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miércoles, 23 de mayo de 2012

 Agresiones cotidianas / Blog de Sanjuana Martínez

Los Reyes

Sara Salazar de Reyes

Sara Salazar de Reyes no ha dejado de cavar tumbas desde hace un año. Primero le mataron a su nieto Julio César de 15 años. Los militares, los paramilitares, los escuadrones de la muerte, valga la redundancia, lo secuestraron y lo mataron. A partir de entonces alzo la voz para denunciar esa atrocidad y sus visitas al cementerio aumentaron: ha enterrado ya a cuatro hijos, un nieto más y una nuera. 

Ha llorado tanto, llora siempre. Las lágrimas no las puede contener. Va vestida de negro, ese color maldito que no se puede quitar de encima. La desgracia se ha cebado con su familia. La desgracia de pertenecer a un país como México donde la impunidad militar esta por encima de todo; donde los escuadrones de la muerte actúan bajo la atenta mirada del Estado. 

Tiene 76 años y no piensa callar. Uno muere varias veces en la vida. Ella en 14 meses ha ido muriendo cada vez que sepulta a un miembro de su familia. Su cabello esta cubierto de canas y tiene un rostro endurecido por el infortunio y el desamparo; por el desprecio de este gobierno indolente. 

Sara Salazar es una luchadora social y lo seguirá siendo. Es la matriarca de la familia Reyes cuyo activismo empezó en la década de los 70. No quiere irse del Poblado Juárez y Reforma del Municipio de Guadalupe, en el Valle de Juárez, Chihuahua donde vive, a pesar de las ofertas de asilo que ha recibido de diversos países. Allí seguirá. Allí se quedará. El destino, siempre es manifiesto. 

Los Reyes son una familia de panaderos. Por azares del destino se empezaron a involucrar con denuncias por graves violaciones a los derechos humanos: desapariciones forzadas, ejecuciones, asesinatos de mujeres, corrupción policial, impunidad militar... No podían permanecer impasibles ante el atropello constante de las garantías individuales contra los ciudadanos del poblado donde radican. Tal vez, por eso, desde 1992 empezaron a recibir presiones y amenazas. A pesar de eso continuaron con su labor y en 2006 criticaron duramente el llamado Operativo Conjunto "Chihuahua" que ya ha registrado 150 casos de abusos militares.  

Pero la desgracia en cascada llegó luego del asesinato de Julio César. A partir de allí, su madre Josefina Reyes no paró de exigir justicia y denunciar la impunidad del ejército mexicano. A consecuencia de eso le asesinaron otro hijo, Miguel Angel de 26 años. En ese momento a Josefina le dio un vuelco la vida. Dedicada a la panadería y a la venta de barbacoa en su casa, decidió instalar un comité de derechos humanos para denunciar los abusos de los militares en el poblado. Lo pagó caro. El 3 de enero del año pasado le dispararon 6 balazos en la cara, luego de pasar un reten militar. Los soldados habían allanado su casa en tres ocasiones y le habían advertido que se callara. No lo acepto. Haber guardado silencio hubiera significado convertirse en cómplice del asesinato de sus hijos. 

El relevo de Josefina en la familia Reyes lo tomó entonces Rubén, fundador del Partido de la Revolución Democrática (PRD) y regidor en su municipio e integrante del llamado “Gobierno Legítimo” del líder político Andrés Manuel López Obrador. Rubén también era panadero y mientras se dirigía a comprar  insumos básicos para su negocio fue ejecutado en plena calle a las 8 de la noche  el 18 de agosto del año pasado. 

Sara había enterrado a tres seres queridos y pensó que la pena era tan inmensa que ya no podía haber nada peor. Se equivocó. La saña, prepotencia e impunidad se cernían nuevamente sobre su familia que seguía denunciando los crímenes. 

"A mí me matan en el camino porque no me voy a quedar en casa", repetía Sara quien a sus 76 años no dejaba de ir a oficinas gubernamentales a pedir justicia y reparación, sin saber que aún estaba por llegar lo peor. 

En eso andaba con dos de sus hijos y su nuera cuando el pasado 7 de febrero entre las 6 y 7 de la tarde fueron detenidos cerca de su pueblo. Iban en una camioneta y los obligaron a bajar. Era un comando de hombres encapuchados fuertemente armados. Se llevaron a sus hijos Malena y Elías y a la esposa de este, Luisa Ornelas. Allí dejaron a Sara en la calle junto a su nietecito, ahogada en llanto y desesperación. 

Empezó entonces una nueva lucha: la búsqueda de sus tres desaparecidos. Ella y su hija Marisela instalaron un plantón permanente en la subprocuraduría de Justicia de la zona norte de Chihuahua, Jorge González Nicolás. Durante dos semanas estuvo pidiendo ser atendida y el funcionario jamás se dignó a verla, mucho menos a ofrecerle una solución. Pidió a los medios difundir una carta donde con voz entrecortada pedía clemencia a los captores de sus familiares para que se los entregaran. Como respuesta le quemaron su casa esa misma noche. 

