PRISA utiliza cookies propias y de terceros para mejorar tu experiencia de navegación y realizar tareas de analítica. Al continuar con tu navegación entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

Cerrar

El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

martes, 17 de septiembre de 2019

 Crítica literaria de Javier Fernández de Castro

Cristo de nuevo crucificado

Según y cómo a Kazantzakis hubiera podido salirle una novela blanda y de una religiosidad  casi como de catequesis. Y si no véase la primera parte de una posible sinopsis argumental: Likóvrisi, una población griega asentada en Anatolia y que sobrevive como puede al opresivo y por lo general despiadado dominio turco, se dispone a celebrar su tradicional representación de la Pasión encarnada por personajes locales. A tal fin el pope y los notables se reúnen para elegir a quienes habrán de encarnar a los protagonistas del drama. Y tras muchas discusiones, vetos y compromisos  acuerdan que Manoliós, el joven y tranquilo pastor de ovejas será Jesucristo; la atractiva y disoluta viuda Katerina será una muy apropiada Magdalena, mientras que otros tres vecinos más harán de Pedro, Juan y Jacobo. Finalmente, y pese a sus protestas  y a su airado rechazo, el papel de Judas le es atribuido al malencarado Panayóteras, apodado el Zampayeso por su afición a comerse imágenes de santos de escayola.  Poco a poco todos y cada uno de los elegidos irá asumiendo el papel asignado y si Manoliós ofrecerá su vida para salvar a los demás, la arrepentida  Magdalena también obrará honestamente al igual que los otros apóstoles. Y el Zampayeso, faltaría  más, acabará siendo un Judas muy convincente.

                Sin embargo, ahí acaba la blandura y la religiosidad para  todos  los públicos. Todavía hoy Anatolia es una tierra hostil e inhóspita y sobrevivir allí exige una gran capacidad de resistencia y una dureza similar a la del entorno. Y si esas condiciones son ciertas para la población turca, se puede imaginar  las penosas condiciones en que vivían a principios del siglo pasado las manchas de población griega convertidas en islotes  residuales y abandonados a su suerte desde que los invasores otomanos arrebataron a Grecia esa parte de la antigua Asia Menor. Nada más empezar la novela, y cuando los notables de Likóvrisi están reunidos para preparar la tradicional representación pascual, aparecen unos famélicos refugiados, únicos supervivientes de otro poblado griego quemado y pasado a cuchillo por el ejército turco. Los supervivientes apenas si han podido llevarse consigo unas pocas pertenencias (entre las cuales unas cuantas cenizas de sus antepasados) y piden solidaridad por parte de esos otros hermanos que en comparación viven prósperamente y en relativa armonía con el opresor.  

                Hasta ahí el relato mantiene un tono amable y a ratos jocoso porque la presentación de los personajes, algunos muy chuscos  y pintorescos, transmite la gran simpatía que siente Kazantzakis por sus respectivas cuitas y quisicosas. La misma respuesta insolidaria y egoísta de los  notables cuando se niegan a ofrecer la ayuda a los refugiados se ve atenuada en parte porque   Manoliós/Cristo empieza a asumir la personalidad del personaje que le ha sido asignado y obliga a “sus apóstoles” a robar  en los almacenes de los ricos para dar de comer a quienes lo han perdido todo.  Incluso el agá, una especie de comisario político que representa a la autoridad turca, es presentado como un inofensivo gordinflón que gusta de comer y emborracharse beatíficamente en el balcón de su casa que da a la plaza teniendo bien a mano a Yusufaki, un rollizo adolescente que masca de continuo la aromática almáciga para mantener el aliento fresco y perfumado si acaso toca satisfacer otras necesidades de su amo.

                Es admirable cómo el lenguaje  va cambiando y se vuelve cada vez más abrupto y brutal para adaptarse al crescendo dramático de la acción. Y ahí está como ejemplo el momento en que el despiadado Ladás  se vanagloria ante su mujer del repugnante negocio que se le ha ocurrido a costa de los desgraciados refugiados. “Pero aquélla [Penelopi, la esposa] no se movió del banco; tejía y tejía y miraba sin ver las agujas que se juntaban, luego se separaban, volvían a juntarse y hacían crecer el calcetín que estaba tejiendo para el viejo Ladás [su marido]. Y dentro del calcetín no veía el huesudo pie del viejo  sino el hueso mismo, largo, seco, medio carcomido ya por los gusanos”.

                Y si ésa es la respuesta feroz de una esposa cabe imaginar el tono sombrío y sanguinario que adopta la narración desde el momento en que el agá descubre que su rollizo y sumiso Yusufaki ha sido asesinado mientras dormía y decide que irá torturando y ahorcando uno por uno a todos los habitantes del pueblo hasta que salga el culpable. Y aunque los futuros actores de la tradicional representación se comportarán de acuerdo con lo que harían sus respectivos personajes en el drama sacro, la barbarie que se abate sobre Likóvrisi  sobrepasa cualquier previsión que haya podido hacerse el lector durante el amable y risueño arranque de la narración. Esta obra, pero también otras como  Zorba el griego o La última tentación de Cristo le valieron a Kazantzakis una popularidad tan inmensa que la Iglesia Católica incluyó sus libros en el Índice de obras prohibidas, mientras que su propia iglesia, la Ortodoxa, optó por excomulgarle. Curiosamente, si el relato de una pasión viviente le costó a Kazanzakis ser perseguido incluso después de muerto [está enterrado no en tierra sagrada sino al pie de las murallas de su ciudad natal, Heraklion] cuál no sería el castigo eclesiástico si le hubiese correspondido relatar el abandono, la insolidaridad internacional y el cúmulo de sufrimientos que soportan  los miles de refugiados actualmente hacinados, y sin esperanza, en diversas islas griegas.

 

 

Cristo de nuevo crucificado

Nikos Kazantzakis

Traducción de Selma Ancira

Acantilado           

 

[Publicado el 26/3/2019 a las 19:17]

Compartir:

Comentarios (0)

No hay comentarios

Deja un comentario




Tu correo electrónico:


Escribe los caracteres de la imagen (para evitar SPAM):

Comentario:


Foto autor

Biografía

Javier Fernández de Castro (Aranda de Duero, Burgos, 1942) ha ejercido entre otros los oficios de corresponsal de prensa (Londres) y profesor universitario (San Sebastián), aunque mayoritariamente su actividad laboral ha estado vinculada al mundo editorial.  En paralelo a sus trabajos para unos y otros, se ha dedicado asiduamente a la escritura, contando en su haber con una decena de libros, en especial novelas. Desde hace unos años reside de forma permanente en  Barcelona.

Bibliografía

Entre sus novelas se podrían destacar Laberinto de fango (1981), La novia del capitán (1986), La guerra de los trofeos (1986), Tiempo de Beleño ( 1995) y La tierra prometida (Premio Ciudad de Barcelona 1999). En el año 2000 publicó El cuento de la mucha muerte, rebautizado como Crónica por el editor, y que es la continuación de La tierra prometida. En 2008 apareció en Editorial  Bruguera,  Tres cuentos de otoño, su primera pero no última incursión en el relato corto.

 

Traducciones

Wagenbach (2011)

 

Edición alemana del libro Tiempo de beleño, Plaza&Janés, 1994 

 

Página diseñada por El Boomeran(g) | © 2019 | c/ Méndez Núñez, 17 - 28014 Madrid | | Aviso Legal | RSS

Página desarrollada por Tres Tristes Tigres