Galería de espectros: "Melancolía hermética"
Rafael Argullol: Hoy en mi galería de espectros he visto el de la melancolía otoñal.[Publicado el 02/2/2009 a las 16:31]
[Etiquetas: de Chirocoo, melancolía hermética, galería, espectros]
El texto de Huxley parece ser más nostálgico que melancólico. Tiene un aire de sentimentalismo rousseauniano ingles. La melancolía tiene su fundamento en el Tiempo más que en los hechos. La escasez del Tiempo de vida es la raíz de la melancolía; la toma de conciencia del tiempo finito. En “Viejo muere el cisne” el mismo Huxley desarrolla esa utopía de los humanos desde que fueron expulsados del Jardín del Paraíso, de la prolongación indefinida de la vida. Pero el tiempo del melancólico no tiene pasado, presente y futuro; es la percepción de ”todo el tiempo” en relación con su tiempo de vida lo que hace aparezca en él eso que se llama melancolía.
Comentado por: Pablo el 04/2/2009 a las 10:35
Este es un fragmento de un texto de Aldous Huxley acerca del daemon meridianus, responsable de la acedia.
El siglo XIX no inventó la acedia. El aburrimiento, el desánimo y la desesperación han existido siempre, y han sido padecidos con igual intensidad en el pasado que en la época actual. Pero algo ocurrió que hizo a estas emociones respetables y dignas de confesarse públicamente; ya no son pecaminosas ni se les considera meros síntomas de una enfermedad. Ese «algo» que ha ocurrido es simplemente la historia a partir de 1789. El fracaso de la Revolución Francesa y la aún más espectacular caída de Napoleón plantaron la acedia en el corazón de todos los jóvenes de la generación romántica —no sólo en Francia sino en toda Europa—, quienes creían devotamente en la libertad o cuya temprana juventud se intoxicó con la ideas de gloria y genio. Luego vino el progreso industrial con su pródiga multiplicación de inmundicias, miserias y riquezas mal habidas; la profanación de la naturaleza bajo la industria moderna bastó de por sí para apesadumbrar a muchas mentes sensibles. El descubrimiento de que la emancipación política, por la que tanto y tan obstinadamente se había luchado, resultaba ser simple fruslería y vanidad mientras que la servidumbre industrial se enseñoreaba, fue otra de las terribles desilusiones del siglo.
Causa más sutil del triunfo del hastío fue el desproporcionado crecimiento de las ciudades. Acostumbrados ya a la vida ferviente en esos contados centros de actividad, los hombres hallaron que la vida fuera de la urbe les resultaba intolerablemente insípida. Y al mismo tiempo se agotaban a tal grado por la agitación de la vida urbana que terminaban prendándose del monótono hastío de la provincia, de las islas exóticas e incluso de otros mundos —cualquier puerto de reposo era bueno. Y para coronar esta vasta estructura de fracasos y desilusiones, llegó la espantosa catástrofe de la Guerra del 14. Otras épocas han sido testigos de desastres y han padecido desilusiones; pero en ninguna otra centuria las desilusiones se sucedieron a tal velocidad y sin intervalo como en el siglo XX, por la simple razón de que nunca antes el cambio había sido tan rápido y profundo. El mal du siècle era un mal inevitable; de hecho, podemos presumir con cierto orgullo que tenemos derecho a nuestra acedia. Para nosotros no es un pecado o un padecimiento de hipocondriacos; es un estado mental que el destino nos ha impuesto.¨
Comentado por: amalia el 03/2/2009 a las 08:40
Mirando esta pintura de Chirico sobre la melancolía, no puedo evitar pensar en aquel comentario realizado cuando se presentó el espectro de Zaratrusta (o algo después; no recuerdo bien) cantando aquello de “!Oh hombre! ¡Presta atención”.
