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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

martes, 26 de septiembre de 2017

 Crítica literaria de Javier Fernández de Castro

Las Visperas Sicilianas

Quienes opinan que un libro de historia debería leerse como no importa qué obra literaria tienen en sir Steven Runciman un magnífico valedor. Quienes afirman que, además de la historia, deberían leerse como obras literarias la filosofía, la antropología o incluso la botánica, pueden esgrimir en defensa de su pretensión los nombres de Platón (Diálogos), Lévi-Strauss (Tristes trópicos) o Pius Font Quer (El Dioscórides renovado). Pero podrían sacarse numerosos ejemplos más en apoyo de los lectores abiertos a cualquier tema pero que exigen una buena prosa.

                Porque ése es justamente el problema: si el autor sabe de lo que habla, sea cual sea la disciplina que profese, fantástico. Pero el requisito indispensable para justificar el ajusticiamiento del árbol proveedor del papel donde quedará impresa, la obra en cuestión debiera mostrar una escritura de una calidad equivalente al valor del árbol. Como mínimo. Y no creo descubrir nada si digo que eso es algo que pocas veces pasa. O sea que cuántos árboles se salvarían si alguien aplicase con un mínimo de rigor esta norma tan sencilla.

                Y que no es el caso de Runciman, seguramente uno de los historiadores que más éxitos ha cosechado tanto desde el punto de vista del reconocimiento académico a su labor científica como desde el contundente argumento de las ventas millonarias de sus libros. De todos sus libros, incluidos los de lectura no sencilla, como es el caso de Las Vísperas Sicilianas. Pero no podía ser de otro modo porque el episodio al que se refiere el libro es endiablado, más que nada por la cantidad de fuerzas poderosas, contrapuestas y cambiantes que alcanzaron su clímax  en la matanza de angevinos (partidarios de Carlos de Anjou) ocurrida en Palermo la víspera de la Pascua de Resurrección de 1282. Cuenta la leyenda que un grupo de palermitanos  que se dirigía a la iglesia fue interceptado por la soldadesca angevina en busca de armas. El registro a los hombres ocurrió sin incidentes, pero cuando se trató de las mujeres (el cronista Ramón Muntaner habla explícitamente de que al registrarlas les sobaban descaradamente los pechos) los acompañantes masculinos atacaron a los odiados franceses y en pocos instantes la insurrección se extendió primero a todo Palermo y después a Sicilia entera, poniéndose en marcha un proceso que iba a terminar con Pedro III de Aragón proclamándose rey de Sicilia. Como, además de los ya citados Pedro de Aragón  y Ramón Muntaner no tardan en aparecer otros personajes como Roger de Lauria y compañía, a ratos parece que estés leyendo una guía de calles de Barcelona.  Pero ahí justamente vamos: el gran mérito de Runciman es tratar esas fuerzas múltiples y encontradas como Zola o Dickens tratan a los personajes de sus novelas: primero las describe y dice quiénes son, qué papel juegan en el drama que ya se perfila en el horizonte y con qué armas cuentan o cuáles son los argumentos morales de que disponen unas y otras para apoyar sus pretensiones. Y una vez que el lector dispone de esa información básica, el autor procede a introducir esas fuerzas en la narración procurando no confundirlas ni dejar que en el fragor de la pelea el lector pierda de vista qué está pasando en cada momento, y cuál es el papel que desempeña cada cual en la trama.

                En su estupenda edición para Redonda, Javier Marías ha puesto de su parte todo lo necesario para completar la información que puede necesitar el lector: ha buscado la ayuda de Francisco Rico para que de noticia en su prólogo de los pormenores que rodean al texto y ha añadido al final unas tablas dinásticas por si alguien siente de pronto la curiosidad de saber con quiénes se casaron Teofanía de Armenia, Andrónico Tarchaniotes o Eva Evangelina del Épiro. Y nada costaría además elaborar una lista de personajes en la que, además de los Carlos de Anjou, el papa Martín IV o el astuto Juan de Prócida, podrían ser presentadas las fuerzas políticas, diplomáticas o ideológicas en juego, pues como he dicho, Runciman les da tratamiento de personajes. Y que podrían ser:

-las ambiciones de la casa de Hohenstaufen por devolver al Sacro Imperio Germánico la magnificencia perdida.

- la lucha a muerte del papado por impedirlo.

-las tentaciones vaticanas de crear un Sacro Imperio Mediterráneo que fuese desde España a Constantinopla para contrarrestar al Germánico.

- la marcha atrás vaticana al caer en la cuenta del error que cometería al quedar aprisionado entre dos grandes imperios rivales.

- las aspiraciones imperiales de Alfonso X el Sabio, hijo de Beatriz de Suabia.

- las aspiraciones al trono de Sicilia de Pedro III el Ceremonioso por su matrimonio con Constanza de Hohenstaufen, y que en definitiva va a permitir a la Corona de Aragón iniciar su gloriosa expansión por el Mediterráneo.

                No sigo porque debería incluir la menos una docena más de "personajes" que jugaron papeles de diversa importancia en esa matanza ocurrida en Palermo y que por el genio narrativo de Runciman se transforma en un fascinante retrato del Mediterráneo en las postrimerías del siglo XIII.

