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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

martes, 15 de octubre de 2019

 Crítica literaria de Javier Fernández de Castro

El castillo de Gripsholm

En su día, Kurt Tucholsky (1890-1935) fue considerado como uno de los escritores alemanes más incisivos, irónicos y  mordaces, al mismo tiempo que uno de los más leídos. Pertenecía a una familia de banqueros judíos y se graduó  en leyes en la Universidad de Jena, pero salvo un breve periodo como empleado de un banco la única profesión que ejerció con éxito y  hasta el final de sus días fue el periodismo, con alguna incursión en la narrativa. Con veintidós años publicó Rheinsberg (1912), una novelita de amor amena, amoral y descarada que si le abrió las puertas al gran público también le granjeó la enemistad de las fuerzas conservadoras nacionales, aparte de que sus críticas en paralelo desde los semanarios más satíricos empezaban a ser feroces  y acabaron costándole  dos años de silencio forzoso. Pese  a su firme voluntad de no participar en la despiadada carnicería que estaba siendo  I Guerra Mundial, en 1915 no solo fue llamado a filas sino que permaneció alistado hasta el final (1918). Regresó  a Berlín convertido en un radical de izquierdas que criticaba acerbamente a los comunistas, un furibundo anti militarista que incomodaba por igual a los militares y a la industria armamentista en vísperas de hacerse de oro con el rearme alemán y un anti totalitario no menos cáustico que ponía un énfasis especial en sus invectivas contra los nacionalsocialistas, entonces ya en vísperas de su hegemonía dentro y fuera de Alemania. Y puesto que encima renunció públicamente a su condición de judío también se puso en contra a esa pequeña pero todavía muy poderosa minoría. Como él mismo reconocería al final de sus días, era imposible luchar en tantos frentes a la vez contando tan solo como arma una máquina de escribir. 

                Los poemas satíricos y sus celebradas canciones de cabaret las firmaba como Theobald Tiger, aunque luego, como Kaspar Hauser,  retomaba los mismos temas para tratarlos desde la óptica del hombre de la calle. Para la crítica teatral y de libros usaba el pseudónimo de Peter Panter y sus ataques más demoledores (especialmente contra los cada vez más poderosos nazis), los firmaba como Ignaz Wrobel. Esa pequeña treta no despistó a sus oponentes y si ya en 1930 creyó prudente librarse de su continuo acoso refugiándose en París, tan solo tres años más tarde, después de haber quemado públicamente sus libros y de haberlo tildado de “degenerado”, las nuevas autoridades nacionalsocialistas le desposeyeron de la nacionalidad alemana. Para entonces Tucholsky se había puesto nuevamente fuera de su alcance abandonando París para instalarse en Suecia, pero el camino inequívocamente sombrío que estaban tomando Europa y el mundo le sumió en una profunda depresión y (de forma deliberada o no, pues nada se sabe de cierto) en 1935 tomó una dosis excesiva de barbitúricos y murió solo, casi olvidado y profundamente decepcionado por no haber logrado alertar a sus compatriotas de la hecatombe que les caería encima.

                En El castillo de Gripsholm Tucholsky retomó en cierto modo el tema de su exitosa Rheinsberg, pues en ambas los personajes centrales son una pareja no casada que se va de vacaciones a Suecia. En esta su segunda vuelta al amor Tucholsky estaba en plena madurez (la novela  es de 1931) y ya no escribía para provocar ni pretendía escandalizar: su propósito, como le exige el editor Rowolt en una graciosa correspondencia incluida al principio de libro, era escribir una historia de amor que compensara el descenso de ventas que estaban experimentando sus libros de crítica social.

 Tenía poco más de cuarenta años, sufría una enfermedad crónica,  llevaba a cuestas muy mal dos matrimonios fracasados y empezaba a sentir los devastadores  efectos del cansancio que le provocaban  tantos frentes como tenía abiertos desde hacía años. Pese a todo lo cual, y en contra de lo que pueda pensarse, en lugar de un relato cáustico, desengañado y agorero, El castillo de Gripsholm es, en efecto,  una deliciosa historia de amor y la mejor expresión de lo delicada que puede ser la relación de un hombre y una mujer: está contada desde el intercambio de sentimientos pero sin cursilerías ni cielos de color rosa. Ambos saben estar viviendo un momento efímero, irrepetible y cuyo final está a la vista, pero en este caso el trasfondo funesto, la prueba de que son conscientes de que su amor está teniendo lugar en un mundo cruel e injusto se encarna en una niña con la que se cruzan casualmente por los prados y que poco a poco va convirtiéndose en una siniestra historia de terror tipo Hansel y Gretel en la que hace el papel de bruja la dueña del internado para señoritas donde ha sido enviada la niña. Todo ello contado en un estilo directo y sin complicaciones salvo para el pobre traductor, que ha debido ingeniárselas (por cierto que con suma brillantez) para verter al castellano el missingsch, que según el propio Tucholsky, es lo que se escucha cuando una persona que habla bajo alemán quiere expresarse en alto alemán. O sea un galimatías que sin embargo impregna los diálogos de una curiosa ternura.

 

 

El castillo de Gripsholm

Una historia veraniega

Kurt Tucholsky

Traducción de Jorge Seca

Acantilado

[Publicado el 02/4/2016 a las 19:10]

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Foto autor

Biografía

Javier Fernández de Castro (Aranda de Duero, Burgos, 1942) ha ejercido entre otros los oficios de corresponsal de prensa (Londres) y profesor universitario (San Sebastián), aunque mayoritariamente su actividad laboral ha estado vinculada al mundo editorial.  En paralelo a sus trabajos para unos y otros, se ha dedicado asiduamente a la escritura, contando en su haber con una decena de libros, en especial novelas. Desde hace unos años reside de forma permanente en  Barcelona.

Bibliografía

Entre sus novelas se podrían destacar Laberinto de fango (1981), La novia del capitán (1986), La guerra de los trofeos (1986), Tiempo de Beleño ( 1995) y La tierra prometida (Premio Ciudad de Barcelona 1999). En el año 2000 publicó El cuento de la mucha muerte, rebautizado como Crónica por el editor, y que es la continuación de La tierra prometida. En 2008 apareció en Editorial  Bruguera,  Tres cuentos de otoño, su primera pero no última incursión en el relato corto.

 

Traducciones

Wagenbach (2011)

 

Edición alemana del libro Tiempo de beleño, Plaza&Janés, 1994 

 

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