Morir en la frontera

La primera vez que mi padre fue a trabajar a Estados Unidos en un contingente de campesinos solicitados por la gran potencia con destino a los campos de California, nos contó que los policías estadounidenses recibían a los mexicanos exigiéndoles quitarse la ropa para después rociarlos de insecticida y auscultarlos minuciosamente.
Era un acto sumamente humillante, pero mi padre lo narraba sin apenas resentimiento: "Decían que era para que no los contagiáramos de las plagas mexicanas". Nunca nos habló de las penurias que vivió en el país vecino, todo lo pintaba maravilloso y hermoso. Supongo que quería dar a sus hijos una especie de divinización de su estancia durante 20 años en aquel país. A veces soltaba algún que otro comentario negativo: "Los más racistas con los mexicanos eran los cubanos de Miami. Ni siquiera nos dejaban entrar a los restaurantes".
Esto viene a cuento, porque hace algunos años viví en Estados Unidos y me adentré en el drama cotidiano de la frontera donde se sucede un auténtico genocidio, un goteo de muertes diarias silenciosas e invisibles de aquellos que pretenden alcanzar el sueño americano.
En mis primeros reportajes visité los albergues llenos de inmigrantes en las grandes ciudades, los puentes donde duermen quienes no tienen para pagarse una vivienda por tal de enviar todo su sueldo a las familias que dejaron en México, los barracones que los patronos agricultores colocan improvisadamente en medio de la nada para que vivan en condiciones infrahumanas los hombres y mujeres que les trabajan la tierra....
Una noche, después de visitar los puentes de San Francisco donde dormían grupos de mexicanos a la intemperie, volví a casa llorando, pensando en lo que tuvo que haber pasado mi padre durante su estancia como inmigrante en Estados Unidos: "¿Por qué papá nunca nos contó estos dramas?"--- le dije por el teléfono a mi madre--- "Porque los amaba hija, y porque tal vez, le daba vergüenza".
Supongo que mi padre intentó ocultarnos las cosas horribles que se vio obligado a vivir para enviar dinero a sus hijos. Por eso, cuando veo la imagen de Anastasio Hernández, el mexicano apaleado la semana pasada por la patrulla fronteriza de San Diego y asesinado con una pistola eléctrica, me indigna pensar que es el pan de cada día.
Los testimonios que pude obtener a orillas del muro que separa a ambos países eran estremecedores: "Desde aquí vemos como los muchachos escalan el muro ante la atenta mirada de un policía gringo que espera a que lleguen a la parte de arriba para disparar y así lograr que el cadáver caiga del lado mexicano para evitarse problemas", me contaba un sacerdote jesuita que dirige una casa para migrantes en Tijuana.
En mis recorridos por la frontera, recuerdo un reportaje que escribí sobre los inefables Minutman; hombres y mujeres que se dedican a cazar inmigrantes como si fueran conejos: "Me salvo la vida una lata de fríjoles que llevaba en la mochila", me contaba un joven mexicano que corrió tan rápido ante la persecución de estos auténticos paramilitares fuertemente armados y que logró escapar gracias a los fríjoles refritos que su madre le dio para aguantar la travesía por el desierto.
La histórica actitud de sumisión del gobierno mexicano ante las constantes y sistemáticas violaciones a los derechos humanos de Estados Unidos contra ciudadanos cuyo único delito es buscar solución al hambre, es un insulto para todos. Casi ningún gobernante ha tenido el valor de poner un alto a los desmanes de los distintos gobiernos estadounidenses.
¿Cuántos muertos más tenemos que acumular para que un presidente mexicano diga basta?
[Publicado el 03/6/2010 a las 03:05]
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Pues si toda discriminación ya sea de raza, religiosa, lingüística etc es execrable. Una pena que eso no se lo apliquen también los mexicanos en lugar de exigir solo derechos para ellos. Los cubanos tienen dos opciones para salir del infierno. Arriesgarse con los tiburones del estrecho o con los mexicanos para pasar la frontera. El problema no es la frontera en si misma, sino llegar a ella, pues en México son perseguidos para ser deportados a Cuba, cuando no extorsionados por los mexicanos ya sea la propia policía o bandas que secuestran, mutilan y violan las mujeres hasta que la familia de estados Unidos pague el rescate. Todo esto aprovechando la indefensión de los migrantes en un país que no es el suyo y por el cual solo desean pasar. Esto no solo le sucede a los cubanos, sino también al resto de los latinoamericanos que quieren entrar a Estados Unidos por esa vía. Les recomiendo buscar información sobre el tren de la muerte. Creo que es lógico pensar en la poca simpatía por los mexicanos que tendrán los familiares y las propias víctimas de estos abusos que ahora viven en Estados Unidos. Hay organizaciones que han declarado que por cada cubano regresado a Cuba por México, serán devueltos 10 mexicanos a México desde Estados Unidos.