Pero no todo es vanguardia. Existe en la cotidianidad esa gran melancolía que cantaba Zaratrusta; y el pasado sábado, cuando fui con mi amigo Natanael a ver la película de Olivier Assayas “Las horas del verano”, creí reconocerla. Los franceses siguen haciendo un gran cine. No de vanguardia. Un cine cotidiano, distinto y hermoso. El argumento es sencillo en apariencia: los afectos, una herencia y los recuerdos; en fin, una historia “pequeña”, pero enormemente real y entrañable, de la gran melancolía. También es verdad que es sofisticado el ambiente social donde se desarrolla la acción, pero en definitiva, lo que se narra se da, sucede, en todos los órdenes sociales. Hay en la película ese “algo más” que la hace bella, distinta, reconocible e interesante; especialmente en los detalles. Detalles, que se pueden “seguir” fácilmente gracias a la forma en que se narran. Es una película muy francesa y europea. Nuestra.
.
Cuando salimos del cine, fuimos a casa de Natanael a tomar una copa, y mientras hablábamos, tomo un libro de su biblioteca y me leyó un poema que comento había publicado en su juventud en una revista universitaria.
El poema decía así:
“ No te entregues a las cosas. No te des
A los hermosos objetos que te rodean
Y en donde un día has de sufrir la ausencia
De aquellos que a tu afecto negaste.
Cuida sólo el amor,
La amistad, la ternura a las personas. Así,
Cuando estés ausente, cada una poseerá
El don que con ella compartiste,
Sin que la sombra de la codicia
Pueda enturbiar tu recuerdo,
Ni el goce de la belleza dar al olvido
Los afectos que paciente cuidaste.”
Mirando esta pintura de Chirico sobre la melancolía, no puedo evitar pensar en aquel comentario realizado cuando se presentó el espectro de Zaratrusta (o algo después; no recuerdo bien) cantando aquello de “!Oh hombre! ¡Presta atención”.
Pero no todo es vanguardia. Existe en la cotidianidad esa gran melancolía que cantaba Zaratrusta; y el pasado sábado, cuando fui con mi amigo Natanael a ver la película de Olivier Assayas “Las horas del verano”, creí reconocerla. Los franceses siguen haciendo un gran cine. No de vanguardia. Un cine cotidiano, distinto y hermoso. El argumento es sencillo en apariencia: los afectos, una herencia y los recuerdos; en fin, una historia “pequeña”, pero enormemente real y entrañable, de la gran melancolía. También es verdad que es sofisticado el ambiente social donde se desarrolla la acción, pero en definitiva, lo que se narra se da, sucede, en todos los órdenes sociales. Hay en la película ese “algo más” que la hace bella, distinta, reconocible e interesante; especialmente en los detalles. Detalles, que se pueden “seguir” fácilmente gracias a la forma en que se narran. Es una película muy francesa y europea. Nuestra.
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Cuando salimos del cine, fuimos a casa de Natanael a tomar una copa, y mientras hablábamos, tomo un libro de su biblioteca y me leyó un poema que comento había publicado en su juventud en una revista universitaria.
El poema decía así:
“ No te entregues a las cosas. No te des
A los hermosos objetos que te rodean
Y en donde un día has de sufrir la ausencia
De aquellos que a tu afecto negaste.
Cuida sólo el amor,
La amistad, la ternura a las personas. Así,
Cuando estés ausente, cada una poseerá
El don que con ella compartiste,
Sin que la sombra de la codicia
Pueda enturbiar tu recuerdo,
Ni el goce de la belleza dar al olvido
Los afectos que paciente cuidaste.”
Mirando esta pintura de Chirico sobre la melancolía, no puedo evitar pensar en aquel comentario realizado cuando se presentó el espectro de Zaratrusta (o algo después; no recuerdo bien) cantando aquello de “!Oh hombre! ¡Presta atención”.
Pero no todo es vanguardia. Existe en la cotidianidad esa gran melancolía que cantaba Zaratrusta; y el pasado sábado, cuando fui con mi amigo Natanael a ver la película de Olivier Assayas “Las horas del verano”, creí reconocerla. Los franceses siguen haciendo un gran cine. No de vanguardia. Un cine cotidiano, distinto y hermoso. El argumento es sencillo en apariencia: los afectos, una herencia y los recuerdos; en fin, una historia “pequeña”, pero enormemente real y entrañable, de la gran melancolía. También es verdad que es sofisticado el ambiente social donde se desarrolla la acción, pero en definitiva, lo que se narra se da, sucede, en todos los órdenes sociales. Hay en la película ese “algo más” que la hace bella, distinta, reconocible e interesante; especialmente en los detalles. Detalles, que se pueden “seguir” fácilmente gracias a la forma en que se narran. Es una película muy francesa y europea. Nuestra.
