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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

sábado, 26 de septiembre de 2020

 Javier Fernández de Castro

Grecia. Viaje al Monte Athos

Algo pasaba en la Inglaterra de las décadas de 1920 y 1930 que impulsaba a los escritores jóvenes a (como decía mi madre cuando se ponía dramática) “desempedrar carreteras” con el único y loable fin de ver qué había al final de las mismas y luego contarlo. En muchos casos también trataban de comprobar qué quedaba de las maravillas que les habían contado los autores que les precedieron, fundamentalmente en lo relativo a Italia y Grecia, e incluso comprobar si había algo que se les hubiese pasado desapercibido a los maestros.

                Ahí están los Leigh Fermor atravesando Europa a pie con apenas 18 años con los ojos fijos  en lo que para él (digan lo que digan los turcos) fue siempre Constantinopla; Laurie Lee haciendo lo propio con la España abocada a una terrible Guerra Civil; Bruce Chatwin llegando a los confines de la Patagonia buscando unos trazos que luego encontraría en Australia en forma de canción, pero también, y los cito según me vienen, los Colin Thubron, Evelyn Waugh, Norman Lewis, William Dalrymple, Lawrence Durrell y tantos otros, todos ellos precedidos como quien abre camino por Robert Byron, muerto a los treinta y pocos años cuando un submarino alemán torpedeó el barco que debía llevarle a El Cairo. Por fortuna, para entonces ya había escrito Europa en el parabrisas (1925), The Station (1928) y Viaje a Oxiana (1937), este último considerado la cumbre de su labor como escritor y uno de los libros de viaje más influyentes y decisivos del siglo XX, entre otras cosas porque todo autor con dos dedos de frente no tiene el menor empacho en reconocer que lo copia siempre que puede.

                En Europa a través del parabrisas un Robert Byron de dieciocho años recorre gran parte de Italia y Grecia a bordo de un esplendoroso Sumbeam descapotable que les permite a él y sus amigos cargar la montaña de maletas que cada uno consideraba indispensable llevar consigo, aparte de los licores, sifones y todo el resto de complementos sin los que no puede pasar un caballero. Entonces Byron pudo apreciar en Grecia algo que luego iba a ser un elemento fundamental en su vida: el arte bizantino. Como tantas veces se ha dicho, Bizancio, la Roma de Oriente, la fuerza de transmisión del cristianismo a los últimos rincones donde no pudo llegar el Imperio de Occidente, era para Byron un organismo creado a partir del cuerpo Roma, la mente de Grecia y el Alma de Oriente.

                El interés de Robert Byron por el arte bizantino es tanto más clarividente cuanto que en su época, cegados por el esplendor del Renacimiento y muy interesados en rastrear sus raíces en su predecesor, el Románico, los estudiosos y los grandes amantes del arte consideraban que lo bizantino era una manifestación artística que, en el mejor de los casos, tenía el dudoso honor de estar copiándose a sí misma desde la Edad Media.

                Se entiende que a los editores españoles no les guste el título original del segundo y ya mucho más consistente libro, The Station, elegido con toda intención por Byron para combatir de frente esa idea de inmovilismo que tanto le reprochaba Occidente a Bizancio, pues le da una dimensión espiritual y casi mágica. Para él era una Estación porque allí se había aposentado una fe en la que se habían detenido el tiempo. O sea: los iconos que, es cierto, se repiten una y otra vez desde el principio hasta nuestros días no son una cuestión de falta de imaginación, o inexistencia de un espíritu de búsqueda e iniciativa sino de fé. Los saltos claramente perceptibles que da la pintura de Giotto a Simone Martini, Gentile de Fabiano, Pisanello, Leonardo, Rafael o Miguel Ángel, reflejan una búsqueda artística y tiene que ver con los pigmentos usados, las leyes de la perspectiva o el precio del lapislázuli traído desde Afghanistán para fabricar el color azul, por no hablar de las teorías estéticas que van apareciendo  o la evolución de los gustos sociales llevada a su cumbre por los burgueses flamencos.

                Leyendo a Robert Byron, y hay que hacerlo con mucho atención y tino porque va en serio y está muy lejos de buscar la trivialización que precede a la fama y las ventas, los cambios que pese a todo se van produciendo en la pintura bizantina son sutiles y tienen que ver con la fe, la manifestación de un concepto espiritual que aspira a ser eterno (porque es único y verdadero) y de ahí que en determinadas épocas los puristas considerasen a la pintura como un vehículo de falsedad y blasfemia. Y que a punto estuvieran de destruirla, privando de paso a la pintura en Occidente de uno de sus referentes más ricos e inspiradores.

                En The Station, o en Grecia. Viaje al Monte Athos, el lector va a descubir, a la par que el propio Robert Byron, el tesoro espiritual y artístico que encierra ese espacio tan singular llamado Athos. Qué maravilla. Pero aparte de la erudición, a Byron le interesaba la gente, trataba de adentrarse en sus costumbres y, sin ir más lejos, degustaba como un sibarita la hospitalidad oriental bebiendo vino de resina con unos viejos monjes a la sombra de una parra que además de sombra les ofrecía  uvas con solo estirar el brazo. Y la descripción de paisajes durante los desplazamientos a lomos de mulo de un monasterio a otro esplican por qué sus sucesores no tenían inconveniente en considerarlo un maestro. Casi al final del libro, la descripción del valle del Eurotas y las ruinas de Mistras es insuperable.

 

 

Grecia. Viaje al Monte Athos.

Robert Byron

Traducción, Andrés Arenas y Enrique Girón

CONFLUENCIAS    

 

[Publicado el 13/1/2015 a las 11:12]

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Comentarios (1)

  • Excelente vision de y redaccion.

    Comentado por: Jose Alfonso el 17/1/2015 a las 03:25

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Foto autor

Biografía

Javier Fernández de Castro (Aranda de Duero, Burgos, 1942- Fontrubí, Barcelona, 2020) ejerció entre otros los oficios de corresponsal de prensa (Londres) y profesor universitario (San Sebastián), aunque mayoritariamente su actividad laboral estuvo vinculada al mundo editorial.  En paralelo a sus trabajos para unos y otros, se dedicó asiduamente a la escritura, contando en su haber con una decena de libros, en especial novelas. 

Bibliografía

Entre sus novelas se podrían destacar Laberinto de fango (1981), La novia del capitán (1986), La guerra de los trofeos (1986), Tiempo de Beleño ( 1995) y La tierra prometida (Premio Ciudad de Barcelona 1999). En el año 2000 publicó El cuento de la mucha muerte, rebautizado como Crónica por el editor, y que es la continuación de La tierra prometida. En 2008 apareció en Editorial  Bruguera,  Tres cuentos de otoño, su primera pero no última incursión en el relato corto.

 

Traducciones

Wagenbach (2011)

 

Edición alemana del libro Tiempo de beleño, Plaza&Janés, 1994 

 

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