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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

viernes, 15 de noviembre de 2019

 Crítica literaria de Javier Fernández de Castro

Ciudad abierta


Al poco de comenzar, concretamente en la página dos, un narrador del que sólo se conoce  el nombre (Julius) mucho más adelante y encima de forma indirecta, se ocupa de dejar constancia que en su habitación, cuando no acecha desde  la ventana el paso de aves migratorias, escucha a través de las radios europeas a Beethoven y Bach, pero cita en concreto "una pieza para contratenor y orquesta de Shchedrin (o tal vez de Ysayë)". Y en cuanto a libros, en la página siguiente se ocupa de informar que sus lecturas incluyen: La cámara lúcida, de Roland Barthes, los Telegramas del alma, de Peter Altemberg o El último amigo, de Tahar Ben Lelloun. Y a continuación informa: "En medio de esa fuga sonora me acordaba de San Agustín asombrado ante San Ambrosio...".

"Vaya", piensa no sin alarma el lector al que le hayan salido callos de tanto roce con
exquisitos.

Para acabarlo de arreglar, en el lanzamiento publicitario que ahora acompaña en Estados  Unidos la aparición de una novela con ciertas pretensiones (a veces las editoriales incluso creen indicativo publicitar cuánto dinero han  invertido en dicha campaña) el posible lector de allí es informado de que en Ciudad abierta encontrará claras reminiscencias de W.G. Sebald, J.M. Coetzee, Joseph O'Neill y Zadie Smith, aparte de alusiones a Rimbaud, el incansable flâneur de las calles parisinas.

 "Lo que me temía" exclamará el lector encallecido.

Quede claro  sin embargo que ni el narrador con esas tempranas noticias acerca de sí mismo y sus gustos, ni los editores americanos con sus pistas falsas  le hacen ningún favor a esta excelente y apasionante novela que engancha desde poco después del asombro de San Agustín ante San Ambrosio y mantiene ininterrumpidamente el interés (aun a costa de dejarte sin aliento) hasta el final. Y eso que, pasar pasar, apenas pasa nada. Julius, el narrador, hijo de nigeriano y alemana, formado en Nigeria pero graduado en una universidad norteamericana gracias a una beca, está haciendo prácticas en la unidad psiquiátrica de un hospital neoyorquino. Al final, cuando el héroe haya dado fin a la trayectoria que ha dado pie a la narración (lo que antes se llamaba épica), todo lo que ha ocurrido es que a Julius se le ha terminado la beca y tiene que aceptar un puesto en una clínica psiquiátrica privada. Y sin embargo, aunque en principio no parezca un material literario muy prometedor, quien se anime a leer Ciudad abierta podrá comprobar que hay material de sobras, pero solo a costa de ponerlo en manos de un narrador extraordinario y capaz de hacer ante los ojos del lector, sin trampa ni cartón, sin espejos  deformantes ni trucos más o menos sofisticados, la mayor transformación que le cabe a un creador: dramatizar la experiencia subjetiva para transformarla en conocimiento común, y dramatizar el conocimiento común para ofrecerlo como experiencia subjetiva, es decir, ese cúmulo de percepciones, sensaciones, sentimientos, miedos, frustraciones y soledades que uno reconoce inmediatamente como suyos ("sí, yo estaba allí y lo vi, y pasó como lo cuenta aquí el señor") aunque en realidad esas percepciones, sensaciones etc le estén pasando por la cabeza  a un psiquiatra principiante en Nueva York y de extracción nigeriana para más precisión.

En lugar de irse a casa al salir del hospital, Julius, un degustador de la soledad, un maestro en el arte de crear y mantener las distancias sin ofender demasiado a quienes forman parte de su entorno cotidiano, decide dar largos paseos por las calles de Nueva York, de la siguiente forma: "Recorría las manzanas de la ciudad como si las midiera a zancadas, y en mi avance sin rumbo las estaciones de metro oficiaban de motivos recurrentes.  Ver grandes masas de gente corriendo hacia cámaras subterráneas siempre me resultaba extraño, y sentía que la raza humana entera, llevada por el contrarreflejo de la pulsión de muerte, se precipitaba en catacumbas móviles". Bueno, a lo mejor no es una experiencia común que las bocas de metro parezcan catacumbas. Pero a ver esta: al pasar junto a un parque infantil se le ocurre que los columpios chirrían para recordar a los niños que están siendo felices. O esta otra: la gente que se dedica a hacer el bien tiene una expresión beatífica y ligeramente desenfocada.

Son paseos perfectamente habituales, en el curso de los cuales se encuentra con gente habitual, a la que más o menos le pasa lo que a todos. Pero de cuando en cuando se produce esa transformación de lo cotidiano en experiencia íntima, y el diario de un flâneur se transforma de pronto en un análisis certero, una epifanía, una metáfora deslumbradora. Qué grande es la literatura cuando es grande.

Ciudad abierta

Teju Cole

Acantilado

[Publicado el 18/9/2012 a las 18:15]

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Foto autor

Biografía

Javier Fernández de Castro (Aranda de Duero, Burgos, 1942) ha ejercido entre otros los oficios de corresponsal de prensa (Londres) y profesor universitario (San Sebastián), aunque mayoritariamente su actividad laboral ha estado vinculada al mundo editorial.  En paralelo a sus trabajos para unos y otros, se ha dedicado asiduamente a la escritura, contando en su haber con una decena de libros, en especial novelas. Desde hace unos años reside de forma permanente en  Barcelona.

Bibliografía

Entre sus novelas se podrían destacar Laberinto de fango (1981), La novia del capitán (1986), La guerra de los trofeos (1986), Tiempo de Beleño ( 1995) y La tierra prometida (Premio Ciudad de Barcelona 1999). En el año 2000 publicó El cuento de la mucha muerte, rebautizado como Crónica por el editor, y que es la continuación de La tierra prometida. En 2008 apareció en Editorial  Bruguera,  Tres cuentos de otoño, su primera pero no última incursión en el relato corto.

 

Traducciones

Wagenbach (2011)

 

Edición alemana del libro Tiempo de beleño, Plaza&Janés, 1994 

 

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