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Cuando salimos del cine, fuimos a casa de Natanael a tomar una copa, y mientras hablábamos, tomo un libro de su biblioteca y me leyó un poema que comento había publicado en su juventud en una revista universitaria.
El poema decía así:
“ No te entregues a las cosas. No te des
A los hermosos objetos que te rodean
Y en donde un día has de sufrir la ausencia
De aquellos que a tu afecto negaste.
Cuida sólo el amor,
La amistad, la ternura a las personas. Así,
Cuando estés ausente, cada una poseerá
El don que con ella compartiste,
Sin que la sombra de la codicia
Pueda enturbiar tu recuerdo,
Ni el goce de la belleza dar al olvido
Los afectos que paciente cuidaste.”
Mirando esta pintura de Chirico sobre la melancolía, no puedo evitar pensar en aquel comentario realizado cuando se presentó el espectro de Zaratrusta (o algo después; no recuerdo bien) cantando aquello de “!Oh hombre! ¡Presta atención”.
Pero no todo es vanguardia. Existe en la cotidianidad esa gran melancolía que cantaba Zaratrusta; y el pasado sábado, cuando fui con mi amigo Natanael a ver la película de Olivier Assayas “Las horas del verano”, creí reconocerla. Los franceses siguen haciendo un gran cine. No de vanguardia. Un cine cotidiano, distinto y hermoso. El argumento es sencillo en apariencia: los afectos, una herencia y los recuerdos; en fin, una historia “pequeña”, pero enormemente real y entrañable, de la gran melancolía. También es verdad que es sofisticado el ambiente social donde se desarrolla la acción, pero en definitiva, lo que se narra se da, sucede, en todos los órdenes sociales. Hay en la película ese “algo más” que la hace bella, distinta, reconocible e interesante; especialmente en los detalles. Detalles, que se pueden “seguir” fácilmente gracias a la forma en que se narran. Es una película muy francesa y europea. Nuestra.
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Cuando salimos del cine, fuimos a casa de Natanael a tomar una copa, y mientras hablábamos, tomo un librito de su biblioteca y me leyó un poema que me comento había publicado en su juventud en una revista universitaria.
El poema decía así:
“ No te entregues a las cosas. No te des
A los hermosos objetos que te rodean
Y en donde un día has de sufrir la ausencia
De aquellos que a tu afecto negaste.
Cuida sólo el amor,
La amistad, la ternura a las personas. Así,
Cuando estés ausente, cada una poseerá
El don que con ella compartiste,
Sin que la sombra de la codicia
Pueda enturbiar tu recuerdo,
Ni el goce de la belleza dar al olvido
Los afectos que paciente cuidaste.”
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Comentado por: Pablo el 02/2/2009 a las 19:26
Rafael Argullol Murgadas (Barcelona, 1949), narrador, poeta y ensayista, es catedrático de Estética y Teoría de las Artes en la Facultad de Humanidades de la Universidad Pompeu Fabra. Es autor de 25 libros en distintos ámbitos literarios: poesía (Disturbios del conocimiento, Duelo en el Valle de la Muerte, El afilador de cuchillos), novela (Lampedusa, El asalto del cielo, Desciende, río invisible, La razón del mal, Transeuropa, Davalú o el dolor) y ensayo (La atracción del abismo, El Héroe y el Único, El fin del mundo como obra de arte, Aventura. Una filosofía nómada, Manifiesto contra la servidumbre. Escritos frente a la guerra, entre otros) dirigiéndose cada vez más hacia una escritura transversal que rompe los géneros literarios (Cazador de instantes, El puente del fuego, Enciclopedia del crepúsculo, Breviario de la aurora, etc.).
