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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

jueves, 24 de septiembre de 2020

 Javier Fernández de Castro

Media docena de robos y un par de mentiras

Mercedes Abad

Alfaguara

 

La base que fundamenta la estructura de esta amena serie de relatos reunidos bajo el título de Media docena de robos y un par de mentiras es la transgresión de la propiedad intelectual. Curiosamente, el tema de la originalidad y la autoría, es decir, los derechos inalienables de autor, es una cuestión que preocupa mucho en la antes llamada República de las letras.  No voy a entrar ahora en el gigantesco tinglado que hay montado al respecto y que va desde los derechos de reproducción en internet hasta la versión libresca del top manta. La cuestión es muy compleja y, además, esa batalla se libra a un nivel que no tiene nada que ver con la clase de robos que se cometen en esta media docena de robos firmados por Mercedes Abad.  Aquí la cosa está en la línea de esas periódicas noticias y referidas a un oscuro escritor de provincias que acude a los tribunales con la pretensión de crucificar al autor de campanillas que le ha plagiado su obra.  También nos movemos aquí  en la órbita de esos escritores en ciernes que antes incluso de sentarse a escribir corren a la oficina de la propiedad intelectual para inscribir al menos el título, por no hablar de quienes, una vez terminada la obra, renuncian a mandarla a un premio  por temor de verla publicada un día bajo la rúbrica de una estrella de las letras patrias. Es decir, que muchas veces se trata de autores  domingueros, o casi.

                Obviamente, y a pesar de que en conjunto se trata de un océano de paranoias inútiles y propias de "creadores" escasamente profesionales,  es bien conocida la figura del plagiador profesional, un tipo (o tipa, pues también las hay) que una vez desenmascarado(a)s aluden vagamente a la existencia de "archivos olvidados" en la memoria del orden ador. Aunque también se les ha visto reivindicar el derecho a la "inspiración" en los escritos ajenos y al derecho a "citar" a sus inspiradores. Con ser pocos, los casos de plagio son tan jaleados y morbosamente seguidos en los medios que parece que sean una práctica habitual. Y que tal vez lo sea, pero con una precisión: antes o después, todo maestro honrado le susurra a la oreja a su discípulo predilecto una máxima que él a su vez le susurrará a su propio discípulo aventajado. Y que dice así: "Tú copia bien y no mires a quién". Y la clave está en el "bien" y no en la acción de copiar. Al fin y al cabo, después de dos mil años y pico de cultura narrativa, o cuatro mil y pico si contamos  las culturas orientales, pretender que un escritor diga todo el rato lo que nadie había dicho hasta ahora es demencial.  Y bromas aparte, quien no aprende a copiar bien acaba arrastrando su pecado toda la vida como una penitencia, y si  no que se lo digan a Dino Buzzati, feliz autor de esa excelente novela que es  El diesierto de los tártaros, pero que incluso después de muerto sigue aplastado por el gran pecado de no haber sabido ir un poco más allá de su modelo, Franz Kafka.  Claro que, bien pensado, menudo enemigo se buscó el pobre Dino.

                Los relatos de Mercedes Abad no son robos a escritores de fuste. Por lo general son obras desechadas por amigos, o gruesos manuscritos que le dan a leer y de los que, a modo de compensación por la tostada, se queda un relato suelto, aunque también puede ser una argentina que vende sus composiciones poéticas, musicales, narrativas o culinarias en un puesto callejero. Y la excusa para el robo no es del todo eximente, pero sí elocuente: si uno lee un texto - dice la voz narradora -,éste puede producirle un impacto profundo y perturbador, pues en cierto modo es algo que él, el narrador-lector , hubiera querido escribir. Y si  decide apropiarse de él, en cierto modo es para "descubrir qué se siente al escribir algo tan bueno", pero sobre todo porque está adentrándose en un terreno en el que apropiarse de esa expresividad ajena es un acto de afirmación. Insisto en que no es eximente, pero sí hay algo que convierte el robo en un acto noble (con perdón):  la pasión con la que el plagiador hace suyo lo ajeno a veces confiere a lo robado más valor del que le daba el propietario legítimo.

                Hay otro aspecto que contribuye a amenizar la lectura, y es el juego de espejos en el que se inserta la voz narradora. Quien firma el libro es una mujer, pero el narrador del hurto puede ser un hombre que le ha robado la idea a una mujer, la cual había encarnado su relato en una voz narradora masculina. Sobre todo en el primer relato robado, "A mí la regla me vino en Salamanca", esa entrega de la antorcha narrativa que va pasando de unas a otros y de otros a  unas,  produce efectos cómicos muy notables.  Los restantes relatos son desiguales, aunque cumplen con su objetivo de proporcionar un rato de lectura intrascendente pero amena, y a ratos de calidad.

[Publicado el 04/3/2009 a las 10:40]

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Comentarios (2)

  • me gustó

    Comentado por: festa monstros el 10/7/2015 a las 02:36

  • Me gustaría que leyese este relato que he escrito y que me diese su opinión. Un saludo cordial.

    Una pizca de poder.


    Picando las piedras, un poco más allá de Macondo, apareció un gusano.

