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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

domingo, 16 de junio de 2019

 Blog de Jorge Volpi

Atisbar el tsunami

Una de mis grandes aficiones consiste en visitar las tiendas de discos compactos en las que se forjó mi memoria musical. No había vuelto a Madrid en dos años, así que no tardé en acudir a la FNAC, la cadena francesa que posee varios almacenes de música, libros y productos electrónicos en Europa. No diré que mi sorpresa fue mayúscula, pues me he resignado a estos íntimos desastres, pero no dejó de consternarme que, de los dos pisos antes dedicados a la música -y en especial a la música de concierto-, ahora sólo quedase un pobre rincón con unas pobres estanterías. Antes, me tocó atestiguar las quiebras de Tower Records y Borders, así como el cierre de numerosas sucursales de Barnes & Noble. Y, en México, el no por anunciado menos triste final de Sala Margolín, la emblemática tienda de música clásica en la Roma.

A mí este panorama no puede sino resultarme desolador. El mundo en el que fui criado -aún recuerdo que, a los 13, ahorré varias semanas para comprar mi primer LP: las oberturas de Verdi dirigidas por Karajan- no existe más. Tras la irrupción de Napster, y la aparición de sitios como Spotify, los discos compactos se han convertido en reliquias, antiguallas que sólo los nostálgicos perseguimos por doquier. Y, al mismo tiempo, sé que no hay remedio. Que hoy la música ya no se almacena ni se adquiere en este tipo de soportes. Que la idea misma de hacer un "disco" se ha vuelto antediluviana. Que hoy los jóvenes sólo descargan música de la red -de manera legal o ilegal. Y que miles de jóvenes jamás han comprado un disco compacto.

Igual que millones de jóvenes jamás han acudido a un quiosco a comprar un periódico (yo mismo hace 2 años que no lo hago). Porque, aunque se nos parta el corazón, a los diarios en papel -igual que a los libros en papel- les aguarda, más tarde de lo que profetizaban los gurús tecnológicos, pero más temprano de lo que creen los adoradores del libro-objeto, el mismo destino de los discos. No hay remedio: vivimos una cesura tan drástica como la experimentada en 1452, cuando Gutenberg puso en peligro la bella tradición de los manuscritos. Todos sabemos que el tsunami está allí, muy cerca de la costa, pero frente a la magnitud del meteoro no sabemos cómo reaccionar.

Es probable que los libros -no así los periódicos- sobrevivan como objetos de culto, y que unos cuantos nostálgicos sigan atesorándolos como los coleccionistas de los siglos xvii o xviii atesoraban pergaminos -cuyo aroma sí resulta embriagador-, pero serán eso: excéntricos como yo con los discos compactos. Vivimos el fin de una era, y por ello nuestras respuestas a la mutación resultan tan pedestres, tan improvisadas. Pero no vivimos una guerra entre la cultura impresa y la cultura visual -en la Red se lee tanto o más que antes, sólo que otras cosas y de otras maneras-, sino una transformación radical de nuestra cultura.

Desoyendo las versiones apocalípticas, los avances tecnológicos permiten que la distribución de contenidos -musicales, literarios, audiovisuales, multimedia- sea mucho más eficiente que la de los soportes físicos. Y sus recursos adicionales los enriquecen: diccionarios y enciclopedias, canales de comunicación entre usuarios, etc. Otra cosa es que sean empleados por las empresas -y los gobiernos- en perjuicio de los ciudadanos. Así como Amazon posee la herramienta más accesible del mercado -nunca fue tan fácil, para tantos, adquirir cualquier libro, película u obra musical-, también sabemos cómo explota a sus trabajadores y barre a la competencia.

