El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

miércoles, 23 de mayo de 2012

 Blog de Rafael Argullol

La tumba de la poesía

Conocí hace un tiempo a un hombre que no leía poesía pero tenía una extraña predilección por las tumbas de los poetas. Era un buen viajero, y antes de cada uno de sus viajes se documentaba concienzudamente sobre los cementerios de las ciudades que visitaba, a la búsqueda de lugares donde reposaran los restos de algún poeta.

Al llegar a su destino siempre encontraba alguna hora para visitar la tumba decidida de antemano, sin importarle mucho si el poeta en cuestión era una gloria universal o un modesto talento local, ni si estaba sepultado en un suntuoso panteón o en un humilde nicho. Permanecía largo rato ante la lápida elegida y ese hombre, mal lector de poesía, tenía la sensación de que oía versos primorosamente recitados en las más distintas lenguas y, aunque no entendía las palabras, sí creía comprender el espíritu de los murmullos que llegaban a sus oídos. Estaba convencido de que todos esos versos aparentemente incomprensibles que llegaban a él en los distintos camposantos eran fragmentos de un único poema, cuyo espíritu sólo lograría captar si, de tumba en tumba, conseguía juntar las múltiples piezas del rompecabezas. Deduje, de sus explicaciones, que cada poeta particular no significaba nada para él, y que lo realmente importante era la poesía en su conjunto, no tal como la reflejaban los libros sino como la resguardaban las tumbas de los que habían escrito estos libros. Este hombre extravagante, que no leía jamás poemas, creía conocer, así, la esencia de la poesía.

Hace unos meses, en Peredelkino, me acordé de él. Peredelkino es una población dispersa compuesta por pequeñas dachas inmersas en bosques de robles. En ella vivieron muchos escritores que la describieron como un paisaje idílico. En la actualidad, cuando uno se aparta de la recia protección de los robles, surgen, amenazantes, los gigantescos bloques de viviendas con los que Moscú coloniza los campos circundantes. A medida que han muerto los antiguos habitantes de las dachas, o simplemente han sido desalojados, los nuevos ricos se convierten en moradores de lo que acabará siendo un barrio residencial de la metrópoli.

El dinero fácil ha hecho que se multipliquen los detalles de mal gusto y, en muchos casos, la anterior austeridad de las casas ha sido sustituida por esa ostentación en forma de partenones y cúpulas acebolladas con los que se deleitan los poderosos en Rusia. La perla del lugar es una imitación a gran escala del San Basilio moscovita que, según me contaron, se está construyendo para el solaz del patriarca metropolitano, quien, de este modo, ha trasladado parte de la plaza Roja al bucólico pueblo de antaño.

Sin embargo, pese a la invasión, Peredelkino sigue poseyendo la atmósfera singular de los escenarios en los que han sido creadas grandes obras del espíritu. Transformada ahora en pequeño museo, está la casa en la que Boris Pasternak vivió los últimos años de su vida y en la que escribió El doctor Zhivago. Muchos de los paisajes de esta novela están inspirados en los alrededores de Peredelkino.

La vida de Pasternak está unida a esta población, y también su muerte, pues está enterrado en su cementerio, una húmeda colina cruzada por caminos serpenteantes. Un sobrio monolito con la cabeza del poeta esculpida en bajorrelieve, advierte de la presencia de su tumba. Frente al monolito, a unos pocos metros, hay un banco de madera y, entre ambos límites, la frondosa vegetación no oculta el jarrón de flores que una admiradora del poeta depositó en el suelo, justo antes de mi llegada.

Me senté en el banco mirando, alternativamente, el jarrón de flores blancas y la cabeza -"caballuna", como él decía- de Pasternak. Traté de recordar algunos de sus versos pues en otra época me sabía poemas de memoria. Pero no recordé ninguno. Tenía la sensación de que los oía, e incluso de que los comprendía, sin que ningún verso acudiera a mi cabeza con mediana claridad. Era una experiencia sumamente agradable, por más que al principio me incomodara mi torpeza para recuperar los poemas de Pasternak. De hecho me di cuenta de que no estaba en condiciones de recordar ningún verso de ningún poeta. Entonces, inevitablemente, resurgió en mi mente la figura del aquel curioso visitador de tumbas que había conocido años atrás: quizá me ocurría, como a él, que los poetas ya carecían de importancia porque la poesía no podía ser captada en ningún otro idioma que no fuera el que recoge el roce del viento con los pensamientos sellados en las tumbas. O sencillamente me había vuelto amnésico, felizmente amnésico, porque hubiera continuado horas y horas sentado en aquel banco de madera en el que creía oír lo inaudible.