Ha estudiado Filosofía, Medicina, Economía y Ciencias de la Información en la Universidad de Barcelona y ha asistido a cursos en la Universidad de Roma, en el Warburg Institute de Londres y en la Universidad Libre de Berlín, doctorándose en Filosofía (1979) en su ciudad natal. Como profesor ha enseñado en universidades europeas y americanas y ha dado conferencias en ciudades de Europa, América y Asia. Colaborador habitual de diarios y revistas, ha vinculado con frecuencia su faceta de viajero y su estética literaria. Ha intervenido en diversos proyectos teatrales y cinematográficos. Ha ganado el Premio Nadal con su novela La razón del mal (1993), y el Premio Ensayo de Fondo de Cultura Económica con Una educación sensorial (2002).
A partir del 15 de septiembre estará disponible su más reciente libro: Visión desde el fondo del mar (Acantilado, 2010).

Lampedusa (2008). El Acantilado, España
El Héroe y el Único (2008). El Acantilado, España
Breviario de la aurora (2006). El Acantilado, España.
Del Ganges al Mediterránea: un diálogo entre las culturas de India y Europa (2004). Argullol, Rafael y Mishra, Vidya Nivas. Ediciones Siruela, España.
El puente de fuego (2004). Ediciones Destino, España.
El pont de foc (2004). Ediciones Destino, España.
Wolfgang Amadeus Mozart. Las últimas sinfonías (2004). Argullol, Rafael y Reverter, Arturo. Diario El País, S.A., España.
Manifiesto contra la servidumbre: escritos frente a la guerra (1990-2003) (2003). Ediciones Destino, España.
Una educación sensorial: historia personal del desnudo femenino en la pintura (2002). Fondo de Cultura Económica, España.
Tres miradas sobre el arte (2002). Ediciones Destino, España.
El cazador de instantes: cuaderno de travesía 1990-1995 (2002). Ediciones Destino, España.
Davalú o el dolor: crònica d'un duel (2001). Edicions dels Quaderns Crema, España.
Aventura, una filosofía nómada (2000). Plaza & Janés Editores, S.A., España.
El afilador de cuchillos: un poema (1999). El Acantilado, España.
L'esmolador de ganivets: (un poema) (1998). Edicions dels Quaderns Crema, España.
Transeuropa (1998). Ediciones Alfaguara, España.
Naturaleza: la conquista de la soledad (1995). Fundación César Manrique, España.
Sabiduría de la ilusión: quince escenarios (1994). Taurus Ediciones, España.
La razón del mal (1993). Ediciones Destino, España.
Territorio del nómada (1993). Ediciones Destino, España.
El cansancio de Occidente: una conversación (1993). Argullol, Rafael y Trías, Eugenio. Ediciones Destino, España.
El fin del mundo como obra de arte: un relato occidental (1991). Ediciones Destino, España.
Desciende, río invisible (1990). Ediciones Destino, España.
El Quattrocento: arte y cultura en el renacimiento italiano (1988). Montesinos Editor, S.A., España.
Lampedusa: una historia mediterránea (1987). Montesinos Editor, S.A., España.
Territorio del nómada (1987). Fondo de Cultura Económica, S.L., España.
Duelo en el valle de la muerte (1986). Ayuso, España.
Leopardi: infelicidad y titanismo (1985). Montesinos Editor, S.A., España.
Tres miradas sobre el arte (1985). Icaria, España.
El héroe y el único: el espíritu trágico del Romanticismo (1984). Taurus Ediciones, España.
La atracción del abismo: un itinerario por el paisaje romántico (1983). Bruguera, S.A., España.
Disturbios del conocimiento (1980). Icaria, España.
Obra completa en El Acantilado
Los aforismos de Rafael Argullol
Entrevista acerca de Del Ganges al Mediterráneo
15/5/2013 12:40
The fragrance of the flavorists...
Publicado por: under
10/5/2013 00:11
Definitivamente, sin la belleza...
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buenas tarde Me intereso este...
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Como granadina y entusiasta de...
Publicado por: Celia Correa Góngora
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Publicado por: reynaldo vazquez c.
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Publicado por: reynaldo vazquez c.
28/4/2013 23:15
La lectura me dejo fascinada, es...
Publicado por: NORMA RODRIGUEZ RIVERA
28/4/2013 06:28
Excelente lectura que nos lleva...
Publicado por: Elisa Saavedra
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