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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

miércoles, 20 de septiembre de 2017

 Crítica literaria de Javier Fernández de Castro

Franziska Linkerhand

Ante la imposibilidad de “contarlo todo” sobre la historia que se propone desarrollar, el narrador no tiene otra opción que seleccionar los hechos y situaciones que le resultan más pertinentes: aquel trauma infantil que le va a condicionar la vida al personaje central; el primer  amor y la enésima traición y no digamos la muerte, ya sea del protagonista o de alguien muy próximo a él. A la hora de escribir la presente novela, es decir, cuando hubo de plantearse la indispensable selección de temas, personajes, situaciones y el sentido general de la obra en ciernes,  Brigitte Reimann se encontraba en plena posesión de sus recursos narrativos. En ese momento llevaba publicados una docena de libros (novelas, relatos, correspondencia, etc) que le habían valido una sólida reputación y, sobre todo,  una cierta postura de fuerza frente a la opresora vigilancia de los guardianes de las esencias comunistas (vulgo censores). Todo ello, por supuesto, al ir unido al sólido oficio adquirido, le permitió plantearse una obra realmente ambiciosa y libre.

                Puesto que nació en 1933, su primera infancia la pasó bajo el nazismo, mientras que, en 1945,  la zona oriental de Alemania en la que ella residía cayó bajo la influencia comunista. La suya era una familia de pequeños pero muy prestigiosos editores que se las arregló para pasar sin mayores apuros la etapa nacionalsocialista, mientras que, pese a que las nuevas autoridades comunistas requisaron la mayor parte de los bienes familiares, se dio la circunstancia de que la abuela, aparte de ser una mujer alegre, hedonista y amante de la vida, poseía unas cuantas propiedades inmobiliarias que por suerte cayeron del lado capitalista de Alemania. Ello permitió a la familia pasar con decoro la, por lo demás árida, etapa socialista. 

Pero en las sociedades tan perturbadas como las que se crean bajo los regímenes totalitarios no se perdona que nadie pueda salir de ellos sin haber sido triturado por la maquinaria del poder, por no hablar de quienes no hayan sufrido persecución, cárcel y demás oprobios. Como mínimo, y si no hay pruebas de haberse aprovechado de la situación, siempre quedará la sospecha de una cierta colaboración o al menos connivencia con los opresores.

O sea que Brigitte Reimann no tuvo que romperse buscando tema para su novela: tocaba plantear cómo es posible una vida de cierta dignidad en circunstancias tan diversas como adversas. Y podía haber tomado el camino más directo porque tanto nazis como comunistas habían proporcionado  argumentos de sobra para proceder a un ajuste de cuentas feroz.  

Y lo hay, ajuste quiero decir, salvo que Brigitte Reimann era demasiado sutil para practicar  una reducción a escombros brutal e  indiscriminada, aparte de que, por fortuna, se encontraba en su mejor momento como narradora y sabía, por ejemplo, que bien administrada una simple ojeada de soslayo puede ser más demoledora incluso que una mirada directa y sin contemplaciones.  Así es como van surgiendo lenta pero inexorables cuestiones como el desclasamiento social, la situación de la mujer en una sociedad abiertamente machista, las entelequias de los intelectuales para nadar y guardar la ropa (so pena de acabar en la cárcel), o la dificultad de defender las libertades esenciales sin chocar de lleno contra una autoridad muy poco respetuosa con dichas libertades. Las discusiones de la protagonista, arquitecta de profesión, con los burócratas estatales son una muestra expresiva de cómo plantear una crítica sin concesiones pero también sin reduccionismos. El concepto de espacio ciudadano tal y como lo entendían quienes dictaban las órdenes desde Moscú, o cómo lo querían los discípulos de la Bauhaus,  es tan abismal que no se necesita cargar las tintas para saber cuál de las dos partes llevaba razón.

                Para vehicular tan denso contenido Brigitte Reimann recurrió a Franziska Linkerhand, una alter ego tan versátil que la autora habla de ella en tercera persona pero sin tener el menor problema en dejar que sea la propia Franziska quien hable por sí misma, a veces en un mismo párrafo. El solapamiento de una voz y otra adquiere un tono decididamente dramático en la última página, escrita cuando la autora se encontraba bajo los afectos de la morfina que le fue administrada para ayudarla a morir.

                Franziska Linkerhand no es una novela fácil pero quien decida no dejarse influir por una apariencia coriácea que en realidad no es tal, podrá disfrutar de esa sensación de estar participando de un prodigio, cosa que siempre ocurre cuando entra en acción una inteligencia narrativa que posee los recursos necesarios para expresarse en plena libertad.

 

 

Franziska Linkerhand

Brigitte Reimann

Traducción de Ibon Zubiaur

Errata naturae

 

 

 

[Publicado el 17/3/2017 a las 10:42]

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Foto autor

Biografía

Javier Fernández de Castro (Aranda de Duero, Burgos, 1942) ha ejercido entre otros los oficios de corresponsal de prensa (Londres) y profesor universitario (San Sebastián), aunque mayoritariamente su actividad laboral ha estado vinculada al mundo editorial.  En paralelo a sus trabajos para unos y otros, se ha dedicado asiduamente a la escritura, contando en su haber con una decena de libros, en especial novelas. Desde hace unos años reside de forma permanente en  Barcelona.

Bibliografía

Entre sus novelas se podrían destacar Laberinto de fango (1981), La novia del capitán (1986), La guerra de los trofeos (1986), Tiempo de Beleño ( 1995) y La tierra prometida (Premio Ciudad de Barcelona 1999). En el año 2000 publicó El cuento de la mucha muerte, rebautizado como Crónica por el editor, y que es la continuación de La tierra prometida. En 2008 apareció en Editorial  Bruguera,  Tres cuentos de otoño, su primera pero no última incursión en el relato corto.

 

Traducciones

Wagenbach (2011)

 

Edición alemana del libro Tiempo de beleño, Plaza&Janés, 1994 

 

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