El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan

Ignoro si es un efecto buscado o si, sencillamente, es algo que surge así y ya está. También ignoro si al autor puede molestarle que se resalte. Pero si alguien me obligase a definir con una sola palabra el rasgo que mejor define estos cuentos de Patricio Pron, lo primero que me viene a los dedos es "cuentos aculturales" o "aculturados". Y si eso es algo que llama la atención tan de inmediato es justamente porque, hoy en día, tanto los autores como quienes se ven en la obligación de venderlos en tanto que producto parecen tener mucho interés en resaltar rasgos y circunstancias que de hecho no tienen nada que ver con la obra en sí (porque pertenecen al ámbito de la cultura y no al de la creación) pero que en cambio están ahí para influir positivamente en el ánimo del potencial comprador. Y me refiero a las inevitables etiquetas que hoy debe llevar todo producto y que hacen referencia al sexo, la religión, la raza, el color de la piel, la nacionalidad, la pertenencia a una minoría satisfactoriamente oprimida y vilipendiada, o incluso circunstancias decididamente folclóricas, como si saber que Faulkner escribió alguno de sus libros teniendo por mesa la carretilla con la que transportaba carbón para una central eléctrica ayudase a entender su prosa. O como si sólo decir que el autor es argentino (un suponer) ya garantizase una serie de virtudes, matices y trascendencias similares a las virtudes, matices y trascendencias que se le suponen a un vino sólo por llevar la etiqueta de su D.O. Es una cuestión de ósmosis: si el autor tuvo que vender maquinillas de afeitar para comprar el tiempo que invertía en hacer su obra, esa circunstancia adversa y valerosamente superada se transmite por ósmosis a la obra y ésta queda ennoblecida y cargada de nuevos sentidos. Y lo mismo vale para la nación, el sexo y demás aditamentos sólo culturales y que, caso de estar ausentes, permiten hablar de aculturación .
En el caso de los cuentos de Patricio Pron, ese fenómeno de aculturación se produce como resultado de la acumulación de unos cuantos rasgos comunes a todos los relatos: éstos, por lo general, están ambientados en Alemania pero que a nadie se le ocurra comprarlos pensando que al terminar habrá aprendido un montón de cosas sobre Alemania o los alemanes porque Alemania, en algún caso París y hasta es posible que Chile, aquí sólo son el soporte físico necesario porque en algún lugar tenían que ocurrir los hechos relatados. Pero son lugares que cumplen únicamente la función de decorado. No hay ósmosis entre el personaje y su medio. Si en lugar de decir Alemania el texto dijese Irlanda, o Dinamarca, apenas si sería necesario cambiar una sola coma porque el relato funcionaría exactamente igual. Y lo mismo cabría decir de unos personajes con los que resulta difícil identificarse. Aparecen, actúan, dicen lo que tienen que decir, hacen lo que tienen que hacer (uno de los relatos incluso ocurre en un futuro imperativo, "irás", "dirás", "te contestará") y luego desaparecen para dar ocasión a que otro ocupe brevemente su lugar antes de ser desbancado a su vez.
De manera que, llegados a este punto, ¿de qué van estos cuentos? ¿Son difíciles o complicados de leer?
Qué va. Puesto a leerlos, los cuentos se leen con suma facilidad, interés y hasta con una cierta sensación de intriga porque nunca sabes por dónde te va a salir el siguiente. El único condicionante es que el lector debe poner de su parte todo aquello que el autor sólo insinúa, sugiere o fuerza a inferir. El lector tiene a su alcance pasiones, soledad y dolor, ánimo de venganza y deseo de compartir, es decir, hay de todo, como en la vida misma, solo que contado sin hojarasca. El problema es que el recurso a la hojarasca está tan extendido y generalizado que es posible que alguien no se sienta cómodo en la obligación de poner de su parte todo aquello que, estrictamente hablando, no está en el texto sino en la mente del propio lector. No resulta en absoluto fatigoso o complicado de hacer porque, hablando otra vez estrictamente, hay elementos suficientes para recrear la lectura. Sólo hay que perder el miedo a encontrarse a solas con un narrador al que sólo le interesa narrar y -mire usted por donde - se niega a jugar al juego de las identidades culturales y sus ósmosis . Como si, fuera de su escritura, fuese un apátrida.
El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan
Patricio Pron
Mondadori
[Publicado el 03/2/2010 a las 09:32]
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Entre sus novelas se podrían destacar Laberinto de fango (1981), La novia del capitán (1986), La guerra de los trofeos (1986), Tiempo de Beleño ( 1995) y La tierra prometida (Premio Ciudad de Barcelona 1999). En el año 2000 publicó El cuento de la mucha muerte, rebautizado como Crónica por el editor, y que es la continuación de La tierra prometida. En 2008 apareció en Editorial Bruguera, Tres cuentos de otoño, su primera pero no última incursión en el relato corto.
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