudiera “parecer” dividida en partes) se propusiera introducir o narrar dobles o triples miradas. Solo cuenta una historia en cada una. Una historia personal, la del protagonista y puede ser que la suya) donde se recoge el mundo. Es la necesidad del espectador y algunos críticos ante determinado temores, o la pereza intelectual, los que fragmentan la narración. Separan al sujeto de su mundo. La profundidad sólo se puede apreciar a través de la mirada de los protagonistas, de su mundo. Esa mirada “humaniza” la guerra, las soledades de los espacios o de la sociedad, que por si solas, como documentales, por ejemplo, “dirían” otra cosa.
La guerra con sus curas; las soledades invernales del hotel junto con las incapacidades y patologías del escritor, o las grietas e inseguridades de una pareja en un mundo "espectacular" donde los afectos poco se valoran, producen esas historias "personales" que nos cuenta Kubrick. Es más fácil para hablar del “sentido” de las mismas, fraccionarlo, o por el contrario, como hace Kubrick, conocedor de esa casi imposibilidad, MOSTRARLO es su totalidad, en la narración total de la película. Cuentan, que preguntado Schuman por el sentido de una sonata, se volvió a sentar e interpretarla de nuevo.
Me pide el cuerpo hablar de los dos curas y su representación que se mencionaron ayer. De la resignación general e individual y todo eso. Pero no voy a hacerlo. Como ha dicho Bruno Galilei, de esas cosas no se puede hablar sino se pone en cuestión la principal, al menos en nuestro entorno.
Comentado por: Pablo el 26/3/2009 a las 11:40
Rafael Argullol Murgadas (Barcelona, 1949), narrador, poeta y ensayista, es catedrático de Estética y Teoría de las Artes en la Facultad de Humanidades de la Universidad Pompeu Fabra. Es autor de 25 libros en distintos ámbitos literarios: poesía (Disturbios del conocimiento, Duelo en el Valle de la Muerte, El afilador de cuchillos), novela (Lampedusa, El asalto del cielo, Desciende, río invisible, La razón del mal, Transeuropa, Davalú o el dolor) y ensayo (La atracción del abismo, El Héroe y el Único, El fin del mundo como obra de arte, Aventura. Una filosofía nómada, Manifiesto contra la servidumbre. Escritos frente a la guerra, entre otros) dirigiéndose cada vez más hacia una escritura transversal que rompe los géneros literarios (Cazador de instantes, El puente del fuego, Enciclopedia del crepúsculo, Breviario de la aurora, etc.).
Ha estudiado Filosofía, Medicina, Economía y Ciencias de la Información en la Universidad de Barcelona y ha asistido a cursos en la Universidad de Roma, en el Warburg Institute de Londres y en la Universidad Libre de Berlín, doctorándose en Filosofía (1979) en su ciudad natal. Como profesor ha enseñado en universidades europeas y americanas y ha dado conferencias en ciudades de Europa, América y Asia. Colaborador habitual de diarios y revistas, ha vinculado con frecuencia su faceta de viajero y su estética literaria. Ha intervenido en diversos proyectos teatrales y cinematográficos. Ha ganado el Premio Nadal con su novela La razón del mal (1993), y el Premio Ensayo de Fondo de Cultura Económica con Una educación sensorial (2002).
A partir del 15 de septiembre estará disponible su más reciente libro: Visión desde el fondo del mar (Acantilado, 2010).

Lampedusa (2008). El Acantilado, España
El Héroe y el Único (2008). El Acantilado, España
Breviario de la aurora (2006). El Acantilado, España.
Del Ganges al Mediterránea: un diálogo entre las culturas de India y Europa (2004). Argullol, Rafael y Mishra, Vidya Nivas. Ediciones Siruela, España.
El puente de fuego (2004). Ediciones Destino, España.
El pont de foc (2004). Ediciones Destino, España.
Wolfgang Amadeus Mozart. Las últimas sinfonías (2004). Argullol, Rafael y Reverter, Arturo. Diario El País, S.A., España.
Manifiesto contra la servidumbre: escritos frente a la guerra (1990-2003) (2003). Ediciones Destino, España.
Una educación sensorial: historia personal del desnudo femenino en la pintura (2002). Fondo de Cultura Económica, España.
Tres miradas sobre el arte (2002). Ediciones Destino, España.
El cazador de instantes: cuaderno de travesía 1990-1995 (2002). Ediciones Destino, España.
Davalú o el dolor: crònica d'un duel (2001). Edicions dels Quaderns Crema, España.
Aventura, una filosofía nómada (2000). Plaza & Janés Editores, S.A., España.
El afilador de cuchillos: un poema (1999). El Acantilado, España.
L'esmolador de ganivets: (un poema) (1998). Edicions dels Quaderns Crema, España.
Transeuropa (1998). Ediciones Alfaguara, España.
Naturaleza: la conquista de la soledad (1995). Fundación César Manrique, España.
Sabiduría de la ilusión: quince escenarios (1994). Taurus Ediciones, España.
La razón del mal (1993). Ediciones Destino, España.
Territorio del nómada (1993). Ediciones Destino, España.
El cansancio de Occidente: una conversación (1993). Argullol, Rafael y Trías, Eugenio. Ediciones Destino, España.
El fin del mundo como obra de arte: un relato occidental (1991). Ediciones Destino, España.
Desciende, río invisible (1990). Ediciones Destino, España.
El Quattrocento: arte y cultura en el renacimiento italiano (1988). Montesinos Editor, S.A., España.
Lampedusa: una historia mediterránea (1987). Montesinos Editor, S.A., España.
Territorio del nómada (1987). Fondo de Cultura Económica, S.L., España.
Duelo en el valle de la muerte (1986). Ayuso, España.
Leopardi: infelicidad y titanismo (1985). Montesinos Editor, S.A., España.
Tres miradas sobre el arte (1985). Icaria, España.
El héroe y el único: el espíritu trágico del Romanticismo (1984). Taurus Ediciones, España.
La atracción del abismo: un itinerario por el paisaje romántico (1983). Bruguera, S.A., España.
Disturbios del conocimiento (1980). Icaria, España.
Obra completa en El Acantilado
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