Los diarios en papel -lo digo montado en uno de ellos- son maderos a la deriva. Sus propietarios y editores, como los de incontables editoriales, tantean por aquí y por allá, tropiezan y rectifican, a sabiendas de que pronto vendrá otra ola, acaso definitiva, y no habrá más qué sumergirse bajo la corriente digital. Como demuestra el caso Newsweek -hace un año proclamó su cierre en papel, condenándose a la irrelevancia, sólo para anunciar su vuelta en unos meses-, no sabemos cuándo llegará ese instante, sólo que su majestuosa fuerza se vislumbra ya en el horizonte. Mientras eso ocurre, seguiremos con palos de ciego y estrategias de supervivencia más o menos desafortunadas. Pero, en vez de entonar antífonas por el hundimiento del galeote, nos corresponde modelar ese futuro inmediato para que resulte mucho más incluyente y mucho más abierto a la crítica de lo que los dueños de los nuevos medios -y los gobiernos- planean por su cuenta.

 

Publicado en Reforma, 08.12.13

 

Twitter: @jvolpi

 

[Publicado el 08/12/2013 a las 16:46]

[Etiquetas: cambio digital; libro electrónico; prensa digital]

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Comentarios (3)

  • Maestro Volpi, es interesante leer sus artículos; yo también crecí entre discos LP, cassetes, a estos últimos habría que regresar la canción que nos gustaba con una pluma, pasamos de los discos negros y grandes, a solo un pequeño objeto de una micra, en el podemos almacenar cientos y cientos de canciones, mismas que podemos escuchar tantas veces, sin temor a que se nos pueda rayar, y quedemos sin escuchar la música que nos gustaba. "que tiempos aquellos".

    Comentado por: Mercedes Morales el 11/12/2013 a las 04:46

  • ¿Quién extraña al pájaro Dodo?

    Nacido en los 80s, pero hijo de los 90s, nunca me llevé bien con los LPs. Al día de hoy apenas y los conozco. Me los presentaron los anaqueles de mi casa ya medio moribundos y empolvados, dormían abajo del CD Player y de la Betamax. De vez en cuando quise entenderme mejor con ellos pero tenían sistema de alarma. Hijo no toques, son muy delicados. Crecí despreciándolos, vestigios quebradizos de otros tiempos, portavoces mudos e intocables de la juventud de mis padres.

    Eso si, fui intimo de los CDs y de los casetes. Quien sabe a cuantos de mis compañeros de 5to les hice la tarea de sociales hasta que me alcanzó para el casete de Rattle & Hum de U2. El de Dangerous de Michael Jackson lo grabé casi todito de Radio Pirata 90.7 FM. Le calculaba hasta que se callaba el locutor para oprimir Rec, pausa, y play. En varias canciones se escuchaban claxonazos de fondo o alguna variación del “A cenar” de mi abuela.

    De pronto y sin pedirle permiso a nadie un día estaban ahí los Napsters, los Limewires, los torrents, los iTunes y el Spotify. Siempre nuevos, brillantes, digitales, ilegales, y de pilón, gratis. Pobre perrito de RCA, el que le ladraba al gramáfono (Google me acaba de decir que se llamaba “Nipper”), no la vio venir. Hoy en día me tardo máximo treinta segundos y cinco clics para escuchar prácticamente cualquier canción jamás grabada. El Concierto de Aranjuez o el toquín post-grunge de mis vecinos. Clic-clic-Play.

    Pero música es música, en LP, en CD, o en mp3. De la misma forma que no se le puede pedir al cartero que siga entregando cartas en bici cuando existen los e-mails (Clic-clic-Enviar), no podemos esperar que la música se estanque en el LP o en el CD, o hasta en el mp3.

    Afortunadamente los libros y la palabra escrita están en el mismo barco. Digo afortunadamente porque las ventajas del acceso masivo a la palabra escrita le dan tres vueltas a las desventajas de perder su manifestación física. Señor Gutenberg, un día todos los seres humanos vamos a tener acceso ilimitado a la palabra escrita. Se hubiera vuelto loco y terminado en la hoguera, pero hubiera quemado con una sonrisa en la cara.

    Acepto que me dolió comprar mi primer Kindle, pero ahora no salgo de casa sin el. Al diablo con mi nostalgia, la sacrifico en un segundo si significa que más personas, yo entre ellas, tienen ahora acceso a sinnúmero de libros y a las incontables voces que en ellos se ocultan.

