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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

viernes, 28 de julio de 2017

 Crítica literaria de Javier Fernández de Castro

Nora Webster

 A sus cuarenta años Nora Webster acaba de perder a su marido, Maurice, un maestro de escuela muy apreciado con el que ha estado casada durante más de veinte años y con el que ha tenido cuatro hijos, dos chicas que ya estudian fuera de casa y dos chicos adolescentes que siguen a su cargo. Aparte del duelo (íntimo, inmenso, profundo e irreparable), la situación de Nora Webster es muy precaria. Antes que nada porque su economía la obligará a llevar una vida muy austera y es probable que incluso deba buscar un trabajo para redondear su mísera pensión de viudedad. Pero sobre todo Nora Webster se sabe en precario porque tiene muy claro que se le ha terminado una vida (la que compartía con su marido y sus hijos y que la hacía sentirse “liberada”) y que va a tener que inventar otra en la que quepan ella y sus hijos pero también quienes constituyen su entorno y aquellos que la han visto nacer y crecer.

            Elementos para la tragedia los hay de sobra. Nora podría plantearse la vida en plan de una madre coraje desgarrada por su pérdida pero que renuncia a su propia vida para proteger la de sus hijos, asimismo acechados por la tragedia. Las dos mayores están lejos de casa cuando deben tomar decisiones de personas adultas sin nadie que vele por ellas de cerca (qué profesión seguir, qué compañías (novios) frecuentar, qué grado de implicación deben aceptar frente a una catástrofe de magnitudes tan inimaginables como la que se cierne sobre todos en Irlanda del Norte). También están los pequeños, dos adolecentes que acaban de perder a su padre y que han visto magnificados los problemas, las incertidumbres y los miedos propios de su edad. Y está por descontado la propia Nora, incapaz de compadecerse o pedir ayuda y obligada a crear un entorno para los demás y, sobre todo, decidida a mantener el control de la situación sin dejar entrever, ni a  sus hijos ni a ella misma, que camina a ciegas y sin referentes, y que su abanico de posibilidades es muy limitado.

Quien conozca a Colm Tóibín, cosa por otra parte relativamente sencilla porque esta es su octava novela, ya imagina que no va a recurrir a los elementos más llamativos de la tragedia que acecha a todos los personajes porque su apuesta, como siempre, es contar una historia creíble, actual y sin buenismos pero tampoco sin desgarros. Minimalismo es una palabra odiosa por las implicaciones que surgen del mal uso y abuso del que ha sido objeto. Pero en cambio si transmite en cierto modo el oficio de orfebre que con tanta maestría ejerce el que está considerado como el más sólido de los narradores irlandeses actuales.

            Y en este sentido (hablo otra vez del minimalismo) es muy ilustrativa la opción que Nora, al cabo de tres años de lucha que apenas si le han permitido ir más allá del día a día, cree ver en la música. Siempre ha tenido muy buena voz, no tanto como su madre, pero si una voz notable. Y cuando por medio de una amiga se le presenta la oportunidad de formar parte de un prestigioso coro, se entrega con fervor a la educación de su voz para superar la prueba se acceso. “Sólo al cabo de un mes, cuando llevaba cuatro o cinco lecciones, cayó en la cuenta de que la música la estaba alejando de Maurice y de su vida con éste y con sus hijos.  Pero no se trataba únicamente de que de Maurice careciese de oído para la música y que la música fuera algo que ellos nunca habían compartido. Era la intensidad del tiempo y el estar a solas consigo misma en un ámbito al que él nunca la acompañaría, ni siquiera en la muerte”.   

      En el matrimonio Nora se sentía liberada porque fuera de las obligaciones para con el marido y los hijos, el tiempo restante le pertenecía sólo a ella. Ahora, gracias a su progresiva implicación con la música, empieza a sentir la misma liberación, pero casi de inmediato las pequeñas tragedias de lo cotidiano (una audición desastrosa, un sentido del ridículo insuperable, falta de empatía por parte de quienes escuchan su prueba) la devuelven a su verdadera condición. Pero insisto en que la tragedia, aun estando presente en todos y cada uno de los acontecimientos vitales narrados, no llega en ningún momento  a imponer su acento ni su carácter.

Lo más positivo, y con mucho el gran hallazgo narrativo de esta novela, es que sus páginas transmiten con inequívoca certeza que es en la soledad y el silencio, o si se prefiere, en la degustación en solitario del silencio, donde radica la verdadera riqueza a la que puede aspirar una persona como Nora, imperfecta, a ratos no demasiado simpática, que comete errores en la relación con sus hijos y su entorno, que concede quizá demasiada importancia al control sobre las cosas  y que carece de una cualidad que la permita destacar sobre los demás (podría haber sido la música pero la desengañan casi de inmediato). Y sin embargo queda claro que va a seguir luchando hasta el final sin concederse un respiro en la búsqueda de esa vida que se verá obligada a inventarse cada día porque nadie la va a ayudar.

 

Nora Webster

Colm Tóibín

Traducción de Antonia Martín

Lumen.

 

[Publicado el 14/6/2016 a las 18:53]

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Comentarios (1)

  • ¿Que tan malos son los buenismos y los desgarros?

    Comentado por: Edwin Navarro el 26/7/2016 a las 01:59

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Foto autor

Biografía

Javier Fernández de Castro (Aranda de Duero, Burgos, 1942) ha ejercido entre otros los oficios de corresponsal de prensa (Londres) y profesor universitario (San Sebastián), aunque mayoritariamente su actividad laboral ha estado vinculada al mundo editorial.  En paralelo a sus trabajos para unos y otros, se ha dedicado asiduamente a la escritura, contando en su haber con una decena de libros, en especial novelas. Desde hace unos años reside de forma permanente en  Barcelona.

Bibliografía

Entre sus novelas se podrían destacar Laberinto de fango (1981), La novia del capitán (1986), La guerra de los trofeos (1986), Tiempo de Beleño ( 1995) y La tierra prometida (Premio Ciudad de Barcelona 1999). En el año 2000 publicó El cuento de la mucha muerte, rebautizado como Crónica por el editor, y que es la continuación de La tierra prometida. En 2008 apareció en Editorial  Bruguera,  Tres cuentos de otoño, su primera pero no última incursión en el relato corto.

 

Traducciones

Wagenbach (2011)

 

Edición alemana del libro Tiempo de beleño, Plaza&Janés, 1994 

 

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