Sueño con mujeres que ni fu ni fa

De las dos vías de aproximación a las que antes aludía una, la más sencilla, consistiría en abrir el libro por la primera página y llegar a la última, sin más. Otra posibilidad, que por utilizar una palabra muy en boga podría calificarse de interactiva, exigiría una buena investigación previa y unas cuantas lecturas de cultura general o incluso relecturas de textos primordiales de Beckett, fundamentalmente novelas como Mercier y Camier o More Pricks than Kicks, y también hojear con cierto detenimiento a James Joyce, más que nada para refrescar el sonido de ambos en sus mejores momentos. En cualquier caso no se pierde nada y serán unas relecturas muy parecidas a un premio.
Sueño con mujeres… es un texto lleno de trucos, trampas y guiños. Estamos de acuerdo en que nada de eso (lo que podría llamarse metaliteratura) hace mejor o peor un texto literario, pues éste no debe rendir cuentas a nadie y sólo se justifica ante sí mismo. Pero estar un poco en el ajo, ponerse en situación de interactuar, hace mucho más entretenida la lectura.
Beckett escribió esta su primera novela cuando contaba veintiséis años y salía de una relación tan intensa con Joyce que no sólo se sumergió literalmente en la obra de éste (llegó a traducir al francés una parte sustancial del Finnegans Wake) sino que a punto estuvo de quedar emparentado con él de por vida porque Lucía (la hija de Joyce y que en Sueño con mujeres… aparece como la Syra-Cusa) se enamoró locamente del joven discípulo de su padre. Al cabo de innumerables discusiones (o lo que fueran porque ninguno de los dos podía ser acusado de ser un tipo hiperactivo y parece ser que se tiraban tardes enteras derrumbados en sendos sillones, con las piernas estiradas y bebiendo whisky en medio de largos silencios meditativos) de tanto despotricar contra la novela tradicional ambos se dispusieron a terminar con ella.
Como se podrá comprobar leyendo Sueño con mujeres… aunque en principio el discípulo se muestra totalmente influido por el maestro y lo imita sin piedad (a ratos parece que estenos leyendo fragmentos directamente sacados de Joyce, con esbozos de continuous stream, recurso a palabras y frases en varios idiomas, invención de palabras como úterotumba y todo el resto de la parafernalia joyceana) bien mirado el experimentalismo de Beckett, o su deseo de acabar con la novela tradicional, es mucho más radical incluso que el de Joyce. Para entendernos, éste puede crear un espacio físico reconocible (Dublin) en el que las palabras prolonguen sus significantes como si fuesen un diapasón, o bien puede crear un texto opaco (Finnegans Wake) sin más orden de referencia que sí mismo. Beckett por su parte va más lejos porque, aun tomando algunas de las técnicas del maestro, está haciendo una mezcla de los dos, pero negándose a si mismo sin cesar y sin permitirse el menos atisbo de salvación y esperanza. Lo cual es más curioso si se tiene en cuenta que se trata de una novela tan autobiográfica que los estudiosos han logrado identificar a todos los personajes y muchas de las situaciones que de forma tan distanciada y desengañada se cuentan en la novela. Toda ella trufada de intervenciones del narrador deliberadamente anticlimáticas: “no crea el lector…”, “qué bien me han quedados estos puntos suspensivos…”, “ya me gustaría ahora poder decir…”.
Si escribir tiene algo de darse de cabezadas contra la pared, elegir la pared equivocada es el colmo. Y eso es lo que pasa aquí. Aparentemente, el Beckett de Mercier y Camier o Godot no tiene nada que ver con este Beckett lleno de trucos y acertijos, multilingüe y reivindicativo. Pero el pobre Belacqua, su alter ego, aparentemente crucificado por su atracción adolescente por unas mujeres que ni fu ni fa, está menos perdido de lo que parece. Y por ejemplo cuando dice “la experiencia del lector tendrá lugar en los intervalos, no en el término de los enunciados” no es difícil reconocer al hombre que un día escribirá Fin de partida. Y cuando, al cabo de una noche de sudores y amores pegajosos, el pobre Belacqua busca distanciarse y apoya la mejilla en un cristal. “…los resuellos y murmullos seguían oyéndose a su espalda. Era como el goteo de una úlcera purulenta en un cubo vacío”, no cabe la menor duda de que estamos ante el Beckett más feroz e irremisiblemente desengañado y, por ende, condenado al silencio. Hasta él mismo debía de ser consciente de que no se puede hablar así del amor.
Sueño con mujeres que ni fu ni fa
Samuel Beckett
Tusquets
[Publicado el 26/11/2011 a las 12:49]
Entre sus novelas se podrían destacar Laberinto de fango (1981), La novia del capitán (1986), La guerra de los trofeos (1986), Tiempo de Beleño ( 1995) y La tierra prometida (Premio Ciudad de Barcelona 1999). En el año 2000 publicó El cuento de la mucha muerte, rebautizado como Crónica por el editor, y que es la continuación de La tierra prometida. En 2008 apareció en Editorial Bruguera, Tres cuentos de otoño, su primera pero no última incursión en el relato corto.
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