Habría querido contar esta experiencia a nuestra anfitriona de Peredelkino pero ella nos contó una historia que no me dejó muchas opciones. Durante años, según dijo, en aquel banco de madera frente a la lápida, que tanto me había cautivado, fueron instalados, por parte de la policía secreta, micrófonos ocultos para grabar todo lo que comentaran los ciudadanos que iban a honrar la sepultura de Pasternak. Se trataba de averiguar qué conspiraciones se escondían bajo la supuestamente frágil coraza de los versos. Boris Pasternak, calumniado en vida, fue perseguido también tras su muerte mediante la persecución de sus seguidores. Los micrófonos grababan lo que serían, luego, acusaciones. Una historia grotesca y atroz.

Sin embargo, lo que con toda seguridad no pudo grabar la policía secreta fueron los murmullos que oía el visitador de tumbas, y que yo creí oír aquella tarde. Afortunadamente ninguna policía del mundo puede sospechar que exista algo semejante.

 El País, 13/11/2011

[Publicado el 23/11/2011 a las 08:56]

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Comentarios (10)

  • ... y mientras leía he dejado de leer para escuhar tu relato...y yo también he oído lo inaudible: la cadencia de tu voz emanando del texto, envolviéndolo y superándolo, cadencia de tu voz olvidada en las aulas de la UB, hace muchos, muchos años.

    Comentado por: rosa el 27/1/2012 a las 20:25

  • http://el-peletero.blogspot.com/

    Escribir poesía o visitar tumbas son hechos que responden al mismo impulso básico, conocer el paisaje que nos rodea.

    Saludos

    Comentado por: Xavier Culleré Tomás el 18/12/2011 a las 18:08

  • Rafael, Argulle Mugadas, como un Nostradamus que se ignorase. El amante de sepulturas famosas. Documentado, eso sí. Y el poeta que no sabía que era poeta. Boris Pasternak lo era, ciertamente. Pero su tumba es "El doctor Zivago" y no está bajo tierra. Las cosas cuanto mas viejas, mas valoradas. Las personas no... Montaigne murió hace 500 años, pero su persona (pensamiento) sigue vivo. Escribo para sobrevivir (dijo alguién), la muerte (absoluta), es que no quede recuerdo de tí. Ni una lápida: que diga "Aquí yazco yo, tu también yazeras".

    Comentado por: Доктор Живаго el 30/11/2011 a las 02:11

  • De niña, paseaba con frecuencia con mi abuelo por el cementerio de San Isidro, de Madrid. Me parecía el lugar más hermoso en cualquier época del año. El, mi abuelo, me enseñó a no sentir miedo , no solo a los cementerios, sino a algo tan vinculado a estos, como lo es la muerte. Recuerdo una vez preguntándole sobre la muerte allí mismo en el cementerio y él me contestó que era lo más pacífico que uno podía sentir, Me dijo que me imaginase uno de esos días cuando había estado jugando y corriendo todo el día y llegado la noche me sintiese lo más rendida que pudiese imaginar, que imaginase mi acogedora camita, el beso de buenas noches de mi madre y la oscuridad al apagarse la luz para finalmente, dormir placidamente y descansar del agotador día que acababa de finalizar. Hace un par de meses, regresé a pasear por el cementerio después de ni se sabe los años. Yo desperté en un amigo las ganas de hacerlo debido a un post que colgué por ahí y el hecho de decirme que vendría a Madrid a visitar el cementerio, despertó en mi la misma necesidad. Fue emocionante hacerlo, pasear por donde los dos lo hacíamos de la mano, esa mano que a mi me parecía la más grande y fuerte del mundo, ahora puedo decir que lo que en realidad me transmitía, era seguridad. Entonces, de niña, solo veía la belleza de las flores multicolor y los majestuosos panteones, el trinar de los pájaros y la luz que reflejaba en las lápidas de granito. En esta ocasión que menciono ahora, la panorámica fue la misma aunque obviamente, mis pensamientos en ese momento, variaban considerablemente a los de la niña. Tuve mayor interés en visitar las tumbas de los infantes, de los fallecidos a corta edad o, casi de recién nacidos y me preguntaba, que hubieran sido de no haber fallecido prácticamente antes de empezar a vivir. Cuantas personas dejaron de existir debido a que ellos, no llegaron a edad de procrear. Podrían haber sido, médicos, albañiles, inventores, haber cambiado el curso de la humanidad, ser políticos, asesinos, ladrones y, porqué no, poetas. En cada cementerio yacen los restos de verdaderas joyas que podrían haberlo sido y que nunca se podrán calcular sus quilates.

