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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

sábado, 14 de diciembre de 2019

 Crítica literaria de Javier Fernández de Castro

Diarios del agua

Como decía el gitano, “en esta vida hay gente pa tó”. Y para corroborarlo ahí está el cada vez más numeroso colectivo de gente que gusta de atravesar un país salvando a nado cualquier clase de golfo, estrecho, río, lago, laguna o alberca que les salga al paso. Y por si cabe la menor duda al respecto, basta con poner en Google, “Turismo a nado” para comprobar que hay 7.120.000 ofertas. Por descontado que ahí sale de todo, fundamentalmente  travesías  y descensos de  ríos, pero también agencias de viajes especializadas que se hacen cargo de la infraestructura y los apoyos técnicos dejando que el nadador se dedique íntegramente a lo suyo: nadar.

El iniciador de este movimiento que cada día cuenta con más adeptos es Roger Deakin, autor de Diarios del agua, un libro publicado en 1999 y que de inmediato se convirtió en un éxito editorial y actualmente está considerado un clásico. Al empezar a leerlo da la sensación de que Deakin fue un pacífico chiflado que no podía resistir la tentación de estar todo el día a remojo, primero en las charcas y ríos de los alrededores de su casa y más tarde a lo largo y ancho del Reino Unido. Según cuenta él mismo, la fiebre le vino tras leer El nadador, de John Cheever. Pero según se avanza en la lectura se ponen de manifiesto dos cosas: una, que la afición por zambullirse en toda clase de aguas le venía de niño. Y segundo, que aparte de un simpático chiflado Roger Deakin fue un hombre poseedor de una sólida formación y poseedor de una considerable cultura, no sólo sobre cuestiones acuáticas. De ahí que entre chapuzón y chapuzón pueda citar con toda soltura a autores tan diversos como John Donne, Wordsword o D.H. Lawrence. Sin embargo, donde parece más en su elemento es “buceando” en la ingente literatura producida por toda clase de clérigos, hojas parroquiales, boletines de clubes y entidades deportivas dedicadas a la natación, algunas de los siglos XVII, XVIII, XIX y XX. Fruto de esa heterogénea erudición son piezas tan magníficas como la titulada “Los señores de las moscas” (Cap. 3 de la presente edición) de un valor literario equiparable al de autores mucho más consagrados. Y a cada rato surgen párrafos como este, ya en la primera página del libro: mientras  nada a braza en un pozo para riego (siempre a braza, porque ese estilo  le permite llevar los ojos a ras del agua y adquirir el punto de vista de una rana) dice: “Pero lo mejor era cuando arreciaba la lluvia ahogando el canto de los pájaros y se levantaba una  neblina desde el agua, como si el propio foso se elevara para unirse al cielo encapotado. Luego amainaba y el reflejo del cielo quedaba repleto de bailarines minúsculos: espíritus del agua, como alfileres brillantes, de puntillas sobre la superficie. Llovían espíritus del agua”.

                Deakin  le cede modestamente la ocurrencia a  John Cheever cuando éste hace que su nadador, Ned Merril, se proponga recorrer los trece kilómetros que le separan de su casa  nadando por las piscinas de sus vecinos. Sin embargo,  la idea de que esas elegantes charcas cloradas pudiesen estar unidas por una especie de misteriosa corriente subterránea ya le rondaba por la cabeza a Deakin desde mucho antes de leer a Cheever,  y a lo largo del libro la expone de formas diversas. Solo que en él, el deseo de sentir el influjo de la misteriosa corriente subterránea que en el Reino Unido pone en contacto las Hébridas (ese puñado de islas inhóspitas eternamente martirizadas por el oleaje del Mar del Norte y los vientos polares) con la desembocadura del Támesis, situada justo en la esquina opuesta del país, iba mucho más allá de un impulso extravagante. Para Deakin, entrar en el agua era sumergirse en un mundo profundamente privado, como si se regresase al útero. Para él, esas aguas amnióticas son seguras y al mismo tiempo aterradoras  porque todo puede torcerse en el parto y te encuentras a meced de fuerzas ignotas y sobre las que no ejerces el menor control. Al lanzarse de cabeza al gua, sobre todo en alta mar, el nadador experimenta el terror y la felicidad de nacer.

Otra cosa que se pone de manifiesto al leer este libro es que Roger Deakin (nacido en Watford, Hertfordshire, 1943, muerto en su casa de Suffolk, en 2006), antes de que su libro le hiciese famoso, ya contaba con una inagotable red de primos, amigos, cómplices y hasta simples aficionados que le acompañaban en sus muchas veces peligrosas expediciones. A primera vista puede parecer que sumergirse a hurtadillas  en zonas acotadas de un río o burlar a los guardas de seguridad cuya misión es impedir que algún insensato se bañe en canales o presas de aguas revueltas son simples travesuras de adultos todavía no enterados de que se les ha pasado la pubertad.  Pero en propósitos tan inmoderados como nadar de isla a isla en las Hébridas pese a la amenaza de remolinos imposibles de vencer si alguien cae en su zona de influencia, o en el acto de sumergirse en aguas heladas no tendrían el menor sentido si no fuese porque en el fondo son lo más parecido a un canto a la libertad y al simple placer de la aventura.

 

Diarios del agua

Roger Deakin

Traducción de Miguel Ros González

Impedimenta  

[Publicado el 05/10/2019 a las 19:33]

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Foto autor

Biografía

Javier Fernández de Castro (Aranda de Duero, Burgos, 1942) ha ejercido entre otros los oficios de corresponsal de prensa (Londres) y profesor universitario (San Sebastián), aunque mayoritariamente su actividad laboral ha estado vinculada al mundo editorial.  En paralelo a sus trabajos para unos y otros, se ha dedicado asiduamente a la escritura, contando en su haber con una decena de libros, en especial novelas. Desde hace unos años reside de forma permanente en  Barcelona.

Bibliografía

Entre sus novelas se podrían destacar Laberinto de fango (1981), La novia del capitán (1986), La guerra de los trofeos (1986), Tiempo de Beleño ( 1995) y La tierra prometida (Premio Ciudad de Barcelona 1999). En el año 2000 publicó El cuento de la mucha muerte, rebautizado como Crónica por el editor, y que es la continuación de La tierra prometida. En 2008 apareció en Editorial  Bruguera,  Tres cuentos de otoño, su primera pero no última incursión en el relato corto.

 

Traducciones

Wagenbach (2011)

 

Edición alemana del libro Tiempo de beleño, Plaza&Janés, 1994 

 

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