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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

lunes, 21 de agosto de 2017

 Crítica literaria de Javier Fernández de Castro

La muñeca de nieve y otros cuentos

Las narraciones de Nathanierl Hawthorne suenan hoy anticuadas y deliciosamente pasadas de moda pero, ojo, porque se trata de uno de los grandes creadores de la literatura norteamericana. Para Harold Bloom, Hawthorne es una de las cien mentes creativas y ejemplares que él reunió en su famosa antología Genios. Sin embargo, sus contemporáneos no le pusieron fácil el  camino hacia la cumbre. Como él mismo dice en el prefacio a la presente edición, “¿acaso alguien ha tardado tanto como yo en obtener el más leve reconocimiento del público? Me senté a la orilla de la vida, como un hechizado, y a mi alrededor brotaron matas; y las matas se hicieron arbustos y los arbustos árboles, hasta que pareció no haber salida posible de las enmarañadas profundidades de mi oscuridad”.

Aunque por la forma elegante y poco vengativa de decirlo no lo parezca, Hawthorne estaba aludiendo a los vintitantos años de silencio e indiferencia transcurridos desde que en 1928 publicó su primera novela, Fanshaw (pagándola encima de su propio bolsillo) y la aparición de La letra escarlata (1850), una de las más grandes novelas de la literatura norteamericana. En pleno entusiamo, Bloon llega a decir que Hester Prynne, el principal personaje femenino de esa novela “es la Eva americana” y la compara con ventaja  con cualquier otra heroína de la literatura mundial.

Entre una novela y otra escribió varias novelas más que en su momento pasaron desapecibidas, y gran cantidad  de narraciones cortas que salieron a luz en pequeñas revistas de provincias y muchas veces sin firma, aunque finalmente las más vistosas fueron recopiladas en dos antologías, Cuentos contados dos veces (1837) y La muñeca de nieve y otros cuentos (1851).  Cabe decir que si bien para entonces La letra escarlata  ya estaba recibiendo los más encendidos elogios por parte de escritores de la talla de Emerson, Thoreau, Longfellow o Melville (que incluso le dedicó su Moby Dick), la presente antología se publicó gracias al aval de un amigo. Claro que no es menos significativo el hecho de que su mejor novela solo se llegaron a vender 8.000 ejemplares durante la vida del autor.

Aparte de la elegancia y la precisión de su prosa, lo primero que llama la atención al leer a Hawthorne es la riqueza espiritual de sus personajes. Si describe a un poeta dice que “el mundo cobraba otro aspecto, un aspecto mejor, cuando los ojos felices del poeta lo bendecían […] La Creación sólo había concluido con la llegada del poeta para interpretarla y, así, completarla”. Me pregunto qué poeta actual dejaría que se hablase de su obra en estos términos.  Otra cualidad muy notoria en las narraciones de Hawthorne es la sensación de reposo que transmiten. Casi todas ellas están ambientadas en Nueva Inglaterra y aunque la independencia y sus lances bélicos están muy presentes, el tiempo transcurrido les había borrado los rasgos más duros y sangrientos y le permitía contarlos con serenidad y el mencionado reposo. Y eso que hay personajes tan desgarrados como Prudence Inglefield, la bella pero desdichada hija del herrero John Inglefield que regresa a casa para la comida de Acción de Gracias y que está a punto de ser perdonada y readmitida en la familia pero “inmóvil por un instante, Prudence observó la habitación iluminada por el fuego; parecía luchar con un demonio capaz de apoderarse de ella inluso si se refugiaba en los dominios sagrados del corazón de su padre”.  El demonio, helás, es más furte y la muchacha desaparece en la oscuridad de la noche. Cuando reaparece, entre las maquilladas bellezas de la ciudad vecina, puede verse a una en cuya sonrisa disoluta no hay el menor asomo de compasión por los afectos puros y las alegrías y pesares que los acompañan . “La misma potencia oscura que había arrancado a Prudence del hogar de su padre […] podría arrebatar a un alma culpable de las puertas del Cielo y hacer del pecado y el castigo algo igualmente eterno”. Casi lo mismo puede decirse de la muñeca de nieve que da título a la antología: desde el primer momento se adivina que la equivocada solicitud del padre va a provocar una tragedia que hará irremediablemente desgraciados a sus hijos. Y es que, a veces, la bondad puede ser tan destructiva y maligna como el demonio. Pero todo ello, como digo, Hawthorne lo cuenta con una admirable serenidad y reposo.

 

La muñeca de nieve y otros cuentos

Nathaniel Hawthorne

Traducción de Marcelo Cohen

Acantilado

 

[Publicado el 13/2/2017 a las 11:20]

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Foto autor

Biografía

Javier Fernández de Castro (Aranda de Duero, Burgos, 1942) ha ejercido entre otros los oficios de corresponsal de prensa (Londres) y profesor universitario (San Sebastián), aunque mayoritariamente su actividad laboral ha estado vinculada al mundo editorial.  En paralelo a sus trabajos para unos y otros, se ha dedicado asiduamente a la escritura, contando en su haber con una decena de libros, en especial novelas. Desde hace unos años reside de forma permanente en  Barcelona.

Bibliografía

Entre sus novelas se podrían destacar Laberinto de fango (1981), La novia del capitán (1986), La guerra de los trofeos (1986), Tiempo de Beleño ( 1995) y La tierra prometida (Premio Ciudad de Barcelona 1999). En el año 2000 publicó El cuento de la mucha muerte, rebautizado como Crónica por el editor, y que es la continuación de La tierra prometida. En 2008 apareció en Editorial  Bruguera,  Tres cuentos de otoño, su primera pero no última incursión en el relato corto.

 

Traducciones

Wagenbach (2011)

 

Edición alemana del libro Tiempo de beleño, Plaza&Janés, 1994 

 

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