Fue entonces cuando Sara y su hija Marisela decidieron viajar a la Ciudad de México para hacer el plantón afuera del Senado de la República. Allí estaban esperando noticias cuando el pasado viernes 25 de febrero les llegó la fatal noticia: el hallazgo de sus familiares, muertos, tirados en una carretera secundaria de Chihuahua. 

Sara constataba así el exterminio paulatino de su familia por parte de fuerzas de seguridad del Estado; un Estado que no actuó nunca para resolver los crímenes porque es cómplice de esos grupos paramilitares, militares o policiales que violan la ley desapareciendo y ejecutando ciudadanos que se atreven a alzar la voz para denunciar abusos.

La historia de la familia Reyes demuestra que en México existe un modus operandi manejado desde el gobierno de Felipe Calderón y las fuerzas de seguridad, policial y militar que permite de manera sistemática violar derechos humanos, torturar, desaparecer y ejecutar ciudadanos. 

Es muy grave, ver como “comandos armados de encapuchados” actúan bajo la negligencia dolosa, la connivencia y la complicidad del Estado. Y como el gobierno se justifica ante estas muertes argumentando que se trata de “pleitos entre rivales” o “crímenes de la delincuencia organizada”. 

Sara esta segura que no son omisiones del Estado. Que la matanza ominosa de su familia tiene el sello del gobierno: “No merecían morir así… pero sabemos que estamos en manos del gobierno, de unos criminales que hacen lo que les viene en gana”, dice sin dejar de llorar. 

No hay consuelo para Sara. Viste de negro, ese color espectral que no la deja vivir en paz... 


[Publicado el 28/2/2011 a las 21:34]

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Comentarios (3)

  • Es muy triste ver como está decayendo México. Ya no se puede confiar en nadie.
    En mi opinión, todas esas muertas solo demuestran la irresponsabilidad de las autoridas, la indiferencia que tienen hacia el pueblo. Y nosotros ¿con quién podremos hacer denuncias sociales si luego van a matar a cada persona que alze la voz? ¿con qué derecho le quitan la vida a alguien que denuncia la muerte de un familiar o conocido?

    Comentado por: Eugenia el 13/5/2011 a las 00:11

  • Parece mentira que no se haga nada por aclarar esos crímenes. No es de extrañar que en otros países, como Francia, nos tengan por salvajes y no se crean que aplicamos la justicia como debería hacerse. El éjercito ayuda con la lucha contra el narcotráfico, pero el fin no justifica los medios. Si entre ellos están los culpables hay que ir a por ellos. Si no, esta institución tendrá la misma fama que la policia judicial.

    Comentado por: Monik el 11/3/2011 a las 13:02

  • Excelentes siempre sus post, muy valiente. ¿Cuándo acabará todo esto?. ¿Cuántas muertes más serán necesarias?. El gobierno de México no asume sus responsabilidades, en mi opinión está demostrando ante el mundo una gran irresponsabilidad y desprotección hacia su país y las personas de bien y sobre todo hacia las mujeres. Un abrazo Sanjuana

    Comentado por: marta el 02/3/2011 a las 12:44

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Biografía

Sanjuana Martínez es egresada de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Continuó sus estudios de posgrado en la Universidad Complutense de Madrid. Ha investigado asuntos relacionados con la defensa de los derechos humanos, violencia de género, la actividad terrorista y el crimen organizado, tanto en México como en Estados Unidos y Europa. Ha trabajado para Milenio Diario de Monterrey, Canal 2, la revista Proceso y el periódico La Jornada.  Por sus investigaciones sobre los delitos de pederastia cometidos por el clero, recibió el Premio Nacional de Periodismo 2006. El Club de Periodistas de México le entregó en 2007 el primer Premio Nacional de Periodismo por sus reportajes, crónicas, entrevistas y artículos. Y en 2008 por sus trabajos difundidos en La Jornada recibió el Premio Ortega y Gasset de Periodismo. Ha publicado los libros: Manto púrpura. Pederastia clerical en tiempos del cardenal Norberto Rivera Carrera (Grijalbo), La cara oculta del Vaticano (Plaza y Janés), Si se puede. El movimiento de los hispanos que cambiará a Estados Unidos (Grijalbo). Por su libro Prueba de fe. La red de cardenales y obispos en la pederastia clerical (Editorial Planeta) recibió en 2008 el premio "Rodolfo Walsh" de la Semana Negra de Gijón. Sus último libros son: Se venden niños (Editorial Temas de Hoy), Periodismo incómodo (UANL), Verdades que no mueren (Ediciones Oficio) y La frontera del narco (Planeta, 2011). Es coautora de los textos: Los intocables (Editorial Planeta), Un día sin inmigrantes (Grijalbo) y Voces de Babel (Alfaguara).

 

Actualmente desarrolla su labor periodística como freelance. Radica en Monterrey y colabora con varios medios mexicanos y extranjeros.

 

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