 

 

Las Vísperas Sicilianas

Una historia del mundo mediterráneo

a finales del siglo XIII

Sir Steven Runciman

Nota previa de Francisco Rico

Reino de Redonda

 

[Publicado el 21/9/2009 a las 09:30]

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Comentarios (6)

  • gracias por tus artículos muy buenos

    Comentado por: decoração vingadores el 10/7/2015 a las 04:45

  • Confunde Vd. Pedro el Grande, III de este nombre en Aragón, jurado rey de Sicilia en Palermo, con Pedro el Ceremonioso, IV de este nombre en Aragón.

    Comentado por: Ramses el 22/11/2010 a las 05:53

  • Estimado Javier, me disculpo de antemano por meterle en un debate en el que probablemente no haya pretendido entrar, pero su respuesta a Chema Lobo capturó mi atención y no he podido evitar transmitirle mis impresiones.

    Tal y como dice, la mayoría de dibujantes de cómic estamos encantados de serlo y elegimos este medio porque su técnica, forma de expresión y recursos lo convertían en el vehículo de expresión idóneo para dar salida a nuestra creatividad. Y le doy la razón en que los cómics están muy bien tal y como son. Por ello, no queremos adornos pero tampoco menosprecios ni miradas condescendientes. Cada cual tiene sus gustos y preferencias y esto, naturalmente, incluye a los autores de cómic, que varían en talento e intención.
    El medio ha ofrecido entretenimiento y carcajadas al estilo de nuestro admirado Ibañez, junto a obras que por su complejidad fueron merecedoras de un premio Pulitzer, como la de Spiegelman que siempre sale a relucir en este tipo de debates. Obviar estas últimas es, en mi opinión, tremendamente injusto.

    Cuando defendemos que el cómic es arte estamos no estamos diciendo que cualquier cómic es arte. Hablamos de las grandes obras que el medio ha ofrecido y de las que puede ofrecer. No es cuestión de ponerle calzas, sino de reafirmar parte de lo que es y, sobretodo, de no cortarle las alas. De su opinión se deduce la imposibilidad de un cómic que no sea mero pasatiempo. Confórmense ustedes con entretener, que está muy bien, pero no pretendan estar a nuestra altura. No acabo de entender por qué ha de negarse de facto la posibilidad de que algún dibujante entre en ese panteón de los inmortales del que usted habla, acompañando a fotógrafos, escultores o cineastas, ni por qué es ridículo o petulante tratar de expresar ideas complejas o pensamientos profundos en una serie de imágenes con desarrollo narrativo.

    Comentado por: Max Vento el 05/10/2009 a las 07:19

  • Estimado Javier,

    Agradezco enormemente la franqueza, respeto y prontitud con que ha respondido usted a mi pregunta.

    Un cordial saludo y gracias de nuevo,

    Chema Lobo

    Comentado por: Chema Lobo el 30/9/2009 a las 18:46

  • Hola. La polémica que ha suscitado el artículo de Vicente Molina Foix me parece marciana. Si yo fuera un dibujante de cómics estaría encantado de ser eso y nada más que eso, y me molestaría enormemente que alguien viniese a ponerme adornos que ni me corresponden ni me ennoblecen. El cómic tiene una técnica y una forma de expresión propias, tiene su mitología y unos recursos personales y originales. Por lo tanto no necesita mendigar medallas ni medrar en otros campos para parecer más grande, más integrado o más honesto. Se basta a sí mismo siendo lo que es y ponerle calzas para que luzca más airoso es cosa de tontos. Es como si un torero se creyese de verdad eso de que el toreo es un arte y al terminar una faena pretendiese dejar su firma en la arena con la sangre del toro. Qué petulancia. Qué manera de perder el tiempo. Con lo bien que están los cómics, tal y como son, parece como si sus acérrimos quisieran fundar una Academia donde amortajar a los mejores dibujantes en el panteón de los inmortales.

    Comentado por: Javier F. de Castro el 30/9/2009 a las 10:28

  • Y en otro orden de cosas... ¿Usted que opina de lo vertido por su colega Molina Foix en el artículo "Dibujos Animados"?

    Por conocer un poco la opinión de otra gente respetable del gremio...

    Gracias por su tiempo

    Comentado por: Chema Lobo el 28/9/2009 a las 17:32

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Foto autor

Biografía

Javier Fernández de Castro (Aranda de Duero, Burgos, 1942) ha ejercido entre otros los oficios de corresponsal de prensa (Londres) y profesor universitario (San Sebastián), aunque mayoritariamente su actividad laboral ha estado vinculada al mundo editorial.  En paralelo a sus trabajos para unos y otros, se ha dedicado asiduamente a la escritura, contando en su haber con una decena de libros, en especial novelas. Desde hace unos años reside de forma permanente en  Barcelona.

Bibliografía

Entre sus novelas se podrían destacar Laberinto de fango (1981), La novia del capitán (1986), La guerra de los trofeos (1986), Tiempo de Beleño ( 1995) y La tierra prometida (Premio Ciudad de Barcelona 1999). En el año 2000 publicó El cuento de la mucha muerte, rebautizado como Crónica por el editor, y que es la continuación de La tierra prometida. En 2008 apareció en Editorial  Bruguera,  Tres cuentos de otoño, su primera pero no última incursión en el relato corto.

 

Traducciones

Wagenbach (2011)

 

Edición alemana del libro Tiempo de beleño, Plaza&Janés, 1994 

 

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