    Comentado por: sila el 29/11/2011 a las 00:57

  • El hombre que frecuentaba las tumbas de los poetas algo sabía.Se dice que la Poesía mana continuamente como un manantial.Algunos alcanzan a recibir un vaso, otros una gran jarra,otros buena parte del manantial.No importa si algunos poetas perdieron sus vasijas. Otros las poseerán y así la Poesía puede ser contenida.

    Comentado por: Gabor el 28/11/2011 a las 21:33

  • Le recomiendo a Tioteo un gran trabajo llamado "Antropología de la imagen" de Hans Belting, pero está contraindicado para frívolos y superficiales (no lo digo por usted). Acordémonos de los Retratos de El Fayum.

    Por cierto, me pareció ver en el programa dedicado al Señor Argullol de Pienso,luego existo, unos retratos parecidos, allá a lo lejos, o quizás la vista me falla, pero estoy segura que vi unas miradas...

    Comentado por: Aidos el 24/11/2011 a las 03:59

  • La poeticidad de la muerte. Los poetas mueren jovenes (muchos suicidados), los pintores de viejos. De la hiperestesia de la vida a la insensibilidad de la muerte. La caduca metáfica (no murió, la mataron) era perfecta para las elecubraciones sobre la vida y la muerte. No hay una sin la otra. Yo propendería que los poetas (y demas artistas) fueran enterrados en parques públicos (como Baroja en el Retiro) para ser escalones a subir en la vida... antes que la otra vida nos abraze.

    Comentado por: Ariel el 23/11/2011 a las 23:21

  • ¡Qué preciosidad!

    Comentado por: Ana el 23/11/2011 a las 19:39

  • No he podido evitar recordar aquel velatorio. El muerto en la caja, cara blanca y aún joven, bastante joven.



    - ¡¡¡Qué guapo está !!1

    dijo una voz frente a él.

    ¿Es la estética lo que merece la pena en este asqueroso mundo?

    Comentado por: Tioteo el 23/11/2011 a las 18:20

  • http://.nelygarcia.wordpress.com. En la esencia de las cosas reside lo auténtico. La poesía la llevamos todos en nuestro interior, a veces fluye, otras no. Algunos prefieren imaginar fragmentos de los poetas que se fueron, sin morir del todo; pues durante algún tiempo, seguirán vivos en muchas mentes. Otros se plantan delante de sus tumbas, en actitud meditativa, intentando que el difunto, les transmita el elixir de su pensamiento, para plasmarlo en un folio, o simplemente, para disfrutar del momento.

    Comentado por: Nely García el 23/11/2011 a las 10:26

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Biografía

Rafael Argullol Murgadas (Barcelona, 1949), narrador, poeta y ensayista, es catedrático de Estética y Teoría de las Artes en la Facultad de Humanidades de la Universidad Pompeu Fabra. Es autor de 25 libros en distintos ámbitos literarios: poesía (Disturbios del conocimiento, Duelo en el Valle de la Muerte, El afilador de cuchillos), novela (Lampedusa, El asalto del cielo, Desciende, río invisible, La razón del mal, Transeuropa, Davalú o el dolor) y ensayo (La atracción del abismo, El Héroe y el Único, El fin del mundo como obra de arte, Aventura. Una filosofía nómada, Manifiesto contra la servidumbre. Escritos frente a la guerra, entre otros) dirigiéndose cada vez más hacia una escritura transversal que rompe los géneros literarios (Cazador de instantes, El puente del fuego, Enciclopedia del crepúsculo, Breviario de la aurora, etc.).

