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El blog literario latinoamericano

miércoles, 23 de mayo de 2012

 Crítica literaria de Javier Fernández de Castro

Cuentos

 

Los críticos y biógrafos convencionales suelen lamentar la catástrofe que supuso para un hombre como Scott Fitzgerald, aquejado de una sed de dinero y reconocimiento casi tan inextinguible como su sed de alcohol (hay quien dice que en sus últimos años podía beberse hasta doscientas cervezas diarias) enamorarse de Zelda Sayre, aquejada de la misma e inextinguible inclinación al dinero y al  alcohol pero con una diferencia: ella no sólo derrochaba el dinero a manos llenas sin aportar nada a cambio sino que encima apremiaba de continuo a su compañero y le situaba en una posición imposible porque si de un lado le exigía que ganase dinero escribiendo, al mismo tiempo le forzaba a pasarse las noches en los bares porque Ella Necesitaba Salir y Tomar Copas y Todo Eso.  El mezquino de Hemingway contaba una escena atroz presenciada por él en la habitación de un hotel de París: un Scott Fitzgerald febril, desaliñado y con las manos temblorosas debido a la resaca del día anterior, va arrugando uno tras otro los papeles que saca de la máquina sin haber logrado escribir una sola línea. Mientras tanto, desde la habitación contigua llega una vocecita aniñada y doliente diciendo: "Cielo, termina ya de una vez porque me estoy aburriendo es-pan-to-sa-men-te".

                En opinión de los biógrafos más convencionales, la imperiosa y continua necesidad del dinero necesario para llevar una vida de lujo y despilfarro habría sido la causa de que Scott Fitzgerald nunca llegarse a dedicar el tiempo y los arrestos necesarios para escribir obras del tamaño y la enjundia que caracteriza a las de Faulkner y Hemingway, que son las dos espesas sombras que siempre planean  inquisitivamente sobre Fitzgerald. Y de paso, continúan diciendo tales biógrafos, tal desenfreno explicaría asimismo que Fitzgerald hubiese de recurrir continuamente a su propia biografía en busca de material literario. Como si dijéramos, con tantas fiestas y excesos no  tuvo tiempo de echar un vistazo en su derredor para luego contar lo que le pasaba a los demás y por eso sólo sabía hablar de sí mismo.

Poniéndome ahora en plan pedagogo (o sea, metiéndome donde nadie me pide que me meta) voy a sugerir una lectura de estos cuentos que puede resultar fascinante. Si se tratase de cualquier otro que no sea Scott Fitzgerald , mi propia propuesta me sonaría escandalosa y la rechazaría tajantemente por considerarla punto menos que una bajeza. Porque, en definitiva, lo que sugiero es  la posibilidad de aparcar momentáneamente los cuentos y leer antes los mejores ensayos y biografías de Scott Fitzgerald que haya disponibles. Una vez puesto a ello, me fijaría especialmente en lo que hayan escrito dos hombres como Edmund Wilson y Malcolm Cowley, primero porque son dos de los más grandes críticos literarios del siglo XX y segundo porque conocieron muy bien a Fitzgerald y todo lo que dicen  de él es de primera mano y  tiene un gran  sentido.

                La técnica de lectura que propongo  puede resultar muy sugestiva porque, una vez armado con semejante conocimiento de causa, el lector   puede adentrarse en la serie de cuentos seleccionados y traducidos por Justo Navarro para la presente edición y asistir como en primera fila al prodigioso espectáculo de una vida cuyos acontecimientos son transformados en material literario y al revés, el material literario hace las veces de precursor y abre camino a la vida, así convertida en imitación. Y pongo como ejemplo el cuento que abre esta antología de Alfaguara, titulado Cabeza y Hombros. Quien acabe de consultar la biografía de Fitzgerald, aunque sea en una enciclopedia, advertirá de inmediato un estrecho paralelismo entre el protagonista, Horace Tarbox, y Scott Fitzgerald: ambos son dos jóvenes y brillantes estudiantes de Princeton que al conocer al amor de su vida (llamada Marcia, en el  caso de Tarbox, y Zelda, en el caso de Fitzgerald) se casan y abandonan su prometedor porvenir universitario para emprender una carrera de funanbulista (Tarbox) y escritor (Scott) con tal de pagar una vida regalada a sus damas. A patrir de aquí la peripecia "real" y la de "ficción" ya no  coinciden, pero cabe señalar una curiosa circunstancia: el cuento está escrito antes de que Scott conociera a Zelda y abandonara por ella Princeton  para llevar una vida de lujo y excesos que, como les ocurre a otros muchos protagonistas de los cuentos, les iban a proporcionar tantas satisfacciones como amarguras. Aunque lo sugestivo, como digo, es la posibilidad de asistir desde una posición de privilegio a la infinidad de guiños, concordancias y situaciones familiares, con saltos continuos de la realidad a la ficción en un sugestivo juego especular.

 

Cuentos

Scott Fitzgerald

Alfaguara    

[Publicado el 24/3/2010 a las 19:32]

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Comentarios (2)

  • Especialmente memorable entre los relatos de Fitzgerald resulta "Regreso a Babilonia". Un superviviente del París de los felices veinte vuelve a la ciudad, al fin sobrio, en busca de su hija. Y es derrotado. Por el tiempo en primer lugar, y por sí mismo en última instancia. Una elegía escrita con pulso, nervio y sentimiento. Como he dicho, de lo mejor de Fitzgerald.
    www.antoniolopezpelaez.com

    Comentado por: Antonio López-Peláez el 03/5/2010 a las 22:57

  • ¿Alguien sabe que pasó con el espacio de Marcelo Figueras?

    Comentado por: ivo urrunaga el 26/3/2010 a las 17:36

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Foto autor

Biografía

Javier Fernández de Castro (Aranda de Duero, Burgos, 1942) ha ejercido entre otros los oficios de corresponsal de prensa (Londres) y profesor universitario (San Sebastián), aunque mayoritariamente su actividad laboral ha estado vinculada al mundo editorial.  En paralelo a sus trabajos para unos y otros, se ha dedicado asiduamente a la escritura, contando en su haber con una decena de libros, en especial novelas. Desde hace unos años reside de forma permanente en  Barcelona.

Bibliografía

Entre sus novelas se podrían destacar Laberinto de fango (1981), La novia del capitán (1986), La guerra de los trofeos (1986), Tiempo de Beleño ( 1995) y La tierra prometida (Premio Ciudad de Barcelona 1999). En el año 2000 publicó El cuento de la mucha muerte, rebautizado como Crónica por el editor, y que es la continuación de La tierra prometida. En 2008 apareció en Editorial  Bruguera,  Tres cuentos de otoño, su primera pero no última incursión en el relato corto.

 

Traducciones

Wagenbach (2011)

 

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