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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

jueves, 17 de agosto de 2017

 Crítica literaria de Javier Fernández de Castro

Años de prosperidad

Desde el primer momento se vio que la vía elegida por la República Popular China para pasar de una economía estatalizada a una de mercado tutelada por un partido rígidamente jerarquizado no iba a ser fácil. Entresacando del Libro rojo de Mao Zedong una frase que viene al pelo para explicar lo que está ocurriendo en aquel gigante asiático, "hacer una Revolución no es como como tejer un tapete a ganchillo". Con la peculiar expresividad china, el viejo líder estaba excusando medidas como la Revolución Cultural que él mismo no iba a tardar en poner en marcha y que tantísimas vidas y quebrantos económicos causaría.

Hoy en día, las noticias sobre las transgresiones de los derechos humanos en China son continuas, aparte de que esporádicamente se producen episodios de tanta violencia que saltan a las primeras páginas de todos los medios de comunicación mundiales, ya sea la brutal represión militar en el  Tibet, sucesos tan sangrientos como los de la plaza de Tian´anmen, o la desproporcionada actuación policiaca contra la secta religiosa Falung Gong. Pero faltan testimonios de primera mano acerca de cómo es la vida cotidiana en China, cómo se vive bajo un régimen tan arbitrario  como el actual y cómo son las relaciones humanas entre personas sometidas a una superestructura capaz de controlar (además férreamente) a 1.300 millones de habitantes.

Años de prosperidad, sea dicho de forma directa y sin rodeos, no es una buena novela. La trama argumental es floja, la técnica narrativa resulta antediluviana y el leit motiv recurrente - un mes misteriosamente perdido en la memoria colectiva de la nación - resulta un poco pobre como metáfora para encubrir una metáfora aún más peregrina: la felicidad general que aqueja actualmente al pueblo chino desde que se ha convertido en la primera potencia económica mundial  podría ser debida a las dosis masivas de éxtasis que las autoridades vierten en el agua potable para tener contenta a la población. Ya digo que es una metáfora (pobre)  y que el verdadero éxtasis suministrado al pueblo son los objetos de consumo que hoy en día adormecen otras aspiraciones más nobles del ser humano y que residen en su vertiente espiritual.

Pero si literariamente no es ningún hallazgo, como documento Años de prosperidad es fascinante. Media docena escasa de personajes se encuentran y desencuentran en ese océano aparentemente infinito que es Pekín, pero que resulta ser una simple gota de agua  cuando dichos personajes empiezan a moverse a todo lo ancho y largo de China. La anécdota es mínima pero apenas se necesita nada más para atraer la atención del lector. Con sólo contar de qué viven los personajes, qué hacen para evadirse de la vigilancia mutua, dónde comen (Kentuchy Fried Chicken y McDonalds) o toman café (por lo general en Starbucks), en qué viajan (Jeep Cherokee), cuál es su móvil (un K-Touch que no tiene nada que envidar a los mejores productos de Apple) o cómo visten y qué beben (siempre ropas y productos de marcas que el autor no olvida nunca mencionar) ya resulta muy chocante porque todo ello convive con unos modos de vida perfectamente tradicionales. Sin embargo, lo que de verdad llama la atención (y aterra) es el funcionamiento del país liderado por un partido único y tutelador de todo cuanto sucede. Como herencia directa de la estructura creada por Mao, las directrices bajan desde  lo alto en forma de consignas con títulos tan reconocibles como Campaña Contra la Polución Espiritual (que vete a saber contra quién irá dirigida) o el Movimiento contra los Cuatro Males (corrupción, despilfarro, evasión de impuestos y estafa en contratos públicos). Atraer la mirada de los vigilantes de la moral pública, encuadrados en organizaciones que llevan nombres como Movimiento Patrio de los Tres Seres, implica que un alto funcionario acusado de alguno de los cuatro males puede ser bajado del coche de gama alta proporcionado por el partido  y ser llevado  al paredón tras un juicio sumarísimo en el que la condena a muerte es un mérito  para el tribunal. En la novela se dan dos o tres ejemplos del funcionamiento de dichos tribunales y de pronto caes en la cuenta de que la supuesta transgresión de los derechos humanos en China es un eufemismo que oculta una realidad aterradora. En uno de los juicios, y ante la negativa de una fiscal a dictar pena de muerte contra el acusado, el juez principal se queja de que en otros tribunales del distrito se están dictando treinta y cuarenta sentencias a muerte diarias. Añádase a ello el espionaje de todos contra todos, las delaciones anónimas o - lo más curioso de todo - el juego del ratón y el gato que es Internet, con una policía omnipresente y unos internautas que denuncian transgresiones y corruptelas pero a costa de cambiar de dirección casi todos los días para no ser localizados. El infierno y el paraíso juntos. Lo mejor del lujo occidental cocinado con los métodos más refinados de una tiranía ancestral. Y, en efecto, gerenciar la vida cotidiana de más de mil millones de personas no es como tejer un mantelito a ganchillo.





Años de prosperidad

Chan Koonchung

Destino

[Publicado el 21/11/2011 a las 11:39]

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Comentarios (1)

  • Es innegable que China ha crecido mucho económicamente en las últimas décadas, pero muchos derechos fundamentales de las personas todavía no se respetan, se vive en un régimen cerrado y totalitario, donde hay demasiadas prohibiciones. Estamos claros que en la vida hay algo más que ganar dinero , la gente necesita sentirse libre y tener mayores opciones para elegir.

    Comentado por: ganar dinero el 11/3/2016 a las 04:42

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Foto autor

Biografía

Javier Fernández de Castro (Aranda de Duero, Burgos, 1942) ha ejercido entre otros los oficios de corresponsal de prensa (Londres) y profesor universitario (San Sebastián), aunque mayoritariamente su actividad laboral ha estado vinculada al mundo editorial.  En paralelo a sus trabajos para unos y otros, se ha dedicado asiduamente a la escritura, contando en su haber con una decena de libros, en especial novelas. Desde hace unos años reside de forma permanente en  Barcelona.

Bibliografía

Entre sus novelas se podrían destacar Laberinto de fango (1981), La novia del capitán (1986), La guerra de los trofeos (1986), Tiempo de Beleño ( 1995) y La tierra prometida (Premio Ciudad de Barcelona 1999). En el año 2000 publicó El cuento de la mucha muerte, rebautizado como Crónica por el editor, y que es la continuación de La tierra prometida. En 2008 apareció en Editorial  Bruguera,  Tres cuentos de otoño, su primera pero no última incursión en el relato corto.

 

Traducciones

Wagenbach (2011)

 

Edición alemana del libro Tiempo de beleño, Plaza&Janés, 1994 

 

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