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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

viernes, 4 de diciembre de 2020

 Javier Fernández de Castro

Madame Solario

 Siempre resultan fascinantes las novelas que relatan el final de un mundo sofisticado y elegante, determinado por una riqueza casi insultante y que se quiere a sí mismo como la más elevada expresión de una época, la belle epoque en este caso, en vísperas de ser engullida por la hecatombe de la Primera Guerra Mundial. La autora, Gladys Huntington, llamada Gladys Theodora Parrish en la vida civil, era parte integrante y casi podría decirse que militante de ese mundo en trance de extinción. Los estudiosos de su obra resaltan unánimemente el minucioso cuidado con el que la escritora anotaba en sus cuadernos personales las fiestas, cotillones e invitaciones a tomar el té, o las estancias en balnearios y otros establecimientos de lujo  frecuentados por la alta sociedad europea. Y por ella. Su militancia era tan activa que a la hora de publicar una novela en la que estuvo trabajando más de treinta años, eligió el anonimato para no tener que afrontar el escándalo que suscitaría un relato que tenía  como tema central el incesto (primero entre padre e hija y después entre hermanos, aparte de intentos de parricidio, suicidios, matrimonios de conveniencia, engaños y traiciones varias), y que encima tenía la osadía de hacer un retrato inmisericorde de una sociedad que, en efecto, era la máxima expresión de una época pero que justamente por ello llevaba en sí misma los signos inevitables de la vaciedad, el parasitismo y la decadencia. Quien, paseando por los jardines de Versalles se topa con el Hameau de la Reine entiende de pronto lo inevitable de la Revolución francesa, con todos los horrores y excesos que trajo consigo. Quien lea Madame Solario lamentará la brutalidad del zarpazo que está a punto de propinar la Historia, pero también comprenderá la imposibilidad de salvar un mundo que, como la propia protagonista, era casi inaccesible a la savia nueva que podría renovarlo y a la vez extremadamente vulnerable frente a los tártaros que procedentes del desierto lo iban a arrasar todo.

                La novela está dividida en tres partes atravesadas, casi podría decirse que anegadas, por la presencia de esa bellísima y enigmática mujer de origen incierto (a lo largo del relato pasa de llamarse Nelly a Natalia, aunque al final resulta ser Ellen Solario) que deslumbra a los hombres y despierta sentimientos encontrados en las mujeres,  y que al final se desvanece dejando una estela de admiración y asombro porque ella, como su entorno, es bella, sensible y delicada como una orquídea, y al mismo tiempo mezquina, egoísta y depredadora como una planta carnívora. Es realmente notable la habilidad de la autora para mostrar en todo momento la doble faz de la protagonista, y también la de su distinguido entorno.

                El marco para la acción es el Hotel Bellevue, a orillas del lago de Como, y es prodigiosa la recreación de la vida banal e intrascendente de sus clientes, la voluptuosa descripción de los vestidos, peinados, sombreros, joyas y demás complementos lucidos por unas mujeres presentadas como la más refinada realización de lo femenino; las cenas y bailes, las excursiones en barca o los paseos por los bosques, todo ello basado en la servil obsequiosidad de los sirvientes y fosilizado por la rigidez de una etiqueta social que lo regula todo, desde la composición de las mesas para comer o tomar el té hasta quién baila con quién o la aceptación o rechazo de un recién llegado. Las referencias al Thomas Mann de Muerte en Venecia son tan inevitables como los recuerdos de Henry James, Edith Wharton y, a ratos, de Tomás de Lampedusa.

En la segunda parte, la llegada de Eugen  Harden, el apuesto y desaprensivo hermano de Nelly,Natalia,Ellen Solario da un vuelco a la situación. Si el relato de la primera parte estaba encomendado a la sensibilidad y capacidad de asombro de un joven británico llegado por casualidad al Bellevue, la aparición de Eugen le da un giro vertiginoso a la acción. El joven británico ya había detectado la presencia de un personaje torvo y algo siniestro, un diplomático ruso con fama de consumado duelista y que mantiene una relación con Madame Solario marcada por una soterrada pero evidente tensión sexual y una violencia capaz de explotar en cualquier momento. El hermano, que manifiesta sin ambages su intención de vivir a costa de su hermana en pago por las calamidades que le tocó sufrir por culpa de ella( aquí entra de golpe lo de los incestos, intentos de asesinato, traiciones y demás ingredientes escabrosos que tanto escándalo causaron cuando se publicó la novela en 1956)  no sólo aporta una considerable dosis de información sobre el pasado familiar sino que obliga a su hermana a mostrar unas facetas de sí misma insospechadas cuando sólo era una bellísima y distante presencia. Inevitablemente, las maniobras de Eugen Harden para asegurarse un futuro a costa de los huéspedes más pudientes, y que incluyen una desabrida utilización de su hermana, reciben como respuesta la amenazadora oposición del diplomático ruso.

                La resolución del inevitable choque de los dos machos disputándose (con aparente elegancia y corrección) la posesión de la hembra se resuelve en la tercera parte con la huida de la presa, que se vale a su vez de la candidez del joven inglés que tanto la admiró desde su llegada al hotel. Pero huir no implica necesariamente escapar incólume  y Gladys Huntington no se esconde a la hora de asignar a cada cuál el destino que en buena lógica le corresponde.  La novela es larga, pues son casi 450 páginas de prosa minuciosa y que se recrea en las descripciones y los análisis psicológicos de los personajes, pero compensa de sobras el esfuerzo porque, como se decía de entrada, resulta fascinante.

 

Madame Solario

Gladys Huntington

Traducción de Nicole d´Amonville Alegría

Acantilado

[Publicado el 10/11/2014 a las 08:59]

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Foto autor

Biografía

Javier Fernández de Castro (Aranda de Duero, Burgos, 1942- Fontrubí, Barcelona, 2020) ejerció entre otros los oficios de corresponsal de prensa (Londres) y profesor universitario (San Sebastián), aunque mayoritariamente su actividad laboral estuvo vinculada al mundo editorial.  En paralelo a sus trabajos para unos y otros, se dedicó asiduamente a la escritura, contando en su haber con una decena de libros, en especial novelas. 

Bibliografía

Entre sus novelas se podrían destacar Laberinto de fango (1981), La novia del capitán (1986), La guerra de los trofeos (1986), Tiempo de Beleño ( 1995) y La tierra prometida (Premio Ciudad de Barcelona 1999). En el año 2000 publicó El cuento de la mucha muerte, rebautizado como Crónica por el editor, y que es la continuación de La tierra prometida. En 2008 apareció en Editorial  Bruguera,  Tres cuentos de otoño, su primera pero no última incursión en el relato corto.

 

Traducciones

Wagenbach (2011)

 

Edición alemana del libro Tiempo de beleño, Plaza&Janés, 1994 

 

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