    No se avecina ningún tsunami. El cataclismo ya pasó. Fue gradual y ni avisó. Es más, ya ni estamos en tierra firme. Cada quien es una isla artificial meciéndose en la marea de un mundo ahogado en sobreinformación. Los e-readers y los programas para bajar mp3s son nuestras estrellas, nuestras brújulas y nuestros mapas. Con ellos navegamos las caprichosas mareas del océano digital.

    Nadie extraña al pájaro dodo.

    Comentado por: Arcadio Aquino el 11/12/2013 a las 03:01

  • Maestro Volpi, como siempre es un placer leer sus publicaciones, en particular esta columna que me ha traído mucha nostalgia al recordar a mi padre (qpd), quien al igual que usted, atesoraba con gran afán sus discos, sin imaginar siquiera que todas las canciones contenidas en ellos y aún más, podrían almacenarse en un ipod o en un memoria usb... Gracias por hacerme recordar esos bellos momentos en que él llegaba a casa, feliz y orgulloso de agregar un nuevo lp a su colección.

    Comentado por: Sylvia García el 10/12/2013 a las 05:25

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Biografía

(México, 1968). Es autor de las novelas La paz de los sepulcros, El temperamento melancólico y En busca de Klingsor (premios Biblioteca Breve y Deux Océans-Grinzane Cavour). Con ella inició una "Trilogía del siglo XX", cuya segunda parte es El fin de la locura y la tercera No será la Tierra. También ha escrito las novelas cortas reunidas en el volumen Días de ira, así como Sanar tu piel amarga, El jardín devastado y Oscuro bosque oscuro. Es autor de los ensayos La imaginación y el poder, La guerra y las palabras, Mentiras contagiosas (Premio Mazatán al mejor libro del año 2008), El insomnio de Bolívar (Premio Debate-Casa de América 2009) y Leer la mente. En 2009 obtuvo el Premio José Donoso de Chile por el conjunto de su obra. Ha sido profesor en las universidades de Emory, Cornell, Las Américas de  Puebla, Pau, Católica de Chile, Nacional Autónoma de México y Princeton. Ha sido becario de la Fundación Guggenheim y miembro del Sistema Nacional de Creadores de México. Ha sido condecorado como Caballero de la Orden de Artes y Letras de Francia y con la Orden de Isabel la Católica de España. Fue director de Canal 22 entre 2007 y 2011. Es colaborador de los periódicos Reforma y El País. Sus libros han sido traducidos a veinticinco idiomas. En 2012 recibió el premio Planeta-Casa de América por su novela La tejedora de sombras. En 2014, publica su novela Memorial del engaño en América Latina y España y, para el año 2015, estará publicada en Brasil, Portugal, Italia y Francia. Actualmente es director general del Festival Internacional Cervantino. 
 

Bibliografía

Memorial del engaño (2014). Ediciones Alfaguara, España

Leer la mente (2011). Ediciones Alfaguara, España

No será la tierra (2006). Ediciones Alfaguara, España

Dos novelistas poco edificantes (2004). Volpi, Jorge; Urroz, Eloy. Algaida Editores, España

Geometric intimacies. Sebastián Sculptor (2004). Ediciones Turner, España

Geometría emocional. Sebastián escultor (2004). Ediciones Turner, España

La guerra y las palabras (2004). Editorial Seix Barral, España

El fin de la locura (2003). Editorial Seix Barral, España

Desafíos de la ficción (2002). Volpi, Jorge, [et. al.] Universidad de Alicante. Servicio de Publicaciones, España

En busca de Klingsor (2000). Círculo de Lectores, España

El juego del apocalipsis: un viaje a Patmos (2000). Nuevas Ediciones de Bolsillo. España

Tres bosquejos del mal (2000). Urroz, Eloy; Padilla, Ignacio; Volpi, Jorge. El Aleph Editores, España

 

 

 

 

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