Historias de Roma

Es lógico recurrir al argumento de autoridad para plantear una cuestión que, por la causa que sea, a uno mismo le puede resulta engorrosa o demasiado prolija de solventar. Y eso es lo que hace Enric González cuando, a la hora de enfrentarse a una faceta particularmente conflictiva de la vida italiana (se dispone nada menos que a explicar cómo el paso de la democracia cristiana a Silvio Berlusconi es una secuencia lógica y natural) pone por delante a Leonardo Sciascia diciendo: "Italia es un país sin verdad".
La intervención del añorado escritor siciliano es tan contundente y sugestiva que resulta natural pretender desarrollarla y averiguar a dónde lleva, pero sin dejar de leer porque casi de inmediato empieza a fraguarse una historia que por venir de quien viene, el lector tiene la certeza de que va a ser tan hilarante y disparatada como ilustrativa. "Si lo que dice Sciascia sobre la no verdad vale para Italia tiene que valer también para Roma", alcanza a razonar el lector en segundo plano. Pero de ahí no se puede seguir el razonamiento porque acaba imponiéndose, y desbancando a cualquier reflexión, la estrafalaria historia de amor del conde Camillo Casati Stampa de Soncino, poseedor de "una fortuna prácticamente ilimitada" y casado en segundas nupcias con una ex peluquera y starlette de origen napolitano llamada Anna Fallarino, un matrimonio que, una vez consumado, merece el siguiente epitafio: "resulta improbable que fueran felices en algún momento, aunque nunca se sabe". Sólo una vez expuesta la trágica y a la vez cómica trayectoria amorosa del riquísimo conde, y cuando finalmente aparece la figura de un joven y taimado empresario entonces desconocido pero que no tardará en ser mundialmente famoso porque se trata nada menos que de Silvio Berlusconi, es posible desarrollar la reflexión suscitada por la acertada observación de Sciascia.
Cuando no se disponía de tantos medios de comunicación (en el sentido de los sistemas de difusión de noticias y conocimiento pero también de los artilugios que permiten desplazarse de aquí para allá sin apenas riesgo ni esfuerzo) los viajeros eran uno de los instrumentos más eficaces para que los sedentarios pudieran conocer las maravillas del mundo. El viajero exploraba lugares ignotos y a su vuelta contaba sus experiencias y aportaba noticias que, en ocasiones, todavía hoy sirven para alimentar el imaginario popular. Y me estoy refiriendo a los relatos de gente como Estrabón, Ibn Batuta o Marco Polo. Por fortuna, pese a la profusión (casi avalancha) de relatos, guías de viaje, reportajes filmados y noticiarios de televisión, los libros de viaje tradicionales siguen siendo indispensables para cualquiera que considere que viajar es algo más que encerrarse en un confortable, exótico y carísimo resort. Particularmente, me parece absurdo ir a conocer las islas griegas sin realizar primero una profunda inmersión en esa maravilla que dejó escrita Lawrence Durrell sobre ellas, por la misma razón que nunca se me ocurriría viajar hasta Oxiana sin poner en la bolsa de viaje un ejemplar de lo que escribió al respecto Robert Byron. Y tantos otros, pues hoy en día es posible llenar una biblioteca entera sólo con relatos de viajes, todos firmados por escritores de primera fila y muchos de ellos contemporáneos.
Y si es una suerte que las guías y las televisiones no hayan acabado con los buenos relatos de viajes, el colmo de la fortuna es que, junto a la línea digamos que tradicional, haya salido una segunda forma de entender los relatos sobre lugares lejanos. Y Enric González es un buen ejemplo de esa segunda línea. Ya lo dejó bien claro con sus formidables historias sobre Londres y Nueva York, y también demostró las múltiples posibilidades que tiene esta forma de contar el mundo con Historias del calcio, un libro que en su día las damas españolas dieron de lado porque "habla de fútbol y ese es un tema que me aburre a muerte" pero que ahora, una vez convertidas en masa gracias al éxito de "la Roja", se mostrarán más dispuestas a prestarle atención, en cuyo momento descubrirán que, en manos de un narrador eficaz, el fútbol es un instrumento tan válido como otro para hablar de la vida en general y sus miserias y grandezas. Y con ello volvemos a Sciascia y el tema de la verdad. La Roma que cuenta Enric González no pretende en absoluto ser un reflejo exacto de la llamada "ciudad eterna". Lejos de ello, el propio autor recomienda al lector que se consiga una buena guía si de verdad quiere conocer la ciudad "real". En cambio, por venir de quien viene, el lector puede tener la seguridad de que le están ofreciendo una "versión" imaginativa, irónica, sorprendente y, muchas veces, impagable. Como por ejemplo el consejo de que, si nieva durante la visita a la ciudad, es indispensable ir corriendo al Panteón para ver cómo la nieve que entra por la abertura superior de la gigantesca cúpula romana, queda suspendida en el vacío y gira ingrávida sobre sí misma debido a las corrientes de aire.
Un solo pero aunque grave: el libro es y se hace corto. A uno, ya puesto, no le hubiese importado despacharse cien o doscientas páginas más. Porque es como ir invitado a una casa en la que los anfitriones traen a la mesa con mucha prosopopeya un espléndido jamón de bellota del que luego te ofrecen apenas unas virutillas deliciosas pero escasas. El cuerpo te pide más. Lógico.
Historias de Roma
Enric González
RBA
[Publicado el 16/8/2010 a las 09:16]
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Comentado por: juandiezdelcorral el 20/8/2010 a las 22:36
Es alucinante cómo cuenta las historias este bueno de Enric González. Me llevé su libro a Roma este verano. La historia del Conde Camillo Casati Stampa de Soncino es de las más suculentas. El Conde solo se ponía cachondo cuando veía cómo los demás -un soldado, un marinero, un hombre cualquiera- se tiraban a su mujer. Pero estas historias siempre acaban mal, cachis.
Su crítica –un sacacuartos- me ha abierto el apetito de las otras historias: Londres y NY que me acabo de comprar. Recién estuve en Londres y Roma, y tengo ya unas ganas enormes de pasarme por NY. Y ya que estaba, El Ciclista. He cambiado unos pantalones superchulos que me iba a comprar, y que por cierto me hacían un culo precioso, por estos libros. En fin siempre quedarán ahí, mientras el pantalón...
Estoy de acuerdo en que se hacen cortos estos libros pero creo que es parte también de su encanto. Si alguna vez tuviera que hacer un libro de alguna ciudad, lo haría de ese tamaño, seguro.
Un saludo.
Comentado por: Martina el 16/8/2010 a las 18:35
Totalmente de acuerdo en que sabe a poco. A poquísimo!!! Y las historias sobre fútbol son alucinantes. Esperemos que Israel le inspire...
Comentado por: Clara el 16/8/2010 a las 13:54
Entre sus novelas se podrían destacar Laberinto de fango (1981), La novia del capitán (1986), La guerra de los trofeos (1986), Tiempo de Beleño ( 1995) y La tierra prometida (Premio Ciudad de Barcelona 1999). En el año 2000 publicó El cuento de la mucha muerte, rebautizado como Crónica por el editor, y que es la continuación de La tierra prometida. En 2008 apareció en Editorial Bruguera, Tres cuentos de otoño, su primera pero no última incursión en el relato corto.
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