El legado de Homero

Cualquier estímulo que incite a la lectura de Homero es de agradecer y debería ser objeto de apoyo venga de quien venga, incluso si se trata de un divulgador. Pero el rastro de sospecha que cabe inferir de este "incluso" debe sustituirse por un "sobre todo" si el divulgador es Alberto Manguel. Porque, aun a costa de adelantar argumentos a su favor, Manguel no sólo estimula todo el tiempo las ganas de volver a leer a Homero (localizar, por ejemplo, ese pasaje de la Ilíada en que la diosa le estira del pelo a Aquiles para molestarle, pero también la prodigiosa descripción de la belleza de Helena, siempre reflejada en la mirada de los otros, y tantos otros pasajes extensibles a la Odisea), sino que, un lector atento y que vaya tomando notas de aquello que debería repasar, descubrirá que tiene pendiente una gran parte de la literatura universal. Porque, partiendo de la época clásica, y haciendo gala de una agilidad y conocimiento admirables, Manguel va saltando de cultura en cultura y de siglo en siglo en su afán de seguirle el rastro a la huella de Homero en el mundo tal y como hoy lo conocemos.
Siempre se ha dicho que, aun sin saberlo, los lectores modernos conocen perfectamente a autores como Cervantes, Shakespeare, Racine, Melville o Joyce porque han sido tan imitados, y los argumentos de sus obras tan reiteradamente utilizados (por la poesía, el teatro o la narrativa sin duda, pero también por la pintura, el cine y al televisión cada cual a su modo) que, como digo, todos los lectores actuales hemos leído sin saberlo a los grandes, que a su vez buscaron su inspiración en unos autores clásicos griegos y latinos cuya deuda con Homero en a su vez inconmensurable.
La conocida cuestión acerca de la existencia de un Homero histórico y de carne y hueso da pie a una serie vertiginosos zig zags por Roma y Bizancio antes de llegar a la Inglaterra decimonónica, en la que Samuel Butler (en 1897) concede a Homero la existencia y la autoría de la Ilíada, pero en cambio sostiene que la Odisea tuvo que ser escrita por una mujer porque sólo una mujer puede ignorar que un barco no lleva un timón a proa y otro a popa; y que hay que ser mujer para afirmar que de un árbol recién cortado la leña ya sale curada o que, en el Canto XXIV y último, cuando los esposos se acuestan y cuentan sus respectivas historias, a Penélope la autora le concede el honor de contar la suya primero, pues en caso de haber sido un narrador masculino el primer en hablar hubiera sido el amo y señor, o sea, Ulises.
Ésta, y otras muchísimas aproximaciones más a la Ilíada y la Odisea señaladas por Manguel demuestran, antes que nada, un interés realmente notable por una obra que fue escrita hace casi treinta siglos. En otros casos, como les ocurría a san Jerómino y san Agustìn y tantos otros de su época, el problema que les planteaba la obra homérica no era el de la autoría (puesto que los poemas existían y seguían ejerciendo un efecto fascinante en los oyentes qué importaba si el autor existió o no) sino más bien de orden metafísico porque en cierto modo su belleza competía con la de la palabra de Dios. Y eso ya eran palabras mayores. Ambos santos sufrieron toda clase de sinsabores por sus inclinaciones y lecturas de los clásicos y Jerómino, por ejemplo, llegó a jurar solemnemente que nunca más leería a Homero, aunque luego hubo de desdecirse y asegurar que sí lo leería pero prestándole menos atención que a los escritos de los Padres de la Iglesia. Los equilibrios de Agustín por afirmar la supremacía de la Palabra pero sin menospreciar a los poemas homéricos también causan hoy una cierta fatiga. Y lo curioso es que a ninguno de los dos se les ocurrió la solución que en cambio sí supo ver el Casiodoro de las Instituciones, quien resuelve la cuestión con sólo citar el pasaje del Salmo 19 en el que se afirma que los cielos cantan la gloria de Dios en todas partes y en todo momento. Por lo cual cualquier hombre, incluso previo a la llegada de Cristo, puede elevar los ojos al cielo y percibir la grandeza divina, aunque luego la cante en boca de unos guerreros dánaos capaces de las mayores gestas y enormidades por salvar a una reina a la que ni siquiera habían visto.
Y éste es el único pero que cabría hacerle a Manguel y su rastreo del legado homérico: la lista de obras que parece indispensable leer termina por quedar fuera del alcance de un lector normal, es decir, mortal y por lo tanto con un ciclo vital en el que no cabe tamaño volumen de lecturas.
El legado de Homero
Alberto Manguel
Debate
[Publicado el 21/6/2010 a las 13:19]
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Entre sus novelas se podrían destacar Laberinto de fango (1981), La novia del capitán (1986), La guerra de los trofeos (1986), Tiempo de Beleño ( 1995) y La tierra prometida (Premio Ciudad de Barcelona 1999). En el año 2000 publicó El cuento de la mucha muerte, rebautizado como Crónica por el editor, y que es la continuación de La tierra prometida. En 2008 apareció en Editorial Bruguera, Tres cuentos de otoño, su primera pero no última incursión en el relato corto.
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