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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

sábado, 26 de septiembre de 2020

 Javier Fernández de Castro

Musashino

Al lector le basta echar una ojeada al prólogo de James Cahill para saber que tiene en las manos un arma en apariencia diminuta pero que en su día debió de tener una inusitada capacidad destructiva. Y digo diminuta porque de las 160 páginas que tiene esta edición de Musashino sólo treinta pertenecen al famoso relato propiamente dicho. EL resto son cuentos sueltos y el prólogo.

Y en cuanto a la capacidad destructiva del “arma”, al analizar lo esencial del fenómeno Kunikida  se dice en el citado prólogo: “El espíritu de su escritura hay que buscarlo, pues, en el autor de The Prelude [es decirt, Worsdworth], mientras que su técnica narrativa bebe directamente de los novelistas rusos; en concreto de Turguénev y Tolstoi, a quienes reconoció como importantes influencias en su trabajo”. Pero lo curioso es que, en este caso, la influencia es literal y directa, casi podríamos decir que una copia o imitación, por ejemplo cuando, después de transcribir integramente una larga descripción de un bosque de abedules que hace Ivan Turguénev en El encuentro, el propio Kunikida añade: “Fue la fuerza de la descripción lo que me permitió apreciar por primera vez la belleza de los bosques caducifolios”. Y poco antes ha dicho: “Cuando un autor japonés escribe sobre bosques piensa sobre todo en pinos, de manera que la imagen de las lluvias del otoño cayendo sobre los robledales no existe en nuestra poesía. Yo mismo provengo del oeste y ya han pasado diez años desde que llegué a Tokio por primera vez […] sólo recientemente he empezado a apreciar la belleza de los bosques de hoja caduca”.  Como es lógico, el relato de la visita de Doppo Kunikida a la llanura de Musashino es una continua sucesión de descripciones de bosques con o sin lluvia, al amanacer o  al ocaso, con niebla o un sol radiante, casi como un pintor cuando descubre un “tema” o pasa por “un periodo azul”, o “rosa” o lo que sea. Pero con una particularidad: hay que leer con una atención extrema porque no se trata de grandes composiciones pictóricas tipo pompier sino de delicadas miniaturas que parecen haikus, como este poema de Kumagai Naoyoshi que cita el propio Kunikida:

 

“De noche, escucho el sonido de las hojas de los árboles

  y oigo al  a viento avanzar despacio”.

 

O este otro fragmento, del propio Kunikida:

 

"Los ciruelos han florecido.

  Por fin podremos disputar de fantásticas noches de luna.

 

Pero quizá sea mejor situar un poco a Doppo Kunikida para entender su lectura. Nacido en 1871 y muerto en 1908, pasa por ser uno de los introductores del naturalismo en un país como Japón, que llevaba más de tres siglos aislado y que incluso rechaba a cañonazos a los barcos de los comerciantes europeos que trataban de introducir sus perniciosas mercancías. Lo que pasa es que, en 1853, el comodoro norteamericano Perry también abrió a cañonazos los puertos japoneses y la irrupción de la influencia occidental supuso una profunda revolución en el país. Pocos años después caía el shogunato de los Tokugawa y se iniciaba el gobierno imperial Meiji, que impuso el cambio de capitalidad, pasando ésta de Kyoto a Tokio. Con los nuevos tiempos  estalló una pugna enconada entre los tradicionalistas, partidarios de conservar la identidad ancestral aun a costa de renunciar a la “modernidad”, y quienes creían indispensable adoptar lo mejor de Occidente para hacer de Japón una potencia contemporánea.

                Esa pugna perdura en la actualidad con la particularidad de que mientras tanto ha nacido una mentalidad dual encabezada por quienes creen posible consumar la modernización del país sin perder aquellas esencias que permiten a los japoneses reconocerse como tales [Sólo hay que recordar a Murakami escuchando jazz de Nueva Orleáns en un ipod y comiendo nuggets de pollo después de haber hecho jogging con un chandal y zapatillas Nike, sin que por ello haya dejado de ser un japonés hasta la médula). Y quizá se entiendan mejor el exquisito cuidado con que Kunikida se adentra en la mítica llanura de Musashino y su decidida apuesta por la vida sencilla y lo más acorde posible con la naturaleza si se tiene en cuenta que ya entonces, en las fechas en que está escrito el libro, la otrora infinita llanura, escenario de acontecimientos vitales (muchas veces bélicos), reflejada en innumerables poemas y narraciones  y motivo de continuas representaciones pictóricas, ya estaba siendo devorada por un monstruo llamado Tokio, que si en 1730, cuando aún se llamaba Edo, albergaba 650.000 almas, en las primeras décadas de 1.800 pasaba ya del millón y medio de habitantes, casi nada comparado con los 13,5 millones que suma en la actualidad, sin contar la aglomeración humana en su área metropolitana.

                Puesto que, al inclinarse claramente por los autores occidentales en contra de los tradicionales Kunikida se puso de lado de los innovadores, en ningún momento se traduce en sus escritos una crítica a la apabullante presencia de la gran ciudad, pero su decidida apuesta por la naturaleza es significativa, igual que su infinito cuidado en valorar lo efímero, es decir, el sentimiento que se oculta tras un reflejo de la luz del atardecer en las hojas (caducifolias por descontado) de un bosque otoñal.  Y una nota final: una editorial que se atreve a traducir a un autor japonés del siglo XIX merece el trato de  favor que se le debe a la gente de bien.

 

 

Musashino

Doppo Kunikida

Traducción de Yoko Ogihara y Fernando Cordobés

Ardicia editorial

[Publicado el 22/12/2014 a las 10:45]

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Foto autor

Biografía

Javier Fernández de Castro (Aranda de Duero, Burgos, 1942- Fontrubí, Barcelona, 2020) ejerció entre otros los oficios de corresponsal de prensa (Londres) y profesor universitario (San Sebastián), aunque mayoritariamente su actividad laboral estuvo vinculada al mundo editorial.  En paralelo a sus trabajos para unos y otros, se dedicó asiduamente a la escritura, contando en su haber con una decena de libros, en especial novelas. 

Bibliografía

Entre sus novelas se podrían destacar Laberinto de fango (1981), La novia del capitán (1986), La guerra de los trofeos (1986), Tiempo de Beleño ( 1995) y La tierra prometida (Premio Ciudad de Barcelona 1999). En el año 2000 publicó El cuento de la mucha muerte, rebautizado como Crónica por el editor, y que es la continuación de La tierra prometida. En 2008 apareció en Editorial  Bruguera,  Tres cuentos de otoño, su primera pero no última incursión en el relato corto.

 

Traducciones

Wagenbach (2011)

 

Edición alemana del libro Tiempo de beleño, Plaza&Janés, 1994 

 

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