    Antes de caer al suelo, el pobre bicho había saltado por los aires despedido por el golpe de mi pico, como si una bomba hubiera estallado. En un principio, pensé que se trataba de una piedra más pero al agachar mi cabeza para dar un nuevo golpe, observé como el gusano se removía en el suelo. Parecía aturdido, asustado, quizás extrañado por el calor del sol que se ceñía sobre la cantera.

    Mi primera reacción fue de repugnancia. Nunca he tolerado demasiado bien a hormigas, arañas, escarabajos, moscas y otros bichejos de ese estilo. Además, en el trópico éstos son muy numerosos lo cual, obviamente, no me agrada demasiado.

    Pensé en pisarlo, en acabar con él, pero no lo hice. Sería un mentiroso si afirmara que me dio lástima. Más allá de eso, se acrecentó en mí una indudable sensación de superioridad. Vivimos aplastados por nuestro entorno, sometidos al yugo de la sociedad, cumpliendo lo ordenado por nuestros superiores, respetando la ley, siguiendo modas absurdas, temerosos de Dios y de nuestros pecados. No se reconocen los méritos de nadie, somos egoístas, desagradecidos, traidores, falsos y crueles. Por ello, decidí que, por una vez, sería yo el que mandase: el nuevo coronel Aureliano Buendía.

    Pensé en perdonarle la vida durante un tiempo; cada segundo era mejor que el anterior, cada coletazo del gusano hacía crecer mi ego y mis instintos más básicos. Lo mejor era saber que su vida dependía enteramente de mí. Me debía respeto porque yo era superior. Tenía miedo, lo notaba, y eso me parecía lo mejor de todo.

    De repente se quedó quieto. Me alarmé y el efecto del poder empezó a diluirse. Tomé la muerte de ese gusano como mi propio final, me sentí como un emperador destronado huyendo a Elba. De nuevo sería el hazmerreír de los superiores, el toro acorralado en la plaza por el capote, el estoque y los aplausos del tendido.

    Cuando había perdido toda esperanza, mis ojos brillaron nuevamente. El gusano tuvo un ligero espasmo. No había muerto. Pese a mi profunda repugnancia decidí cogerlo. Sentí asco al hacerlo, la bilis se reconcentraba en mi estómago provocándome toses y náuseas, pero el efecto del poder merecía la pena. Una vez lo tuve bien sujeto por un extremo, empezó a moverse cada vez más rápido, poseído por el espíritu de la supervivencia como un reo que va a ser fusilado y reniega de su suerte.

    Me detuve para analizarlo detenidamente. Miré sus dos extremos, prácticamente iguales excepto por la presencia de un punto negro en uno de ellos; no tenía ojos, era ciego, lo cual me divertía mucho; no era demasiado grande, tenía el tamaño de un dedo meñique, de aspecto rosáceo e inteligencia indeterminable. Llegué a una conclusión: mi víctima, aquélla sobre la que recaía mi poder, era tremendamente débil. Mi superioridad era abismal y al darme cuenta de esto, mi sonrisa tomó un aspecto macabro, como la del Dorian Gray del retrato.

    Sin saber muy bien por qué, apreté el gusano en mi puño. Su cabeza, que quedaba fuera de la presión de mi mano, explotó y de ella brotó un pequeño rastro de sangre y vísceras. El poder podía con mi repugnancia, podía con todo. Empecé a frotar al gusano entre mis manos apretadas y en cuestión de poco tiempo éstas se impregnaron de una especie de papilla de carne. Extendí la sangre y los restos del gusano por mis brazos y mi cara; me bañé en poder y alcancé una felicidad difícilmente imaginable. Giré mi rostro al sol. Dejé que el astro rey me calmara durante unos minutos y bebí de la cantimplora mientras se escuchaban unas voces más arriba. Alcancé el pico y me puse nuevamente a trabajar, esperando encontrar otra pizca de poder oculta entre las piedras.

    Comentado por: Joaquín Atencia el 06/3/2009 a las 00:44

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Foto autor

Biografía

Javier Fernández de Castro (Aranda de Duero, Burgos, 1942- Fontrubí, Barcelona, 2020) ejerció entre otros los oficios de corresponsal de prensa (Londres) y profesor universitario (San Sebastián), aunque mayoritariamente su actividad laboral estuvo vinculada al mundo editorial.  En paralelo a sus trabajos para unos y otros, se dedicó asiduamente a la escritura, contando en su haber con una decena de libros, en especial novelas. 

Bibliografía

Entre sus novelas se podrían destacar Laberinto de fango (1981), La novia del capitán (1986), La guerra de los trofeos (1986), Tiempo de Beleño ( 1995) y La tierra prometida (Premio Ciudad de Barcelona 1999). En el año 2000 publicó El cuento de la mucha muerte, rebautizado como Crónica por el editor, y que es la continuación de La tierra prometida. En 2008 apareció en Editorial  Bruguera,  Tres cuentos de otoño, su primera pero no última incursión en el relato corto.

 

Traducciones

Wagenbach (2011)

 

Edición alemana del libro Tiempo de beleño, Plaza&Janés, 1994 

 

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