Ha estudiado Filosofía, Medicina, Economía y Ciencias de la Información en la Universidad de Barcelona y ha asistido a cursos en la Universidad de Roma, en el Warburg Institute de Londres y en la Universidad Libre de Berlín, doctorándose en Filosofía (1979) en su ciudad natal. Como profesor ha enseñado en universidades europeas y americanas y ha dado conferencias en ciudades de Europa, América y Asia. Colaborador habitual de diarios y revistas, ha vinculado con frecuencia su faceta de viajero y su estética literaria. Ha intervenido en diversos proyectos teatrales y cinematográficos. Ha ganado el Premio Nadal con su novela La razón del mal (1993), y el Premio Ensayo de Fondo de Cultura Económica con Una educación sensorial (2002).

A partir del 15 de septiembre estará disponible su más reciente libro: Visión desde el fondo del mar (Acantilado, 2010).  

Bibliografía


 
Visiones desde el fonde del mar (Acantilado, 2010).

En librerías a partir del 15 de septiembre

 

 
/upload/fotos/obras/lampedusa_1_med.jpg 
 

Lampedusa (2008). El Acantilado, España

El Héroe y el Único (2008). El Acantilado, España 

Breviario de la aurora (2006). El Acantilado, España.

Del Ganges al Mediterránea: un diálogo entre las culturas de India y Europa (2004). Argullol, Rafael y Mishra, Vidya Nivas. Ediciones Siruela, España.

El puente de fuego (2004). Ediciones Destino, España.

El pont de foc (2004). Ediciones Destino, España.

Wolfgang Amadeus Mozart. Las últimas sinfonías (2004). Argullol, Rafael y Reverter, Arturo. Diario El País, S.A., España.

Manifiesto contra la servidumbre: escritos frente a la guerra (1990-2003) (2003). Ediciones Destino, España.

Una educación sensorial: historia personal del desnudo femenino en la pintura (2002). Fondo de Cultura Económica, España.

Tres miradas sobre el arte (2002). Ediciones Destino, España.

El cazador de instantes: cuaderno de travesía 1990-1995 (2002). Ediciones Destino, España.

Davalú o el dolor: crònica d'un duel (2001). Edicions dels Quaderns Crema, España.

Aventura, una filosofía nómada (2000). Plaza & Janés Editores, S.A., España.

El afilador de cuchillos: un poema (1999). El Acantilado, España.

L'esmolador de ganivets: (un poema) (1998). Edicions dels Quaderns Crema, España.

Transeuropa (1998). Ediciones Alfaguara, España.

Naturaleza: la conquista de la soledad (1995). Fundación César Manrique, España.

Sabiduría de la ilusión: quince escenarios (1994). Taurus Ediciones, España.

La razón del mal (1993). Ediciones Destino, España.

Territorio del nómada (1993). Ediciones Destino, España.

El cansancio de Occidente: una conversación (1993). Argullol, Rafael y Trías, Eugenio. Ediciones Destino, España.

El fin del mundo como obra de arte: un relato occidental (1991). Ediciones Destino, España.

Desciende, río invisible (1990). Ediciones Destino, España.

El Quattrocento: arte y cultura en el renacimiento italiano (1988). Montesinos Editor, S.A., España.

Lampedusa: una historia mediterránea (1987). Montesinos Editor, S.A., España.

Territorio del nómada (1987). Fondo de Cultura Económica, S.L., España.

Duelo en el valle de la muerte (1986). Ayuso, España.

Leopardi: infelicidad y titanismo (1985). Montesinos Editor, S.A., España.

Tres miradas sobre el arte (1985). Icaria, España.

El héroe y el único: el espíritu trágico del Romanticismo (1984). Taurus Ediciones, España.

La atracción del abismo: un itinerario por el paisaje romántico (1983). Bruguera, S.A., España.

Disturbios del conocimiento (1980). Icaria, España.

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