Comentado por: EL TABANO el 12/8/2010 a las 10:57
No entiendo el odia de los estadounidenses hacia los inmigrantes Mexicanos, ese odio racial simplemente no tiene justificación. EUA es un país que se forjo con el sudor de inmigrantes, todos ellos son descendientes de esas personas que buscaban mejores condiciones para vivir y las encontraron en ese país entonces ¿Por qué ese odio? , ¿Por que los estadounidenses siempre tienen que tener un enemigo?, si no son los afroamericanos, somos los latinos y si no somos los latinos son los musulmanes, ¿en qué rayos piensan? ¿Qué diablos tienen en la cabeza? Deberían de ver que debajo de nuestra piel todos somos iguales, todos somos personas y la vida de todos vale por igual.
Comentado por: Emmanuel el 11/6/2010 a las 01:06
Las migraciones en busca de trabajo, dinero, oportunidades, sueños, han sido una constante en la historia de la humanidad. En todos los países y las regiones del mundo se han producido estos movimientos de seres humanos que se ven obligados a dejar atrás su casa para encontrar un mundo mejor.
España fue un país de emigrantes durante el siglo XIX y parte del XX; dentro de nuestras fronteras también se produjeron importantes movimientos de población que transformaron profundamente nuestro país. Es el caso de los miles y miles de andaluces que marcharon en los años 50, 60 y 70 hacia Cataluña, Madrid o la Comunitat Valenciana. Es el caso de personas como mi padre.
Mi padre dejó su pueblecito de Jaén, para ir a Valencia a buscar trabajo. Tenía 15 años y viajó en un camión de mercancias escondido con otros miembros de mi familia (esto nos suena verdad?).
En la actualidad España ha cambiado radicalmente (hace unos años que lo hizo) y ha dejado de ser un país de emigrantes para ser un país de inmigrantes. Inmigrantes que llegan muchas veces como llegó mi padre a Valencia, escondidos en camiones. Otras veces lo intentan en pateras y mueren en el intento devorados por el mar. El caso es que parece que hemos perdido la memoria, no recordamos de donde venimos ni quienes somos.
En definitiva es muy triste que sigan muriendo seres humanos por intentar cruzar esas FRONTERAS. Fronteras reales unas veces, otras veces imaginarias, pero fronteras al fin y al cabo.
La verdadera frontera que habría que derribar es la que separa a los ricos (entre los que me incluyo) y los pobres. Para finalizar un toque de optimismo, mi padre fue un inmigrante andaluz que pudo dar a sus hijos una vida mucho mejor que la que él tuvo, gracias a su esfuerzo y dedicación nosotros no tenemos que derribar ni saltar ninguna frontera.
Comentado por: Claudio Molina el 05/6/2010 a las 01:44
Sanjuana Martínez es egresada de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Continuó sus estudios de posgrado en la Universidad Complutense de Madrid. Ha investigado asuntos relacionados con la defensa de los derechos humanos, violencia de género, la actividad terrorista y el crimen organizado, tanto en México como en Estados Unidos y Europa. Ha trabajado para Milenio Diario de Monterrey, Canal 2, la revista Proceso y el periódico La Jornada. Por sus investigaciones sobre los delitos de pederastia cometidos por el clero, recibió el Premio Nacional de Periodismo 2006. El Club de Periodistas de México le entregó en 2007 el primer Premio Nacional de Periodismo por sus reportajes, crónicas, entrevistas y artículos. Y en 2008 por sus trabajos difundidos en La Jornada recibió el Premio Ortega y Gasset de Periodismo. Ha publicado los libros: Manto púrpura. Pederastia clerical en tiempos del cardenal Norberto Rivera Carrera (Grijalbo), La cara oculta del Vaticano (Plaza y Janés), Si se puede. El movimiento de los hispanos que cambiará a Estados Unidos (Grijalbo). Por su libro Prueba de fe. La red de cardenales y obispos en la pederastia clerical (Editorial Planeta) recibió en 2008 el premio "Rodolfo Walsh" de la Semana Negra de Gijón. Sus último libros son: Se venden niños (Editorial Temas de Hoy), Periodismo incómodo (UANL), Verdades que no mueren (Ediciones Oficio) y La frontera del narco (Planeta, 2011). Es coautora de los textos: Los intocables (Editorial Planeta), Un día sin inmigrantes (Grijalbo) y Voces de Babel (Alfaguara).
Actualmente desarrolla su labor periodística como freelance. Radica en Monterrey y colabora con varios medios mexicanos y extranjeros.
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