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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

jueves, 13 de agosto de 2020

 Javier Fernández de Castro

Francamente, Frank

Puesto que suele atacarse a traductores y editores por las afrentas que muchas veces sufren los títulos de las novelas extranjeras al ser vertidos a otro idioma, me parece justo señalar el acierto de optar por  Francamente, Frank, en lugar del Let Me Be Frank With You ideado por Richard Ford. Tal opción no borra el viejo estigma del traduttore traditore, pero al menos es mejor que el original y encima aporta unos matices al libro que no están en el título de la versión inglesa.

                Al cabo de convivir con él durante treinta años y más de mil páginas repartidas entre El periodista deportivo (1986), El día de la Independencia (1995) y Acción de Gracias (2006), los incondicionales conocen de sobra a Frank Bascombe. Y saben por tanto que es “un hombre de una pieza”, es decir, una de esas personas a las que puedes ver por última vez, pongamos que en 1986, y encontrártelas de nuevo en 1995, o en 2006, y reanudar la conversación allí donde se quedó diez o veinte años atrás con la seguridad de que no habrán cambiado y que en lo sustancial su solvencia moral y su postura vital  seguirán siendo las de siempre. Lo cual no implica que no hayan sufrido una evolución, puede que incluso muy sustancial. Y tal es el caso del viejo Frank Bascombe.

 Desde el punto de vista estrictamente literario es posible que en lo relativo a tensión, estructura y ritmo narrativo Francamente, Frank no esté en la línea de la trilogía mencionada más arriba, pero tampoco sería adecuado considerarlo un producto residual. Richard Ford posee una especial habilidad para huir de la grandilocuencia y los planteamientos tremendistas  incluso cuando se pone serio y dice cosas trascendentes. Al final de Acción de Gracias Frank Bascombe aseguraba haber accedido al “Siguiente nivel” y apostillaba: “seguramente el último”. Pero no. En esta su última cita con el lector, Frank Bascombe se define a sí mismo como un “Yo por Defecto”, término tomado del lenguaje informático y que señala la elección que se materializa cuando no se toma ninguna otra de las opciones posibles.  En su nueva etapa de Yo por Defecto, Fran Bascombe ha regresado a Haddam, el suburbio de New Jersey  en el que ya vivía cuando de joven ejercía el periodismo  deportivo. Tiene 68 años, sigue casado con su segunda esposa, Sally, y ha dejado de ejercer de agente inmobiliario. Pero no ha perdido el ojo para “clavar” a un personaje al primer vistazo, y ahí está esa mujer a la que ve “como un frigorífico sonriente”, o esta observación: “el lenguaje imita el desorden público”.

Esa concisión y precisión para describir a un personaje o exponer una observación se puede hacer extensiva a su manera de plantearse una narración. Podría decirse que Ford no necesita un argumento (o guión, o desarrollo previo) para dar curso a una narración extraordinariamente compleja. Por ejemplo, la llamada de un antiguo cliente al que le vendió una casa (la mansión familiar del propio Frank, nada menos). Pese a tratarse de una construcción sólida y haber sido diseñada por un arquitecto, al estar situada  en primer línea de playa no pudo resistir los embates del mar y los vientos soliviantados por aquel huracán llamado Sally que  hace unos años arrasó a su paso un gran tramo de la costa de Nueva Jersey, incluida Nueva York. Frank no fue responsable del destructivo fenómeno y Arnie, el comprador, no le culpa, pero pagó al contado más de dos millones de dólares y ahora un especulador le ofrece quinientos mil dólares, aunque se ofrece a retirar las ruinas a su cargo. La soterrada tensión entre comprador y vendedor, con el desolador paisaje de destrucción a su alrededor, está magistralmente sugerida.

Otro arranque nada tremendista: al llegar otro día a su casa, y antes incluso de bajar del coche, Frank ve a una mujer contemplando pensativa su casa. Poco después, ya desde  el interior,  la ve seguir merodeando indecisa en torno a la casa y llega a la conclusión de que existe algún vínculo profundo entre la casa y la desconocida. Y acaba invitándola a pasar. De esta forma tan sencilla, y sin que en ningún  momento afloren tensiones o sobresaltos, la desconocida acaba contando un terrible suceso de sangre  ocurrido allí en el pasado.

Hasta cierto punto, no sería descabellado señalar que Richard Ford esboza una suerte de paralelismo entre el exterior (los paisajes urbanos y rurales arrasados por el huracán) y el interior  (la debilidad, la decadencia y el irresistible avance de la enfermedad en el propio Frank pero también en quienes son su entorno). Y los críticos creen ver en esa relación  dialéctica una metáfora ponderada pero inclemente de la Norteamérica de hoy, avejentada, con sus valores más tradicionales en proceso de disolución e inmersa en un proceso de insolidaridad que acabará provocando su propia destrucción. Pero ya queda dicho que todo eso se expone en tono amable y nada tremendista. Lo cual resulta incluso más inquietante.

 

Francamente, Frank

Richard Ford

Traducción de Benito Gómez Ibáñez

Anagrama

[Publicado el 24/1/2016 a las 12:38]

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Foto autor

Biografía

Javier Fernández de Castro (Aranda de Duero, Burgos, 1942) ha ejercido entre otros los oficios de corresponsal de prensa (Londres) y profesor universitario (San Sebastián), aunque mayoritariamente su actividad laboral ha estado vinculada al mundo editorial.  En paralelo a sus trabajos para unos y otros, se ha dedicado asiduamente a la escritura, contando en su haber con una decena de libros, en especial novelas. Desde hace unos años reside de forma permanente en  Barcelona.

Bibliografía

Entre sus novelas se podrían destacar Laberinto de fango (1981), La novia del capitán (1986), La guerra de los trofeos (1986), Tiempo de Beleño ( 1995) y La tierra prometida (Premio Ciudad de Barcelona 1999). En el año 2000 publicó El cuento de la mucha muerte, rebautizado como Crónica por el editor, y que es la continuación de La tierra prometida. En 2008 apareció en Editorial  Bruguera,  Tres cuentos de otoño, su primera pero no última incursión en el relato corto.

 

Traducciones

Wagenbach (2011)

 

Edición alemana del libro Tiempo de beleño, Plaza&Janés, 1994 

 

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