Un crimen en Calcuta

Cuando quieren hablar de un país cualquiera los escritores de viajes recurren mayoritariamente a dos vías de aproximación. Una de ellas consiste en viajar por el país en cuestión y, al tiempo de contar las aventuras y encuentros que tienen lugar durante el periplo, ir dando la mayor cantidad de datos posible acerca de las gentes y sus costumbres, de cómo viven, comen y entierran a sus muertos, o de cómo se las están apañando para conservar sus esencias frente a la avasalladora civilización que se les ha venido encima. Si con todo ello no hay material suficiente para completar un volumen, siempre se puede recurrir a rellenar lo que falta con la historia, las leyendas, las guerras y las catástrofes que hayan ocurrido en un pasado más o menos lejano.
La otra vía habitual de aproximación es la ficción. Inventar una trama, reunir un elenco de personajes representativos e insertar todo ello en el país acerca del cual se quiere hablar. Mientras se desarrolla la trama y les pasan cosas a los protagonistas el escritor se las apañará para ir metiendo toda la información necesaria para que el lector se haga una idea lo más exacta posible de país.
Curiosamente, tan ficción es una vía de aproximación como la otra, hasta el extremo de que los aficionados al género mantienen indesmayable una polémica relacionada con el grado de ficción que le es permitido poner en su relato al escritor que ha optado por la vía del “yo estuve allí y mi presencia garantiza que las cosas fueron como las cuento”. A Chatwin, sin ir más lejos, le amargaron la vida los puristas porque en su libro sobre la Patagonia puso como propias cosas que sólo había conocido de oído. Aunque ellos lo usen en otro contexto, los italianos han resuelto el problema con su genial “si non é vero é ben trovato”, como queriendo decir que mientras la ocurrencia sea pertinente y esté bien contada se admite como parte integral del contexto. No obstante, y aunque ello es cierto, la cuestión es honda y no tarda en ramificarse hacia regiones muy alejadas de la literatura de viajes. Y los partidarios de echar imaginación y que sea lo que Dios quiera tienen el problema de decir dónde está el límite de la invención permitida. Un ejemplo muy sonado fue aquella novela sobre Vietnam que alcanzó un éxito clamoroso…hasta que se supo que el autor hablaba de oídas porque nunca había estado en Vietnam. Y claro. La herida estaba aún demasiado reciente como para admitir que alguien reflejase tan doloroso episodio mediante una flagrante invención.
En esta ocasión, Paul Theroux ha optado por contar su relación y su visión de la India por la vía de la ficción. Un escritor que se parece muchísimo a Paul Theroux pero que no es él porque se llama Jerry Delfont, recibe una misteriosa carta en la que una mujer, a la que enseguida adivinamos bella y terriblemente atractiva, le pide ayuda para resolver un caso de asesinato que afecta a una persona muy cercana a ella. En otras circunstancias, el escritor hubiese rechazado la propuesta, pues qué norteamericano puede plantearse la posibilidad de resolver un crimen cometido en Calcuta. Pero la autora de la misiva parece una mujer muy intrigante y el escritor tiene ( es de esperar que momentáneamente) la mano muerta, es decir que está seco de ideas y que a lo mejor se le está presentando una buen historia para contar. Y pica.
Por abundar en la polémica antes citada, y demostrando su conocido gusto por el trompe l´oeil, más adelante Paul Theroux riza el rizo de la verosimilitud y se saca a sí mismo como personaje secundario y no en exceso favorecido. Pero dejando a un lado las pequeñas coqueterías del autor, una vez aceptado el reto que plantea la carta, el interés del relato avanza en tres direcciones más o menos paralelas. Una es la relación con la desconocida, que en efecto resulta ser una mujer muy bella, misteriosa y tremendamente atractiva, y con la que terminará teniendo una pasional aventura ayurvédica. La segunda dirección del relato es la abigarrada, terrible y fascinante ciudad de Calcuta, con un excurso por Utar Pradesh tan alucinante que bien parece un viaje lisérgico. La tercera dirección es el propio misterio que da origen al relato y que cumple dignamente con su papel de motor de la acción. O sea que entre unas cosas y otras la novela se lee con notable gusto e interés.
Un crimen en Calcuta
Paul Theroux
Alfaguara
[Publicado el 14/11/2011 a las 10:42]
Entre sus novelas se podrían destacar Laberinto de fango (1981), La novia del capitán (1986), La guerra de los trofeos (1986), Tiempo de Beleño ( 1995) y La tierra prometida (Premio Ciudad de Barcelona 1999). En el año 2000 publicó El cuento de la mucha muerte, rebautizado como Crónica por el editor, y que es la continuación de La tierra prometida. En 2008 apareció en Editorial Bruguera, Tres cuentos de otoño, su primera pero no última incursión en el relato corto.
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