El amor de una mujer generosa

La aparición ahora de un libro de Alice Munro publicado por vez primera en 1998 como The Love of a Good Woman, tiene lugar no mucho después de que RBA editase también La vista desde Castle Rock (2008). En ambas casos se trata de recopilaciones de cuentos y puesto que ahora mismo se encuentran en las grandes librerías la ocasión es excelente para hacer una inmersión en la peculiar narrativa de esta (estupenda) escritora canadiense.
Varias cosas me llamaron la atención cuando empecé a leerla por vez primera (pongamos que fuera a mediados o finales de los años 70) y debo reconocer que casi todas ellas continúan siendo motivo de admiración. Antes que nada, lo primero que llama la atención es su fidelidad a las historias breves, siendo un caso de apuesta narrativa llevada con tesón hasta el éxito que, en cierto modo, es equiparable al caso de Cristina Fernández Cubas aquí. Que yo sepa, Alice Munro sólo ha escrito una novela, Lives of Girls and Women (1971). No debió de gustarles ni siquiera a aquellos cuya opinión más le importaba a ella y la decena de libros que lleva escritos desde entonces son recopilaciones de relatos cortos. En cambio el título resultó ser admonitorio, o al menos lo más parecido a un proyecto de vida, pues desde entonces no ha parado de producir personajes femeninos, hasta el extremo de que a su hija Sheila, cuando le llegó el momento de sacarle un poco de rendimiento económico al hecho de tener una madre altamente reconocida, escribió un libro de memorias titulado Vidas de madres e hijas. Para que a ningún comprador potencial pudiera caberle la menor duda de si la autora sería o no hija de la prestigiosa y muy laureada Alice Munro el subtítulo decía: Crecer con Alice Munro.
Lo siguiente a destacar es la asombrosa variedad de los tipos femeninos que lleva descritos. Y eso que, bien mirado, la inmensa mayoría de mujeres que salen en sus cuentos ha pasado su infancia en granjas de Ontario durante la Gran Depresión, muchas de ellas han vivido algún tiempo en Vancouver ejerciendo oficios relacionados con la enseñanza universitaria, el teatro y las librerías o bibliotecas, para regresar ya de mayores a comunidades dispersas en torno al lago Huron (Ontario). Es decir, en gran parte como la propia Alice Munro. Y sin embargo, ni las biografías, ni la psicología, las costumbres, los gustos o las opciones vitales de esas mujeres hacen pensar en una tipología única, ni revelan el menor parentesco o transmiten la sensación de haber sido cortadas por un mismo patrón. Lo cual es tanto más sorprendente cuanto que, como queda dicho, los paisajes donde transcurren sus vidas son siempre los mismos.
El último aspecto que quiero destacar aquí es la potencia del componente sexual que de forma más o menos explícita se manifiesta en casi todas esas mujeres. Y no me estoy refiriendo aquí a una propensión a vivir el aspecto más romántico de la vida, ni tampoco a fantasías que dan motivo a escenas tórridas y de alto contenido erótico. Hablo de esa actividad sexual que por lo general tiende a ser silenciada (tanto en ellos como en ellas) porque surge de los sustratos más oscuros, perentorios e incontrolados del alma, deseos inequívocos y que las mujeres de Alice Munro asumen como propios pese a resultar vergonzosos, vejatorios y degradantes aparte de estériles porque resultan difíciles de acomodar a la vida de cada cual. Y ahí está esa mujer que cuida de un enfermo viejo, maloliente y desagradable, pero con el que mantiene una relación sexual subconsciente que la deja exhausta, asqueada y, a partir de un momento dado ni siquiera asombrada porque es aceptada sin más: asco en el estado consciente, sensación de satisfacción en el lado oscuro del deseo. O esa adolescente cuya madre menopáusica tiene un amante más joven y que la humilla cada vez que la edad impone su lógica, a pesar de lo cual la adolescente no reacciona con solidaridad porque el macho triunfante y dominador, cada vez que derrota a la pobre mujer lanza una mirada de complicidad a la joven que colma de vanidad y autosatisfacción a esa hembra joven en el umbral de sus apetencias. Son mujeres erráticas que cargan con unos hijos que las juzgan y a los que pueden abandonar con la falta de apego y sentimentalidad que caracteriza al superviviente. Porque ése probablemente sea el rasgo común a los numerosos personajes que van saltando de un cuento a otro: más que la dignidad, el amor, la seguridad o la afirmación del deseo, la fuerza que hace invencibles a esas mujeres es su apuesta por la vida, con todas las consecuencias que conlleva tal elección. O por decirlo con la apreciación que haría un ganadero, su valor añadido no reside en su capacidad reproductora sino en la garantía de que no van a sucumbir a los avatares de la desgracia. Son indestructibles.
El amor de una mujer generosa[Publicado el 13/4/2009 a las 09:43]
Entre sus novelas se podrían destacar Laberinto de fango (1981), La novia del capitán (1986), La guerra de los trofeos (1986), Tiempo de Beleño ( 1995) y La tierra prometida (Premio Ciudad de Barcelona 1999). En el año 2000 publicó El cuento de la mucha muerte, rebautizado como Crónica por el editor, y que es la continuación de La tierra prometida. En 2008 apareció en Editorial Bruguera, Tres cuentos de otoño, su primera pero no última incursión en el relato corto.
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