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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

sábado, 29 de abril de 2017

 Crítica literaria de Javier Fernández de Castro

Oriente

Los escritores contemporáneos de libros de viajes deben hacer frente a una competencia  decididamente brutal por parte de:  los relatos de quienes viajaron y lo contaron todo antes que ellos, las guías de viaje, los reportajes de la televisión y el cine, los documentales, los viajes organizados, las revistas especializadas y, últimamente, Internet con toda la gama de  chats, páginas webs  o inventos hace poco tan impensables como ese Street view que permite ver “personalmente” una infinidad de paisajes y ciudades, incluida con un poco de suerte la casa del propio observador. Ante semejante oferta a los viajeros que desean dejar constancia de sus exploraciones no les queda más remedio que recurrir a lo novedoso, lo nunca visto, aquello que usted jamás hubiera sospechado, y de ahí la gran variedad de guías y relatos de viaje que juegan con la idea de lo secreto y a veces hasta lo prohibido pero que, lógicamente, acaban glosando lo de siempre. Al fin y al cabo sería como ir a Atenas y no mencionar siquiera el Partenón, o al hablar de Roma  obviar San Pedro o pasear por Barcelona sin dar noticia de aquel tipo de finales del s.XIX que llenó la ciudad de propuestas tan singulares como La Sagrada Familia o la Pedrera.

            Cuando, en 1908, Blasco Ibáñez decidió viajar hasta Estambul, no se veía acosado por tantas urgencias y mediaciones como atribulan al viajero actual. Él  se limitó a ponerse en marcha hacia su destino e ir tomando notas de cuanto le salía al paso  para luego contarlo, con la ventaja añadida de que pudo hacerlo con la naturalidad de quien no tiene prejuicios ni ideas preconcebidas acerca de lo que puede o no puede decir. El resultado es un libro delicioso porque está contado como lo haría un explorador que hubiese visitado confines nunca hollados por nadie y trajese trepidantes noticias dignas de ser puestas en conocimiento de todos.

            Es de precisar sin embargo que se trata de  un libro asimétrico porque tiene dos partes muy diferenciadas y no del todo equilibradas, quizá porque a Blasco lo que de verdad le interesaba era el contacto con Oriente (y de ahí el título general del libro) mientras que todo lo  visto durante el viaje camino de  Estambul tiene algo de obra hecha con oficio y buen hacer pero sin pasión.

La primera etapa es un sorprendente Vichy atestado por una muchedumbre variopinta, multinacional  y  elegante  que aprovecha la salud (o una supuesta mala salud)  para alojarse en hoteles de lujo, socializar, bailar, celebrar cenas opíparas, practicar juegos de azar y  asistir a conciertos, todo ello  alternado con visitas a las fuentes termales para beber las aguas. Al final, no obstante, Blasco se pregunta con ironía cómo es posible que si tantas y tan variadas son las enfermedades de unos y otros, en cambio se curen todas con las mismas aguas.

            Ginebra, la etapa siguiente, ofrece la particularidad de que la ciudad misma apenas se menciona porque el hilo del relato es el generoso  refugio que esa ciudad ha brindado desde hace siglos a quienes, a causa de sus ideas,  han chocado con las autoridades de sus respectivos países. Ciudad/salvación para todos menos para el desdichado Miguel Servet, que tuvo la igualmente desdichada idea de enemistarse con Calvino y eso le costó terminar en la hoguera.

Después desfilan ante los ojos del viajero lugares tan dispares como Berna, el lago Leman, Munich (la Atenas germánica), Salzburgo, Viena, el Danubio o Budapest que reciben la atención que merecen, primero porque son ciudades y paisajes cargados de historia y en los que han visto la luz todos los  personajess que han contribuido a la creación de Europa y han dejado su huella en la memoria común.

Pero el relato experimenta lo que en el lenguaje moderno de ahora se denomina “un subidón” cuando de pronto hacen su aparición los primeros minaretes, altos, estilizados y dotados en el tercio superior de ese balcón circular que permite al muecín llamar a los fieles a la oración, y que a Blasco le hace pensar en la cofa del palo mayor de un navío oculto por las construcciones ciudadanas. A partir de ese momento surge el Blasco Ibáñez admirado en todo el mundo civilizado: su descripción de Estanbul con el colorido, los olores, la mezcla de razas y atavíos, o las ciudades y barrios con las invisibles fronteras que separan Oriente de Occidente es sencillamente antológica. Incluso su visita a la mezquita de Bakarié para asistir a las danzas de los derviches es una maravilla porque, como digo, al no tener conciencia de que esa danza ritual se ha convertido ya en un espectáculo para turistas, Blasco entra de lleno en su esencia y por momento parece tan embriagado de entusiasmo y fervor como los propios danzantes.

Por desgracia, además de un ejercicio antológico la narración es también un documento histórico porque desde que Blasco estuvo allí (1908) Turquía ha vivido experiencias tan decisivas como las dos Guerras Mundiales, el  enésimo enfrentamiento bélico con Grecia o episodios tan traumáticos como el genocidio de armenios llevado a cabo por los “jóvenes turcos” (1915-1923) y que han cambiado para siempre la imagen y la cotidianidad turcas. A pesar de lo cual, quienes conozcan Estambul podrán constatar  hasta qué punto la mirada y el aprecio de Blasco Ibánez subsisten en la ciudad actual porque su percepción  iba mucho más allá de un relato para turistas.

 

Oriente

Vicente Blasco Ibáñez

Almuzara

 

 

[Publicado el 26/2/2017 a las 13:02]

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Foto autor

Biografía

Javier Fernández de Castro (Aranda de Duero, Burgos, 1942) ha ejercido entre otros los oficios de corresponsal de prensa (Londres) y profesor universitario (San Sebastián), aunque mayoritariamente su actividad laboral ha estado vinculada al mundo editorial.  En paralelo a sus trabajos para unos y otros, se ha dedicado asiduamente a la escritura, contando en su haber con una decena de libros, en especial novelas. Desde hace unos años reside de forma permanente en  Barcelona.

Bibliografía

Entre sus novelas se podrían destacar Laberinto de fango (1981), La novia del capitán (1986), La guerra de los trofeos (1986), Tiempo de Beleño ( 1995) y La tierra prometida (Premio Ciudad de Barcelona 1999). En el año 2000 publicó El cuento de la mucha muerte, rebautizado como Crónica por el editor, y que es la continuación de La tierra prometida. En 2008 apareció en Editorial  Bruguera,  Tres cuentos de otoño, su primera pero no última incursión en el relato corto.

 

Traducciones

Wagenbach (2011)

 

Edición alemana del libro Tiempo de beleño, Plaza&Janés, 1994 

 

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